♡Final

La noche ha transcurrido lentamente, parece una eternidad. Estoy en una habitación con Kaleth; he sido de las primeras personas en estar a su lado en la camilla. Siento como si Odette me tuviera lástima, como si quisiera contarme una parte de la historia que dice que ella no tiene derecho a compartir hasta que él despierte. De alguna manera, eso me tranquiliza, ya que él va a despertar, y es un abrazo a la soledad que siento en el corazón. Sin embargo, todavía no estoy segura del todo. Hubo un momento en el que me escabullí para preguntarle al médico sobre su condición, pero me evitó.

A la mañana siguiente, nuestros amigos vinieron preocupados. Estuvieron en la habitación conmigo durante un par de horas, sin decir una palabra. La verdad es que no me apetecía hablar; lo único que quiero es el silencio. Mis ojos están hinchados de tanto llorar. Creo que ya no puedo llorar más, porque estoy seca.

Mi mamá vino después a recoger a mi perro, pero estuvo un rato conmigo, abrazándome mientras yo empapaba toda su blusa de lágrimas. Fue un momento inquietante y desesperante, porque no soy capaz de formular ni una oración coherente. También me trajo unos bocadillos, no tengo hambre, aunque comí por lo que me dijo:

—Necesitas estar fuerte para cuando Kaleth despierte. ¿Tú crees que le gustaría que estuvieras enferma?

Sí, tiene razón. Debo estar fuerte para lo que él necesite, y evitar darle una preocupación sobre mi estado de salud, por lo que me comí el sándwich.

—Solo llámame si quieres que venga por ti para que te vayas a dar una ducha y descansar un rato —ofreció ella con pena.

No quiero alejarme de Kaleth, así que sacudí la cabeza sin frenesí. Mi mamá lo entendió y se marchó, porque tiene trabajo.

Me encuentro sentada en una incómoda silla junto a mi novio. Fuerzo los ojos, intentando apreciar su silueta, pero no veo nada. Recargo la cabeza en su pecho, asegurándome de que su corazón siga latiendo. Sé que está conectado a máquinas y que emiten un ruido constante, que según me explicó la enfermera, significa que está estable. Aunque necesito estar segura y sentir que todo está en orden. No sé cuánto tiempo he estado sin dormir, ni siquiera me doy cuenta cuando mi cuerpo automáticamente baja al pecho de Kaleth y la inclino a un lado de su mano mientras la sostengo con la mía.

Todo es horrible. Hace unas horas estábamos revisando algunos departamentos en París. Kaleth estaba pidiendo referencias a otros empresarios que vivieran allí, y estaban dispuestos a ayudar con su trabajo. Planeábamos una vida similar a la que teníamos aquí. He imaginado mi futuro junto a él, siendo felices, pero ahora está postrado en una cama de hospital y aún no comprendo completamente lo que le está sucediendo.

Desearía que todo esto fuera solo una pesadilla y que cuando despierte, estemos en su cama, disfrutando de la serie de la que tanto me ha hablado.

Siento cómo alguien acaricia mi cabello, su tacto es cálido. Aprieto los ojos, porque no quiero despertar, pero su suave voz me despierta de inmediato, desorientándome.

—Hola, bonita —saluda con voz cansada.

Parpadeo, intentando despertarme, tratando de entender dónde estoy, pero todos los recuerdos vuelven cuando escucho la máquina a la que está conectado.

—¿Cómo te sientes? ¿Quieres que llame al doctor? Déjame ir...

Estoy a punto de levantarme, pero su agarre en mi muñeca me detiene. Bajo el mentón para que me observe y me diga qué necesita, permanece callado, lo que me preocupa. Intento liberar mi muñeca otra vez, sin embargo, él me detiene nuevamente.

—Kaleth, por favor —imploro con el pulso acelerado.

—Estoy bien, me siento bien —promete, pero su voz sigue sonando cansada.

—Mientes, me has estado mintiendo. Nadie me ha dicho nada más allá de lo del infarto, y antes de que te sucediera, me dijiste que estabas bien. Mira dónde hemos terminado —explico, alterada.

Respiro profundamente, intentando calmarme. No es el momento de reprocharle, primero debe estar bien, luego podré expresar mis preocupaciones.

—Necesito que venga un médico o una enfermera y nos diga que todo está en orden.

Muevo la muñeca para que me suelte; creo que lo he tomado desprevenido, porque es fácil. Luego, presiono el botón que está en la camilla para llamar a la enfermera en busca de ayuda. No pasan ni cinco segundos cuando llega una y abre la puerta.

—Veo que ya has despertado. Déjame ir por el médico —informa ella antes de salir.

Minutos más tarde, llega el médico de Kaleth, le hace unas preguntas rutinarias y lo revisa. Al final, informa que debe continuar en observación, pero parece que todo está en orden. Pregunta acerca de nuestras dudas, y aunque tengo muchas, sé que no me las podrá responder en este momento, ya que ni siquiera he hablado con Kaleth del tema.

El único que lo hará es Kaleth, pero su salud me importa más. Así que continúo calmada mientras el médico se va.

—¿Tienes hambre? ¿Puedes comer? —pregunto, sonriendo sin mostrar los dientes.

—Estoy bien con el suero que tengo, no te preocupes.

Un incómodo silencio se ha formado, no tengo idea de qué decir y parece que él está en la misma situación.

—¿Dónde está Aketus? —pregunta él, intentando romper el hielo.

—Mi mamá vino hace un par de horas, supongo que está en casa. —Me encogí de hombros para restarle importancia. No puedo evitar cruzar los brazos en el pecho.

—¿Y tú has descansado? —inquiere con preocupación.

Asiento con la cabeza, recordando que no debo darle más preocupaciones.

—También me he comido un sándwich —respondo, mientras le indico a mi celular que le mande un mensaje a Odette para avisarle que su hijo ya ha despertado.

—Estás molesta —afirma con un toque de diversión—. Ven, tengo que hablar contigo—. Palmea un hueco al lado de la cama.

Arrastro los pies hacia la silla que está al lado de la cama, pero él hace un gesto de negación y vuelve a palmear el colchón. Entrecierro los ojos, aunque termino accediendo.

Estoy aterrada, no sé si sus palabras serán positivas o negativas, y la incertidumbre me está matando.

Kaleth me rodea con su brazo, y me paralizo. ¿No es el que tiene la aguja del suero? ¿No le va a doler? Me lee la mente porque él pronuncia:

—Tengo el suero del otro lado—. Me lee la mente.

Trago con alivio, pero todavía sé que me tiene que decir algo, así que permanezco en silencio para que él pueda hablar.

—Sé que tengo varias cosas que decirte... —Toma un gran bocado de aire.

—Por favor, no me rompas el corazón —imploro con la voz entrecortada, sintiendo un nudo en la garganta.

Kaleth no responde, solo deposita un beso en mi hombro. Agacho el mentón porque estoy lista para escucharlo, aunque no quiera.

—¿Recuerdas que te he contado que hace un par de años me estafaron y jugaron con mis sueños de convertirme en pianista famoso? —pregunta con nostalgia, sumido en sus recuerdos.

Asiento con la cabeza, relamiendo los labios y con el pulso acelerado. Pero no quiero interrumpirlo. Tengo un horrible presentimiento.

—Cuando recibí la noticia de que todo fue un juego para ellos, que solo jugaron conmigo, tuve un infarto horrible, casi me muero. —Rechina los dientes y se ríe sin humor—. Por suerte, pude resistir, pero quedaron secuelas.

Acaricio su mano con ternura, haciéndole saber que estoy aquí. Es duro para él, lo entiendo.

—Gracias a ese infarto, ahora tengo insuficiencia cardíaca, pero se puede controlar.

—¿Es terminal? —pregunto en un hilo de voz.

Kaleth hace un ruido de negación.

—Es controlable, sabes. Pero a veces hay temporadas mejores que otras; este es mi segundo infarto. —Toma un gran bocado de aire, lo escucho tragar.

—¿Entonces vas a estar mejor? Y después nos vamos a ir y continuarás con tu medicación, ¿verdad? —pregunto con esperanza—. Eso es lo que va a suceder.

—Sí, bonita, ese es mi plan —afirma, tomándome del mentón para que me pueda observar.

Respiro aliviada, me inclino hacia él, lo abrazo y las lágrimas saladas caen por mis mejillas. Lloro porque me siento mejor.

—¿Por qué no me dijiste de esto, solecito? —inquiero con el entrecejo arrugado, pero dibujando una sonrisa en mi rostro.

—Porque no quería que me vieras como un hombre enfermo —confiesa con pena.

Hago una cara de confusión porque no logro entender lo que está diciendo. Ladeo la cabeza, buscando una respuesta.

—¿Es que tú me ves solo como una mujer ciega? —Arrugo la nariz, me horroriza la idea.

—¿Qué ridiculeces estás diciendo? —pregunta con indignación.

—Las mismas que tú pensaste, Kaleth. —Cruzo los brazos en el pecho, repitiendo su tono de voz.

—Sí, tienes razón —accede, resoplando—. Pero, la verdad es que tampoco quería preocuparte si no era necesario.

—De todas formas, creo que habría preferido que me lo dijeras —confieso, exhalando el aire contenido en los pulmones—. Pero, ya no vamos a hablar de eso por el momento.

—Hay algo más que quiero que sepas —añade con incomodidad—. Y quiero que lo tomes con más calma.

—¿Qué es? —pregunto con lentitud, sin estar segura de lo que va a decir.

—Quiero que te hagas unas pruebas...

—¿Qué? ¿Para qué? —Me levanto bruscamente de la cama, con el ceño fruncido—. No me siento mal, Kaleth.

Coloco las manos en las caderas, esperando una respuesta.

—Siempre he querido ser donador de órganos cuando muera...

—¿¡Y por qué me estás diciendo eso!? Si me acabas de decir que estás bien y que te pondrás mejor —bramo, histérica, inhalando profundamente.

Kaleth vuelve a palmear la cama para que me siente, pero no quiero. Lo que necesito son respuestas.

—No estés diciendo tonterías, si necesitas un corazón, toma el mío, porque tengo suficiente de tu amor para los dos. —Trago saliva, mi voz está quebrada, y me arrodillo a un lado de la cama—. No lo necesito.

Tomo la mano de Kaleth entre las mías y deposito muchos besos en el dorso.

—Bonita, pero todavía no me has terminado de escuchar. —Se aleja para acariciarme el cabello con ternura—. He aprendido que lo único que tenemos seguro en esta vida es la muerte, y es incierta, no sé. Me gustaría ser incinerado y que mis cenizas estén entre un árbol.

—¿Quieres estar en un árbol donde los animales te puedan cagar y mear? —pregunto con incomodidad, pero divertida, tratando de cambiar el tema—. Y deja el tema, por favor.

Suspira luego de reír, tratando de buscar las palabras adecuadas.

—Tal vez tú te mueras antes que yo, tal vez yo muera primero, eso no lo sabemos.

—No hables de la muerte cuando estás conectado a esas estúpidas máquinas y estamos en un hospital. —Mis ojos se llenan de lágrimas—. Por favor.

—Si yo muero antes que tú, me encantaría poder donarte mis córneas —dice con alegría—. Así que necesito que te hagan esas pruebas para saber si soy apto para donártelas.

Quiero gritar, pero los sonidos quedan atascados en mi garganta. Niego con la cabeza porque no quiero seguir escuchándolo. Es horrible.

—No me pidas que renuncie a ti cuando empecé a vivir el día que te conocí —escupo en un hilo de voz, absorbiendo los mocos que me están saliendo.

Levanto la mirada, ya no me importa nada. Él me estira del brazo para que me levante y luego me hace sentar en el hueco de su cama. Me dejo caer hacia adelante y pego mi frente en su hombro, llorando desconsoladamente.

—Por favor, bonita —susurra con tanta dulzura que los pedazos de mi corazón se derriten—. Quiero que te veas de la misma manera en la que yo te veo.

Niego con la cabeza con desesperación.

—No quiero, porque se siente como si fuera tu sentencia, como si, si lo hiciera, tú ya no estarás conmigo. —Absorbo otra vez los mocos que están escurriendo de mi nariz—. Prefiero no ver y tenerte en mi vida a no tenerte y poder ver.

—Está bien, bonita —susurra con amor mientras me acaricia la espalda—. Todo estará bien, pero solo si te haces los análisis y yo seré feliz.

—Prométemelo, por favor. —Echo la cabeza hacia atrás—. Y me haré los análisis.

—Te lo prometo.

Se inclina un poco hacia mí para besarme los labios, cierro los ojos y lo recibo con gusto. Su mano me acaricia la mejilla e intenta limpiar todo rastro de las lágrimas.

—Sabes a sal —ríe para alivianar la tensión—. Lamento preocuparte tanto.

—Lo importante es que estás bien ahora, solecito.

Lo abrazo, quisiera hacerlo más fuerte, pero no quiero lastimarlo, por lo que me contengo.

Los padres de Kaleth ingresan al cuarto y se sientan en los pies de su hijo, llorando de alegría. Lo puedo entender, estoy segura de que tendré a él el resto de mi vida. Me alejo para que ellos puedan abrazarlo. Tal vez quieran un poco de espacio, así que salgo de la habitación con ayuda de mi bastón.

Puedo percibir ese aroma familiar de mis amigos, me limpio los ojos con las manos en un intento de lucir un poco más presentable.

—Hola, chicos —saludo, intentando sonar calmada.

—Hola, ¿Cómo está? —pregunta Bea.

—Estable, se va a poner mejor y pronto nos iremos a casa. —Cruzo los brazos en el pecho, apuntando con el mentón hacia la puerta de la habitación—. Está con sus papás.

Ellos me abrazan a modo de consolación, parecen haber intuido que él ya me ha dicho lo que tenía que decirme desde un principio.

—¿Ya te ha contado lo que sucedió? —pregunta Colette con incomodidad.

Asiento con la cabeza, me muerdo el labio inferior, tratando de controlar las emociones.

—Le dijimos que era necesario que te lo dijera —aclara Brenton—. No queríamos quitarle ese privilegio a él.

—No importa ahora, lo importante es que está bien —interrumpe Bea.

—Es un hombre fuerte, todo estará bien —asegura Colette.

—Eso espero —musito para mí misma.

Mientras Kaleth recibe la visita de sus amigos y familiares, solo escucho sus risas. Estoy un poco distante porque no he terminado de procesar que me quiere donar sus córneas.

Estoy en una lista de espera para recibir un trasplante de córnea, pero por una razón u otra, todavía no he sido seleccionada. En realidad, ahora no me importa. Sé que anhelado una visión sana, aunque ser ciega ya no me molesta.

Intento unirme a sus bromas para dejar de pensar en ello, y funciona después de unos minutos, porque me contagio de su felicidad. Lo único que quiero es estar al lado de mi novio, por lo que me siento enseguida y le doy la mano para que podamos entrelazar nuestros dedos.

Unos momentos más tarde, llega mi mamá para que vaya a casa a descansar un rato y tomar una ducha. No me quería ir, pero todos insistieron. Le doy un beso en los labios a mi novio antes de salir del hospital, pero en ningún momento me separo de mi celular.

Necesito estar pendiente por cualquier situación y reviso mi teléfono cada diez segundos en busca de mensajes. Solo he accedido a bañarme porque huelo a medicina y él está bien acompañado. Pero en la noche, Odette ha decidido quedarse con su hijo.

La entiendo, por lo que no hay necesidad de que regrese al hospital, aunque él me llama para darme las buenas noches, como siempre lo ha hecho desde que somos pareja. Pero esta vez estamos con cámara para que él me pueda ver.

—¿Y cómo está Aketus? —pregunta él.

Mi perro lo escucha, se emociona y aulla, luego se sube a la cama y busca a mi novio. Parece que está extrañado, porque el celular se lo comió y ladra, como si esperara que lo escupiera. Me hace gracia.

—No, Aketus —niego entre risas—. El celular no se ha comido a Kaleth.

—No, estoy un poco enfermo y estoy en el hospital, pero me voy a recuperar y voy a salir de aquí —promete con seguridad.

Respiro aliviada, porque sé que todo saldrá bien.

—Estoy segura de que Aketus quiere verte, ¿crees que pueda llevártelo mañana al hospital?

—Sí, claro. Su compañía me alegrará.

—Entonces, mañana a primera hora estaremos allí. ¿Quieres que te lleve algún bocadillo? ¿Cómo está tu mamá?

—Mi papá le trajo un colchón inflable para que esté más cómoda, lo compró hoy —explica, suspirando—. La verdad preferiría que tú estuvieras conmigo.

—¿Estás sonriendo? —inquiero, tal vez esté cansado y quiera dormir un rato.

—Sí, me gusta mucho verte.

Le sonrío, no hace falta nada más.

—Oye, ¿pensaste lo que te dije en la tarde?

Hago una mueca de confusión, no quiero que repita la incómoda conversación.

—Sí. —Tuerzo los labios para que entienda que no quiero hablar al respecto de eso, pero me ignora.

—Ya he hablado con el médico y me dijo que, si puede analizar tu caso visual, y que mañana puede hacerte esas pruebas.

—Kaleth...

—Permíteme seguir viendo la vida a través de ti, por favor —implora con tanta dulzura—. Si llego a faltar el día de mañana.

Se me retuerce el estómago, quiero vomitar, porque no puedo imaginar una vida en la que él no forme parte. Pero me obligo a sonreír, ignorando mis pensamientos pesimistas.

—Voy a estar bien, en serio. Solo es por si acaso.

—Está bien, pero esperemos que no sea necesario —acceso con la garganta seca—. Te dejo para que descanses, solecito.

Escucho un chirrido de una puerta abrirse, Odette saluda, pero le dice a su hijo que es hora de descansar.

—Te amo, bonita. Mañana nos vemos.

—Yo también te amo.

Al día siguiente, la alarma de mi celular suena, por lo que me despierto apresurada. Por los movimientos bruscos, ruedo en la cama hasta caerme. No tengo tiempo para quejarme.

Voy a la ducha, me cambio rápido. Le digo a Aketus que puede ir al baño en el periódico, que vamos a ir directo a ver a mi novio. Desayuno unas galletas que mi mamá me ha dejado en el comedor y unos bocadillos extras que le hizo a Kaleth si es que tiene permitido comer algo.

Por la facilidad, he decidido tomar un taxi. Parece que llega rápido, así que pregunto en la recepción por mi novio y me permiten avanzar. Le pido a Aketus que me guíe, él se ayuda de su nariz, por lo que me tira hasta ingresar a la habitación.

Mi perro corre hacia Kaleth y le ladra con emoción, por lo que me preocupo al instante, ¿qué tal si él está dormido? Hago ruidos leves para que se calle, pero lo que me gano es una carcajada de mi novio.

—Hola, bonita ¿Cómo amaneciste hoy?

Me acerco hacia la cama, inclinándome hacia mi novio para darle un beso en la frente como saludo.

—Bien, ¿y tú?

—Estoy mejor ahora que mis personas favoritas están aquí. —Me toma de la mano—. No te vayas a enojar, pero ahorita va a venir una enfermera para hacerte unos análisis y ver que somos compatibles.

—Ya te dije que yo no voy a necesitar eso —replico con incomodidad.

—Esperemos que no, pero también puede caer un donante y no estás lista —insiste.

—De acuerdo, lo haré para que estés más tranquilo. Pero, según yo, ya me he hecho estos análisis cuando era más chica —insisto, la verdad no quiero hacerlo.

Pero tampoco quiero que él esté preocupado.

—No intentes retrasarlo más, que ha llegado la enfermera —ríe, pero yo no le encuentro el lado divertido—. Yo me voy a quedar con Aketus que tengo un par de cosas que quiero decirle.

Me obligo a sonreír, después suelto todo el aire contenido en los pulmones. Arrastro los pies con pesadez y aprieto los labios. La enfermera me conduce por los pasillos, que de pronto lo siento gélido, mi piel se eriza.

—¿Las pruebas serán complicadas? ¿Podemos decirle a Kaleth que las hicimos y no hacerlas? —pregunto con diversión—. Hay que decirle que no somos compatibles, tal vez así vaya a dejar de pensar tonterías.

—No podemos hacer eso, en verdad lo siento, Jolene. Pero, Kaleth me advirtió que podrías tratar de hacer eso.

—Me conoce tan bien, carajo —farfullo para mí misma—. A veces me cae mal, pero no le digas eso.

Sin embargo, la enfermera me escucha y se ríe. Me dice que hemos llegado a donde me van a tomar las pruebas para llevarlas al laboratorio. La verdad es que no estoy tan segura de lo que me ha dicho, porque en lo único que estoy enfocada es en que quiero regresar con mi novio.

Parece una eternidad, pero por fin, ella me deja marchar. Corro hacia su habitación de nuevo, no me importa parecer desesperada. Al llegar, quiero brincar a su camilla, no quiero romperla.

—Hola, solecito ¿Cómo sigues?

—Si me sigues preguntando eso, me voy a sentir mal —bromea, luego se ríe.

Pero a mí no me causa nada de gracia, por lo que cruzo los brazos.

—Ríete de mis bromas, pero ven que quiero abrazarte —insiste.

No puedo negarme ante sus dulces súplicas, por lo que sonrío y como la niña obediente que soy, me dirijo hacia él de manera rezongona. Me siento en el borde de la cama y él se inclina hasta rodearme con un brazo, por lo que sé que todavía tiene el suero.

Él empieza a hablar sobre los trabajos que tuvo que cancelar, por evidentes razones, no podría ir.

—Después de que te fuiste ayer y que mis amigos también se fueron, le pedí a mi mamá mi celular para cancelar las siguientes tres semanas —narra, suspirando.

—¿Y cómo te fue? —pregunto, ya que parece que le causa gracia.

—Mal, los que tenía para esta semana se alteraron, después de que les expliqué los hechos, se tranquilizaron y me pidieron disculpas. Luego me preguntaron por la agenda disponible.

—¿En serio vas a agendar...? —interrumpo con preocupación.

Necesito que su corazón este fuerte.

—No, les dije que después yo les mandaría un calendario con las fechas que podría tener disponible.

—No estés pensando eso, lo primordial es que estés bien, y después de eso, podremos agendar todas las citas —digo ordenando, sin titubear para que me obedezca.

—¿Y tú qué hiciste ayer?

—Dormí, después me llamaste y cuando terminamos, volví a dormir.

—¿No has comido?

—Sí, cuando puedas comer, te traigo comida.

—Espero que seamos compatibles y que las pruebas sean positivas —dice luego de unos momentos.

Su cabeza está en mi regazo y estoy jugando con los mechones de su cabello, pero freno en seco.

—Deja de decir tonterías, eso no importa. —Carraspeo la garganta que está seca.

—Mi último deseo fuese que miraras por los dos —afirma, suspirando con nostalgia.

—Sí, tal vez en un futuro lejano, pero muy, muy lejano —recalco en la última palabra—. Quizás y yo pronto consiga un donante de unas córneas. —Carraspeo la garganta, lo único que quiero es que deje el tema de lado.

—Verás que eso va a pasar.

Sigo acariciando su cabello con ternura.

—Me gustas mucho, solecito. Me gusta la calidez que le agregas a mí día. —Me inclino hacia él, depositando un beso en su frente.

—Cuando sientas la calidez del sol, piensa en mí —murmura con voz cansada.

—Eso es lo que hago —respondo con orgullo.

—Pero, no lo mires, que podría dañarte tus preciosos ojos.

Kaleth se ríe, como si hubiera dicho el chiste más gracioso del mundo, pero es tan contagiable que me uno a sus carcajadas. Él es el rayito de sol cuando tienes frío.

—Bonita. —Se remueve en mi regazo hasta que siento su mirada sobre el mentón—. Todavía luces cansada, ¿no te quieres ir a dormir a tu casa?

—No, ya he hablado con tus padres y me han dicho que me puedo quedar con su colchón inflable. Traigo una manta y la computadora para que podamos conectarlo a la televisión y poder escuchar algo —explico, levantándome de su camilla.

Fuerzo los ojos para intentar encontrar el sillón, supongo que está del otro lado, donde no estorbe para que las enfermeras puedan entrar sin problema para monitorear al paciente.

—Te puedes quedar conmigo en la camilla —ofrece con un tono pícaro. Su actitud fogosa y divertida me hace sentir bien, eso significa que su recuperación está yendo de maravilla.

—No, porque me van a echar del hospital. —Niego la cabeza con diversión— Por cierto ¿Qué te ha dicho el médico para darte de alta?

—Pues que nos echen a los dos, en realidad no me interesa, pero ven a estar aquí conmigo. —Palmea otra vez la cama.

—Pero, a mí me interesa tu salud.

—El enfermo en esta habitación soy yo, y es importante que me cumplan los caprichos de tu novio —resopla con berrinche.

—Está bien, me puedo quedar contigo por un rato.

—Toda la noche —replica él, bufando—. Tu novio necesita que su novia lo mime para que se sienta mejor.

Me río, aunque él permanece serio. Aketus está acomodado en el colchón del suelo, dejo la mochila donde no le vaya a molestar, tomo la laptop y se la entrego a Kaleth para que él ponga lo que quiera ver. Rodeo otra vez la camilla, me siento en el espacio del borde, me inclino hacia atrás, la verdad es que me da pánico romperlo, pero parece que soporta el peso de ambos. Mi novio se duerme rápido, su respiración es pausada y tranquila, además ha dejado de describir las escenas. Tiene su cabeza entre mis pechos y su brazo me rodea el abdomen.

Me siento como un oso de peluche.

Con cuidado de no despertarlo, me levanto de la cama y voy hacia el colchón, donde Aketus me hace un espacio para dormir. La única pregunta que rueda por mi cabeza es: ¿Cuántos días más necesita en el hospital para que le den de alta?

—Jolene.

Pronuncian mi nombre a lo lejos, se escucha como el canto de los ángeles. Gimoteo, pero me abrazo más a Aketus, seguir durmiendo.

—Jolene, ¿estás dormida?

Me percato de que es Kaleth el que me está hablando, por lo que abro los ojos y me levanto.

—¿Te duele algo? ¿Necesitas que llame a la enfermera?

Kaleth se ríe.

—No, pero no fue muy grato despertar y no encontrarme a mi novia en la cama, has preferido dormir con Ak —murmura con indignación.

Bostezo, porque todavía estoy cansada.

—¿Ya es el día siguiente? ¿Vas a desayunar?

—Sí, ya terminé. Solo te he dejado dormir un poco más, ¿cómo has dormido?

—Bien ¿Cómo has dormido tú? —pregunto con una voz somnolienta.

—Bien.

—¿Qué día estamos? ¿Qué hora es? —pregunto con torpeza.

Aketus me da unos lengüetazos alrededor de la cara, por lo que arrugo la nariz.

—Es veintidós y son las ocho de la mañana, estás un poco perdida con los días —responde Kaleth—. Me siento mejor y he madrugado.

—¿Eso significa que ya estás listo para que te den de alta? —pregunto con emoción y esperanza.

—Me parece que solo estaré un día más y mañana podré irme —asegura, suspirando con ternura.

—¿Y cuándo vino el doctor que yo ni me di cuenta?

—Se acaba de ir —réplica sin darle importancia.

Arrugo el entrecejo, pero prefiero no cuestionarlo.

—¿Y qué es lo que quieres hacer?

—La verdad, cambiarme la bata. La odio, pero no puedo —resopla desanimado—. También es que ya estoy cansado de estar acostado en la cama, llevo como tres días, así que, si vamos a dar una vuelta con Aketus, sería la persona más feliz del mundo en este preciso momento.

—¿Puedes hacerlo? Porque estoy preocupada por ti. —Lamo los labios con nerviosismo.

Sé que tal vez está cansado de estar acostado, ya que las únicas veces que se ha levantado de la cama solo ha sido para ir al baño, pero no quiero que su corazón haga esfuerzo innecesario.

—Sí, ¿cómo va a ser posible que no pueda ir a caminar si me voy a ir mañana?

Asiento, lo que ha dicho me parece lógico. Por lo que me termino de levantar del colchón, me ato la melena en un moño. Después, le ayudo a mi novio a que se pare de la cama, porque todavía tiene el suero en su vena. Tal vez no vamos a caminar afuera del hospital, pero dentro estará bien.

Kaleth sujeta la correa de nuestro perrito, yo enrosco su brazo con el mío del otro lado. Caminamos lento, me parece que él arrastra los pies.

—Me gusta como rompes las barreras de la sociedad —murmura mi novio cuando terminamos de caminar por el pasillo.

—¿A qué te refieres? —Arrugo el entrecejo con confusión, haciendo un mohín con los labios.

—Creo que cuando pensamos en una persona con discapacidad, la mayoría se imagina que son incapaces de ser independientes, y desde el primer momento que te vi, has hecho las cosas por ti misma —explica con dulzura.

Mi corazón da un vuelco, por lo que le deposito un beso en su hombro.

—¿Te refieres a que soy una soñadora?

Busco una palabra de la cual embone con su descripción. Kaleth suspira con cariño, me contagio de ello, por lo que no lo puedo evitar y entierro el dedo en su hoyuelo.

—Sí, eres una soñadora.

—Tú formas parte de mis sueños, lo sabes ¿verdad?

—Lo sé, bonita. —Se inclina un poco, me deposita un beso en la nuca—. Tú también formas parte de los míos.

Mi corazón quiere salir del pecho, muestro los dientes en la sonrisa. Me inclino hacia él, coloco la oreja sobre su pecho y el suyo late con lentitud, no me gusta ese sonido, pero no digo ni una palabra y me alejo.

Giramos sobre nuestro eje para volver a su habitación.

—¿Cómo te sientes? ¿Quieres que continuemos con la serie de anoche?

—¿No podemos continuar caminando?

Niego con la cabeza.

—Tal vez tu mamá ya está en tu cuarto.

Regresamos hacia la habitación, los padres de Kaleth ya se encuentran ahí. Preguntan sobre nosotros, pero quieren saber sobre su hijo. Trajeron comida para todos, por lo que he comido sopa con verduras.

Los cuatro decidimos ver la serie que a Kaleth le gusta, por lo que pasamos el resto de la mañana y gran parte de la tarde. Una enfermera entra para revisar al paciente, su papá tiene que irse para ir a trabajar, y Odette lo acompaña hacia afuera.

—Jolene —menciona mi nombre la enfermera—. Ya están todos los resultados de las pruebas y son favorables.

Escupo de la sorpresa, me he olvidado por completo de ello. Se siente como si estuviera esperando por su muerte, y lo odio.

—¿Te parece si podemos firmar unas responsivas?

—¿Y para qué voy a firmar? —pregunto a la defensiva.

—Para una futura operación de trasplante de córnea —responde ella, carraspeando la garganta con incomodidad.

—Está bien, solo es para facilitar las cosas. Eso no significa que vaya a ser requerido —calma Kaleth.

Muerdo el interior de la mejilla, porque no quiero firmar nada. Tampoco quiero que él se preocupe. Así que voy con la enfermera a rellenar la documentación y dar mi autorización para la operación, que me explica a grandes rasgos, pero la verdad es que no he entendido ni una palabra.

Regreso a la habitación con una sonrisa falsa, todavía no están sus padres, por lo que me siento en el borde de la cama.

—Nunca vamos a utilizar esas cartas de autorización, ¿verdad? —imploro, con el labio inferior temblando.

—Esperemos que no.

Esa noche me debo de ir a descansar en mi casa, porque Odette se va a quedar la última velada con su hijo en el hospital. Yo vendría temprano a la mañana para recogerlo, festejaríamos en una cafetería con un desayuno. Después de su recuperación, todo volvería a la normalidad.

—Te amo, bonita, nos vemos mañana, temprano —se despide de mí, posando sus labios en los míos—. Con cuidado, porque son las nueve y media de la noche.

Pero, me alejo con sutileza, porque sus padres están presentes y me da vergüenza.

—Mañana nos veremos, solecito.

Eso es lo que estoy pensando cuando me subo al carro para que me deje en mi casa, de repente, a medio camino, mi celular empieza a sonar. Es Odette, por lo que se me seca la boca al instante y me dan náuseas, es como si sintiera que algo está yendo mal.

Ni siquiera me percato que las manos me están temblando.

—Kaleth está teniendo otro infarto —dice a duras penas, entre llanto.

El celular se me cae, no sé cómo puedo hacerlo, pero le pido al conductor que me regrese al hospital. El carro va lento y yo me estoy muriendo en la parte trasera, sin embargo, cuando llegamos, le aviento un par de billetes para salir.

Como lo conozco, porque me he tomado el tiempo de hacerlo, corro hacia donde se supone que está la habitación de Kaleth. Grito de desesperación y de dolor cuando veo unas manchas que identifico como los padres.

Una sombra se me acerca y me sostiene de los hombros. Me aprieta con sutileza, pero yo ya estoy llorando por falta de aire.

Esta vez se siente diferente, tengo un horrible presentimiento. Recargo mi cabeza en el hombro de Odette, que también está llorando, no puedo formar preguntas. ¿Cómo es posible que todo mi mundo vuelva a cambiar por segunda vez? Hasta hace unos momentos habíamos estado felices, porque ya estábamos planeando el día de mañana.

Y ahora lo estoy perdiendo.

Mi cuerpo pesa como una tonelada, él me prometió que todo estará bien. Ahora es una mierda. Me dejo caer en un ovillo en medio del pasillo, porque ni siquiera Odette puede sostenerme. Aketus se acurruca a mi lado, lamentándose. Su compañía no me hace dejar de sentir que me estoy ahogando.

El tiempo es lento, el personal médico está en la habitación, quiero estar ahí y saber que están haciend lo posible para que despierte y me haga sentir cálida, porque todo es frío ahora. Escucho el chirrido de la puerta, por lo que me levanto. Estoy temblorosa, ya que el ambiente está tenso y aunque mi cerebro me esté advirtiendo lo que acaba de suceder, mi corazón implora que sea una equivocación.

El veintidós de julio es el peor día de mi vida.

El médico carraspea la garganta, puedo sentir su incomodidad, es difícil dar una noticia de tal magnitud. Empiezo a hiperventilar, todavía conservo una mínima pizca de que Kaleth esté bien.

Vivo.

—Lo lamento mucho...

Grito una y otra vez, tratando de sacar el dolor que está acumulado en el pecho. Las lágrimas no dejan de caer, y siento que todo a mi alrededor da vueltas, al menos sigo tumbada en el suelo.

—El corazón de Kaleth estaba débil y no soportó un tercer infarto. Hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos para salvarlo, pero desafortunadamente, no lo logramos —explica el médico con pena.

Sus palabras suenan estúpidas, porque no me van a devolver a Kaleth. Como puedo, me levanto del suelo, es que no sé qué hacer. ¿Cómo debe de reaccionar una persona que acaba de perder el amor de su vida?

—Hay algo más, que es doloroso, pero...

No me interesa escuchar nada más, a menos que eso signifique que eso me va a devolver a Kaleth.

—Ustedes saben que Kaleth quería donar la mayoría de sus órganos, tenemos algunos pacientes que están listos para recibir un riñón y un pulmón. —Tose, puedo sentir su incomodidad.

Lo único que se gana es que Odette solloce con más fuerza, yo también lo hago. No me interesa el resto.

—También dijo que es importante que Jolene reciba sus córneas.

Estoy helada con sus palabras, ni siquiera me acordaba de lo de hace unos ratos.

—Vamos a operarlo para los órganos que otras personas necesitan. Sé que puede ser incómodo, pero tienen un periodo de vida, y es necesario hacerlo ya.

El padre de Kaleth responde, no entiendo lo que están diciendo. Los oigo a la lejanía.

—Necesito que estés lista, porque te vamos a operar rápido, Jolene.

Estoy muda, creo que el médico ha entendido que estoy accediendo. Pero, me es difícil, porque estoy destrozada. Estoy a punto de extender el brazo para decir negarme, parece que Odette entiende lo que quiero hacer, así que me sujeta de la muñeca.

—Acéptalo, Kaleth me dijo que, si algo pasaba, él le encantaría que tú pudieras volver a ver los colores —implora con la voz entrecortada—. Ese es su deseo más grande, y sé que donde sea que ahora se encuentre, está esperando a que tú entres al quirófano y recibas una parte de él.

Sus palabras se sienten como navajas en mi corazón, no puedo ni siquiera pensar en algo coherente de lo que quiero decir. Trago saliva, esperando deshacer el nudo que tengo en la garganta.

—Amo a Kaleth tanto —murmuro a duras penas.

—Lo sé y él te amaba de la misma manera —insiste Odette—. A mí también me gustaría que cumplieras su último deseo, aunque en este momento sea doloroso, el tiempo es oro.

Asiento temblorosa, porque tiene razón.

—Él siempre va a estar con nosotras.

Encontré la felicidad con él y se me ha arrebatado sin piedad, pero no me arrepiento de amarlo, aunque ahora me duele.

Llámenme loca o estoy entrando en una crisis, pero siento como alguien me ha acariciado la mejilla, es cálido y lleno de amor, sin embargo, no dura lo suficiente para que pueda disfrutarlo. Aunque me tranquiliza por unos breves segundos.

¿Será una señal? ¿Kaleth estará parado a un lado mío? ¿Reprochándome? No estoy segura, pero lo tomaré como tal, por lo que, decido tomar los pedazos de mi corazón destruido sin reparación y aceptar su donación.

Cumpliré el último deseo de Kaleth y miraré para los dos, porque se lo prometí.

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