Capítulo 20
"Vestida de blanco"
Charlotte Harrison
El viaje de regreso se me hace eterno. Ya ha amanecido, y solo me dedico a observar por la ventana el exterior.
Leister aparca frente a mi edificio, no en el estacionamiento, lo que significa que no subirá conmigo a mi piso. No ha dicho nada, se ha quedado callado pensando seguramente si debería hablar.
—Bien, llegamos —anuncia, sacándome del trance mental que invade mi cerebro.
Vuelvo la mirada hasta él.
—Perdona si te incomodé —me disculpo, y ni siquiera sé por qué —. Sólo...
—Sólo querías saber, lo entiendo. Pero eso es algo que primero tengo que hablar con Declan —dice —. No puede andar ventilado cosas que...
—¿Qué no me incumben? —espeto.
—No dije eso, simplemente no es momento de hablarlo y ya.
Lo escrudiño con la mirada, sintiendo una presión en el pecho. No soy de las que presionan para que les digan la verdad, pero con Leister siento que me pasa de todo y nada al mismo tiempo.
—Bien —respondo, bajándome después del coche.
Camino hasta la recepción del edificio, topándome con el guardia. No lo había visto, debe de ser nuevo. Lo saludo con un gesto, y sigo mi camino al elevador recordando todo lo que he vivido estos últimos meses. Por mi mente viaja Oliver y mi desliz con quien fue su mejor amigo, Marcus.
Me recargo en la pared del elevador, éste cierra sus puertas, subiendo después hasta el piso de mi apartamento. Para cuando salgo de éste, lo primero que ven mis ojos es a mi hermano Neron con la mirada cabizbaja.
—¿Qué te sucede? —le pregunto —, ¿Qué haces ahí sentado, no está Izan?
—No, no está. Tenemos... tenemos que hablar —anuncia.
Ni pareciera que es abogado, porque de serio no tiene nada. A veces pienso que es muy hablador.
Abro la puerta del apartamento, adentrándonos juntos al mismo. Nerón cierra la puerta, y lo primero que hago es caminar hacia mi habitación para colocarme un pijama. Es domingo, y por lo general los domingos no suelo hacer nada. Para cuando vuelvo a la estancia, Nerón ya se encuentra sentado en el sofá, sin zapatos y con la espalda recostada en el respaldo.
—Bien, ¿Qué te sucede? —le pregunto, sacando de la nevera huevos para hacer el desayuno.
—Estoy enamorado —dice.
Le hago un gesto frunciendo el entrecejo.
—Es raro, recuerdo que dijiste que Paula sería tu última aventura —me burlo.
—No, esto es real, es... es mucho más serio que lo de Paula.
—Bien, cuéntame —lo animo.
Duda un momento en hacerlo, pero lo hace mientras me mira como preparo el desayuno. Me cuenta que se ha visto con la chica en diferentes ocasiones, que no sabe cómo es que pasó pero ha comenzado a enamorarse de ella y...
—¿Por qué no se lo dices? —vuelvo animarlo —. Si tanto te gusta.
—Ella... mierda —maldice por lo bajo —, no sé cómo te tomaras esto.
—¿Qué cosa? ¡Ya, habla! Maldita sea —me rio.
Sirvo el almuerzo dejándole el plato sobre la isla junto a la cocina. Toma asiento, y yo hago lo mismo quedando frente a frente.
—¿Acaso la conozco? —le pregunto.
—No solo eso, ella es la esposa de quien fue tu amante.
Lo pienso por unos segundos y... me ahogo con el huevo. Comienzo a toser, Nerón me da de palmadas en la espalda tratando de que saque el almuerzo a como dé lugar, pero por mi mente solo me pasan las imágenes de él y Mersy teniendo sexo.
—Joder, ten toma agua —dice, estirando un vaso de jugo de naranja hacia mi mano.
Le doy un trago largo, hasta terminármelo. Toso unas cuantas veces más, observando a mi hermano.
—¿Ya? —asiento —. ¡Fiu! No moriste, que alivio.
—¿De qué mierda me perdí Nerón? ¿Mersy? Pero ella...
—Está preñada y está casada, ¿vale?
—Y el bebé es...
—¡No me jodas Charlotte! El bebé si es del otro infiel.
—Marcus, se llama Marcus —le aclaro, porque al decirle infiel también a mí me estaría insultando.
—Como sea, la cosa es que la quiero y tú me conoces, no me doy por vencido con facilidad.
Suelto un bufido. Me llena de confusión.
—Pero... Vaya, no me lo esperaba. Por mi mente pudo haber pasado de todo con ella, menos esto.
—Si bueno, pues pasó ¿vale? Follamos, y no solo una vez, han sido más de una y durante meses. Tal vez me aproveché de ella y de que su marido le haya sido infiel contigo, ¡No lo sé!
—Si, omite eso por favor. Está claro que te aprovechaste de ella Nerón, de su dolor —digo.
—¿Y? Se la ha pasado bien, y mira que ni siquiera se ha quejado.
Lo detengo antes de que siga hablando.
—Mejor ahí la dejamos, es demasiada información que procesar.
Juntos terminamos el desayuno, lavando después los platos. Hablamos de nuestros padres, y lo genial que sería organizar un viaje llegándoles de sorpresa. Acepto a su idea, un descanso mental en la playa de California no me sentaría mal. Pasamos la tarde viendo películas y comiendo palomitas, platicando de cómo le va en el despacho de Leister y de la cantidad de personas que ha conocido.
—Uno es abogado y profesor en la universidad de Seattle, es otro hijo de puta guapo —dice.
—Es lo único en lo que te fijas Nerón —me burlo —, ¿Cómo se llama?
—No tengo idea, siempre lo veo. Y los casos que le asigna Leister son muy buenos.
—¿Y tú? ¿Qué tipo de casos tienes?
—Derecho penal, hermanita. ¿Qué no lo recuerdas? —añade —. Él también está en Derecho penal, no quiero que sea una competencia.
Niego. Me recuesto boca arriba en el sofá, quedándome profundamente dormida. Al poco rato siento cuando Nerón me pone una manta y se despide de mí dejándome un casto beso en la frente. Le digo "adiós" entre sueños, volviéndome a dormir...
(***)
Ni una llamada, ni siquiera una maldita llamada he recibido de Leister. Mi humor está por los suelos, pésimo por así decirlo. No me ha llamado, no me ha mandado ningún mensaje y eso me pone a fantasear con imágenes que no quiero visualizar en mi mente y es la duda. Duda de saber dónde estará y con quién.
—Buenos días —me saluda Julián, al abrirse las puertas del elevador.
—¡Joder! De verdad que te amo, muchas gracias Julián —respondo, tomando el café caliente que lleva en sus manos —, ¿Qué sucede? ¿Cómo va el proyecto de los Leister? —pregunto.
Comienza a ultimar detalles, el sistema para los Leister requiere de tiempo y dedicación. A pesar de ser un club, Farid y Brandon son demasiado perfeccionistas con lo que quieren.
—La página web ya está lista, ese departamento ya lo tiene todo —anuncia —, el diseño del sistema es un caos, ya agregamos y quitamos botones innecesarios, pero nos sigue marcando un error al mandar a llamar la página web.
—¿Ya lo han revisado a profundidad? —pregunto, adentrándome a mi oficina.
—Si, ya lo hicimos y seguimos en la misma. La base de datos y su conexión está como debería estar, no hay otra cosa que...
—Vuelvan a revisar la conexión a la base de datos, Julián. Ahí debe estar el error, si es que el error marcado no les sale en página web.
Suelta un suspiro con pesadez.
—Vale, lo haremos de nuevo.
—Bien —digo, tomando asiento en mi lugar después de acomodar las cosas.
—Lindas rosas —dice Julián antes de salir.
—¿Rosas? ¿Qué rosas? —pregunto confusa.
Julián apunta hacia el sofá donde descansa un ramo de por lo menos cien rosas, envueltas en papel celofán color negro, con una pequeña leyenda: Para mi muñeca.
El pecho se me estruja. Me levanto, tomando la nota con lo escrito y después las rosas.
—Toma, regálaselas a quien tú quieras, o si no tíralas —digo, guardando la nota en un cajón de mi escritorio.
—¿Qué? ¿Por qué? —cuestiona —, ¿Quién te las trajo, Charlotte? Eh, picarona —bromea.
—Un imbécil.
Suelta una risilla, toma las rosas y sale de mi oficina.
La duda me carcome. Levanto la bocina marcando el número de recepción. La chica que no recuerdo su nombre porque es nueva, me responde al instante diciendo toda la oración debida de la empresa.
—Hola, soy Charlotte Harrison, gerente del departamento de diseño —digo —. Disculpa, ¿te puedo hacer una pregunta?
—Claro, dígame señorita.
—¿Quién es la persona que me manda flores? ¿La has visto? —pregunto.
—Si, si la he visto —dice —. Las trae un chico alto, con la vestimenta de la florería.
—Oh... ¿Cuál es el nombre de la florería? —pregunto sin más.
Con la duda no me pienso quedar.
—Mmm, no lo recuerdo, creo que es... —piensa por un momento —¡Duamor! La florería se llama Duamor.
Le agradezco a la chica, cuelgo la llamada y comienzo a buscar en el navegador el nombre de la florería. Ésta se encuentra situada a unas cuantas calles de la empresa. Pienso nuevamente, y a mi mente solo viene Marcus. ¿Quién más podría mandarme rosas con esa leyenda, si no es él?
Gruño. Lo negará de nuevo como la última vez.
Para cuando se llega la hora de comida, vuelvo a observar el móvil que sigue sin recibir mensajes ni llamadas de Leister. Me siento intranquila, y eso solamente me descoloca porque quiero saber qué es lo que le sucede, porque de pronto esa actitud conmigo.
¡Ni una puta llamada!
Sacudo la cabeza. Dejo de pensar en ello, decido salir a comer, no sin antes invitar a Izan, quien al final se opone diciendo que tiene trabajo atrasado, y que regresando de viaje Derek, querrá ponerse al corriente. Entonces recuerdo a Nay. No he hablado con mi amiga, siento que me he distanciado después del viaje a Cuba.
Bajo a la recepción del edificio, camino hacia afuera con dirección a un restaurante que se encuentra a la siguiente calle. Al llegar, tomo asiento en una de las mesas del establecimiento, y a lo lejos lo veo entrar.
—Mierda —susurro, queriéndome levantar de la mesa y huir de ahí.
Oliver.
Me sonríe de lado, mirándome con tristeza. Sus ojos son como dos esferas azules cristalinas y oscuras. Me remueve el pecho con tan solo mirar su semblante serio y triste.
—¿Puedo? —pregunta, y asiento con la cabeza.
Éste toma asiento frente a mi en la mesa. La dependienta me toma la orden, tomándosela a él también. Éste pide al igual que yo pidiendo lo suyo para llevar, y los sentimientos y recuerdos vuelven a mi mente. Trago duro, cuando la mujer se va dejándonos solos.
—Estas muy guapa —dice, dándole un sorbo al café caliente que nos han dejado como entrada.
—Gracias —respondo, algo parecido más a un susurro.
Ninguno de los dos habla, yo solo me dedico a ver el pequeño corazón que han formado en la taza. Sé que debería decirle que se largue, que estamos en un proceso de divorcio, pero hay algo más que me detiene, y son los recuerdos, los recuerdos que en su momento fueron buenos.
—Sabes que no te deseo el mal —comienza hablar —. No puedo odiar a la persona que me hizo feliz en su momento y... Es doloroso, ¿sabes?
Levanto la mirada, viéndolo a los ojos. Los ojos se me llenan de lágrimas, mientras lucho por no derramar ni una sola.
—Lo siento Oliver —es lo único que sale de mis labios.
Oliver suspira, mirando de nuevo la taza de café. Sonríe de lado.
—Me ha llegado el citatorio de divorcio.
Vuelvo la mirada hacia él. Después me ve a los ojos y sonríe. Una sonrisa que guarda para los momentos tristes, esos en los que trata de animarte las veces en las que me había encontrado triste.
—No podré cerrar este ciclo si no me perdonas —digo.
—Sabes que lo hago, fuiste importante para mí y... aunque me duela lo hago. Quizás tienes razón en lo que dijiste, algún día encontraré a esa mujer que me haga sentir paz y no tormento.
Siento una presión en el pecho. Los ojos se me llenan de lágrimas, sintiendo por un momento la necesidad de abrazarlo.
—Su orden, señor. En un momento traigo la suya señora —asiento.
Oliver toma entre sus manos la orden. Éste me sonríe de lado al mismo tiempo en el que se pone de pie junto a la mesa. Me acaricia la mejilla con los nudillos, cierro los ojos, y el recuerdo de nosotros bajo la lluvia vuelve. Pega sus labios a mi frente, y...
—Firmaré —dice, y se va dándome la espalda.
Una lágrima recorre mi mejilla. La limpio disimuladamente cuando la dependienta vuelve con mi orden. Miro el móvil de nuevo, tratando de tragarme el orgullo por no llamarle a Leister, tratando de despejar mi mente de éste mar de sentimientos y confusiones.
Para cuando termino de comer, vuelvo a la oficina. La tarde pasa rápido, y recuerdo que debo ir al despacho de Brandon Leister. Éste me manda un mensaje dándome indicaciones y diciéndome que Oliver se reunirá con sus abogados y con él a primera hora de la mañana del día siguiente.
El corazón se me estruja y se hace añicos. Nunca pensé que llegaría este momento.
Aprovecho que Osuna se encuentra fuera de la ciudad y vuelvo a casa, recibiendo después la llamada de Brandon Leister.
—Leister —contesto.
—Supongo que ya viste mis mensajes —dice, y respondo con un si —. Bien, Oliver Archer vendrá a las ocho de la mañana a firmar, ¿quieres estar presente? ¿O lo dejamos solo y vienes tú después? —pregunta.
Doy un suspiro, omitiendo el decir que lo he visto hoy a medio día.
—Si, si quiero ir.
—Bien, aquí te espero.
Cuelga la llamada.
La noche la paso en vela pensando en él, en Oliver. Los ojos se me humedecen y comienzo a llorar, a llorar en realidad después de repasar mentalmente cada uno de los momentos vividos con él...
"Bailando bajo la lluvia canciones antañas románticas, bailando sensualmente en cada uno de los momentos en el que hicimos el amor, cantando en aquel bar las noches de cada viernes, él lo odiaba y yo lo amaba a él porque siempre hacía lo que yo deseaba. Era feliz, me sentía plena y feliz, pero no llena.
—Eres y serás el amor de mi vida, cariño —dijo, esbozando una sonrisa, besándome después los labios.
Sus ojos azul oscuro, su mirada penetrante y todo de él me... me fascinaba."
—Oliver... —susurro su nombre para mis adentros.
Me tumbo en la cama, cierro los ojos y el historial de lo vivido con Oliver Archer cae de golpe como un balde de agua fría.
—¿Por qué me siento así? —me pregunto en voz alta, tratando de tragarme el nudo en la garganta.
"—Te amo.
—Te amo cariño... "
Recuerdos.
—No, no, ¡no! —exclamo.
Pataleo, el corazón me palpita con fuerza, se me va el aire y el pecho se me estruja con fuerza. Lloro por la forma en la que lo he perdido.
—No se lo merece —vuelvo a decirlo en voz alta y...
"Te amaré en ésta vida, y en mil más Charlotte..."
Sollozo recordando cada uno de los momentos que viví con él.
"—Cariño... yo siempre seré feliz contigo..."
Lloro y sollozo hasta quedarme dormida.
***
Despierto de golpe sentándome en la cama, con el corazón desbocado. Me levanto encaminándome al baño y después a la ducha. No he dormido, me la he pasado horas soñando y recordando los aquello que viví con él. ¿Lo quiero? La respuesta es sí. ¿Lo amo? La respuesta es no. Dejé de amarlo y no sé cómo es que sucedió.
Salgo de la ducha, recorro el closet con la mirada observando lo que me pondré. Tomo entre mis manos un vestido de lino en color blanco y me lo pongo. Después de unos segundos me miro frente al espejo, observando a las ojeras que me acompañan el día de hoy.
Escucho que alguien toca a mi puerta, y al abrir veo a Izan con ropa deportiva puesta.
—Hola, hola conejita —me saluda un Izan animado —. ¿Qué te pasa? ¿Por qué esa cara?
—Estoy por... por firmar mi divorcio.
—¡¿Qué?! Pensé que tardaría más.
—No, es... es hoy —digo, caminando hacia el ventanal junto a la sala viendo mi reflejo en él.
Voy vestida de blanco otra vez, recordando que alguna vez fui esposa y amante de alguien. Recordando que una vez fui el tormento de esa mujer, y la conversación de aquel hombre cuando lo engañé.
Y no, no se siente bien.
—¿Por qué de blanco? —pregunta Izan.
—De blanco me casé, y de blanco me divorciaré.
Suspiro. Me vuelvo hacia Izan quien toma mi abrigo entre sus manos para dármelo. Me lo pongo, tomo el bolso y juntos salimos al pasillo de nuestro piso.
—Sabes que soy tu hombro y tu paño de lágrimas, coneja —dice, tomándome de los hombros —. Sé lo que sientes, sientes que fallaste como mujer pero no es así, no te eches toda la culpa Charlotte.
—La tuve —respondo.
—De los errores se aprende, y... Joder, ven acá.
Me estrecha entre sus brazos y vuelvo a sollozar. ¡¿Por qué mierda lloro?! Se supone que ya no lo amo, pero lo quiero, y porque lo quiero sé que ambos merecemos un nuevo comienzo. Yo misma me contradigo pensando una y otra vez si tomé la decisión correcta y...
—¡Conejita! —exclama Nay.
Vuelvo la mirada hacia ella, y corre con pasos diminutivos hacia los dos.
—Me divorciaré —le digo sollozando, escuchando el repicoteo de sus tacones.
—Oh, no...
Llega hasta nosotros, y me abalanzo hasta sus brazos cuando los abre para envolverme. Me acaricia el pelo besándome al mismo tiempo la cabeza.
—Tranquila, ¿vale?
—Lo arruiné, no sé qué mierda quiero, yo... No lo amo, pero...
—No lo quieres dejar ir porque le hiciste daño, eso es lo que pasa —opina Nay —. Pero ¿sabes que? Es lo mejor, no puedes tener a alguien por los momentos y los recuerdos Charlotte.
Me endereza tomándome de los hombros. Me mira a los ojos, y yo la miro a ella.
—Los dos te queremos, y sea lo que sea que decidas, así sea lo más jodido y estúpido, tendrás nuestro apoyo.
Asiento mirando a ambos. Juntos caminamos hasta el elevador, pasando después de unos minutos por la recepción. Ambos me acompañan a mi coche esperando a que arranque y desaparezca por las calles de la ciudad.
Manejo hasta el despacho de los hermanos Leister con un nudo en la garganta. Siento un vacío, un vacío que probablemente en meses lo vuelva a llenar sustituyéndolo por otra persona, pero ese pensamiento se ve esfumado cuando sé que perdí a alguien con quien no me di la oportunidad de ser feliz.
Llego al edificio, aparco el coche en el estacionamiento libre para clientes y bajo de éste caminando con seguridad hasta la recepción.
Pero la seguridad se esfuma cuando presiono el botón del elevador. Las puertas se abren, y yo me adentro a éste dudosa. Después se cierran y llega el nerviosismo cuando presiono el botón indicando el número del piso al que voy. Para cuando las puertas se abren, salgo caminando con dificultad. Las piernas me tiemblan, el cuerpo me tiembla, y hasta la voz se me va.
Camino hasta la oficina de Brandon, abro la puerta, pero en ella solo se encuentra él.
—Buenos días señora Archer —dice, provocándome un mal estar.
Le hago mala cara.
—Es una broma —aclara.
—Aqui soy tu clienta Brandon, te pido ser profesional.
Hace un gesto parecido al de su hermano cuando algo le divierte.
—Bien —responde, caminando hacia la puerta por dónde he entrado —¿Me acompañas? Es un divorcio... Digamos express. Sólo firman, y cada quien para su casa —prosigue —, pero como todo profesional, debo hacerte la debida pregunta.
Volteo asintiendo hacia él, antes de salir.
—¿Estás segura de quererte divorciar?
Su pregunta me descoloca. Comienzo a ponerme nerviosa, dudosa, pero respondo mirándolo a los ojos.
—Si, estoy segura.
—Bien, vayamos a la sala.
Camino a su lado unos cuantos pasillos más, llegando a una sala arrinconada y encerrada por ventanales de cristal. En ella se encuentra Oliver y uno de sus abogados, el de cabecera, con el que siempre contó. Va vestido con su habitual atuendo de quirófano en color blanco, y mi mente vuelve al día en el que lo conocí.
—Buenos días, señores —saluda Leister animadamente.
Ambos hombres responden, Oliver me mira y yo lo miro a él. Un nudo se forma en mi garganta, y...
—Charlotte, si gustas tomar asiento por favor —me indica Brandon.
Obedezco tomando asiento a su lado en una mesa rectangular. Yo en la cabecera de un extremo y Oliver en el otro.
—Bien, damos inicio —comienza Leister.
Me dedico a escuchar a lo lejos, decidida a desconectarme por unos segundos en los que Leister lee el citatorio, y en los que el abogado de Oliver menciona lo de mi infidelidad.
Lo miro, y él me mira a mi y...
—No puedo hacerlo —susurro.
Los tres voltean a verme. Brandon y Oliver fruncen el entrecejo y salgo de la sala. Unas ganas de vomitar me invaden y corro entre los pasillos buscando el baño.
No lo encuentro.
Escucho todo mi alrededor con mayor claridad, los oídos me zumban, las piernas me flaquean y estoy a nada de caer cuando...
—¡¿Que mierda haces?! —espeta Brandon, tomándome entre sus brazos.
—Yo... Yo no sé —sollozo sintiéndome una estúpida, una inmadura.
—¡¿No sabes que, Charlotte?! ¡¿Eh?!
Me recargo en la pared, cerrando los ojos tratando de equilibrar mi cuerpo, y esperando a que las ganas de vomitar se vayan.
—Mira, yo no soy nadie para juzgar ¿Vale? Está claro que no me agradas, mucho menos para mí hermano, pero tú a él si y sinceramente él ya ya sufrido demasiado como para estar con alguien como tú —espeta esos último y prosigue —. Si aún lo amas, ¿Por qué le pediste el divorcio?
—Estoy confundida —respondo abriendo los ojos.
—¿Si? Pues yo no soy tu psicólogo —responde tajante, dando después una bocanada larga de aire —. Sin embargo, quiero que vuelvas a esa sala y lo mires, lo mires a los ojos para que te des cuenta que solo es un maldito papel el que los une ¡Joder!
Se pellizcar el puente de la nariz, cierra los ojos respirando profundo y los vuelve abrir tan solo para preguntarme...
—Va de nuevo... ¿Estás segura?
Me muerdo el labio inferior al mirarlo. Respiro profundo, y asiento.
—Si, si lo estoy.
Asiente.
—Bien, vamos. Y agradece que no se lo diré a mi hermano.
Volvemos caminando hasta la sala, dónde Oliver se encuentra viendo por la ventana.
—Una disculpa, mi cliente se sintió mal así que... ¿En qué nos quedamos? —prosigue Leister.
Ambos abogados hablan unos segundos, hasta que el de Oliver toma la palabra.
—Mi cliente ya ha firmado —informa su abogado.
—Bien, solo faltaría mi cliente. ¿Charlotte?
Oliver se mantiene firme, aún mirando hacia la ventana, no me mira a mi ni a nadie más. Solo se dedica a ver por la ventana.
Camino hasta la mesa. Leister me da las indicaciones de lo que se firmará, y lo hago con el corazón aliviado y a su misma vez, destrozado.
—Perfecto, es todo —habla Brandon —. El acta quedará en unos días, ambas se las haremos llegar por correspondencia y en electrónico, ¿Vale?
Asiento, y el abogado de Oliver también.
—¿Nos podrían dejar a solas? —interroga Oliver.
Brandon me mira.
—Si mi cliente está de acuerdo, por supuesto.
Asiento.
Ambos abogados salen de la sala, cerrando la puerta, dejándonos solos. Oliver sigue mirando por la ventana hasta que después de unos minutos decide hablar.
—Me imaginé una vida contigo, ¿Sabes? —dice —. Viviendo juntos, niños corriendo por todo el patio de nuestra casa y...
—Me imaginé lo mismo Oliver, pero mi infidelidad me puso entre la espada y la pared. Yo no podía seguir sabiendo que al día de mañana ese recuerdo sería el causante de futuras peleas...
—No lo sabías Charlotte...
—El silencio es el engaño más violento, y yo guardé silencio tanto tiempo pensando que era feliz y... Quizás lo fui.
—Pero ya no, ¿Cierto? —dice, volviéndose hace mi.
—Perdón, pero la palabra casados es para dos.
—Solo dime ¿Por qué saliste corriendo? ¿Lo dudaste? —pregunta.
—Si... —susurro.
—¿Y ahora lo dudas?
Niego.
—No. —Respondo con seguridad, mirándolo a los ojos.
Agacha la mirada.
—Ven acá, cariño.
Levanta la vista, estrechandome entre sus brazos. El sentimiento me gana y lo abrazo, sollozando.
—No nos atormentemos más ¿Vale?
Me besa el pelo, y acaricia mi espalda. Me acuno en su pecho, aspirando por última vez el aroma de su perfume y me pregunto; ¿El amor se acaba?
Y la respuesta para mí es no, el amor no se acaba, simplemente es sustituido por nuestra propia felicidad.
—Ya no te amaré en esta vida ni en mil más —bromea, cuando me endereza para mirarlo.
—Y yo ya no querré un kinder contigo.
Niega.
—Un gusto haber coincidido Charlotte Harrison.
Sonrío, al mismo tiempo en el que se me oprime el pecho.
—El gusto fue mío Oliver Archer.
Los ojos se le llenan de lágrimas, al igual que a mí. Sin embargo, él no permite que lo vea llorar. Me deja un casto beso en la frente, saliendo de la sala a la brevedad.
No vuelvo la mirada, no miro hacia atrás, solo escucho cuando minutos después alguien más se adentra a la misma sala.
—Por ahí dicen que el fin de una relación no es siempre un fracaso. A veces todo el amor del mundo no es suficiente para salvar algo.
—Lo quiero, pero ya no lo amo.
—Hiciste lo correcto Charlotte, lo dejaste a tiempo.
Me aprieta el hombro.
—Porque lo engañé.
—No eres ni serás la primera, y tampoco la última que lo hará. ¿Recuerdas? Soy abogado cuñadita, como tú casi, hay un millón más.
Niego agachando la cabeza.
—Gracias por los ánimos.
—Mejor agradece que no se lo diré a mi hermano.
Me da unas palmaditas en el hombro.
—Sere tu cómplice, aunque... Probablemente después me lo cobre.
—Prefiero pagar por tu silencio —le digo, esbozando una sonrisa al volverme hacia él.
—Mmm no creo, nado en dinero.
—Que ego.
—Asi somos —dice y suspira —. Puedes quedarte aquí cuánto tiempo se te antoje, eso sí, yo re aconsejaría que te fueras antes de que llegue Farid y quiera ultimar detalles de tu divorcio.
Sale de la sala dejándome sola. Camino hasta la ventana pensando en el divorcio. Veo el cielo nublado, lluvioso, y me pregunto; ¿Por qué las personas se casan? Yo lo hice por amor, y ahora... Ahora estaba en otra situación muy distinta a como empecé.
Mejor así. Todo es mejor así. Nos unió un papel, y nos separó otro más...

¡Capitulo largo! Espero lo hayan disfrutado, ahora sí a dormir ♥️♥️
Leeré y responderé sus comentarios 👀🥰✨
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