♡Capítulo treinta

—¡Me he muerto quemado ahí dentro contigo! —exclama Kaleth con diversión— ¡No me vuelvo a bañar contigo!

Cierro la regadera, extendiendo la mano en busca de mi toalla, pero mi novio me sujeta con amabilidad la muñeca, sacándome de ahí. Me la pone sobre los hombros, secándome con cuidado en lo que exprimo el cabello.

—La que no se vuelve a bañar contigo soy yo, parece que te bañas con hielos —refuto, sacudiendo los hombros.

Kaleth y yo sencillamente no nos ponemos de acuerdo con la temperatura. Pero, tener duchas juntas es algo de parejas, ¿no es así? Me parece que por ahí lo escuché.

Tal vez sea para parejas, aunque no para nosotros. Intentamos regular el agua con la persona que estaba debajo, pero tardaba en cambiarse, y yo, sufría si no estaba ahí. Aunque no sé qué es peor, estar en el agua congelada o no estar.

—Bueno. Lo intentamos —ríe, abrazándome desde atrás, caminando para salir del baño.

Desde anoche, no ha podido quitarme las manos de encima y tampoco lo deseo. Su toque es tan cálido que me eriza la piel, mi corazón se quiere salir del pecho, las piernas me tiemblan y adoro su olor a hierbabuena, aunque a veces ya ni sé si es el perfume o en realidad es él.

Todavía me avergüenza estar desnuda por completo delante de él, creo que es algo que poco a poco con el tiempo va a ir disminuyendo. Me pongo el interior por debajo de la toalla, terminando de vestirme con rapidez.

Aketus está a un lado de mí, su mirada es resentida, porque lo hemos dejado toda la noche anterior encerrado en el baño.

—Deja de mirarla así, Ak —reprende con un toque de diversión, Kaleth—. Ya te dije que no vamos a dejarte aquí hoy.

Este es nuestro último día en París y Kaleth quiere que conozcamos un poco más de la cultura, la arquitectura, todo lo que se pueda abarcar. Me promete que va a ser extravagante, que ambos vamos a disfrutar al máximo.

—Solecito, ayer también me divertí —prometo, con la mano en el pecho, para que vea que no estoy mintiendo.

—Lo sé, pero yo me divertí más que tú y ahora tú necesitas hacerlo, somos un par de turistas que va a disfrutar de esta hermosa ciudad —promete.

Si fuerzo los ojos, puedo notar como extiende los brazos hacia los costados, sintetizando su oración. Esbozo una sonrisa, negando con la cabeza. Si él dice que hoy vamos a tener diversión, yo le creo.

Ya es más de medio día, nos levantamos tarde, y permanecimos un rato extra en la cama, dándonos amor, porque anoche solo fue el comienzo. Luego, comimos con el servicio al cuarto, nos duchamos y ahora vamos a salir.

Yo me siento maravillada, relajada, las mejillas me duelen, porque no puedo dejar de sonreír.

—Que linda te ves con esa sonrisa, me gusta verla —canturrea Kal, besándome el hombro cuando se acerca a mí—. Hoy amanecimos sonrientes.

—¿Tú también estás sonriendo? —pregunto, arqueando una de las cejas.

—¿Es que no he suspirado lo suficiente? —mofa, sus manos se deslizan a mi cintura, estrujándome más contra él.

—Sí. —Ensancho la sonrisa.

—Perfecto, porque nos voy a mantener muy sonrientes —dice con la voz ronca.

Alzo el mentón hacia arriba, me empujo y deposito un beso, pero me detengo, porque no voy a parar. Retrocedo para terminar de arreglarme. Hago una media coleta en el cabello que todavía está húmedo y me maquillo con suavidad, Kaleth sin dejar de mirarme. Hasta creo que me ha tomado un par de fotos con la cámara, por su costumbre, sin avisar.

Cuando estamos preparados, agarro la pechera de Aketus que mi novio le puso, bajamos juntos para ir hacia el carro e ir a disfrutar de nuestro último día en la ciudad.

—¿A dónde vamos a ir primero? —pregunto con emoción, apretándome las rodillas.

Aketus me ladra, como si me estuviera respondiendo.

—No te desesperes, amor mío. Ahorita que lleguemos, te vas a dar cuenta...

Entreabro los labios para iniciar una discusión por diversión, pero el tiempo no me alcanza, ya que la voz femenina de su celular me interrumpe:

—Iniciando ruta a Bateaux Parisiens, paseo en barco por la Sena.

Kaleth suelta un pequeño grito ahogado en frustración, debido a que su sorpresa ha quedado completamente expuesta por su celular, diciendo unas palabras altisonantes.

—¿Por qué estás molesto? Si yo no he escuchado nada —prometo, dirigiendo la mano a su muslo, descansando ahí.

—Eres una mentirosilla —acusa él, con tono agudo—. Pero, supongamos que te creo.

Kaleth continúa manejando hacia nuestro paseo ¡Nunca me he subido a uno! Estoy muy emocionada, ya quiero llegar cuanto antes. La trayectoria es breve, creo que ha escogido con estrategia el hotel, porque todo queda cerca.

Aketus sale por mi lado de la puerta cuando estacionamos. Extiendo mi bastón para caminar. Soy más cautelosa de lo usual, porque no conozco ni cómo está pavimentado ni qué tanta gente hay, pero, a pesar por los murmullos que están mezclados en varios idiomas, puedo apostar que son un montón.

Me gusta escuchar los diferentes acentos inclusive dentro del mismo idioma, es una cultura rica. Puedo sentir la frescura de las aguas del Sena. Kaleth me sujeta por los hombros, guiándome entre la multitud para hacer la fila, que las entradas ya las tiene en su celular.

Mi novio me menciona que sí hay turistas, pero no son tantos, porque no es temporada alta. Él me abraza por detrás, recarga su cabeza en mi hombro en lo que esperamos para poder ingresar. Me está compartiendo todo, incluso la apariencia de los de alrededor, que estamos cerca del Pont de l'Alma (puente del alma) donde ahí nos estacionamos, por lo que es grande.

—El agua no es tan azul y luce tranquila —susurra con diversión.

—¿Entonces de qué color se supone que debe ser el agua?

—Pues verde, supongo que, por el moho, pero no digas nada, no vayamos a ofender al personal.

El sonar del barco aproximándose me entusiasma un montón. Yo ya quiero navegar. Kaleth se aleja para avanzar. Puedo escuchar todos los movimientos, los diminutos golpeteos del agua chocar contra la base ¿Por qué se tardan en iniciar tanto? ¿Es que están construyendo el puente para poder subir?

—Tenemos el permiso para que el perro pueda subir con nosotros —argumenta Kaleth, sacándome de los pensamientos.

—Sí me comentaron, pero ¿sí puede dar un pequeño brinco para poder subir? —pregunta una voz femenina.

—Sí, claro —replico con ansiedad.

¡Yo ya me quiero subir al barco!

—Espérame un segundo, yo subo, luego el perro y te ayudo a ti —idea Kaleth.

¿Por qué él va a ser el primero? Si yo ya dije que ya quería estar arriba. Peleo en mi interior que no me percato que mis chicos ya están en el barco. Kaleth extiende la mano y la tomo con firmeza, voy a abrir las piernas lo suficiente para que pueda subir. Él me dice que es corto, pero no lo siento así.

Tengo la extraña sensación de que es mucha distancia entre el piso y el barco. Trago saliva al empujarme, sintiendo que me voy a ahogar, que por lo que oí, no es tan profundo, lo peor que podría sucederme es mojarme y algún moretón. Kaleth me sostiene de la cintura, apretándome con sutileza.

Es que he sentido mucha adrenalina.

El barco es gigante, porque caminamos por un estrecho pasillo, donde parece que hay techo que me cubre del sol. Pero, llegamos a las escaleras para subir a cubierta.

¡Tiene dos pisos!

Tomamos asiento en el extenso sillón que cubre el perímetro del piso. Es relajante el meneo del barco, podría estar aquí por un largo rato sin problema. De un lado a otro. No me percato de que tengo los ojos cerrados y que me estoy moviendo al compás de la corriente. Hasta creo que soy capaz de olfatear el agua.

Esperamos unos minutos más antes de emprender nuestro recorrido. En la bocina se escucha el guía, que está en la parte inferior. Nos da una cordial en francés, y me parece que lo vuelve a repetir, pero en distintos idiomas. No le presto atención a lo que nos comparte, ya que Kaleth me describe todo alrededor, y lo que crea mi mente es maravilloso.

A excepción de que el agua sigue verde.

Escucho en el fondo que el navío va a empezar a dirigirse a Notre Dame de París, que es católica. Su color es beige, nosotros tenemos el ángulo de la vista trasera que es un rectángulo que se divide en tres, en los costados con dos torres. Cada división con dos entradas, él dice que parece que tiene muchos detalles que no puede distinguir, pero lo que percibe es algo diferente por la textura de la pared.

El recorrido continúa, pasando delante del Museo del Louvre, que es hermoso, por lo que me está describiendo; una pirámide de cristal es gigante, y a cada lado hay un montón de triángulos. La guía añade que en la noche se ve aún mejor, ya que las luces se prenden y es como un gran diamante.

No transcurre ni un minuto cuando Kaleth empieza a describir el Hôtel de Ville (ayuntamiento) y La Conciergerie. El primero cuenta con tres niveles con una no voy grande torre que parece que es un reloj, además que hay una barda con extraños pilares, que se describen como pequeños humanos a lo lejos. A la mitad hay distintas banderas, en el medio, es la de Francia. Termina por agregar unos hechos históricos, que los ha repetido el guía.

En lo que respecta a la segunda, parece un gran castillo de princesas, es largo, con algunas torres con techos puntiagudos. Hay excesos de ventanas, me pregunto si es tan luminoso en el interior. La construcción está hecha con ladrillos. Me pregunta qué es lo que me gustaría visitar con más detalle.

—No sé, creo que cada uno cuenta una historia, otro día con más calma las visitaremos —replico, arrugando el entrecejo, sintiendo una ligera presión en el estómago cuando el barco gira.

—Tendrás que decidir por el momento, bonita. Igual todavía falta la mitad del recorrido —afirma Kaleth.

Me estruja el hombro, el brazo lo ha mantenido ahí desde que inició el viaje. Me da seguridad e incluso logro disfrutar más de la ventisca fresca del viento.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? —pregunto, intrigada.

—Como media hora, todavía falta la mitad del recorrido —responde, suspirando.

¿Cómo qué ha pasado ese tiempo? Se siente menos, como si me acabara de subir. No quiero que este paseo termine jamás. Ya ni siquiera puedo sentir las mejillas, de lo entumecidas por tanto sonreír.

La media vuelta se realiza cerca del Instituto del Mundo Árabe, eso es lo que Kaleth me informa. Lo que me describe es llamativo, un gran edificio que parece estar acostado. Es de cristal, cada cuadrado tiene un bonito patrón en forma de círculos.

Mi novio es excelente describiendo, así que puedo apostar que lo que visualizo, es casi lo similar a lo que está plasmado en mi mente.

Después, nos acercamos a El passage de la Monnaie, que por lo que me explica, su principal misión es fabricar la moneda del país, está vigente desde el 2007, como todo en este recorrido, es rústico con colores beige. Es chato, pero parece una "C" en el centro de la entrada y en los costados una copia. Es el pequeño brazo del Sena situado entre la Isla de la Cité y el margen izquierdo, permite admirar la Catedral de Notre Dame de más cerca.

El crucero continúa entonces a lo largo del Museo de Orsay, donde si está seguro de que hay un reloj. Es un gran monumento cuadrado, con grandes entradas y excesos de ventanas.

—Es como si estuvieran dos edificios pegados. Creo que uno si es el Museo, y enseguida hay como un edificio más pequeño, que está un poco más atrás,  podría ser un hotel —reflexiona—. Mejor no, olvida lo que he dicho.

—Me gusta tu opinión, prefiero oírte a ti que al guía —confieso, curvando los labios con una sonrisa.

—El guía está diciendo cosas muy importantes, que no te alcanzo a repetir —resopla.

—Tus descripciones significan más para mí y unos hechos —prometo, dejo caer la mano en su rodilla—. Ahora, por favor, descríbeme la Asamblea Nacional — pido cuando el guía lo menciona en el fondo de los sonidos.

También agrega el guía que vamos en dirección a la Torre Eiffel.

Necesito ir ahí, porque París es conocido mundialmente por esta arquitectura. Creo que es lo primero que se nos cruza por la mente cuando mencionamos la ciudad, incluso con el país.

Ni siquiera sé qué es lo que Kaleth me está describiendo, me he desconectado. Pero entiendo que es algo como una estructura, parecida a la griega, con pilares alrededor de la entrada. También hay la estatua de un hombre sentado, es gigante.

El guía añade que vamos de regreso al desembarque principal y es como una daga a mi corazón, porque la aventura está a punto de terminar. No quiero. Kaleth se aleja de mí, me apanique. Giro la cabeza en su dirección, esperando una respuesta.

—Aquí estoy, gruñoncita. Solo quiero que sientas mejor el meneo del barco —excusa, puedo detectar un extraño tambaleo en su voz que me hace dudar.

—Pero, lo puedo seguir sintiendo sin importar tu compañía —refuto, cruzando los brazos y haciendo un mohín con los labios.

Me estremezco al oír el ruido de su cámara. Estoy segura de que salgo horrible en esa fotografía ¡Échenla al agua y que se ahogue! Pero, va a flotar. Con suerte, algún pez se lo comería, si es que comen eso.

—¡Kaleth! —chillo, cubriéndome el rostro con ambas manos.

—Sonríe, que voy por una segunda toma —indica.

Mi cuerpo obedece a él, me ignora. Enderezo la espalda, y ensancho la sonrisa. Aketus descansa su cabeza en mi regazo, Kaleth se acerca más a mí, y creo que nos va a tomar una selfie.

—Deja que detrás de nosotros se vea la Torre —informa—. Voy a contar hasta tres.

—Uno —inicia—. Dos—. Suspira, por lo que estoy segura de que está sonriendo.

—¡Tres! —exclama, inclinándose hacia mí.

Su boca se posa en mi mejilla, tomándome desprevenida, por lo que abro los ojos de par de par, sintiendo un calor inundar las mejillas.

—Esta foto si me gusta —afirma mi novio, después de separarse de mí y sacudir la fotografía, revelándola—. Salimos guapos.

Una duda me surge, porque no quiero pensar en que no la puedo ver, me voy a frustrar.

—¿Por qué no tomas fotos con tu celular? ¿No es más fácil? —pregunto, siendo más consciente del agua en la que nos movemos.

—La verdad, yo nunca las miro. Me gusta más tenerlas en físico, yo logro revivir más el momento —explica, guardando las cosas en su mochila.

Toco el anillo del pulgar, escuchando con atención.

—Creo que las fotos de los celulares, la mayoría busca la perfección: reducir tallas de cuerpo, quitar las imperfecciones de la piel, sonrojo natural, y está bien, no lo juzgo. Sin embargo, creo que su esencia se pierde. —Toma un bocado de aire—. Y con estás no lo puedes hacer, porque no hay una opción rápida de edición ni tampoco estás tentado, por eso me gusta.

—Segura salgo horrible en todas y cada de las fotos que me has tomado —bromeo, codeando sus costillas.

—No, sales preciosa en cada una de ellas —jura con seriedad.

Aunque lo dudo, nadie es fotogénico todo el tiempo, ¿verdad?

—Solo lo dices porque eres mi novio —confirmo.

—Es correcto, un hombre que ve a una mujer que es hermosa interna tanto externamente, y por eso me enamoré de ti.

Sus dedos se entrelazan con los míos, pero dejo sentir el movimiento del barco, la voz del guía me lo confirma cuando da las gracias por haberlo acompañado durante el recorrido.

¿Cómo ha terminado? No quiero bajarme, ¿No podemos dar otra vuelta?

—Vamos que se está haciendo más noche, y todavía tenemos cosas que hacer —explica Kaleth, tomándome la mano.

Aplico resistencia por unos segundos, antes de que la húmeda nariz de Ak me estuviera empujando de los muslos. Ahora todos se quieren ir. Rechinando los dientes y de mala gana, me levanto. Tomo la pechera de mi perro mientras que nos guía para bajar las escaleras.

Identifico la misma voz que me ayudo a subir en un principio. Kaleth y Aketus bajan. Todavía me pone un poco nerviosa el extender las piernas para brincar.

—¿Te ha gustado el viaje en el barco? —pregunta sin soltarme la mano.

—Sí, ¿a ti? Creo que nada lo va a poder superar, es muy relajante —respondo en lo que nos dirigimos al auto.

—¿Te gusta el agua? ¿Las albercas? —divaga.

—La verdad, no. Hace frío y me da asquito, estar en las albercas me da la sensación de que todo el mundo se orina. —Hago una mueca con desagrado.

Me abre la puerta del copiloto, luego de que mi perro haya subido. Me pongo el cinturón de seguridad, en lo que Kaleth ingresa del otro lado. Emprendemos el camino, y lo único que quiero, es saber a dónde vamos. Esta vez, él es más meticuloso al no poner la dirección en el GPS.

Tal vez ha apagado el sonido del celular.

Es tan tramposo.

Nada le cuesta decirme y si tanto le molesta, pues pretendíamos que no sé.

—¿Por qué no me dices? —agudizo la voz, luego de preguntar por millonésima vez.

—Porque es una sorpresa. —Me da la misma respuesta.

La velocidad del automóvil empieza a disminuir y no sé si es por un semáforo rojo o ya estamos llegando al destino. Espero que sea la segunda, porque ya quiero llegar. Cuando él apaga el motor, me doy cuenta de que no se va a tardar más en decirme.

Me bajo sin que me diga nada más, le abro la puerta a mi perro. Es que sé que, si le vuelvo a preguntar, no me va a decir hasta que ya estemos a punto de hacer lo que sea que tiene planeada.

Los pasos de Kaleth son cortos y lentos, por lo que me estoy muriendo de desesperación. La contengo en el interior, no voy a ceder ante mis sentimientos. Después me voy a vengar, de eso no quedan dudas.

—Vamos, Jolene —mofa Kaleth—. Ya casi llegamos, aunque la verdad no quiero escuchar a otro guía.

Estoy segura de que no puedo borrar mi expresión ceñuda, por más que lo intente. Y por más que fuerzo la visión en darme una pista de a dónde vamos, pero no veo nada. Solo manchas.

Si hago cuentas, estoy segura de que estamos cerca de algún monumento, ya que ha mencionado a un guía. Ahora solo me toca averiguar cuál, si tengo suerte, es la Torre Eiffel.

—Es la Torre Eiffel —confirmo con alegría.

Le sujeto la muñeca, forzando a que camine, aunque no sé a dónde nos dirigimos, por lo que mis pies se dejan de mover, dirijo la cabeza hacia él con una mirada interrogativa.

—¿Dónde está? —pregunto, encogiéndome de hombros.

Kaleth empieza a caminar, guiándome. Yo quiero llegar, lo más pronto posible. Solo estoy segura de que cada vez estamos más cerca, porque las manchas se están multiplicando.

Me toma por sorpresa al sentir que están corriendo por los pies. Mi cuerpo se paraliza cuando algo parecido a un látigo me envuelve el tobillo. Abro los ojos, horrorizada antes de soltar un chillido.

¡Es una maldita rata!

Como si mi vida dependiera de ello, brinco en el costado de mi novio, las piernas se enroscan a un lado e intento estar más separada del suelo. En serio, me causan pavor y no me interesa estar sobreactuando. Enrollo los brazos en su cuello, rehusándome a bajar.

Que experiencia tan maravillosa, que lo primero que me da la bienvenida son unas jodidas ratas.

La mano de Kaleth está en mi espalda, estrechándome contra él en lo que la otra, la coloca en su oído. No tengo idea cómo es que no le he reventado los tímpanos, si estoy segura de que he gritado tan fuerte que ahora estoy afónica.

Ni siquiera me percato de que algunos me están mirando. No me interesa, porque en mi ciudad no me ha pasado que alguna rata se me enrosque en las piernas. Estoy segura de que para los residentes es habitual, pero no para mí.

—Todo está bien, no hay nada de qué preocuparse. Solo es cuestión de ignorarlas —replica con tranquilidad, caminando conmigo colgada en un costado.

Estoy segura de que parezco un mono, pero tampoco es que me interese.

—No me pienso bajar de aquí, Kal —advierto, con seguridad.

—Tampoco te iba a pedir que lo hicieras, estoy seguro de que soy lo suficientemente fuerte para sostener a mi chica por unos cuantos metros más—profundiza su voz.

Me río, disfrutando de la sensación de su pulso acelerado, estoy segura de que es porque yo también lo pongo nervioso de la misma manera en la que él me hace sentir o eso es lo que me convenzo.

Al llegar a la Torre, me bajo, con pesar. En el primer piso nos piden las entradas y nos preguntan si queremos unirnos al recorrido con el guía, pero los dos negamos al mismo tiempo.

Por lo que alcanzo a escuchar al guía del grupo que está a un costado de nosotros, la Torre tiene una altura de unos trescientos veinticuatro metros por la cúspide de la antena. Pero, querían más altura, aunque tenían miedo de que se fuera a caer.

Kaleth me guía junto a mi perro al elevador, hacia el primer piso. También está la opción de subir por los escalones, pero hay más de mil quinientos, por lo que puede ser exhausto.

En el primer piso es el primero donde se unen los cuatro pilares de la base, por lo que tengo entendido, no es tan alto. Solo son alrededor de cincuenta metros. Caminamos por el perímetro, en el centro hay un gran cuadrado vacío en el medio. Las ventanas son de cristales y estoy segura de que Kaleth tiene una maravillosa vista de la ciudad.

—Me encanta esto.

—Dame tu cámara —pido, extendiendo la palma hacia él.

Escucho como abre su mochila y sin preguntar me la entrega, en lo que él sigue distraído, admirando la belleza. Con ayuda del tacto, localizo el botón. Intento hacer un encuadre perfecto, forzando los ojos a las manchas que puedo percibir. Él me está dando la espalda y cuando estoy lista, me pongo en posición.

—Kaleth, voltea —llamo.

Logro identificar que la mancha se está moviendo y yo ruego que esté girando solo el mentón, por lo que presiono el botón, implorando que haya salido bien.

De inmediato sale la imagen impresa, Kaleth se acerca a mí, viéndola.

—¿Si ha salido bien? —inquiero con nerviosismo, sintiendo que el corazón se me va a salir del pecho, porque se mantiene en silencio.

—Sí, he salido muy guapo —bromea.

Sé que él es atractivo, así que espero que se refiera a la toma y no a él. Sonrío, él pone la mano en la espalda, se acerca lo suficiente para darme un beso en la sien.

En el segundo piso se trata mayor parte de un restaurante, pero es un poco larga la espera para una reservación, por lo que ni siquiera es una opción pisar, por lo que vamos directo al tercero y último. Kaleth lee una pequeña inscripción con información: está situado a doscientos setenta y cinco metros, y puede soportar hasta cuatrocientas personas. Todo se ve incluso más pequeño a esta altura, es lo que él me dice.

Aún así, optamos por darle una vuelta a la superficie, porque estamos aquí. Me gusta oírlo describir los detalles, incluso puedo oír a los turistas lo encantados que están con la visión.

Me gustaría también poder admirar la belleza, pero tengo que conformarme con mi imaginación. Me muerdo el interior de la mejilla, tratando de contener mi falta de ánimo, plasmando una falsa sonrisa.4

No logro comprender del todo el cambio radical de mis emociones, si hace un momento estaba perfecta, con la narración de Kal de más de un monumento en el navío, para que ahora no lo esté disfrutando. Tomo un profundo bocado de aire, tratando de relajarme, porque no quiero que él no disfrute del paseo.

—Vamos arriba —apresura Kaleth, guardando la cámara.

Subimos algunas escaleras, después de caminar por un estrecho pasillo que se llega a una plataforma que es llamada equivocadamente como «cuarto piso». Aquí ya se puede tomar un poco de aire fresco, por lo que me estremezco, los pasos son cortos.

En el piso puedo sentir que es un poco hueco, lo que me hace estar nerviosa, es que no hay nada a mi alrededor de lo que pueda sujetarme, por lo que creo que en cualquier momento voy a perder el equilibrio.

—Estás muy tensa, Jolene.

Guardo el bastón en la bolsa, porque se sigue atorando en los huecos, Kaleth me sostiene con fuerza, asegurándose que sepa que jamás me va a soltar. Me acerca lo más que se puede a su cuerpo y todos los sentimientos negativos desaparecen.

Nos acercamos a unos vinculares que están pegados en el piso y funcionan a partir de darle de ingresar una moneda y puedes acercarte a donde sea que se apunte.

—Mira París —insisto—. Cuéntame qué tan bello es.

Y como soy una buena novia, saco una moneda del bolsillo, entregándoselo a Kaleth para que pueda divertirse en lo que yo me horrorizo por el espacio libre, agarro con fuerza su pechera.

Escucho un extraño ruido de la máquina, que marca el inicio. Él me hace partícipe de la experiencia, calculando la distancia hasta donde se puede ver con detalles. Me describe cada edificio que ve, las personas, los detalles hasta que el tiempo se agota.

Kaleth camina hasta mí, donde me estoy sujetando de la barda, ya me dijo que los espacios entre los barrotes son escasos, pero yo no confío del todo. Se detiene detrás de mí, rodeándome con los brazos.

—No quiero que el viaje termine —confieso con nostalgia, porque mañana regresamos a nuestra ciudad.

—¿Por qué? —pregunta.

—Porque no quiero que se acaben nuestros mágicos momentos —confieso, arrugando la punta de mi nariz.

—Gruñoncita, no tenemos que estar en una ciudad para crear momentos. —Me besa el hombro—. La mágica está en cómo nos hacemos sentir el uno al otro, y estoy seguro de que aquí o en cualquier parte del mundo me sentiría igual contigo.

La ráfaga álgida azota contra mi cuerpo, pero estoy segura de que no lo ha provocado. Él sabe qué decir y qué hacer para hacerme sentir la mujer más afortunada.

—Estoy loca y perdidamente enamorado de ti.

—Yo también estoy enamorada de ti —menciona, adoro que su voz se haga más ronca.

Me encanta que lo diga, así como sus acciones me lo demuestran.

Estoy segura que amores como él solo se viven una vez.

—¿Aquí y en dónde más? —bromea, apretándome con un poco más de fuerza.

—Y en todos los rincones del universo de todas las galaxias que pueda existir.    

n/a*

holaaa luvs, como andan? yo sp feliz xq ya somos 100k, la verdad es que estoy muy feliz, por eso el capítulo anterior, gracias x todo el apoyo y cariño que le estan dando, mucho luv para ustedes

en fiiin, alguna sugerencia, cpmentario, duda aquí me lo dicen n.n

recuerden seguirme en redes, donde siempre subo contenido y adelantos, ademas que les aviso que ya subi cap x si la app no les dice

con amor, hope n.n

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