Prefacio
El poder no es solo económico o es impuesto. El poder está en uno, está allí. Es la fuerza de voluntad la que convierte en una afirmación el poder. Yo puedo, yo quiero y lo voy a intentar. Esa es una frase que siempre repite mi profesora de francés. El poder depende de la persona, no en el resto. A uno no le dan poder, uno tiene que esforzarse para conseguir este. Esforzarse. Esa es la clave para conseguir el poder. Uno no consigue el poder de mala manera, o al menos no el poder que vale la pena. Tomar el poder por la fuerza no es lo correcto, lo noble, lo que hace a una persona poderosa. Ser poderoso es perseguir nuestras metas y planes, no solo soñarlos. Obtenerlos. Ser poderoso no es destruir a todos para conseguir nuestros objetivos, es ser una persona con principios morales nobles que es perseverante con sus metas. La perseverancia también es un punto importante.
Mi padre nunca fue (ni es) una persona poderosa. Sí, tenía dinero. Y sí, era "respetado". Aunque el término correcto era temido... Todo para él se conseguía mediante la violencia. Gritando y pegando él tenía lo que quería. O eso creía. Otro poder (uno noble, leal) se impuso a su dictadura del terror. Sí, tal vez el otro poder salió realmente lastimado. Y sí, tal vez ese choque entre poderes repercutió en otros. Pero al menos la gente ya no sufría (tanto) por aquel poder mal obtenido. Se empezó a respetar, poco a poco, a aquel poder que derrocó al otro. Y, al final, el poder que ganó terminó mejor que el que perdió. Porque se quedó con aquellos por quienes había dado todo, que se lo agradecieron inmensamente (aunque, tal vez, no se lo demostraran). Mientras, el poder perdedor terminó solo, guardando rencor y sentimientos aún más oscuros por el vencedor. Aquel vencedor es mi mamá. Esa persona que luchó con todo por mi hermano y yo, que lo dejó todo y declinó un montón de cosas para brindarnos todo a nosotros. ¿Poder? Esa era la representación del Poder. Esa es la esencia de Alette.
El poder no se toma, se gana. El poder está ahí, solo hay que catalizarlo para avivar la llama y que ese poder salga a la luz, florezca y se cultive. ¿Qué si es fácil? Estoy segura que no.
Como dijo alguna vez Robert Louis Stevenson en El Extraño Caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, "todos tenemos el bien y el mal dentro de nosotros. El dilema es ver cuál de los dos elegimos para nuestra vida". Aquel dilema debe ser difícil, es el deber enfrentándose a la tentación, y demuestra la fortaleza de la persona en cuestión. Elegir el mal es caer en la tentación, en las garras de la oscuridad. El bien es un duro camino lleno de rocas y pozos, que llega, al final, a la felicidad de una persona.
Es por eso que, para este libro, decidí basarme en estos dos lados de la moneda. Claro, tomando una lógica central. Sin el bien, no hay mal. Sin el mal, no hay bien. Todos tenemos eso dentro de nosotros, nadie es la ejemplificación de la bondad o la pura maldad. El dilema, claro está, es ver con cuál nos enfrentamos al mundo; y si somos felices con la decisión que tomamos. Y que no causamos un daño al resto, por supuesto. El bien y el mal son opuestos, pero a la vez van juntos siempre. Sin uno, no está el otro. Sin el otro, no está uno. El bien y el mal son uno, pero a la vez son dos. ¿Cuál elegir? Esa es la cuestión.
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