Capítulo Tres: Mi misión

Solté una carcajada al escuchar lo que dijo. Puedo asegurar que la hoja derecha del libro se arrugó como si estuviese alzando una ceja.
— Y yo hablo italiano —respondí sarcástica.
— Es en serio, Elegida. Tu nueva misión es salvar a la humanidad —dijo el libro. Mi sonrisa se borró al instante.
— No hablas en serio, ¿cierto? —cuestioné. ¿Yo, salvar a la humanidad? ¡Pero si ni siquiera pude salvar a mi familia! Se debe de haber equivocado de persona, o me estará haciendo una broma. Sí, una broma, eso debe ser.
— Oh, claro que hablo en serio.
Decidí hacer lo cobarde: cambiar de tema.
—Dejémoslo de lado un rato, ¿sí, libro? Por cierto, ¿tenés un nombre? —le pregunté curiosa.
— Lo tengo, de hecho —hizo una pausa—. Me llamo Xander, pero no puedes decírselo nunca a nadie. Solo los elegidos pueden saber mi paradero, ¿comprendido? —Yo sacudí mi cabeza tan rápido que me produjo un pequeño mareo—. Digamos que soy... un libro algo especial al resto.
— ¿Y hay más libros como vos? —pregunté, ignorando su alardeo.
—Oh, claro que no hay más libros y ninguno se llama Rednax. Como crees, Elegida —dijo rápido y con voz aguda. ¿Xander no sabe mentir? Interesante. Decidí dejar el tema de lado, por el bien de mi libro.
— ¿Qué significa ser La Elegida, Xander? —cuestioné—. Lindo nombre, por cierto.
— Gracias, Ale. ¿Puedo llamarte así? —me preguntó. Asentí y le regalé una sonrisa—. Ser La Elegida significa que yo he visto en ti lo necesario para salvar a la humanidad de un poderoso villano que se ha alzado. No te subas a las nubes, Ale, pero tienes lo suficiente y más para vencer a este villano. Antes debes conseguir los Objetos del Poder para derrotar a la nueva amenaza que ha emergido. Y de esa manera reencontrarte con tu madre y tus hermanos.
Esa última oración me dejó helada. Mi boca se secó, empalidecí y quedé estática.
— Oye, Elegida, te prometo que los encontraremos. Confía en mí, los vas a tener de vuelta. —Asentí, esperanzada—. Pero antes, ¿lista para recorrer el mundo en busca de los Objetos del Poder? —me preguntó. Sonreí y guiñé un ojo.
— Siempre lista, Xander —respondí.
— Creo que deberías ir donde tu madrina —me aconsejó el libro.
— Concuerdo, vámonos. —Agarré mi limonada y la terminé lo más rápido que pude. Dejé la paga en la mesa (con la propina incluida) y salí del restaurante con Xander en la mochila.
Caminé a paso rápido por la vereda hasta que miré por una de las televisiones de un local la hora. En cinco minutos Annie estaría por salir, debía apurarme. Corrí a toda velocidad hasta un taxi libre y entré. Le di la dirección al señor y éste me llevó. A los cuatro minutos, ya me encontraba abriendo la puerta del edificio y tocando el botón del ascensor.
Sí, sé lo que deben pensar: ¿y por qué no hacías lo de anoche y volás hasta el balcón? Aunque quisiera, hay dos problemas respecto a eso. Primero, sería algo sospechoso que una chica volara por la ciudad en pleno día a la vista de todos. Y, segundo, todavía no comí nada y para invocar mis alas necesito energías.
El ascensor se abrió y me abalancé dentro. Apreté el botón del segundo piso y aguardé con paciencia. Y con "paciencia" me refiero a zapatear el suelo con mi pie, tamborilear en la pared con mis dedos y morder mi labio inferior.
Cuando el ascensor por fin llegó, frenó y salí. Saqué de mi mochila las llaves y pasé hacia la cocina, donde de seguro Annie estaba haciéndose su tercer o cuarto café del día. Y, en efecto, Annie revolvía su taza aún en pijama y bata. Suspiré y entré a la cocina.
— Buen día —saludé y besé su mejilla.
— Hola, cielo. —Annie dejó un beso en mi coronilla y llevó la taza de café a su boca. Bebió un sorbo y miró la taza extrañada mientras sacaba la lengua—. Qué raro, estaba tibia hace un momento, antes de que llegaras. Y ahora está hirviendo. Como sea, ¿pasa algo?
— ¿Podemos hablar? Es algo rápido —le pedí. Ella asintió y ambas nos sentamos en un sillón de la sala.
— ¡Sácame, Alette! —pidió Xander desde mi mochila. Sonreí e hice lo que me pidió.
— Hice bien en darte mis aretes, Elegida —comentó y me guiñó un ojo. Xander voló de mis manos y se posó en mis piernas, a lo que abrí los ojos como platos.
— No creo que me puedas sorprender más —me resigné y miré al libro.
— Créeme que sí, Ale —me advirtió Annie. Xander se abrió.
— Muy bien, ya que sabes que es La Elegida, de seguro sabes lo que se le viene. ¿O no? —le preguntó Xander. Ella asintió e hizo una mueca.
— Sí, y conozco a un par de portadores. Bueno, uno de los portadores ya le dio su Objeto del Poder a Ale, y al otro deberían ir cuanto antes —nos aconsejó.
— ¿Y quién es el portador, Ann? —le pregunté con curiosidad.
— Agustín, mi esposo —respondió y asentí.
— Muchas gracias por la información, sabía que eras la portadora correcta —dijo Xander, y voló a la cocina.
— Gracias, si pasa algo no dudo en venir a buscar ayuda con vos —la abracé y sonreí —. Creo que debería ir por... —se escuchó un estruendo en la cocina. Annie rió y asintió. Corrí a la cocina y contemplé el desastre que Xander había hecho: jugo en el suelo, tostadas por doquier y mermelada resbalando de las estanterías. Eso sí, había una bandeja en la mesada que tenía un vaso con jugo de naranja y tres tostadas con mermelada acomodadas con cuidado. El pobre Xander estaba apoyado al lado del desayuno con el lomo gacho.
— ¡Xander! ¡Esto es increíble! Me encanta —le agradecí emocionada. Xander levantó el lomo.
— Me alegra que te guste, pero Annie me matará, ¿me ayudas a limpiar todo esto? —me pidió. Reí y asentí.

¡Hey, hola! Reviví de mis vacaciones por un par de días y no me pude resistir a traerles un capítulo. Un poquito corto, pero es que les tengo algo especial para el cuatro.
¡Cuéntenme en comentarios qué les pareció!
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