CAPITULO 32
SAMADHI
"A veces las palabras duelen mucho más que las acciones. Sé feliz Clar."
Y era cierto. Las palabras duelen tanto, que a veces nos dejamos llevar por ello. Porque decir lo que uno siente sin pensarlo antes, se puede dañar a cualquier persona hasta en el aire. Si era cierto lo que había dicho Clar, no me quedaba de otra más que continuar con mi vida. Olvidarlo y seguir adelante aunque fuera difícil de hacerlo. Ahora más que nunca quería que pasara el último año que me faltaba en la universidad para poder irme tranquilamente y hacer mi vida en otro lugar.
Pensarlo me ocasionaba un revoltijo en el estómago, y un nudo en la garganta con unas inmensas ganas de llorar. Pero tenía que aprender de nuevo a quererme. Aceptar mi error y seguir adelante con mi vida sin Clar.
—¡Feliz cumpleaños! —exclaman los presentes.
Efectivamente, ya había pasado un año desde que había regresado a casa, y unos días después desde que vi por última vez a Clar. No lo había vuelto a ver rondando por mi edificio como lo había visto dos veces antes de vernos por última vez. Lo cual agradecía, porque hasta cierto punto quería que sucediera algo inesperado, que bajara del coche y me dijera que me había perdonado. Algo que tal vez nunca sucederá, pero tampoco espero que suceda.
—Pide un deseo, hermanita —dice Brad —. Menos que regrese Clar —suelta con sarcasmo.
Mi madre, Sara y Falco, lo miran mal. Ruedo los ojos e ignoro lo que acaba de mencionar. Soplo la vela con el número 21, y no pido ningún deseo, porque lo único que deseo en estos momentos es que termine mi día para poder irme a descansar.
Estábamos a mitad de semana, y mi madre había insistido tanto por celebrar mi cumpleaños en su casa. Sara y Sony fueron invitadas. Lucas no había podido venir gracias a que él y Clar se encontraban fuera de la ciudad. Y de William ni hablar, de él tenía tiempo que no sabía nada. Se había desaparecido así como si nada, y las dudas se hacían constantes con respecto a su paradero.
La velada fue rápida. Mi madre preparó lasaña y la acompañamos con algo de vino. Sara se estaba propasando con las copas porque su boda se acercaba, y cada que podía decía una incoherencia que nos hacía reír gracias a lo nerviosa que se encontraba. Sony estaba nerviosa junto a Brad, me pude percatar, y cuando notaron mi mirada en ellos salieron por la puerta del patio trasero. No pasé desapercibido las pastillas que Sony le dio a Brad. ¿Droga, quizás?
—¿Qué son esas pastillas que toma Brad? —pregunto a Falco, pues no se me olvidaba que una vez en mi cumpleaños, él mismo se las había dado. Éste me mira extrañado por mi pregunta, pero responde.
—Tengo entendido son para la ansiedad. —Contesta. —Es lo que Rachel me ha comentado en alguna ocasión.
La duda crece, y me pregunto si Brad y William estuvieron en el mismo lugar de rehabilitación. Y ahora más que nunca me arrepiento por no abrir esa carta que tenía Clar en su despacho.
—Amiga, no puedo creer que este por casarme ¡Dios! Y pensar que después de la mala fama que me gané en la universidad...
Continúa hablando de ello. Me alegra tanto el saber que al menos Sara es feliz. Bien merecido lo tiene por todo lo que pasó en la universidad. Y sin duda se veía que Lucas la amaba y dejaría cualquier cosa por ella.
—Yo estoy feliz por ti Sara, te lo mereces. —Me mira con ternura. Da un suspiro y vuelve hablar.
—Algún día tú felicidad llegará Sam, alguien que te ame y merezca de verdad.
Asiento a su comentario tragándome el nudo que se encuentra atorado en mi garganta. Lo que menos quiero es llorar en presencia de los demás, y mucho menos frente a mi mamá.
Al pasar un rato, y por ser la que menos ha tomado, decido llevar a Sara al apartamento de Lucas, ese que un día fue de él y de Clar. Brad lleva a Sony con quien no fraternice lo suficiente, pero si le agradecí el haber venido hasta la casa de mi madre para hacerme compañía por mi cumpleaños.
Sin duda, quería llegar a mi apartamento antes de que llegase Brad. Y para mi fortuna, o mala suerte, quien se encontraba ahí esperándome era William.
—Sam —sonríe al verme.
Tenía dudas. Muchas dudas después de lo que me había metido en la cabeza Chris.
—Will, donde... ¿Dónde te habías metido? —pregunto —Estuviste creo que más de un mes desaparecido ¿No crees?
Me mira con pesadez, agacha la cabeza como si estuviese pensando lo que me quiere decir. Me acerco más, pero su aliento a alcohol lo delata. Por alguna extraña razón me da miedo verlo de esa manera, así que paso de largo y con cuidado para abrir la puerta.
—Tenemos que hablar Sam.
—No gracias.
—Sam, no sé qué mierda te metieron en la cabeza de mí, pero está mal, hay una explicación para todo...
—¿Cuál Will? Porque tengo tantas dudas de toda esta mierda que ni tú y mucho menos el innombrable, quisieron decirme.
—¿El innombrable? —pregunta. Asiento a ello y le respondo.
—Es mi nueva forma de llamar a Clar.
Se le escapa una risa y me mira. Sin duda alguna debo aprender a decir no, así que no lo dejo entrar. Le ordeno que me diga lo que sucede, pero insiste en querer entrar.
—Te ha dicho que no William —espeta Brad molesto. —¿No fue suficiente el centro de rehabilitación? Porque sigues apestando igual.
—No es tu problema Labello.
—¿Centro de rehabilitación? —miro a William objetando esa pregunta.
—Sí, no se lo dijo a nadie pero yo lo supe sin querer. Dile Will, dile a Samadhi que te encontré afuera de su apartamento en la madrugada tratando de entrar hace más de un mes. Dile que te pillé y por eso te largaste de aquí.
Lo miré desconcertada y me dio miedo preguntar que hacía a esas horas fuera de mí apartamento. Negué con la cabeza mirando a Brad. De seguro era otra de sus mentiras, otra de sus estupideces para ponerme en contra de los demás.
—Eso es mentira Brad. —Gruño mirándolo a los ojos.
—Seré todo lo que quieras Dam, pero no mentiroso.
—Manipulador te queda mejor —le digo con amargura.
—Sam, déjame explicarte...
Y así es como me doy cuenta que todo es verdad. Trata de acercarse a mí, pero no se lo permito. Las palabras de Christopher vuelven, y ahora más que nunca me queda claro que no puedo ni siquiera confiar en él.
—Ahora entiendo todo, ¿Qué razones tendrías para matar a Hanna? ¡Claro! Ella mató a tus padres, por eso lo hiciste, por eso...
—¡Estas equivocada! —contesta con enfado tomándome de los hombros. Brad reacciona y lo avienta. Lo miro con furia cuando exclama eso último.
—A ella no la toques William, o te arrepentirás.
William lo mira a los ojos enfrentándolo.
—¿Qué me vas hacer Brad? ¿Acaso me vas a matar? —Brad suelta un bufido, seguido de una breve risilla maliciosa.
—Soy capaz de eso, y mucho más si le haces algo a Sam.
—Lárgate Will, no te quiero ver aquí.
Espero un breve instante esperando a que William se vaya de mi vista. Pero no lo hace. Vuelve la mirada a Brad y asiente a ello. Ni siquiera espero a que alguno de los dos se marche. Abro la puerta y la cierro con fuerza cuando ya me encuentro adentro del apartamento. Cierro con llave, pero a pesar de ello me siento insegura de estar aquí. Me pasa por la mente el querer llamar a Clar y explicarle lo que sucede, pero no lo hago. No puedo estar pidiéndole ayuda cuando ya había dejado en claro que no mantendríamos ningún tipo de relación. Así que lo único que hago es tratar de tranquilizarme. Afuera se escuchan los murmullos de Brad y Will, pero los ignoro.
Me encierro en la habitación, y por primera vez en mucho tiempo me siento sola. Sola de verdad. Ni siquiera el apoyo de alguien que me sostenga cuando estoy a punto de caer tengo ya. Las lágrimas comienzan a brotar, y lo único que quiero es descansar y dejar de pensar en todos los demás. Después de un rato que se me antoja eterno, es que me quedo dormida.
(***)
Lo había decidido. Darle una oportunidad a Álvaro seria mi siguiente paso. Llevábamos saliendo casi un mes, y para ser honesta su compañía me era grata. Lo que más me gustaba de él, es que era una persona abierta como un libro, romántico y juguetón. Me hacia reír a toda costa con sus ocurrencias y en ocasiones, me dedicaba poemas. Su fuerte sin duda era la pintura, así que hoy haríamos un picnic fuera de la ciudad. Por otro lado, él sabía todo sobre mi pasado con Clar y error que cometí. No me juzgo en ningún momento, al contrario, me dijo que lo pasado, era eso, un pasado desastroso en el que él aún no había llegado, y que sin duda alguna dejaría en paz. Así que después de contarle lo sucedido, ambos decidimos no tocar ese tema, jamás.
Antes de salir mi móvil suena, y respondo al ver la llamada entrante de Christopher.
—Chris, no estoy de humor para...
—Tenemos que hablar Samadhi, estoy en la ciudad, así que en cuanto te desocupes, dime, para ir de inmediato a tú apartamento.
Vacilo un poco y me pongo nerviosa, le respondo que si, que en cuanto me desocupe le llamo, y después cuelgo. Lo notaba extraño, si no es que algo acelerado y agitado. Muy raro.
Salgo del edificio, y al ver el coche de Álvaro estacionado en frente, me subo rápido.
—Entonces... ¿Ya me dirás a donde me llevas? —pregunto curiosa abrochándome el cinturón de seguridad.
Álvaro niega con la cabeza y sonriendo. Una sonrisa linda que se deja escapar. Me le quedo viendo por un momento, observando su rostro perfilado. Por inercia, acaricio su barbilla sintiendo lo rasposa que se encuentra gracias a la barba que le crece constantemente.
—¿Observando mi belleza? —le doy un golpe leve en el hombro y vuelvo la mirada hacia el frente.
Hablamos de mi trabajo conforme vamos saliendo de la ciudad. Le digo que son fechas con poco margen de ganancias y que debido a eso mi madre ha decidido sacar solamente a la venta los modelos de la misma temporada. Álvaro me pone toda la atención, y al momento me desenvuelvo hablando de lo que más me gusta hacer.
—Me encanta la manera en la que hablas de tú trabajo, me contagia tu pasión por él.
—Bueno, es que hacer lo que nos gusta es satisfacerse a uno mismo. A mí me encanta mi trabajo, y a pesar que a mí no me ha costado forjarlo como le costó a mi madre, lo cuido demasiado.
Me siento relajada hablando de todo un poco con Álvaro. Siento la confianza que hay en ambos y sin duda me transmite ese aire cálido. Él me habla de sus padres y menciona lo buenos que han sido con él. Ambos viven en España, Álvaro es el mayor de dos hermanas, y al saber sus padres lo que a él le gustaba y apasionaba hacer, no dudaron en apoyarlo. Me alegro por ello y se lo hago saber, porque sin duda lo que hace con la pintura es hermoso, bello, y de eso me di cuenta gracias a la infinidad de cuadros que me mostró hace unos días en la galería cerca de mi apartamento.
Después de una hora de camino por la carretera, se dejaron ver los árboles y palmeras por todos lados, llegamos a una casa enorme con los portones colores blancos polvorientos y cerrados. El día era cálido y un tanto bochornoso a inicios de septiembre, y en cuanto bajo del coche el aire ligero remueve un poco la blusa holgada que llevo puesta. Estábamos en una zona cara, eso lo sabía. Pero la casa o mansión en la que habíamos aparcado, estaba desolada y deshabitada.
—Bien. Cierra los ojos —ordena sosteniendo entre sus manos un pañuelo color rojo.
—¿Qué tienes en mente? —le pregunto sonriendo, giro sobre mi propio eje y hago lo que me pide. —¿Es una especie de secuestro? —le pregunto.
—Es todo, menos un secuestro Samadhi.
Su aroma semidulce y varonil, me inunda las fosas nasales cuando dice esas palabras en mi oreja izquierda. Un cosquilleo aparece en mi estómago, y me sorprendo por ello. Comenzaba a ponerme nerviosa al sentir sus hábil manos colocar el pañuelo sobre mis ojos cerrados. Comencé a respirar con dificultad, pero en cuanto me tomó de la mano me relajé.
Escucho como abre el portón, me estira con suavidad hacia él y ambos comenzamos a caminar. Siento el ligero roce del césped en mis tobillos, así como un aroma variado de rosas. Inhalo y exhalo el aroma, y por un momento me siento feliz.
Después de caminar unos cuantos metros, ambos, nos detenemos.
—¿Lista? —pregunta. Y asiento moviendo la cabeza en respuesta a su pregunta.
El lugar es sorprendente. Es como si fuera un invernadero lleno de rosas y flores de algunos tipos diferentes. La casa que se encuentra un tanto alejada de la entrada, es pequeña, pero en lo que concierne todo lo demás, está llena de rosas. Una mesa de al menos 2 metros cuadrados, descansa frente a una fuente grisácea de pajarillos.
—¿Tú preparaste todo esto? —pregunto sorprendida al verlo.
—Efectivamente, señorita Stone.
Vuelvo la mirada a la mesa llena de comida. No lo había notado, pero sobre la misma, hay un chef de tez morena y ojos marrón, esperando a por nosotros. Álvaro me toma de la mano encaminándonos hacia el lugar, y me sorprendo aún más cuando él mismo se coloca el mandil. Muerdo mi labio inferior al verlo hacer eso tratando de no reírme. Y no porque me esté burlando de él, si no, porque ni siquiera me había pasado por la mente que Álvaro, fuese chef.
—Sabes, estoy sorprendida. —Le digo.
—Bueno, algo más que me apasiona, es la cocina.
Él con la ayuda del pinche, comienzan a cocinar. En realidad no se mucho de cocina, sólo lo suficiente como para saber qué es lo que Álvaro cocina. Me quedo viendo embelesada como corta y pica, cada una de las verduras y demás. Lo hace con tal delicadeza, que justo en estos momentos, me dan ganar de ayudarle a cocinar.
—¿Por qué tan sonriente Sam? —me pregunta.
—Me fascina tú pasión por lo que haces —contesto.
—A mí me fascinas tú Sam.
Me mira de reojo, justo al decir esas palabras. Esboza una sonrisa ladina, y sabe que me ha sorprendido su comentario, gracias a que yo misma me delato. Lo sé, siento es calor en mis mejillas.
Al poco rato, ambos terminan de cocinar. Álvaro toma un plato color blanco, y cuidadosamente sirve la comida con tan bonita presentación que me causa una sonrisa. El sol que apenas si entra por el patio enorme en el que nos encontramos, hace brillar su pequeña coleta.
—Y así es como se prepara la Paella Española.
Aplaudo con emoción, y Álvaro hace una reverencia que me resulta graciosa. Después toma asiento y ambos comenzamos a comer. Era la segunda vez que probaba el platillo, la primera había sido en nuestra primera y desafortunada cita. Pero ésta era mucho mejor que la anterior. Entonces, y de la nada, sentí un pinchazo en mi corazón. Los recuerdos con Clar aparecieron justo en el momento preciso de nuestra primera cita. Se transforma un nudo en mi garganta que trato de no sollozar. El corazón se me acelera, y a pesar de que Alvaro está enfrascado hablándome sobre los platillos que más le gusta preparar, no le pongo la atención que él se merece.
—¿De quién es la casa? —pregunto después, cuando termina de hablar.
—Es del matrimonio que me alquila el lugar donde tengo el restaurante —estoy consciente del gesto que hago por el asombro —. Ellos nunca tuvieron hijos, por el lugar esta algo abandona, pero a la señora Ruby, por lo que podemos notar, le gustan las rosas.
—Sí que le gustan. —Inquiero.
Ambos sonreímos. Menciona que el postre lo podemos tomar de camino a casa. Aún no anochece y ambos decidimos que pasaríamos a caminar a la playa. Tratamos de dejar lo más limpio posible para no dejarle todo el cargo al pinche, y después de ello volvemos al coche para adentrarnos a la carretera.
Al llegar a la playa quito mis sandalias para sentir la calidez de la arena. El sol se estaba poniendo, y el atardecer era más que perfecto en esta ocasión.
—¿Café almendrado? —anuncia Álvaro estirando su mano para darme el helado en cono justo a mi mano.
Por extraño que parezca, sentía que ya era tiempo. Sabía lo mucho que Álvaro se estaba conteniendo por besarme, al igual que yo. Así que en cuanto ambos acabamos nuestro helado, lo que estaba por hacer era el siguiente paso. Sin embargo, Álvaro me ganó.
Caminando me tomó de la mano estirándome hacia él. Acaricio mi barbilla y acerco mis labios a los suyos.
—Me encantas, pero tus pecas me fascinan.
Tragué duro. Y lo siguiente que hice fue besarlo. Y no porque me haya dicho que yo le encantaba, si no por su último comentario.
Sentir sus labios con el leve picor de su barba, era tan diferente a cuando besaba a Clar. Álvaro rodeó mi cintura metiendo sus manos con delicadeza bajo mi blusa. Solté un gemido inconsciente a sus labios, y él no se limitó a sonreír. Estaba ahí, un cosquilleo quería salir, no del todo, pero se encontraba ahí.
—Hay que ir despacio —le hago saber separándome cuidadosamente de él.
Junta su frente con la mía, y deja un casto beso en la misma. Él asiente a mi petición haciéndome saber que está dispuesto a esperar. Y aunque mis sentimientos por Clarence sigan vivos, muy en el fondo sé que lo debo intentar. Debo darle una oportunidad a Álvaro.
Le sonrío, y nos vamos caminando hasta la acera donde se encuentra el coche tomados de la mano, pero después lo suelo y con descares me subo sobre su espalda. Me toma de las piernas, mientras yo rodeo su cuello con mis brazos. Al llegar frente al coche, mi móvil comienza a sonar. Me bajo de la espalda de Alvaro y diviso la llamada entrante de Sara. Le hago una seña que responderé la llamada, este asiente y se dirige a la puerta del copiloto para que yo pueda entrar.
—¡Hola amiga hermosa! —exclamo con felicidad. Quizás mucha felicidad. Sara no dice nada, simplemente escucho que suspira y comienza hablar.
—Sam, necesito que vengas al departamento de Lucas.
—¿Está todo bien? —mi voz suena alarmada, que al momento de escuchar, Álvaro voltea hacia mí.
—Es algo que no podemos decirte por el móvil, ven, aquí te esperamos.
Mi respiración se acelera, tanto que pienso en Clarence justo en ese momento. Sara cuelga la llamada, y le pido de favor a Álvaro que me lleve a donde le pido, lo cual acepta. El ambiente lo siento tenso, apenas si le explico que Sara me necesita y que tengo que estar ahí para ella antes de su boda. Al llegar, me acompaña a la entrada del edificio.
—Gracias por este día Álvaro, la he pasado genial —le hago saber. —Lo siento si he tenido que...
—Lo comprendo Sam, Sara es tu mejor amiga, y un amigo real esta hasta en los peores momentos.
Le sonrío y dejo un casto beso en sus labios. Después, me espero a que salga del edificio y me encamino al ascensor.
Las manos me sudan, y el cuerpo me pica por el nerviosismo que siento. La sangre la siento pesada hasta mis pies, y el miedo crece conforme el ascensor se eleva hasta llegar al piso conocido para mí. Camino con cautela hasta llegar a la puerta, y cuando estoy por tocar, ésta se abre apareciendo Clar a mi visión.
—Estas, estas bien. —Confirmo y titubeo al mismo tiempo, y la sangre me vuelve a circular.
Esboza media sonrisa al darse cuenta que el alivio regresa a mí. Le doy un breve repaso. Luce guapo con su ropa casual y el cabello revuelto pero despeinado, y no puedo evitar darme cuenta cuanto lo extraño.
—Estoy bien Sol — me sonríe con ternura, y el revoltijo a mi estómago cuando me dice mi sobrenombre, aparece. —Pasa.
Entro al apartamento donde al llegar, se encuentra Sara y Lucas. Ambos con sus rostros asombrados y algo pálidos. Después de verme comienzan a debatir diciendo: "Dile tú Clar" y él respondiendo con "dile tú Sara".
—¿De qué hablan? ¿Qué es lo que me tienen que decir?
Miro a los tres, y veo como cada uno pone su cara de seriedad.
—Christopher Ladera, está muerto. —Anuncia Sara con su voz delicada.
Si el mundo giraba a mi alrededor, por un momento sentí que no.
¡He vuelto!
Ultimo por el momento.
Me he quedado muda ...
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