♡Capítulo dieciséis

La respiración se hace cada vez más pesada, pero sostengo la fuerza en el abdomen por unos segundos más, Odette me dijo que, si sigo disciplinada con el baile, podría en un mes o dos darme las zapatillas de punta.

¡Las de punta!

Estoy emocionada, porque he escuchado los vídeos en internet y los golpes de la punta contra el suelo son muy distintos. Mientras que, en una zapatilla normal, el paso es más ligero, los de punta son más firmes lo que hace que la piel se me eriza por completo.

Las mías son relativamente nuevas, pero si están gastadas. Les tengo cariño, ya que con ellas he descubierto un nuevo mundo. Sin embargo, todavía me exalta la idea de tener unas, porque sé que estoy avanzando.

La música se termina, mantengo el centro de gravedad en la punta de los pies con la quinta posición, que se hace como una canasta arriba de la cabeza. Poco a poco, distribuyo el peso en la planta. La maestra da la orden de que podamos descansar.

—Eso chicas, estoy muy feliz. Ahora vamos a calentar para que no se atrofien los músculos —indica, todos rompemos nuestra posición.

Siento a las chicas de quince años a los costados. Una música se escucha por el salón mientras que la maestra describe cada movimiento en la rutina. Realizando el cuello en círculos de un costado, diez segundos. Repetimos la acción del otro lado.

Kaleth no tocó la música, porque en el restaurante para el que trabaja, tenían un evento de algunos negocios, por lo que tenía que cubrir dos horas. Incluso, aunque yo terminé con la práctica, me pidió que lo esperará aquí.

Y como soy una excelente novia, accedí sin vacilar.

¡Oh por dios! ¿En qué me he convertido?

Cuando la melodía finaliza, los murmullos de las chicas agradecen por la clase a Odette en lo que van al cuarto de cambio. Mi novio me dijo que hasta el fondo había una ducha, ya que sabe que culmino empapada en sudor y si se seca, mi piel queda pegajosa, por lo que no estaría cómoda.

Me encuentro en el pasillo con las bancas, agarro la bolsa de práctica junto con el bastón, empujándolo hasta el final. Tanteo la perilla y abro la puerta. El lugar está como él lo describió, es muy diminuto. Del lado derecha están las llaves para sacar el agua, busco el lavamanos, sacándome la ropa, dejándola caer en una esquina. Giro la perilla de la regadera e intento ahogar un chillido cuando el agua fría toca mi piel, pero es refrescante, debido a que me siento acalorada.

Envuelvo el cuerpo con una toalla que previamente ya había sacado. Me visto con una camisa de algodón amplia y unos pantalones que Kaleth me dio, me quedan un poco grandes, por lo que aprieto las correas en mi cintura, asegurándome que no se van a caer. Mi pelinegro es de complexión delgada, pero firme, igual su ropa no me queda tan grande.

Unos nudillos llaman la puerta, con ayuda del bastón me guío hacia la entrada, espero que pronuncie su nombre.

—Soy yo —murmura con su voz que podría reconocer en cualquier parte del mundo—. Abre.

Giro el pomo porque quiero, no porque él me lo haya pedido. Mi cabello es un desastre, la toalla está sobre mis hombros. Kaleth da un paso hacia mí, me mantengo firme, nuestras respiraciones se mezclan, él toma los costados de esta, pasándola con suavidad por la cabeza, absorbiendo toda la humedad de mi melena.

Sonrío, disfrutando de su tacto.

—¿Tienes el peine en la mochila?

Asiento, sin querer que él suelte mi cabello, pero lo hace, por lo que no puedo evitarlo, y arrugo la punta de mi nariz con frustración. Él suelta una carcajada, deposita un rápido beso en la frente antes de alejarse de mí. Me quedo inmóvil, se para detrás de mí, empezando a cepillarme.

—¿Estás lista para irte? —inquiere cuando se ha desanudado todo el cabello.

—Sí, ¿me vas a dejar a la casa?

—Sí, pero mi amigo necesitaba mi motocicleta y me ha prestado su carro.

—Está bien, estoy exhausta. No puedo mantenerme de pie por mucho tiempo —exagero, fingiendo una mueca de dolor.

Kaleth desliza su brazo detrás de las rodillas y en la espalda, alzándome en el aire, chillo por la sorpresa. Paso el mío por su cuello, aferrándome a él, enterrando la nariz sobre en la zona, absorbiendo su aroma a hierbabuena.

Él hace un ágil movimiento con sus manos, tomando mis pertenencias, colgándolo en su hombro. Me remuevo entre sus brazos para que me deje en el suelo, puedo andar, solo bromeaba.

—Puedo caminar, Kal.

—Es un placer para mí, llevarte en mis brazos.

—Tu mamá va a pensar que soy una perezosa. —rechino los dientes, frunciendo el entrecejo.

—Ella no está, mi papá la invitó a una cena.

Un brazo suelta mis piernas, el de la espalda sujeta mi cintura, atrayéndome a él.

—Nadie podrá salvarte de mis garras por ahora —murmura sobre mis labios antes de capturarlos.

Gimo cuando chupa mi labio inferior, los brazos rodean su cuello, tratando acercarlo más, pero es imposible. Los dedos aprietan con más fuerza, me separo para tomar un bocado de aire.

—¿Quién dice que yo quiero que alguien me salve?

Tiro del cuello de su camisa, ahora besando sus labios. Él gruñe en medio del beso, sus manos se deslizan por mi espalda, llegando a la curva de mi trasero, donde aprieta con suavidad. Abro los ojos de par en par, echando la cabeza hacia atrás con sorpresa.

—Tú dijiste que no querías ser salvada —refuta, apretando su agarre.

—Pero...

Soy interrumpida cuando él se agacha, mi abdomen se recarga en uno de sus hombros, sacándome el aire de los pulmones, Kaleth se endereza, mis piernas cuelgan, apoyo las manos en su espalda para que no se me suba la sangre a la cabeza.

Oigo el ruido de las llaves, el clima fresco azota mi rostro y sé que estamos afuera. Él cierra el salón, camina aún conmigo. Escucho como le quita la alarma y abre la puerta del copiloto. Con delicadeza, me deja en el asiento, me pone el cinto de seguridad. Rodea el coche e ingresa del lado del piloto.

Inhalo con fuerza el automóvil, percibo un olor de galletas que se me hace agua la boca.

—¿Por qué tienes galletas? —interrogo con curiosidad, arqueando una de mis cejas, girando el mentón hacia él.

—¿Apoco huele? No sé, tal vez mi amigo compró antes de prestármelo y quedó impregnado —responde sin tomarle mucha importancia.

—A falta de visión, mis otros sentidos lo compensan —respondo con obviedad, apuntando a mis ojos— ¿Por qué crees que soy muy buena coordinando los pies con la música? Según yo.

—Claro que lo haces, mi Joly.

Él coloca su mano en mi rodilla, apretándola con suavidad.

Kaleth enciende el motor, iniciando su camino. Él pone la música, por lo que sé que algo anda raro. Es su manera de intentar evitar que diga alguna palabra, el asunto es ¿Qué está ocultando?

Mis sospechas crecen al tiempo que en el auto ha incrementado. Estoy de acuerdo que a veces pierdo la noción cuando estamos juntos, pero ya es una exageración.

—¿A dónde vamos? —inquiero, entrecerrando los ojos con intriga.

Extiendo el brazo, bajando el volumen de la música, así puedo percibir más sus movimientos.

—¿Cómo? ¿A qué te refieres? —balbucea, fingiendo estar confundido.

—Ya te tardaste mucho en llegar a mi casa y a la tuya tampoco vamos.

—Solo sé que estoy muy feliz —chilla con emoción, ahí no percibo ningún titubeo

—Ah, ¿sí? ¿Por qué? —cuestiono, seguro quiere distraer mi atención, pero él está equivocado si cree que voy a...

—Porque estás a mi lado.

Mi corazón se ajetrea, las mariposas en mi estómago van a escaparse. Sonrió sin mostrar los dientes, palmeo su costado, en busca de su hombro para depositar un beso ahí.

—Yo también te quiero —afirmo en un susurro.

El automóvil frena abruptamente. Mi cuerpo se sacude, aunque me mantengo en el lugar por el cinturón. Me sostengo del techo, alarmada, ¡Puede ocasionar un accidente! Agudizo mi oído, pero no percibo ningún claxon, ni las llantas en la acera.

—¿Qué dijiste?

—¿¡Qué está pasando!? —grito al mismo tiempo.

—¿Qué dijiste? —repite su incertidumbre con tranquilidad.

Y yo aterrada, tratando de pensar en los accidentes.

—Pero vas a causar un accidente, Kal

—¿Qué dijiste? —insiste una tercera vez, ausente en mi desesperación.

—¡Kaleth!

—Estamos en medio de la nada, no voy a causar ningún accidente. —Inhala con profundidad—. Ahora dime, ¿qué dijiste?

—¿¡Nos hemos perdido!? —desvío el tema, tal vez lo he dicho demasiado pronto y le ha molestado.

Hemos pasado seis meses juntos desde el día que lo conocí, ¿tal vez debía de esperar un poco más antes de soltar la bomba? Paso saliva con nerviosismo, jugando con el anillo que me regaló y jamás me quito.

—Joly. —Sujeta mis hombros, obligándome a girar en su dirección, no soy capaz de sostener la mirada, por lo que la agacho, avergonzada.

Sus dedos los pone sobre mi mentón, me fuerza a enderezarme, muerdo el interior de mi mejilla.

—Nunca agaches la mirada ante mí —ordena con voz firme, con su otra mano, coloca un mechón de mi cabello húmedo detrás de mi oreja—. Por favor, repite lo que has dicho.

—¿Qué vamos a tener un accidente?

—Antes de eso, gruñoncita.

Lamo el labio inferior, maquinando otra excusa para que pueda borrar aquellos pensamientos.

—¿Cuidado? —Me encojo de hombros, arrugando la punta de la nariz.

—No, permíteme oír aquella preciosa oración de tus labios —murmura, rozando mi boca.

Estoy tentada, por lo que quiero besarlo, pero él se echa un poco para atrás, manteniendo nuestra cercanía.

—Dímelo, quiero oírlo.

—Yo...

—También te quiero. —Sujeta mi mentón con fuerza, posando sus labios sobre los míos, moviéndolos con suavidad.

Mis manos se posan en su pecho, sobre su corazón, sintiendo cada palpito que seguían el compás de nuestro beso.

—Te quiero, pero vuelve a besarme.

Nuestras narices se están rozando y puedo sentir su sonrisa. Su boca está sobre la mía, sin moverse ni un poco. Me desespera que no me esté besando, por lo que coloco la mano detrás de su nuca, empujándolo hacia mí.

Capturo sus labios, la lengua roza sus dientes y él abre, dándome acceso. Profundiza nuestro beso cuando succiona un poco mi labio inferior.

—Vuelve a decirlo, necesito ponerlo como mi nuevo ringtone —pide, presto atención a algunos ruidos que está haciendo en su celular—. Cuando diga tres, puedes decirlo.

—¿En serio?

—Mucho —replica con firmeza—. Uno...

—Ni que tuviera una bonita voz.

—Dos...

—Kaleth —lloriqueo, echando la cabeza para atrás.

—Tres.

—Te quiero, Kaleth —digo, apresurada, arrugando el entrecejo.

—¿Cómo que Kal? Se te olvidó pedirme que te bese y yo ya dejé de ser Kaleth para ti. —rechina los dientes.

—No presiones. —Niego con la cabeza, alzando la palma de mi mano— ¿Dónde estamos?

—Cerca del santuario de los animales. Tienen un área de campamento seguro para familias, como es martes. Lo tenemos para nosotros solos. Es una manera de recolectar dinero para cosas que se necesitan.

—Por eso traes el auto, para cargar con todo.

—Así es, en la mañana vine por la casa de campaña y almohadas. Vamos a contar historias de terror. —Hace un ruido con la boca, según él, sonando aterrador.

Me imagino que tiene una lámpara debajo de su mentón, alumbrando su rostro. Me emociona la idea de estar enfrente de la fogata, que alguien me diga que lo vamos a hacer, por favor.

—Mejor vamos a hablar de casos que no están resueltos, eso es lo que me da miedo.

—¡No! Eso si da miedo, mejor de los que no existen —insiste, empieza a mover el automóvil.

Es ahora donde me doy cuenta de las pequeñas piedritas que se fugan por las llantas, golpeando las puertas. Es corto el recorrido antes de llegar a la zona que ya mencionó.

Jala la puerta y me dice que espere, obedezco, desdoblando el bastón y presionando el botón para que se quede firme. Él llega a mi lado, me da la mano para que me baje. Sigo sus pasos hasta la parte de la cajuela, abre esta para sacar las municiones, me pasa una bolsa.

—¿¡Traes una casa de campaña!? —chillo con emoción—. Vamos a pasar la noche aquí, ¿verdad?

—Si, gruñoncita.

Doy un diminuto brinco en mi lugar, Kaleth suspira, soltando una carcajada. Termina de sacar todo, enrosca su brazo alrededor del mío y damos diez pasos. Deja caer las bolsas en la tierra. Me dice que va a armar la casa, que solo es sacarla, porque se arma en automático, pero primero extiende como una lona en el piso.

—¿Puedes encontrar rocas, Joly? —pide con amabilidad.

—¡Sí!

Empiezo a buscar lo que me ha pedido con ayuda de mi bastón, el lugar ante mis ojos se veía oscuro, con más dificultad para mí, adaptarse. Pero hay mucha tierra, está en medio del bosque, ¿qué tan complicado es encontrar piedras?

Voy cautelosa en busca de lo que necesito, el bastón se impacta contra una superficie sólida. Me agacho, tocando lo que he encontrado, chillo con emoción al ver que es lo suficiente grande.

—¿Kal?

—Ven aquí.

Sigo su voz, no estoy muy lejos de él, solo doy dos pasos. Las palmas de sus manos aterrizan en mis piernas. Me vuelvo a agachar para entregársela.

—¿Si puedes ver bien? —pregunto con curiosidad.

¿La luz de la luna es suficiente o necesita más?

—La luna es muy brillante, y tengo una lámpara a un lado. No te preocupes que lo tengo todo resuelto, ¿puedes encontrar otras tres parecidas?

—Me encargo de eso.

Con ayuda del bastón encuentro tres rocas, esta vez están muy juntas, creo que tengo suerte, porque no me toma mucho tiempo. Lo único que escucho son ruidos de plástico, él está acomodando la lona con las cuatro piedras, por lo que me está informando. De igual manera, ya está a punto de abrir la bolsa.

Presto atención a cómo baja el zíper, se escucha como un eco. Kaleth me menciona que la tienda se ha abierto, dice que es pequeña y color verde militar. Camina hasta a mí, me guía hacia el lugar y la toco con las manos.

Es solo como un pequeño iglú triangular con algunas mallas para evitar que los insectos entren al dormir. Kaleth se frota las manos.

—Vamos a hacer una pequeña fogata —menciona mi novio, cuando termina de poner las almohadas en la tienda.

—Si, que ya está haciendo un poco de frío. —Abrazo mi cuerpo.

—Mejor dime que quieres que te abrace y lo haré —responde Kaleth, enredando sus brazos alrededor de mi anatomía, pegándome a su pecho.

Me acaricia el antebrazo, dándome calor. Deposita un beso en mi sien, antes de alejarse.

—Genial, ¿listo para escuchar historias? —Suelto una risa malvada.

—No, mi amor. No se vale contar de esos locos asesinatos o asesinos en serie, caníbales, psicópatas o esas cosas que te gusten —cuenta Kaleth, creo que está apuntando con sus dedos.

—Pero...

—Traje malvaviscos, sé que son tus favoritos. Mi tía abuela me lo dijo, y traigo canela —irrumpe mi novio—. Ahí hay unas ramas, espera, esto se enciende rápido, hay una pequeña bolsa con madera que ya no sirve de árboles.

Kaleth toma un montón de piedras pequeñas con las que hace un círculo enfrente de la tiendita, explico de manera inteligente que podría evitar que se expanda y que el fuego solo se mantenga en su lugar. Junto la madera y prendió las llamas, de inmediato sentí el calorcito emanar a mi alrededor.

El pelinegro desdobla unos banquitos, los pone enfrente y me pide que me siente. Él va por las varitas y los bocadillos, mientras yo estoy cómoda delante del fuego. Kaleth regresa a mi costado en poco tiempo, desliza una cobija sobre mi hombro antes de sentarse a un lado de mí. Arrastra más su banco hasta que esté lo suficientemente cerca de mí. Estira la manta, cubriéndose.

Escucho como rompe la bolsa de plástico, farfulla unas maldiciones.

—Se me cayeron unos bombones, pero aquí está.

Me pasa una brocheta, él me da indicaciones de qué tan cerca podría estar de la fogata. Segundos más tarde, él me acompaña. Voy girando el palito, recargando la cabeza en su hombro, oyendo los búhos y algunos grillos.

—Ya puedes sacarlo, deja que espolvoree tantita canela. —Sopla mi antorcha, luego abre el botecito, colocando un poco de polvo—. Ten cuidado que puede estar caliente.

Soplo una vez más antes de llevármelo a la boca. Está demasiado caliente cuando toca mis labios, por lo que jadeo, adolorida.

—Te dije que tuvieras cuidado, mi Joly —regaña Kaleth, preocupado, dejando caer su palito.

Me examina, levanta mi mentón.

—Está bien, mi amor.

—Tiraste tu palito —murmuro con culpa, haciendo un mohín con la boca.

—Eres más importante tú.

—¿Quieres que te dé? —Llevo el palito a mi boca, esta vez, los malvaviscos ahora están calientitos.

Giro el tórax en su dirección. Él muerde la otra mitad del bombón, su nariz roza la mía antes de alejarse de mí. Siento un picor en mis mejillas, por lo que sonrío.

—Ven aquí. —Palmea su regazo.

Sin vacilar, me levanto del banco, tirándolo a un costado. Me siento en sus piernas, su barbilla se recarga en mi hombro, se asegura de cubrirme con la manta y con mi mano libre, entrelaza sus dedos mientras continúo comiendo.

—Es hora de las historias de terror.

—De ficción, ¿verdad? —bromeo, él me estrecha con más fuerza entre sus brazos.

—Sí, de ficción —refuta con seriedad.

Volteo el mentón, intentando visualizar su perfil. Él deposita otro beso en mi mejilla.

—Tus ojos son hermosos, los míos están defectuosos. Pero los tuyos pueden ver —estallo en una carcajada sostengo el abdomen con los brazos.

Kaleth permanece en silencio.

—¡Ríete! —exijo en medio de la risa.

—Pero...

—¡Nada! Mis traumas, mis chistes, esto de ser romántica no es lo mío. —Tomo un bocado de aire, alejando mi mano de la suya con un poco de indignación.

—No te puedes enojar porque no me reí.

—No vuelvo a intentar ser romántica contigo, porque no es justo. —Frunzo el ceño, intentando levantarme, pero su agarre en mis caderas es firme.

—A mí me gustas en todas tus facetas. —Aprieta mis mejillas, evitando que pueda mencionar una palabra—. Y no te vas a ir de aquí, porque voy a contar la historia de Jason.

Me río por su petición, ¿quién le va a dar miedo un ser extraño tonto con máscara?

—¿Por qué te estás riendo? Si se supone que te debes de asustar para que me abraces —resopla, percibo un tono de ira sutil en su voz, pero sé que es broma.

—Está bien, pretendamos que me voy a asustar, mi solecito —prometo, con una sonrisa traviesilla.

—Sé que no te vas a asustar, pero lo aprecio.

Él empieza a narrar la historia del personaje ficticio, intenta agravar su voz, sonando espeluznante, sin embargo, creo que es sexy. Cuando hace un largo espacio de suspenso, suelto un pequeño grito terrorífico. Tuerzo mi pecho para enroscar los brazos alrededor de su cuello.

—Espera, que me voy a mover —menciono cuando siento que me voy a partir en dos.

Suelto su cuello, levantándome de su regazo. Me giro sobre mi propio eje, abro las piernas en lo que me siento otra vez, cara a cara. Kaleth suspira, sé que está sonriendo.

—No te has asustado, ¿verdad?

Emito un sonido desde mi garganta, como negación, ahogando una carcajada.

—Pero, aun así, quiero abrazarte y no necesito tener miedo. —Me acurruco sobre él, cruzando los tobillos detrás de su espalda—. Puedes terminar de contar tu historia, estoy cansada.

Pego la oreja en su pecho, escuchando cada latido de su corazón mientras escucho sus palabras de fondo. Está acariciándome la espalda, por lo que me relajo aún más. Al terminar de narrar, suelto un gritito para no perturbar el oído de mi novio, aferrándome más a su cuello.

—Gracias por eso. —Enreda su dedo en un mechón de cabello.

—No me has dicho cómo te fue en tu trabajo.

—Muy bien, un empresario al final se me acercó, dijo que tengo mucho porte y elegancia y le di mi número por si gusta un día de mis servicios, comí una papa al horno también, traigo un poco en la hielera, ¿quieres? Ni siquiera te ofrecí chocolate —explica él con tranquilidad.

—Verás que, si te van a contratar, estoy segurísima.

—Tienes mucha fe en mí.

—Como tú la tienes en mí. —Rozo su nariz con la mía, sonriendo sin mostrar los dientes— ¿Te parece si vamos a dormir?

—Sí.

Kaleth se levanta del banco, conmigo en brazos, me sostiene con uno mientras que con el otro apaga la fogata con agua que tenía por ahí. Luego de asegurarse que no hay ni una llama. Da dos pasos hacia atrás y baja el zíper.

—No te vas a bajar, ¿verdad?

Niego con la cabeza.

Él se ríe, se pone sobre sus rodillas, arrastrándolas, yo no sé cómo lo hace, pero vuelve a cerrarla puerta. Se inclina hacia delante. Mi espalda aterriza en un montón de colchas suaves. Él coloca los brazos a cada lado para no aplastarme. Suelto mi agarre detrás de su espalda hasta dejar caer las piernas.

Kaleth me arropa con una sábana mientras se acuesta a un lado mío. Tira de mí hasta que mi almohada es su pecho, su latido me da paz mis sonidos favoritos. Su brazo descansa en mi cadera.

—Te quiero, mi gruñoncita —susurra con sedosidad sobre mi nuca, depositando un beso ahí.

—Yo también.

Kaleth hace un ágil movimiento en el que se sienta sobre mi regazo, capturando las muñecas arriba de mi cabeza. Resopla con disgusto en mis labios.

—¿Tú también qué? —relincha, justo como si fuera un caballo.

—¿En serio?

—Sí, sí no estaría aquí.

—También te quiero, mi solecito.

Estiro mi cuello, depositando un casto beso en sus labios, suspira eufórico. Se relaja al instante, dejándose caer a un lado mío, llevándome con él. Me acomodo justo arriba de su corazón, contando cada palpito en lo que empiezo a cerrar los ojos para quedarme dormida entre los brazos de mi novio.

Bostezo, un poco aturdida, escuchando algunas ramas romperse. Abro los ojos, coloco una mano sobre su pecho para levantarme, su mano sigue sujetando mi cadera. Mi visión es casi nula, por lo que estoy convencida que todavía es de noche. Escucho por segunda vez el crujido de otra rama, por lo que esta vez, despierta mi hombre.

Se incorpora, le oigo balbucear algo que no entiendo.

—¿Por qué te has levantado?

—¿No has escuchado?

—¿¡Escuchar qué, Jolene!? —exclama con un toque de miedo, enredando sus piernas en las mías—. Este juego no me gusta. —Entierra su rostro en mi cuello.

—Tal vez es un asesino en serie, y es nuestro turno —bromeo con un tono siniestro.

Kaleth vocifera en un tono agudo, seguido se lanza a mis brazos, como me toma desprevenida, me caigo en las cobijas con él arriba de mí, sin separar su rostro de mi cuello. Acaricio su espalda, creo que se le ha olvidado que aquí hay muchas especies que viven.

—Kal...

—Cállate, tal vez nos vaya a escuchar el asesino —susurra mi novio con pavor.

Entrecierro los ojos incrédula, él aun sacándome el aire de los pulmones, por lo que protestó con dificultad, el idiota se le ha olvidado que estamos en medio de un bosque y, ¿Qué hay ahí?

¡Animales!

¿Y qué hacen los animales?

¡Ruido!

—Son animales, aquí no hay nada de eso, Kal.

—Lo sé —confiesa en mi cuello, aligerando su peso de mí, deposita algunos besos sobre mi cuello—. Solo es para despertarnos, quiero ver el amanecer contigo, ¿me acompañas? Deja preparo un café, espero que la leche en el termo siga calientita. Vamos.

Kaleth abre la tienda de campaña. Arrastra una colcha hasta llegar al capó del automóvil, pone sus manos sobre mi cintura, impulsándome hacia atrás hasta que me siento. Coloca una manta sobre mis hombros, arropándome con amor. Tanteo la zona en la que prepara nuestro café. Lo escucho mover algunas cosas, luego verter un líquido.

—¿Te gusta con azúcar?

—Por favor.

Segundos más tarde, él me tiende la taza con café, es tibio. Él se sienta a un lado mío. Supongo que estamos delante del amanecer, sorbo un traguito para calentarme, pero su compañía es más que suficiente.

—Me gusto despertar contigo —confieso recargando la cabeza en su hombro.

—Un brindis, porque también a mí. —Impacta su taza con la mía.

—¿Tú también qué? —bromeo con diversión, arqueando las cejas.

—Yo también quiero dormir contigo entre mis brazos. —Se ladea hacia mí, depositando un sonoro beso en mi mejilla.

El sol empieza a salir, lo sé, porque me calienta la punta de los pies, es como si estuviera acariciando cada rincón de mí, se siente cuando él acaricia mis mejillas. Poco a poco comienza a disipar la oscuridad de la noche, cierro los ojos al sentir esa calidez en la barbilla.

—Se siente hermoso, ¿así de bello es?

—Yo nunca he visto algo más precioso en mi vida. —Respira en un aliento, pero siento su mirada sobre mi perfil, sin poderlo evitar, le regalo una sonrisa

—Pero me estás mirando a mí.

—Y eres lo más hermoso que mis ojos han visto.

n/a*

holiiiii, como estan?

yo estoy muy enamorada de kaleneee, byeeeeee

los errores que hay, perdoooon D: oigan siento que no hay mucha interacción D: me gusta leer sus comentarios, por fi. cualquier cosa, cuales son sus teorías??

en mis redes subo avances y así, por si quieren seguirme

con amor, hope n.n

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