Capítulo N° 23

Al principio veía a Alice de vez en cuando, especialmente cuando visitaba a Molly, mi preciosa ahijada. Con el tiempo nuestros encuentros se volvieron más habituales. Y, mientras trabajaba duro para pagar todo lo necesario para mi cafetería, verla me servía para liberar algo de todo el estrés que estaba viviendo. No solo por el sexo, sino porque en verdad me divertía y la pasaba bien a su lado.

Aunque habíamos quedado en que solo sería sexo, comencé a pensar, con el paso de los meses, en la posibilidad de convertirla en mi novia. Jamás había tenido novia, nunca. Lo pensé y medité durante unas semanas porque no estaba seguro de si acaso ella querría salir conmigo, o si deseaba continuar con encuentros casuales.

Una noche me invitó a cenar a su casa. Sus comidas siempre eran nutritivas, y sabía lo mucho que le costaba comer correctamente luego de que, me había dicho tiempo atrás, viviera toda su adolescencia con TCA. Ahora que estudiaba para ser nutricionista tenía una mejor relación con la comida, y se esforzaba en que la gente a su alrededor comiera bien. Incluyéndome.

Cenamos juntos con una copa de vino cada uno, mientras la oía contarme sobre su semana, aunque muchas de nuestras conversaciones se reducían a Molly.

—Lo siento, no te pregunté, ¿cómo va la burocracia horrible esa? —dijo con una sonrisa.

—Terrible, no sabía que necesitaba tantos permisos para todo. Por suerte Michael nos ayuda muchísimo —suspiré.

Lo más difícil había sido conseguir los permisos de venta de alcohol y la habilitación del local. Estábamos aún en proceso de todo lo demás.

Bebimos nuestras copas y la miré a los hermosos ojos avellana. Su cabello castaño dorado caía sobre un hombro con elegancia, y su cuerpo perfecto estaba envuelto en el vestido rojo más descarado de todos. Era increíblemente hermosa.

—Alice —carraspeé para llamar su atención—. ¿Estás bien así, viéndonos de vez en cuando?

Ella alzó la mirada para verme con curiosidad.

—Me gusta verte. ¿Ya no quieres que nos encontremos?

—No, no es eso —dije con una risita nerviosa y reposé la cabeza en mi puño—. Solo quiero saber si estás bien así o si quieres… Ya sabes, dar un paso más.

Sus mejillas se encendieron levemente y sus ojos se abrieron con sorpresa.

—¿Me estás… pidiendo ser tu novia o algo así?

—Si tú quieres, sino está bien así.

Ella dudó un poco antes de responder, entrecerró los ojos.

—Me gustas mucho, Al, pero no sé si estoy enamorada de ti.

—También me gustas mucho —me reí por los nervios—. Y ya sabes que me enamoré de otra persona, pero aún así me gustaría intentar si lo deseas.

—Ah, esa misteriosa chica que no dices el nombre —se rió y dio un sorbo a su copa de vino—. ¿Crees que sea buena idea ser novios si ninguno está enamorado? A Alex y Lilah no les fue bien.

—Pero lo intentaron, y lo disfrutaron —enfaticé con el dedo índice.

Ella sonrió, con sus mejillas sonrojadas.

—Claro que quiero ser tu novia, pero si la cosa no funciona prométeme que todo estará bien y que no tendremos problemas con Molly.

—Jamás permitiré que esto arruine nuestra relación con ella —dije y la tomé de las manos con cariño—. Entonces… ¿Quieres ser mi novia?

Dios, qué ridículo soné. Patético, qué vergüenza. Dios mío.

Ella se rió y asintió con alegría.

—¡Claro que sí! —dijo con una sonrisa, pero alzó también una ceja para agregar—. Mi única condición es jamás saber quién es esa chica de la que te enamoraste. No quiero saberlo, no podría ser tu novia si sé quién es. Puedo aceptar que ames a otra porque de todas formas no te amo, pero no puedo aceptar serlo sabiendo quién es ella.

—Yo también tengo una condición —suspiré—. Si encuentras a alguien mejor, no dudes en ir con esa persona. ¿De acuerdo?

Ella asintió rápidamente y se puso de pie para rodear el desayunador y acercarse a mí. Rodeó mi cuello con sus brazos y me miró fijo a los ojos, entonces la besé.

En verdad la pasaba bien con ella. Me divertía a su lado, el sexo era genial y ella me parecía una mujer muy hermosa y divertida. Esperaba hacer las cosas bien, esperaba poder enamorarme de ella y olvidar a Chrissy. No estaba usando a Alice para olvidarla, no era mi intención, pero si sucedía no iba a molestarme.

Mamá explotaría de felicidad al saber que, por fin, su único hijo tenía una novia oficial. Estaba seguro de que adoraría a Alice, y que Lilah sería la primera en chillar al saberlo.

~ • ~ 

Sabía que abrir mi cafetería sería algo difícil, pero jamás creí que sería tan agotador. Necesitábamos permisos, licencias, pruebas, inspección, burocracia y más burocracia. Una vez resuelto lo de los permisos, licencias y el registro del local, comenzamos a amueblar. Tuvimos diferencias con Alex por eso, pero tratamos de llegar a acuerdos para que nuestra amistad no se viera afectada. Yo quería decoración vintage, en tonos celestes y verdes, con pequeños toques en amarillo o rosa viejo, pero Alex quería algo más bien moderno por la ubicación del lugar. Él quería decoración industrial, en tonos neutros de grises y beige, con cosas negras y blancas y algún que otro decorativo dorado.

Al estar en una ubicación céntrica, tan cerca de oficinas, Alex prefería una decoración sofisticada y elegante para captar la atención de gente adinerada. Yo prefería algo hogareño, para que cualquier cliente se sintiera como en la acogedora casa de su abuela.

Por suerte logramos llegar a un acuerdo, y decidimos que sería algo híbrido. Teníamos un jardín detrás con un bello roble en el centro, así que ese sería el lugar con más decoraciones vintage para dar un aspecto hogareño. Con una hamaca colgante y asientos cómodos que permitieran la fluidez al caminar por los alrededores. El roble daba una sombra grata que en verano sería espectacular, y pusimos también guirnaldas de luces cálidas para la noche.

Dentro dividimos en distintos espacios, uno en tonos neutros con una pared gris oscura, que era el espacio de sillones. Era un lugar más bien privado, con una ligera vista al parque, pero lo suficiente aislado para aquellos clientes que priorizaran su privacidad. El resto era vintage pero no tanto como yo quería, y usamos también mesas y sillas negras.

Montamos las dos cocinas. Sí, dos. Una para la comida celíaca y vegana, y la otra donde se utilizarían harinas comunes. Eso complicaba el trabajo porque necesitaríamos más personas, pero también evitaba por completo la contaminación cruzada. Mi deseo era que Chrissy se sentara y pidiera lo que quisiera sin temor a que algo pudiera hacerle daño.

Tuvimos que hacer, por recomendación de Michael, una prueba de fluidez. Aprovechamos ese momento para probar también el menú. Alex invitó a sus amigos del bar para que fueran los clientes y darnos su opinión respecto a los precios, el menú en general y la atención. Teníamos que comprobar que la ubicación de los amoblamientos no estorbaba al caminar, que podrían pasar tanto los clientes como los camareros. Así comprobamos que algunas mesas debían correrse de lugar, pues las sillas estorbaban.

Y así, con pruebas, vueltas y más vueltas, comenzamos a lanzar campañas de marketing por doquier, especialmente en redes sociales, y con Lou a cargo de todo eso Alex y yo nos ocupamos de hacer las entrevistas para contratar personas. Todo esto era algo muy arriesgado, ya que no sabíamos si tendríamos éxito, pero era un lugar grande y necesitábamos empleados. Lou se ofreció a ayudarnos como camarera, pero incluso así nos faltaba gente.

Lloré del estrés y la frustración, y fumé más que nunca en esos días queriendo arrancarme el cabello. Llegué incluso a arrepentirme de soñar con algo tan estúpido.

—Tranquilo, todo va a salir bien —me dijo Alice sobando mi espalda mientras yo lloraba como un maldito imbécil solo por el estrés—. Estoy contigo.

Era una buena compañera, y me apoyaba en esos momentos donde dudaba de todo y me replanteaba la existencia misma. Hacerla mi novia había sido la mejor decisión, y por supuesto yo también la apoyaba a ella en todo y la buscaba de la universidad en motocicleta.

Y entonces un día, luego de tanto estrés y tantas lágrimas, tuvimos todo listo. Hicimos una pre-inauguración más bien íntima la noche anterior a la inauguración real. Invitamos a nuestros seres queridos, a nuestra familia y amigos para que compartieran con nosotros ese momento.

Respiré hondo al ver el local desde afuera y tuve que tragarme toda la emoción al ver que ya estaba terminado.

Sentí la suave mano de Christine en mi hombro, me dirigía una sonrisa cariñosa.

—Vamos, Al. Llegó el día que tanto soñaste.

—¿Y si mañana todo sale mal? ¿Y si no vienen clientes? —comencé a jadear de los nervios y la ansiedad, pero ella rozó su mano suavemente en mi hombro.

—Todo va a salir bien, ya lo verás —dijo y depositó un beso en mi mejilla—. Ahora vamos adentro, te espera la gente que te ama para que les hagas tus deliciosos té.

Era una estupidez porque solo era la pre-inauguración, con mis seres queridos como ratas de laboratorio para simular cómo sería al día siguiente, pero no podía evitar sentir miedo y nervios. Había soñado con esto durante toda mi vida, acababa de cumplir veintiún años y estaba por fin frente a mi tan ansiado local. Todo parecía tan irreal que me daba miedo, porque jamás he tenido suerte en nada.

Sentí los suaves pero fríos dedos de Christine entrelazar los míos, me sujetó con fuerza de la mano y así, aferrado a ella, entré a la cafetería. El aplauso de todos ellos me recibió. Alex estaba al frente con su delantal negro que decía «Rozenthee’s café» bordado en una bella letra cursiva junto a una rosa. A su lado estaba mamá, sujeta de su brazo como si estuviera a punto de desmayarse. Su nariz estaba roja y la vi sorber por ella varias veces, y Alice estaba allí, extendiendo un pañuelo para ella. También estaban Eric e Ivana, ambos con una enorme sonrisa. Y Ash, junto a su esposa y su pequeño hijo. Estaban Michael y Robert, los padres de los gemelos, y también Lou con su delantal puesto.

—¡Felicidades, bebé! —dijo mamá cuando se abalanzó hacia mí.

—Es una pre-inauguración, má, no es algo oficial —dije pero la abracé cuando se aferró a mi pecho.

—Estoy tan orgullosa de ti, bebé.

Todos me saludaron y felicitaron para luego acomodarse en sus respectivas ubicaciones. Me obligaron a dar un pequeño discurso, pero solo agradecí su presencia y apoyo, porque al decir algo más terminaría por llorar como un maldito imbécil.

Con Alex, y también con los nuevos empleados que habíamos contratado, comenzamos a trabajar. Él se fue instantáneamente a la cocina, mientras que yo me encargué de dar las órdenes. Luego fui a preparar el pedido más especial de todos: un té de rosas para mamá y Chrissy. Era el especial de la casa.

Se sentía tan extraño. Tan irreal. ¿De verdad había comprado ese local, lo había refaccionado y decorado? ¿De verdad tenía empleados y era jefe? ¿De verdad… estaba cumpliendo mi sueño?

Sacudí la cabeza para no pensar demasiado y me concentré en los pedidos. Como era de noche algunos pidieron comida y algunas bebidas alcohólicas, pues teníamos el permiso correspondiente. Otros pidieron solo un café, como fue el caso de Eric y Ash.

Observé desde mi posición cómo se movían los camareros por el lugar, cómo los «clientes» la estaban pasando bien. Observé a Alex disfrutar de la cocina, como tanto amaba, y disfruté de saber que esto estaba sucediendo de verdad.

Llevé primero el pedido de mamá y Alice, que estaban sentadas juntas compartiendo una mesa donde conversaban entre risas. Aunque teníamos camareras quería ser yo quien les sirviera, así que dejé el té de rosas de mamá y un té clásico para Alice, a quien le di un beso en los labios luego de dejar su pedido.

Luego de una hora la puerta del local se abrió, permitiendo que dos sombras se adentraran. Sonreí con alegría para poder acercarme a ellos dos. Emily y Stephen, a quien conocería por primera vez.

—¡Emily, viniste! —dije con una gran sonrisa y ella me dio un golpe en el hombro.

—¿Creíste que no vendría, tarado?

—Tú debes ser Stephen —Me dirigí hacia él para extenderle la mano—. Es un placer conocerte.

—El placer es todo mío —dijo con una voz profunda al estrechar mi mano.

Él vestía un traje negro con sobretodo de igual color, y llevaba un elegante chaleco de terciopelo color vino con una cadena plateada que salía de su bolsillo. Lo ví tomar esa cadena, era un reloj.

—Lamentamos la tardanza, tuvimos un percance en el camino —asintió con respeto, apuntándome con la copa de su galera negra.

Los guié hacia sus asientos, aquellos sillones en un rincón oscuro y con privacidad, y en el camino fue inevitable observarlo. Emily me había mostrado fotos de su novio, pero en persona se veía mucho mejor. Tenía lentes de contacto blancos y llevaba un elegante bastón con empuñadura plateada en forma de calavera de cuervo. Parecía salido de una película de la época victoriana, y se veía extrañamente espectacular. Su cabello era negro y tenía modales elegantes y refinados, pues con un ademán educado invitó a Emily a sentarse antes de hacerlo él.

—En un momento vendrán a atenderlos, díganme si necesitan algo —dije con una sonrisa entusiasmada.

Stephen se quitó la galera para dejarla a un costado y posó suavemente su mano sobre la de Emily. No era una muestra de posesividad por mi presencia, no sentí que estuviera marcando territorio, sino una muestra sincera de afecto y respeto.

Dios mío, ¿de dónde sacó a ese hombre? Hasta yo podría enamorarme de él siendo así.

No conversamos mucho porque tenía demasiado trabajo por hacer, pero pude conocer un poco a Stephen y descubrir que era en verdad muy amable.

Volví a la cocina para asegurarme de que todo estaba en orden. Quería ver si las cosas estaban yendo bien, si había algún problema o algo a mejorar. Vi la enorme sonrisa en el rostro de Alex mientras cocinaba, aunque se le dificultaba un poco compartir el espacio con otras personas.

—¿Cómo va todo? —pregunté al acercarme a él.

—¡Listo para mañana! —dijo con una risita—. Mañana va a ser un éxito, Ricitos de oro, no lo olvides.

Esperaba que lo fuera, y esperaba no comerme las uñas en el proceso.

Poco a poco la pre-inauguración fue llegando a su fin, y todos comenzaron a irse. Allí quedaron mamá, Alice, Eric y Chrissy, quienes esperaron a que limpiáramos todo y los empleados se fueran.

Cuando cerramos el local volteé para ver a Alex, quien tenía una mano en la cintura de mamá y parecía consolarla por la emoción en ella.

Eric se acercó a mí y me apartó un poco de los demás, caminamos hacia la esquina justo para ver el parque en frente. Era poco más de medianoche pero el parque se veía hermoso al estar iluminado con tanto cuidado.

—¿Recuerdas cuando me contaste de tu sueño? —preguntó.

Coloqué un cigarrillo en mis labios y lo encendí, dejando ir el humo con placer.

—Sí, me preguntaste si era gay —Alcé una ceja.

Me dio una palmada en la espalda.

—Lo lamento, Al. Fui un idiota. Estoy feliz por ti.

Volteé para verlo, Eric me miraba con una sonrisa sincera y una mirada cargada de orgullo, pero también con algo de culpa por no haberme apoyado en el pasado. Volví a darle una pitada al cigarrillo y dejé ir el humo antes de agregar:

—Está bien, gracias por acompañarme hoy. Es importante para mí —dije y le di una palmada en la espalda.

Volvimos junto a los demás. Chrissy me abrazó antes de irse con él en el auto, Alex se despidió de mí, pues llevaría a mamá a casa en la camioneta, y yo me subí a la moto junto con Alice para poder dejarla en su departamento.

Estaba tan feliz, y a la vez tan nervioso. Nada en mi vida salía jamás bien, todo siempre me salía mal por más esfuerzo que pusiera, así que era normal que me encontrara aterrado. Si esto llegaba a salir mal, si al día siguiente no ingresaba ningún cliente, no podría soportarlo. No podría vivir sabiendo que mis sueños no valen nada.

~ • ~

Muy temprano en la mañana comenzamos las preparaciones para el gran día. El lugar estaba limpio, impoluto, con un delicioso aroma en el aire a limón, menta y un leve aroma a rosas que aparecía cada tanto. Los empleados estaban listos, Alex ya se había puesto el delantal para ir a la cocina mientras que yo me quedé en la entrada para recibir a las personas.

Lou se había quedado afuera repartiendo muestras gratis de nuestros postres y pastelería junto con otra camarera, ofreciendo ofertas.

La entrada estaba rodeada por un arco de globos amarillos, rosados y verde musgo, que daba esa sensación de naturaleza, de flores y primavera. Afuera, a cada lado de la puerta, había dos macetas con plantas que invitaban a los clientes a ingresar.

Y entonces, con las manos temblorosas, di vuelta el cartel de «cerrado» a «abierto» y me alejé unos metros, pero aún cerca de la entrada. Me quedé en la barra y la caja para saludar desde allí y dar la bienvenida, si es que alguien llegaba a entrar.

Mi respiración era acelerada y la mente me traicionaba con pensamientos catastróficos.

«Nadie va a venir, a nadie le importa. Hay miles de cafeterías, la tuya no es especial. No es la más bonita, no es la más fina, no es la mejor y nunca lo será».

Y entonces oí el sonido de la campanita de la puerta y vi a dos señoras mayores ingresar, sostenían uno de esos postres de muestra.

—Bienvenidas —me tembló la voz cuando agregué—: En unos instantes serán atendidas, acomódense donde deseen.

Ellas sonrieron con amabilidad y se ubicaron en una mesa para dos con vista al parque, donde había una canaleta con plantas que daba ese aspecto hogareños que tanto buscamos.

—Dios mío, me voy a morir. Dios mío, me voy a morir —repetí en un murmullo incontables veces.

Sentí una mano posarse en mi hombro y por un momento me sobresalté, hasta que vi por sobre el hombro la sonrisa de Alex.

—Tranquilo, Al. Todo está bien. Es real.

Parpadeé rápidamente para eliminar el empañe en mis ojos, pero no tuve tiempo de detenerme a llorar como un inútil, había mucho trabajo por hacer.

Poco a poco comenzaron a llegar más clientes. Más, más y más. Ver la sorpresa en sus rostros cuando veían la carta era una caricia a mi alma. Pastelería francesa, ideal de gourmet, especialidades para celíacos y veganos, todo a precio accesible. Era el servicio de Red Queen y Red King al alcance de todo el mundo.

—Escúchame, blanquito —dijo Lou al mirarme fijo tras el mostrador—. Tengo un plan para aumentar la entrada de clientela.

—¿Cuál?

—¿Confías en mí?

La miré fijo a los ojos oscuros, se veía decidida así que asentí.

—Para la noche lo tendré listo, mañana será público.

No sabía a qué carajo se refería, pero me sentía mareado, como si hubiera bebido una botella entera de tequila, o como si estuviera drogado. Veía todo y a la vez no veía nada. Era… extraño.

La mañana pasó tan rápido que no me di cuenta cuando fue el momento de almorzar. Comenzó el cambio de turno de los camareros, pero Alex y yo seguíamos allí. Si esto tenía éxito de verdad comenzaríamos a turnarnos, Alex pondría a otra persona en la cocina y él ocuparía el lugar de encargado.

En la tarde comenzaron a entrar adolescentes que salían del parque en grupo, y también madres con sus hijos pequeños que tenían curiosidad por lo que podrían tomar y comer. Me acerqué a ellos personalmente, a las madres y sus niños, y les extendí el menú infantil. No había mucha diferencia con el menú adulto, solo que el infantil tenía decoraciones más bonitas. Los adolescentes, al ver los waffles con formas y figuras, pidieron exactamente lo mismo y comenzaron a sacarle fotos.

Para la noche recibí un mensaje de Lou, era una publicación en el instagram del local y la imagen de un flyer que imprimiría para pegar en la puerta: «si compartes tu pedido en tus redes sociales y etiquetas al local, el postre es gratis. Promoción válida solo por esta semana». Y, considerando que los adolescentes habían estado tomando fotos a los waffles, me parecía una idea estupenda.

Yo seguía mareado, aturdido por ver tantas personas, por haber recibido dinero, dado cambio y pasar tarjetas. Por tantas bienvenidas y obsequios de la casa por ser el día de inauguración.

Todo se veía tan nublado que creí que era un simple sueño, como muchos otros que he tenido. Sin embargo, la voz en mi cabeza seguía diciendo que fallaría, que todo saldría mal. La voz murmuraba que no merecía nada, que solo era un pobre desgraciado. La voz que susurraba al oído que, como todo en mi vida, esto saldría mal.

Y entonces, en el cierre luego de limpiar todo, hacer el cierre de caja y descubrir que el día fue fructífero, apagué las luces, volteé el cartel a «cerrado», cerré la puerta y me alejé lentamente del local hasta casi pisar la calle.

—Alex —dije, sabiendo que él estaba allí a mi lado—. ¿Esto es real?

—Es real, y fue un éxito, Al —Apoyó su mano en mi espalda con cariño—. Fue un éxito.

Torcí los labios en un vano intento por contener las lágrimas, pero fue inútil, una a una comenzaron a caer como un río desbordado. Mis pulmones se habían vaciado por completo, el oxígeno me abandonó por un instante, y sentí que el corazón saldría expulsado de mi pecho por cada fuerte latir. Mis rodillas flaquearon por un momento y perdí el equilibrio por todo aquello que estaba sintiendo, pero mi amigo me sostuvo con cuidado.

—Es real, Alphonse. Es real.

—Después de tantos años… —sollocé con las manos temblorosas viendo el hermoso cartel que decía «Rozenthee’s café»—. Después de toda la mierda que fue mi vida, ¿cómo puede ser real que me pase algo bueno? ¿Cómo puede ser que merezca algo bueno?

Y entonces, sin poder contener el peso de mis pensamientos, lloré con el cuerpo tembloroso y con gemidos de dolor, de frustración y también de incredulidad. Lloré por todo el dolor en mi vida, por el hambre que pasé en la infancia. Lloré por el esfuerzo de mi madre y su inmenso amor. Lloré por cada año que me sentí miserable por hacerle caso a los susurros de mis malos pensamientos. Lloré por todo el esfuerzo, por todo lo que me costó llegar a esto. Lloré porque por años enteros creí que no merecía nada y que solo era una carga. Y sentí que con cada lágrima desaparecía esa sombra, ese fantasma sin rostro y ni nombre que me decía palabras hirientes.

Alex me abrazó sin dudar, con fuerza, y me deshice contra mi mejor amigo. Algunas personas pasaban por allí y nos miraban con curiosidad, pero no les presté atención. Seguía sin poder creer que yo, Alphonse, había cumplido mi sueño. Había logrado algo en la vida. Tenía, por fin, mi tan ansiada cafetería.

Quería pararme frente al pequeño Al de diez años y decirle que lo habíamos logrado. Que habíamos cumplido nuestro sueño. Quería decirle que ya no éramos una carga, que no debíamos tener vergüenza, que ahora nuestra existencia valía la pena.

Lo había logrado, por fin.


Lamento la tardanza. Este capítulo es tan importante que temí no llenar las expectativas. Temí no hacerlo bien y arruinar el momento, porque sé que era algo muy esperado. Ese miedo me tuvo en bloqueo por meses y me dije a mí misma que lo haría mal.

Espero haberlo hecho bien. Espero lo disfruten igual que siempre.

Los quiero mucho.

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