Capítulo 35

Charlotte Harrison

La noche transcurre con arremetidas y embestidas duras de Leister, no deja pasar la oportunidad de hacerme suya y eso me hace sentir mucho más que bien. Me despierto en plena madrugada sintiendo la erección del delicioso hombre que yace en mi cama justo tras de mí. Se remueve, y mis ganas de follar aparecen con un simple roce de su miembro a mi trasero. Suspiro. Me giro con sumo cuidado hacia él quedando frente a frente. Sigue dormido, y va desnudo. Lo único que le cubre son las sábanas blancas y sé que no le durarán mucho. Comienzo recorriendo los tatuajes que van de su hombro hasta el coralillo que le llega a la muñeca. Sonrío al ver mi nombre sintiéndome con el ego elevado al saber que se lo ha tatuado.

—Eres mío —susurro en voz alta.

Me muerdo el labio inferior. Mis dedos vuelven a encaminarse llegando a las sabanas que lo envuelven de las caderas hacía abajo, tomo del dobladillo haciéndolo con lentitud hacia un lado. Volteo hacia él, y lo veo esbozando una sonrisa de lado. No abre los ojos, simplemente comienza a agitarse, respirando con dificultad cuando mis dedos llegan a la inicial de sus oblicuos. La piel perlada, los cuadros y su pelo exageradamente negro son lo que más me atraen. Le quito la sabana y con mi mano derecha tomo el falo perfectamente erecto. Me escabullo de su brazo bajando hasta llegar al glande. Mi lengua lo lame con lentitud, llenándome después la boca de su miembro.

—Joder —susurra entrecortadamente.

—¿Que no estabas dormido? —pregunto, volviendome a llenar de él, sintiendo el sabor de su polla en mi boca.

—Deliciosa forma de despertarme —responde sin abrir los ojos.

Me toma del cabello empuñandolo con su mano izquierda. Me empuja hacia el frente logrando que la polla me llegue hasta la garganta y me ahogue con ella. Cierro los labios a su falo, siguiendo el ritmo de arriba hacia abajo, me sostengo de sus caderas dejando que su mano izquierda siga empujando logrando que su miembro logre llegar nuevamente hasta mi garganta.

—Joder, cariño —dice agitado sin dejar de empujarme —. Trágate mi derrame...

Dos arremetidas más y mi boca se llena de su semen. Me jala hacia atrás para que lo mire y cuando lo trago no duda ni siquiera en besarme. Estoy desnuda, mis pezones erguidos imploran por atención así como también lo hace mi coño. Leister me tumba boca arriba en la cama y comienza a dejar un reguero de besos que van de mi cuello hasta mis pezones. Con sus glorioso dedos me acaricia una de las puntas provocando que mi pelvis se eleve implorando con tan solo moverme que me embista como él lo sabe hacer.

—¿Estás ansiosa? —pregunta.

—Si —jadeo.

Sus labios bajan de mis senos hasta el abdomen, me muerde y acaricia la piel avivando el fuego que nunca se va cuando me toca. Ardo en llamas con sus caricias, y me voy al infierno cuando sus dedos arremeten en mi canal. me abro de piernas y gimo enarcando la espalda. Cierro los ojos y mis manos se aferran a las sábanas cuando comienza a trazar círculos en mi clítoris con su lengua.

—No pares —suplico cuando vuelve a arremeter dos de sus dedos a mi canal.

Estoy húmedo, la entrepierna aclama que me embista con su polla, pero no lo hace. Sigue jugueteando con mi botón de nervios lamiendolo a su antojo. Me alza hacia arriba tomándome de los glúteos y el ritmo de sus dedos se intensifica. Trago duro, quiero explotar en mil pedazos cuando el orgasmo comienza apoderarse de a poco a mi cuerpo. Mi cuerpo se tensa, Leister no se detiene y me corro a chorros gimiendo su nombre. El rostro del hombre frente a mi se moja de mis jugos, y no duda en lamerse los labios ante ello.

—Joder, que delicia —susurra.

Vuelve alzarme hasta su pelvis acomodando el miembro en mi canal, arremete con fuerza. Gimo, me muerdo los labios y Leister se acerca hasta mis senos llenándose la boca con ellos jugueteando con mis puntas erectas. No deja de embestirme, y mi cuerpo viaja a otro mundo cuando siento que me llena entera.

—Ni siquiera me gustas tanto —susurro cuando une su frente a la mía.

—Y aún así dejas que te folle a mi antojo.

Me voltea boca abajo azotándome después el culo. Dejo escapar un grito cuando alza mis gluteos a su pelvis penetrandome con fuerza en esa posición.

—¿De quién eres? —pregunto recargando mi espalda a su pecho.

Con su mano me rodea el cuello desprendiendo miles de sensaciones cuando sigue arremetiendo y acariciando mi punto medio, todo en un mismo tiempo.

—Tuyo, soy tuyo...

Me empuja hacia el frente, mi cara choca con la suavidad del colchón y Leister comienza a estimular mi orificio anal con su pulgar. Sale de mi, y sin dudarlo comienza a adentrarse por ese lugar abriéndome los glúteos. El dolor aparece, pero éste se va cuando sus dedos acarician mi clítoris provocándome Miles de sensaciones placenteras. Gimo y digo su nombre cuando lo incito a qué apresure el ritmo.

—No pares —jadeo.

—No pienso hacerlo.

Mis manos se aferran a las sábanas cuando comienzo a sentir de nuevo el orgasmo queriendo aproximarse. Las paredes de mi sexo se contraen derramando el lubricante que Leister no duda en tomar con sus dedos cuando sale de mi culo. Descanso unos segundos, pero la deliciosa tortura vuelve cuando se adentra nuevamente.

(***)

Me levanto a hurtadillas de su cama, camino hasta la ducha metiendome en la lluvia artificial de agua tibia. Suspiro como estúpida a cada segundo recordando la propuesta de Leister. He dicho que si, pero aún así tengo dudas y no por mi, si no por él. Mi instinto me dice que me aleje, que me vaya porque me hará daño nuevamente mandándome a la mierda por las cosas de las que no quiere hablar, pero mi lado enamorado me dice lo contrario, éste me pide que aguante un poco más, que me quede a su lado.

Al salir envuelvo mi cuerpo a la toalla, salgo del cuarto de baño cruzando media habitación hasta llegar a su armario. Rebusco en uno de los cajones alguno de sus boxer, y lo que encuentro es una tira de condones en uno de éstos. El pecho se me remueve, respiro profundo y las imágenes de él con Ivana vuelven a mi mente.

—Solamente usé uno —escucho decir a mis espaldas.

Tomo el boxer, tiro la toalla y lo coloco en su sitio. No deja de recorrer su mirada por todo mi cuerpo, sobre todo en mis senos.

—No pregunté nada.

—Lo sé, pero sé lo que estás pensando y no quiero que haya malos entendidos.

—No es mi asunto —respondo tajante pasando por su lado.

Me toma del antebrazo deteniéndome.

—Pero el mío sí, ¿Cuántas veces follaste con tu ex marido?

—Una vez, solamente —respondo soltandome.

Recojo la toalla colgandola en un sitio, después tomo una de sus playeras de algodón blancas dobladas en su armario y me la pongo. Camino hasta la cocina ignorándolo, escucho que se mete a la regadera y aprovecho el momento para preparar el desayuno para ambos. Preparo huevos, tortitas y tocino, el típico desayuno americano. Acomodo dos platos y utensilios en la encimera junto a la cocina, agrego fruta y enciendo la cafetera para prepararle el café a Leister como he notado que le gusta. Me esmero en que todo salga y quede bien sin que se queme, suelo ser distraída a la hora de cocinar porque sinceramente no me gusta, pero ésta vez trato de hacerlo bien.

—Que bien huele —dice Farid rodeando mi cintura con sus brazos —. No dejo de pensar en la imagen de Oliver y tu teniendo sexo —me habla en el oído —. Dime, ¿Se corrió adentro?

Tiemblo, porque sé perfectamente que si lo hizo, y lo que es peor, no me cuidé. Trago duro agarrandome a patadas en la mente cuando recuerdo eso. Se me forma un nudo en la garganta yéndose al carajo todo lo que hemos pasado estas últimas horas, y el impacto de la realidad cae sobre mis hombros cuando recuerdo que no he ido con mi ginecologa.

—No... no lo hizo.

—Bien —responde levantándome el dobladillo de la playera con sus manos —. Quiero follarte aquí —dice, acariciándome por encima de la tela del boxer.

Jadeo sintiendo el placer de sus dedos cuando me estimula.

—Se enfriará el desayuno —respondo dejando todo lo que estoy haciendo al momento en el que me giro frente a él.

Trato de olvidarme de todo dejando éste momento grabado en mi memoria, uno nunca sabe cuándo se recurrirá a los recuerdos, y quiero que este sea uno perfecto.

—Vale, acepto solamente porque me muero de hambre. Además, cocinaste tú, ¿a qué se debe el honor? —responde sonriendo.

—No hagas que me arrepienta de haberlo hecho —bromeo.

Nos sirvo el desayuno a ambos, tomamos asiento uno al lado del otro y mi mente vuelve a divagar con lo mismo. Por primera vez en la vida no quisiera terminar embarazada de quien no amo, de la persona que no quiero.

—¿Qué sucede? —me pregunta — te noto extraña.

—¿Tan transparente soy? —cuestiono mirándolo de reojo.

—Un poco, o quizás es porque he comenzado a conocerte. Mientes, y las mentiras me joden dime ¿Que te pasa, cariño?

—No estoy del todo convencida si haremos bien en vivir juntos.

—¿Y por qué no? Me has dicho que aceptabas, ¿Por qué ahora dudas? —pregunta volteando mi taburete para que quede justo frente a él.

—No quiero vivir con la incertidumbre de pensar a cada segundo si al día de mañana me mandaras a la mierda como lo has hecho últimamente.

—Eso no sucederá —responde acariciando mi mejilla —. Anda, acepta, quiero despertar contigo precisamente como hoy lo hicimos.

Los recuerdos de la madrugada siguen frescos, intactos.

Me bajo del taburete y me posicionó entre sus piernas. Le rodeo los brazos a su cuello y comienzo a dejarle delicados besos en la cara. Él se sostiene de mis caderas, sin dejar pasar la oportunidad de acercarme a su pecho tomándome de los glúteos.

—Tienes unos bellos ojos —le digo sin dejar de ver ese par de orbes azules.

—Y tu tienes un perfecto culo.

—Que romántico señor Leister.

—Lo soy —responde encogiéndose de hombros.

Vuelve hacerme la misma pregunta y decido no responder a ello. Sin embargo, lo tranquilizo al decirle que primero debo ver a quien le dejaré el departamento que aún sigo pagando. Se ofrece a pagarlo, pero por obvias razones que aún no me cuadran, me niego a ello.

Después de un rato juntos lavamos los platos, limpiamos la pequeña encimera dónde hemos desayunado y decidimos que daremos un paseo por algún lugar de Seattle. Propongo ir a "el lugar", cómo yo lo llamo para hacer un picnic, pero cuando lo hemos concretado, la llamada de Antonella nos interrumpe.

—Mmm, bien. ¿Quieres que te la pase? —le pregunta Farid, y éste estrecha su brazo pasandome el móvil.

—¿S... Si?

—¡Charlotte! Querida, ¿Cómo estás? —pregunta la mujer, a lo que respondo con un bien —. Vale, me alegro. Hoy haré la cena, no sé si lo sepas pero todos nos estamos quedando en casa de mis padres, me gustaría nos hicieras compañía.

Le sonrío a Leister que no deja de mirarme las piernas.

—Me parece... Me parece una buena idea. ¿Quieres que lleve algo? Vino, algún ingrediente que necesites —le pregunto empujando con las piernas a Leister cuando comienza a repartir castos besos en ellas.

—No es necesario querida, aquí tenemos lo que requiero.

—Vale, entonces nos vemos a las...

—A las siete en punto.

Colgamos la llamada, le devuelvo el móvil a Leister y me trepó encima de él a horcajadas. Ambos nos encontramos en el sofá, hemos hecho absolutamente nada durante el día y eso su mera presencia conmigo me hace sentir reconfortante.

Beso sus labios, y lamo el inferior con la lengua. El maldito me gusta, es demasiado hermoso y me trae como una estúpida enamorada. Suspiro, y recargo la mejilla en su hombro.

—Te odio —le digo.

—Me amas, acéptalo.

Me enderezo rodeando mis brazos a su cuello.

—Lo acepto —respondo con una sonrisa.

Sus manos toman el dobladillo de la playera levantandolo con lentitud. No dejo de mirar a sus espectantes ojos azules. Enredo mis manos en su pelo negro y lo atraigo a mi boca. De un tirón me quita la camisa dejándome en sus boxers y con los senos libres. Se lame los labios, dirigiendolos después a mis pezones erectos. Lame y chupa con ternura, con suavidad, haciéndolo una tortura para mí. Me alza en brazos colocándome de pie frente al sofá. Me suelta, a la misma vez que me empuja sentandome en la mesita de noche.

—Abrete de piernas, cariño, quiero ver cómo te tocas.

Mi respiración se acelera con sus palabras. Él no lleva más que un pantalón de pijama. Recorro con la mirada los tatuajes, viendo específicamente el que dice mi nombre. Esto va enserio, pienso.

Lo empujo al sofá sentandolo, Leister sonríe, esa jodida sonrisa de malicia que tiene y me vuelve loca.

Me bajo los boxers quedando en su totalidad desnuda. Comienzo un baile sin música al mover mis caderas, frotándome las puntas de mis senos. Leister se quita los pantalones sacándose después el miembro que comienza a sacudirlo de arriba hacia abajo con su mano izquierda. Las ganas por tenerlo en mi boca se hacen presentes, pero me aguanto volviendo a hacer ese baile erótico para él. Después, tomo asiento en la mesita abriendo las piernas, dándome placer. Comienzo a trazar círculos en mi clítoris, lamiendome después los dedos cuando comienzo a sentir la humedad. Arque la espalda echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos. Siento su mirada, no deja de verme y eso me enciende, me envuelve en llamas saber que por mi se toca.

—¿Le gusta, señor Leister? —le pregunto.

—Mmm, estoy satisfecho con lo que veo, gracias —responde.

Se que su respuesta es de mero sarcasmo. Así que me levanto, y le doy la espalda dándole una perfecta vista de mi trasero. Vuelvo hacer ese baile, uno sensual y erótico tomando mis glúteos con las manos. Me hago hacia el frente y... La embestida de Leister me empuja, pero alcanza a detenerme. Suelto un gemido lleno de placer cuando me llena entera. Se sostiene de mis caderas embistendome con fuerza. Comienza a trazar círculos en mi clítoris sin dejar de penetrarme. El cuerpo entero se me tensa, el calor que emanamos me tortura y lo incito a qué me folle duro. Me azota los glúteos, me muerde el hombro y estira mi pelo jalandolo hacia atrás. Me entrego a él completamente cuando llegamos juntos al orgasmo. Comienzo a sentir una presión en el pecho y me digo a mi misma que no quiero perderlo.

(***)

El frío viento de la noche se cuela entre el abrigo, me he puesto un vestido holgado en color beige con medias, botas y abrigo en color negros. Me gusta el clima frío, pero no me había dado cuenta lo mucho que extraño el lugar donde crecí, California.

Leister me toma de la mano caminando juntos hasta la entrada de la mansión en su casa. Abre la puerta permitiendome el paso. Pasamos de la estancia a la sala y en cuanto me ve Antonella ésta se levanta del sofá donde se encuentra con su marido y el papá de Farid. 

—Buenas noches familia —saluda Leister.

Caminamos juntos, saludo a su padre estrechando mi mano a la suya y éste la toma con firmeza.

—¡Charlotte! Que bueno que has venido, ven aquí —me toma Antonella de la mano arrastrándome hasta el sofá donde se encuentra ella.

—¿Y Brandon? —pregunta Leister tomando asiento a mi lado. 

—Llega en un momento, no debe tardar.

—Viene con una chica, o bueno, él mismo ha dicho que traerá a una chica, ¿puedes creerlo? —le responde Antonella.

—Hijo, ¿Podemos hablar en mi despacho? —le dice su padre.

—Ahora vengo cariño.

Leister me deja un casto beso en los labios.

—No te preocupes, bonita, en unos minutos te lo devuelvo. —Dice su padre sonriéndome de lado.

Rio por lo bajo sintiéndome apenada, estoy acostumbrada a dar muestras de cariño en publico, pero hacerlo frente al papá de Leister me hace sentir una enamorada estúpida. Los dos hombres desaparecen en uno de los pasillos. El marido de Antonella comienza hablar de los trillizos diciendo que los extraña y opta por llamarles saliéndose de la sala a la estancia.

—Ama a esos tres monstruos, yo a veces siento que no puedo —dice.

—Son unos niños muy bien portados —le digo.

—Y tu... ¿Has pensado en tener hijos Charlotte? —me pregunta acercándome un vaso de vidrio con whisky y hielos, no sin antes habérmelo ofrecido.

Vuelve a tomar asiento, pero ahora en uno de los sofás frente a mi.

—Lo he pensado, y si me gustaría en algún momento.

Antonella se queda pensativa.

—¿Te has revisado últimamente? —pregunta, una pregunta que termina descolocándome —. Digo, es que... tus ojos tienen un brillo que...

—Cariño, estos monstruos quieren hablar contigo —nos interrumpe su esposo.

—Ahora vuelvo, ¿vale? —me dice y asiento.

Espero a que salga de la sala, después me levanto y camino a la estancia donde se encontraban los retratos familiares de los Leister. Observo las fotografías, todas y cada una donde aparecen los tres hermanos y sus padres. Sonrío, se les ve que son unidos y eso me hace volver a recordar a mi familia que también lo es. Vuelvo a mirar la fotografía de quien fue la prometida de Leister, se les ve felices, contentos, y eso solo me provoca un retorcijón en el estomago al ver la foto donde él le está dando un beso en los labios. El pecho se me oprime notando lo felices que se veían, y después pienso en lo infeliz que pudo haber sido Leister al saber que murió.

—Linda pareja, ¿no crees? —escucho decir la voz de Brandon atrás de mi.

Tomo la foto entre mis manos reparando la superficie de ésta. Suspiro sintiendo celos al verlos así de felices.

—Es raro, ¿no crees? Que aun saliendo con mi hermano sigas recibiendo rosas... muñeca.

El cuerpo se me paraliza, me vuelvo hacia él mirándolo de frente, esto ya fue demasiado lejos. 

—¿Qué mierda te traes conmigo Brandon? —espeto entre dientes volteando al pasillo que dirige a la sala —. ¿Me estas acosando? 

—Ja, quisieras guapa. No te estoy acosando, es lo que he visto, ¿O que? ¿Crees que los hombres de Declan no me pasan reporte de nada? 

—Enfermo, eso es lo que eres.

Le paso por un lado caminando hacia la puerta principal. Brandon me detiene tomándome del brazo lastimándome al hacerlo. De un manotazo me suelto.

—Déjame en paz Brandon, porque si piensas que me alejaré de tu hermano, estas muy equivocado. No se que mierda te traes conmigo, pero...

—¿Pero qué? —responde levantándome la voz —¿Lo vas a negar? ¿Negarás que tu amante te sigue pretendiendo? Los vi juntos en ese restaurante y el imbécil de mi hermano ahí va tras de ti...

—No sabes la razón Brandon —respondo tajante acercándome a su rostro —, así como tu yo tampoco sé quien mierda me manda rosas, ¡no sé! 

El corazón me palpita con fuerza, la adrenalina se apodera de mi cuerpo y lo que quiero es salir corriendo de la mansión. 

—¿Sabe Farid? ¿Se lo has dicho? —me pregunta.

—Suficientes preocupaciones tiene como para cargarle otra, ¿no crees? Y dejen de ponerme a sus hombres para seguirme, piensan que no los veo, pero siempre me están siguiendo...

—Es por seguridad, y desafortunadamente te metiste con la familia más problemática de Seattle. Así que lo siento muñeca pero la seguridad seguirá.

—No me digas así, que comienzo a odiar ese maldito apodo.

Me doy la media vuelta volviendo hacia la puerta principal. Brandon me sigue observando que no venga alguien más siguiéndolo.

—No te odio —dice, sin dejar de seguirme.

Decido detenerme a unos cuantos pasos de la puerta.

—Pareciera. —Digo.

—Lo único que no me pareció fue que dudaras en divorciarte de tu ex marido, cuando se supone ya estabas con mi hermano.

—Que protector —respondo sin mirarlo.

Suelta un bufido.

—No estuviste ahí, no lo comprenderías, no comprenderías lo que pasó cuando perdió a Amanda. Pensé que lo de ustedes no dudaría nada, pero me di cuenta que iba a ser diferente cuando los vi en el restaurante en Cuba. Le interesas más de lo que crees, por eso pidió seguridad para ti también, y me jode que no le digas la verdad.

—¿La verdad de que? —cuestiono volviéndome hacia él.

—Que alguien más te pretende, que alguien más te manda rosas y...

—No sé quien, ¡entiéndelo! 

—Bien, pues déjamelo a mi. Solo... trata de no alejarte mucho porque me será mucho más difícil si lo haces. 

—Que cambio, ¿no crees? —le reprocho cuando suena preocupado.

—No es cambio, es solo que no quiera que vuelva a sufrir mi hermano.

Se me queda mirando, estira su mano a mi mejilla acariciándola, un acto que termina por extrañarme.

—Concuerdo con Anto —dice —. No terminas de agradarme, pero le haces bien así que no te alejes aunque él te lo pida a gritos.

—¿Por qué me pediría algo así? —respondo.

—Porque lo conozco, y pondrá tu seguridad primero antes que la de él —enarco una ceja —. Patético ¿no crees? —bromea —. Dame eso, que es el único recuerdo que tiene Farid de ese día.

Me arrebata con suavidad la foto que no me había dado cuenta aún llevaba entre mis manos. La suelto entregándosela sintiendo un pinchazo en el pecho cuando lo dice. Siento celos, y no quiero sentirlos por alguien que ya está muerto.

Brandon se adentra a la mansión, después de unos minutos lo hago yo volviendo a la sala. Antonella, quien se encuentra en la cocina me habla pidiendo mi ayuda. Ambas platicamos de trivialidades, de trabajo y del suyo mientras la ayuda a picar las verduras. Es una mujer agradable y no deja de hablar de sus tres hijos. 

—Me gustaría hacerte una pregunta —dice y la animo para que lo haga —, es algo personal, pero me gustaría saberlo.

—No te preocupes, puedes preguntarme —respondo sonriéndole. 

—¿Farid y tu... se cuidan a la hora de tener relaciones sexuales? 

Su pregunta me descoloca. Dejo de picar las verduras y mi mente vuelve a recordar que no fui a la revisión con mi ginecóloga. 

—¿Cómo van tus periodos? ¿Son regulares?

—Si lo son —respondo, tratando de no sonar incomoda.

—Discúlpame por mis preguntas pero, soy ginecóloga y... bueno... olvídalo, perdóname.

—No, no te preocupes. Si, mis periodos son regulares aunque no fui a la revisión de éste mes y... —trago duro.

—Tranquila, si quieres puedes ir a mi consultorio.

—Gracias.

Me sonríe de lado, toma el bol de verduras y su comentario vuelve a repercutir en mi mente. 

Al terminar de cocinar nos encaminamos al comedor, ponemos la mesa y demás.

—Mi madre suele hacer los platillos típicos de distintos países, es una costumbre que nos ha inculcado desde niños.

—Una costumbre muy bonita, creo que es lo que hace que la familia se reúna, ¿no crees? —respondo colocando los utensilios.

—Si, también nos separó actividades diciéndonos que no por tener dinero íbamos a dejar de ser responsables, así que cada que terminamos de hacer la cena, quienes cocinan no lavan los platos.

—¿Y... cuando regresa tu madre? —pregunto curiosa.

—Aun no sabemos, ella y los niños se encuentran con unos familiares en Colombia así que... dudo que vuelvan pronto.

—¿Por qué? —pregunto, retractándome al momento —. Disculpa mi intromisión, yo... tengo curiosidad.

Voltea a uno de los pasillos, observando que nadie más venga.

—Tienen problemas con uno de los clientes, el día del evento amenazó a mis hermanos culpándolos por la muerte de su hija y bueno... es un riesgo con el que siempre correremos ¿sabes? 

Las voces de los hombres se hacen presentes. Antonella y yo simulamos seguir poniendo la mesa cuando entran sonriendo por lo bajo. Leister se acerca a mi dejándome un casto beso en los labios. Cierro los ojos por unos segundos al sentir el tacto de sus labios con los míos inundándome en un deseo por su cuerpo.

—Hueles delicioso —me dice aspirando el aroma de mi cabello cuando me besa cerca de la coronilla.

—Se me antoja follarlo señor Leister —le digo en el oído.

—Buenas noches —escucho una voz que conozco, la voz de una mujer que conozco.

Volteo hacia esa voz sorprendiéndome instantáneamente cuando veo quien es y con quien viene. 

—Les presento a... —dice Brandon sin terminar la oracion porque es interrumpido por ella.

—Tessa, mi nombre es Tessa Williams.

¿La recuerdan? Brandon tendrá su historia, pero no con ella así que vean los extras que subiré de él L_L en: Lo que no se sabe ♥




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