Capítulo 2


Narra Barbara:

Estoy sentado en el escritorio cuando mi secretario besa mi cuello con esa precisión que me encanta. Sus manos me sostienen con fuerza de la cintura y eso me hace sonreír, me derrite que me tome con tanta fuerza, casi animal.

Me divierte tanto tener ese efecto en los hombres, utilizar sus bajos instintos para mi propio placer. No hay ningún hombre que se resistió a mis encantos.

Hasta el marido de mi hermanita... ese estúpido también cayo en mis garras y la poca cosa de Mercedes no fue capaz de retenerlo.

Que perdedora es mi hermana, fue capaz de perder la poca dignidad que le queda por un hombre que no lo vale.

Suelto una risita al pensar en eso y mi amante echa la cabeza hacia atrás al darse cuenta.

– ¿Qué pasa?

– Nada... – Sonrió con picardía. – Estaba grabando viejos momentos. - Acomodo su camisa. – Será mejor que regreses a tu puesto. – Palmeo su pecho.

– ¿Ahora?

– Sí. – Lo alejo suavemente. – No te pago para que te la pases todo el día en mi oficina.

– No me molestaría...

Sonríe y quiere besarme, lo alejo de inmediato.

– Anda.

Me bajo del escritorio y camino hasta la ventana de mi oficina. Mi secretario sale enseñada de mi oficina y otra vez sonando, abriendo la ventana y encendiendo un cigarrillo.

Que vidas distintas que tenemos con mi hermanita, ella tratando de vivir como si nada frente a las desgracias de su vida, esa vida infeliz que lleva. Su ex esposo la abandonó y no es capaz de rehacer su vida sentimental porque desconfía de los hombres. Que mujer más tonta.

Y yo, una mujer que tiene la autoestima elevada, que tiene todo lo que desea y más, viviendo la vida lo más que puede y completamente exitosa.

Le doy otra calada a mi cigarrillo y largo el humo, tiro las cenizas en el cenicero y sigo trabajando.

Narra Mercedes.

Paso el mediodía y me muero de hambre, utilizo la hora libre que tengo para ir al buffet. Bajo las escaleras y camino hasta el salón del fondo, agarro una bandeja para agarrar lo que quiero comer y pongo ahí una botella de agua y una ensalada. Voy al mostrador y le pago a la chica antes de sentarme sola.

Abro la botella y tomo unos sorbos, lo dejo en la mesa y destapo la bandeja de plástico que cubre la ensalada, pincho la lechuga con el tenedor de plástico y lo llevo a la boca, mastico con cuidado y trago.

Al poco tiempo, se acerca una colega a almorzar conmigo.

– ¿Cómo estás?

-Bien. -Mueve los hombros. -Me duele un poco la cabeza pero estoy bien.

Sigo comiendo y Lucila empieza a comer su sanguche, me habla para contarme como fue su mañana en la institución y tomo un poco de mi agua mientras la escucho.

– A que no sabes quién pregunta por vos.

Mi mirada se vuelve seria al mirarla y suspiro.

– Ay no pongas esa cara. -Se queja. – Es lindo con vos, tendrías que darle una oportunidad.

– No me gusta Ricardo.

– ¿No te gusta o no quieres darle una oportunidad?

– ¿Para qué? No funcionaria porque no me atrae.

– Eso no lo sabes. – Arqueo una ceja al escucharla. – No me gusta cuando te pones así en negativa.

– Es que, de verdad, no me gusta Ricardo... Es un buen amigo pero nada más.

Frunce el ceño y lanza la respuesta que no quería escuchar.

– No todos los hombres son iguales.

Me tomo un tiempo antes de contestar y trago saliva, tragándome todo el resentimiento que se me acumula en la garganta.

– Puede ser pero no quiero pasar por lo mismo.

Dejo la ensalada por la mitad y me pongo de pie, solo agarro mi botella y me voy de allí. Preferí irme porque no tengo ganas de discutir el mismo tema y no quiero enojarme.

Camino hasta las escaleras y subo hasta el segundo piso donde está el salón de cuarto. Suspiro al sentirme cansada y me apoyo en la pared, sintiendo un hueco en el pecho y niego suavemente.

– No puedo... -Cierra los ojos. – Nunca podrás confiar en un hombre. – En estado de negación.

Narra Leandro:

Al salir de la clase, tengo que viajar hasta mi trabajo y veo a la profesora bajando las escaleras, la observa con atención y me doy cuenta que tiene los ojos llorosos y su rostro está triste.

Tengo una fuerte necesidad de acercarme a ella y saber como está, me acerco con cuidado y la escudo exhalar.

– ¿Está bien, profesora?

No me mira, ni siquiera voltea para verme. Solo asiente y cierra los ojos.

– No se ve bien profesora, ¿no quiere que la ayude?

Ella me mira con una expresión dura y da un paso hacia atrás.

- ¡No! -Levanta la voz y se aleja. – No quiero la ayuda de nadie.

Me deja solo, se aleja de mí y me quedo con la mirada triste pero con una preocupación enorme por ella.

– ¿Qué paso?

Lucas se me acerca y respiro hondo.

– No se...quise ayudar a la profesora Amenábar y me rechazo.

– Ay Lean... – Palmea mi hombro. – Es inútil que te acerques, es nuestra profesora.

– No puedo evitarlo... – Triste. – Aunque me rechace y no me vea con buenos ojos, no dejare de amarla y morirme por ella.

Mi amigo chasquea la lengua y niega la cabeza en silencio.

– Estás loco.

Solo muevo los hombros y salgo del conservatorio para ir al trabajo. 

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