♡Capítulo catorce

La música deja de escucharse, mientras cuento en la mente hasta el tiempo ocho, por lo que todo el cuerpo se detiene, recuerdo las posiciones de mis manos e intento tener una respiración calmada. Los músculos están entumecidos, duele deliciosamente. Se siente tan bien.

Odette da un aplauso que da como señal que podemos descansar, las piernas me están temblando cuando pongo toda la planta del pie en el suelo sin dejar caer la gracia.

—Muy chicas, pueden tomar un poco de agua. Bailamos otra vez la canción y nos vamos para la casa —indica nuestra maestra.

Me encuentro en el grupo de niñas entre doce y quince años, ellas suspiran a cono y por las vibraciones de la madera en el suelo, sé que se están moviendo al cuarto. Espero unos segundos antes de encaminarme, porque estoy sedienta, pero ese aroma a hierbabuenas me paraliza, además está sujetando mi muñeca derecha, sintiendo un hormigueo recorrer cada rincón de mi cuerpo.

—Aquí hay agua, cada vez fluyes mejor —halaga Kaleth, acariciando mi cabello recogido.

—Gracias, Kal. En serio me estoy esforzando un montón —confieso un poco cohibida.

Es como si por primera en mi vida tiene un poco de sentido, y eso me hace sentir completa, como si por fin perteneciera a un lugar.

—¿Recuerdas que te dije anoche estaba buscando trabajo extra? —inició Kal, mientras daba otro sorbo.

Asiento con la cabeza, limpiando las gotas que caen por la comisura de mis labios. Tampoco puedo tomar mucho, odio que mi vejiga no pueda retener tanto tiempo el agua.

—Bueno, hoy voy a ir a una prueba. Voy a tocar enfrente de sus comensales, y si creen que les gusta, pues estableceremos un horario, y me gustaría mucho que me acompañaras.

—Sí. —Agito la cabeza frenéticamente, ni siquiera lo pienso dos veces.

Pero una idea atraviesa mi mente, por lo que me comentó la noche anterior, sé que está en la zona más costosa de la ciudad, por ende, debe de tener un código de vestimenta. Y lo más elegante que tengo en mi armario es el vestido de cumpleaños que utilicé hace unos meses.

Arrugo el entrecejo, irritada. Ni siquiera tengo tiempo para poder buscar renta en alguna tienda, muevo mi nariz, cabizbaja.

—Colette va a venir por ti, me dijo que tiene un vestido morado de su hermana que puede prestarte. Después paso por ti a la casa de ella. —Kaleth lee mis pensamientos, colocando su mano en mi hombro, apretujándolo con cariño.

—De acuerdo, acepto eso. —Esbozo una sonrisa.

Odette vuelve a aplaudir, le ordena a Kaleth a regresar a un piano, las niñas están a mi alrededor, cuando la maestra dice que tomemos un espacio, ya que la última canción es para relajar los músculos.

—Tienes un novio muy guapo —fanfarrea una niña a mi izquierda—. Cuando sea mayor, quiero uno igual.

Lamento decepcionarla, pero mi Kaleth es inigualable.

Lo anterior solo es un pensamiento.

—Estás muy chiquita para pensar en eso.

—Pues, Moon. —Carraspea su garganta, creo que apunta a otra niña, tal vez atrás. No logro visualizar dónde está—. Ya tiene un novio.

Estoy a punto de argumentar, sin embargo, la voz de Odette me detiene, dice que alcemos nuestra pierna y empecemos a girar el tobillo del lado izquierdo, cuenta hasta ocho paulatinamente. Mis manos están en las caderas, para el equilibrio. Al terminar de contar, pide que repitamos la acción, pero girando al lado.

Al terminar con la rutina, Odette concluye con un aplauso. Las estudiantes corren hacia el cuarto, ya las sigo a mi ritmo. Me quito las zapatillas, después de haber sacado mi pantalón, dejarlo en el hombro. Es que me estoy arreglando parada, porque no hay espacio.

Las niñas se despiden de mí antes de ir hacia la salida, donde regularmente ya está alguien esperando por ellas. Kaleth es quien siempre me lleva a mi casa, hasta he olvidado los pasos para llegar al subterráneo.

Saco el bastón, desdoblándolo. El estudio lo conozco como la palma de mi mano, por lo que es fácil llegar hasta la salida. El perfume de mi amiga llega a mi nariz, se mezcla un poco con el sudor de las niñas. Sonrío cuando se acerca a mí, lo sé por la intensidad.

—Hola, amiga. Vamos a ir a mi casa, vine por ti —comenta lo que Kal ya me dijo antes.

—Sí, me parece muy bien. Gracias por tu ayuda.

—No es nada, para eso estamos las amigas. Pero, tenemos que irnos ya para que te duches, y te puedas arreglar. Kaleth dijo que iba a pasar por ti como a las nueve y media, así que estamos justas de tiempo.

Colette envuelve su mano en mi muñeca antes que pudiera decir alguna palabra. Empieza a tirar de mí hasta que salimos de la academia, solo logro sacudirme a modo de respuesta. Me dejo guiar por ella mientras que uso mi bastón como soporte.

Caminamos juntas hasta que ella presiona la alarma de las llaves. Abre la puerta del copiloto, doblo el bastón para que no vaya a causar accidentes, lo guardo en la bolsa mientras ella rodea para subirse al lado del piloto.

Ella empieza a manejar de prisa, por lo que me siento extraña.

—¿Por qué manejas de prisa? —pregunto, girando mi cabeza en su dirección.

—Es que siento que no tenemos mucho tiempo, una hora y media. Por lo que te doy cinco minutos en la ducha, ya le dije a mi hermana que te preparará un kit de higiene personal. Ella te va a prestar un vestido, tiene diecisiete años, pero yo soy un poco más ancha que uno mío te va a quedar grande —explica a una velocidad alta.

—Sí, mira que me voy a duchar en dos minutos para que estés más tranquila, y lo del vestido no tengo problema.

—Además tienes mucho cabello, amiga. Por lo que puedo tardar un poco más —vuelve a comentar con la misma velocidad, por lo que opto que lo mejor es mantener la boca cerrada.

Me da la sensación de que en cualquier momento ella va a explotar por la frustración.

La morocha desacelera, por lo que creo que ya hemos llegado a su hogar. Ella me señala que me bajo, yo sigo sus indicaciones, extendiendo el bastón y tanteando la zona. Pero, Colette llega hasta mí, tomando mi muñeca, corriendo hacia la entrada.

Mis pasos se hunden con más facilidad y la superficie no es lisa, por lo que deduzco que estamos cruzando por un césped. Empuja la puerta, dice unas palabras a quienes se encuentran alrededor, voy a presentarme, pero no me da oportunidad y seguimos hasta el piso de arriba.

—Perdón por ser un poco brusca, cuando estés lista te presento a mis padres —dice al ver mi rostro lleno de confusión— ¡Alana! ¿¡Dejaste lo que te pedí en el baño!? —chilla, es su hermana menor.

—¡Sí!

Ella me guía hasta lo que creo que es la regadera, mi codo roza con la cortina, me da una breve explicación sobre los productos, deja una toalla limpia en el retrete, pero la cuelga en el palo a un lado de la ducha. Saco la ropa interior de mi bolsa. Cuando mi amiga sale, me deshago del uniforme, adentrándome en el agua.

Doy un pequeño brinquito cuando el agua fría recorre mi piel, pero no quiero esperar a que salga caliente. En un parpadeo ya estoy preparada. Saco la loción corporal a dulce, la rocío por el cuerpo. No traigo crema hidratante, por lo que me salto ese paso y me visto sola con la ropa interior.

Me envuelvo con la toalla antes de abrir la puerta, tomando el bastón que me da soporte. Con dificultad alcanzo a visualizar una mancha a lo lejos, pero no consigo distinguir a quien le pertenece.

—Soy Alana, Joly. Mi hermana dejó de escuchar la regadera y me mandó a su habitación. Te voy a secar el pelo mientras ella te está maquillando —explica, le doy una sonrisa antes de seguirla por el estrecho pasillo.

Nos detenemos delante de la puerta, Colette me sujeta de los hombros, tirando de mí hasta que me sienta en una silla. La textura es fresca y lisa, estoy segura que es cuero sintético. Puedo sentir el pulso acelerado de mi amiga, y no entiendo tanto la razón, pero mantengo mis labios cerrados para no estresarla más de lo que está.

—Alana, por favor, toma la secadora y empieza a secarle el cabello.

Ella acerca su pierna a mi asiento, empuja una palanca y este sube, por lo que estoy más cerca de las chicas. Colette se inclina hacia delante, me dice que va a preparar la piel. En cada capa de productos, sacude un cartón para que se seque antes. Empieza con hacerme un look de ojos, por lo que me pide que los mantenga cerrados.

Mantiene colores durazno, por lo que me dice, ya que el vestido tiene un tono clarito. Me encantaría ver mis ojos, porque hay unos pigmentos en las lagrimales de color lila. Ella continúa con el resto del maquillaje, diciendo que le gusta mi lunar, por lo que limpia la base con algún algodón.

Pinta mis labios en un tono nude, termina cuando me coloca pestañas y sella con un fijador. Alana también permanece en silencio, y lo único que hace ruido es la secadora.

—¿Ya terminaste de secarle el cabello? —inquiere Colette, percibo desesperación en su voz.

No sé porque si creo que ya estoy casi lista. Alana carraspea su garganta a modo de negación, su hermana mayor resopla.

—Perfecto, muchas gracias Al. Ya te puedes ir, que solo me quedan como veinte minutos antes que pase Kal —dice Colette, la siento caminar a mi alrededor, llegando detrás de mí.

Me siento examinada por unos momentos, Alana está delante.

—Está precioso el maquillaje, te ves muy bonita, Joly. Voy a traer el vestido.

—Muchas gracias por prestarme tu vestido, Al.

—No te preocupes, yo estoy encantada. Ya sabes cómo somos las mujeres, no creo que vaya a pasar un largo tiempo para que lo vuelva a utilizar. Además, ya me he tomado muchas fotografías —resta importancia, guarda silencio por unos momentos—. En fin, que tengas una noche de promoción excelente.

Alana se retira de la habitación sin darme tiempo de despedirla, porque debía de revisar su celular, debido a que un chico está a punto de invitarla a salir.

¿Una noche de graduación? Nunca tuve una, porque no fui a la escuela. Pero, ahora que me están arreglando, me hace sentir como una princesa y me gustaría ir a una.

Un ligero tirón de mechón me saca de los pensamientos, Colette me comenta que va a recoger la mitad de mi cabello, haciendo un moño. No es muy prolijo, por lo que deja algunos mechones en el rostro que fija.

—Solo cinco minutos, vamos a ayudarte con el vestido —dice, su voz está un poco más relajada—. Por lo que entendí, mi novia y tú calzan el mismo número, por lo que me prestó unos tacones.

Me levanto de la silla, Colette toma el vestido y lo pone en mis pies, con su ayuda lo desliza por mi cuerpo, la tela es suave, sedosa. Deshago el nudo de la toalla, la tiro a un lado.

—Debes quitarte el sujetador, porque la espalda es abierta y los tirantes son muy delgados.

Lamo los labios, asiento con la cabeza. Desabrocho con una mano y lo sostengo en los senos para que no se caiga, saco los brazos por los tirantes, mi amiga los pasa por los hombros, camina hacia atrás, cruzándolos hasta atarlo. Yo toco el cuerpo que el vestido envuelve, es ceñido, solo abajo tiene un poco de espacio, como una sirena, porque no siento tanto vuelo. En la zona del pecho hay tela extra, pero creo que cubre el escote.

Lo único que siento en la espalda son líneas, por lo que imagino cómo son las cruces. Camino hacia la cama, por sus indicaciones, ayudándome a sentarme en el borde de su esponjoso colchón. Me da los tacones, son plateados por su descripción, con algunos brillos. También son de tirantes, una justo con mis pies, se envuelve por mis tobillos, pero no se van a lucir por el largo del vestido.

Colette me pone un collar mientras sigo agachada, al terminar me da unos pequeños aretes que me pongo sin vacilar.

Colette suelta un suspiro con alivio, el ambiente deja de sentirse tenso.

—Muchas gracias por arreglarme —menciono un segundo después.

—Ya puedo respirar —carcajea, volviendo a suspirar.

—Lo puedo notar.

—Y todavía tengo treinta segundos, Kaleth es el hombre más puntual del mundo.

Alrededor de un minuto transcurre para que el timbre de la casa resonara por todas las paredes, mi corazón se acelera. Y antes de salir, ella rocía perfume detrás de las orejas, en las muñecas y en el cuello.

—Ya vamos, es que él tiene su horario en el que va a tocar —apresura ella, me entrega mi bastón, me guía hacia las escaleras.

Por un momento me siento estúpida, porque no conté el número de los escalones, así que no estoy segura en mis pasos. Unas miradas se posan por mi cuerpo, lo que incrementa mi nerviosismo.

Siento que estoy en una película juvenil, donde la protagonista soy yo y los reflectores me apuntan.

Al terminar de bajar, inhalo con lentitud, intentando detectar el olor a hierbabuena, sonrío cuando sé dónde está él, su sombra camina en mi dirección, sostiene mis manos.

—Estás preciosa, Joly —murmura, apretando mis manos.

—Sí, lo sé —carraspea Colette, irrumpiendo nuestro momento—. Pero, ya deben de irse, porque se les va a hacer tarde para la entrevista, y la puntualidad es una característica muy importante en la primera impresión.

—Muchas gracias, Colette. Nos vemos pronto.

—Adiós. —Agito mi mano a las sombras que puedo ver, es que ni siquiera me he presentado, por lo que creo que soy descortés.

Kaleth me guía hacia su carro, rodeamos hasta el lado del copiloto, abre la puerta. Doblo el bastón, dejando caer mi peso en el asiento. Él se asegura que mi vestido no vaya a arrastrarse antes de subirse del lado del piloto y conducir.

—¿Cómo te sientes? —pregunto, después que arranca hacia el restaurante, porque siempre está hablando y ahora permanece callado.

—Un poco nervioso, tengo las partituras que me han pedido y tengo unas extras —comenta, lo escucho tragar saliva.

—Lo harás excelente, voy a estar ahí para ti, dando todo mi apoyo. —Extiendo mi mano hacia su pierna, la arrastro hasta llegar a su rodilla.

Él baja su mano del volante hasta apretar la mía.

—Yo me siento como si estuviera yendo hacia mi baile de graduación, con la mejor pareja que puedo tener —agrego, intentando cambiar el tema de conversación.

Siento su mirada escudriñarme por unos segundos, ya que no puede sacar sus ojos de la calle.

—¿Tuviste un baile de graduación? —pregunto, un poco incómoda cuando no me responde.

—Sí, Joly.

—¿Fue divertido?

—Claro que sí, me vestí de smoking, como ahorita. Por un momento me pregunto cómo hubiera sido si te hubiera conocido antes, pero... —Suspira con pesadez.

—¿...Pero?

—Nuestro momento perfecto fue el día de tu cumpleaños. No lo cambiaría por nada del mundo.

Mi corazón se dispara, se quiere salir de mi pecho. Giro la muñeca hasta voltear la palma de mi mano, enlazando nuestros dedos.

—¿No lo cambiarías ni por un millón de euros? —bromeo, apretando su mano.

—No, si el precio es no tenerte en mi vida. Entonces no.

—¿Y por el más grande tesoro del mundo?

—El mayor tesoro de mi mundo eres tú.

Grito internamente e intento mantener la calma, acaricio el dorso de su mano mientras que con la otra empiezo a jugar con el anillo que siempre utilizo en mi pulgar. Recargo por unos segundos la cabeza sobre su hombro, pero recobro la compostura, no vaya a ser que arruine lo que Colette hizo para mí.

Unos minutos después, creo que llegamos al restaurante, porque apaga el motor. Me dice que espere tantito antes de bajar. Oigo como abre la puerta, la cierra. Cuento tres segundos, rodeando el auto hasta estar de mi lado. Con suavidad, me ayuda a salir del automóvil.

Su mano se posiciona en mi cintura, apegándome a su costado, puedo sentir que su cuerpo está cubierto por el traje. Se encuentra tranquilo, toda su vida ha tocado el piano, por lo que no logro entender su nerviosismo.

Llegamos a la entrada del restaurante, logro captar una sombra en forma cuadrado, por lo que creo que es un pódium. Debe de haber un anfitrión que nos da la cordial bienvenida, preguntando por alguna reservación, cuando Kaleth dice que va a hablar con el encargado, porque tiene una entrevista.

El otro joven, deduzco que debe de tener alrededor de veintisiete años, por su voz. Él dice que sabe quién es Kal y que lo sigamos.

Lo seguimos, su agarre en mi cadera se hace más firme. El piso en el interior está limpio, porque el bastón se desliza con facilidad hacia los costados. Damos unos pasos, la ventilación se siente un poco más fría que en el resto del restaurante, por lo que creo que estamos dentro de una oficina. Detecto como la silla se arrastra.

—¡Señor Moreau! —exclama con emoción el sujeto que va a contratar los servicios de Kaleth.

—Señor Robert. —Kaleth da un pequeño espacio entre los dos, saludando a el hombre.

—Ella es mi novia, Jolene —me presenta.

Esbozo una sonrisa e irgo la espalda, debo de dar la mejor impresión.

—Me da mucho gusto que hayas venido acompañado, mucho gusto Jolene. —Aprieta mi mano como un saludo—. Espero que les guste mi restaurante, en quince minutos debes presentarte en el escenario, hay una mesa para ustedes y para que pidan de comer.

El señor Robert le da indicaciones, Kal saca de su portafolio las partituras, mostrando su trabajo. Mi novio.

Mi novio.

Qué bonito se escucha dentro de mis pensamientos, sin poder contenerme, ensancho mi sonrisa de oreja a oreja, me pierdo de la conversación, pero siento el tirón, por lo que creo que ya vamos a ir a la mesa.

Mi novio.

Ay, no lo puedo evitar.

Mi novio corre la silla para que me siento. Deposita un beso en mi frente, susurrando.

—El escenario está enfrente, el piano es negro. Ya me voy a ir a tocar música, vengo a la tercera canción.

—Mucho éxito, Kal.

—¿Me das un beso para la buena suerte?

Hago un mohín, extendiendo mis labios sin vacilar, esperando el beso de mi novio.

¿Ya dije que mi novio me quiere dar un beso?

Kaleth deposita un casto beso en mis labios antes de marcharse hacia el escenario, me encuentro un poco impotente cuando fuerzo la visión, pero no tengo ningún resultado. Unos tres minutos después, oigo por medio de las bocinas el carraspeo de la garganta de mi novio, atrayendo la atención de los comensales que al instante los murmullos cesaron, dirigiéndose a la tarima.

—Soy Kaleth Moreau, su pianista por esta noche. Espero darles un ambiente relajado mientras estén comiendo. Muchas gracias por estar hoy aquí.

Retiene los impulsos de levantarme y aplaudir, porque no es el momento adecuado, por lo que arrugo el entrecejo, sería muy ridícula, por la elegancia del lugar.

Él empieza a presionar las teclas con delicadeza, creando melodías suaves. Las personas permanecen en silencio por unos quince segundos antes de volver a retomar sus conversaciones. La canción continúa, cierro mis ojos, disfrutando de los sonidos que mi novio produce.

Al terminar la canción, él da unas palabras de agradecimiento cuando el público da unos aplausos. Creo que los míos suenan más, tengo la sensación que sus ojos se posan en mí, y por las dudas, le regalo una sonrisa.

Mi novio vuelve a tocar una segunda canción, me balanceo de un lado a otro, jugando con el anillo del pulgar. Otra vez, alaban a Kaleth, ¿y cómo no? Si es el mejor pianista de este mundo.

Kaleth toca una tercera canción, al finalizar, él agradece su atención y menciona que tengamos una cálida comida. Fuerzo mis ojos, veo una mancha moverse, pero tarda en llegar.

¿Dónde está mi novio?

Ninguna mujer puede interesarse en él. Llega a mi mente una imagen de mi novio rodeado de mujeres, pidiendo autógrafos. Arrugo el ceño, ¿y si es más bonita que yo? ¿Y si le ofrece algo más?

Joder, ¿qué le puedo ofrecer a mi novio?

Él puede encontrar algo mucho mejor que yo, ahora estoy un poco triste.

—¿Por qué tienes esa cara, mi gruñoncita?

Kaleth me saca de mis pensamientos al pronunciar sus palabras a un lado de mi oído.

—¿No has disfrutado de las canciones, mi Joly?

—No, tú tocaste muy bien. Me ha encantado todo, solo que tengo hambre —miento, forzando una sonrisa.

Él hace un ruido, dudoso de mis palabras, pero no menciono ni una palabra. Me gusta que no me presione para decir mis emociones, y ahorita trato de ocultar mi tristeza.

—Ya he pedido una pasta, el tuyo con salmón, es muy elegante, ¿te agrada?

Asiento con la cabeza, cabizbaja.

—¿Me regalas un autógrafo? —Muerdo el labio inferior, levantando la barbilla.

—Todos los que quieras, mi niña. —Toma otro bocado de aire—. Ya he establecido un horario con Robert, voy a venir el fin de semana, jueves, viernes, sábado y domingo. Por el momento tengo tres semanas, después se amplía el contrato.

—Estoy orgullosa de ti, Kal. —Inflo mis mejillas, sonriendo del corazón.

—Gracias, Joly.

Kaleth empieza a mencionar los puntos de su contrato, yo escucho determinada, pero el olor maravilloso a pescado ahumado llega a mi nariz. El mesero saluda y pone los respectivos platos enfrente de mí.

A duras penas comento algunas palabras durante la velada, la música de sigue siendo clásica y los murmullos de los comensales está un poco más fuerte. Intento ocultar mi irritación, porque no quiero fastidiar su noche. Él considero en traerme para que yo esté sentada enfrente. No puedo arruinarle esto.

—No me canso de escucharte tocar —comento con la boca llena, cubriéndola con la tela que se utiliza como servilleta.

—Eso me alegra mucho oírlo, porque no dejaré de tocar.

—¿Y tu traje es el clásico? —pregunto con curiosidad.

—Sí, tengo un moño negro también. Al rato me ves —menciona, soltando un suspiro, por lo que sé que está sonriendo.

Le doy una sonrisa pícara, porque sé lo que se refiere, él quiere que lo toque y eso me anima.

El resto de la velada, Kaleth logra hacer que yo no pare de reír. El vino es sutil, mi novio me advierte que lo tome con cautela, con tiempo, porque todavía no sé beber bien.

—Acuérdate que, si te pones borracha, no vas a poder recibir la sorpresa.

Rechino los dientes, me dice que me va a dar una sorpresa desde hace rato, por lo que los sorbos son mínimos. Cuando termino el plato que es una delicia en mis paladares, la copa tiene la mitad del vino.

—¿Te gustó?

—Sí, Kal. Muchas gracias.

—No me gusta —refunfuña él.

Estoy confundida, él me dio su pasta y sabía rico.

—¿Qué cosa? ¿Tu pasta? Si estaba rica.

—Kal —agrega él con obviedad—. Para ti, dejo de ser Kaleth. Ahora soy tu amor, ¿te parece?

Empiezo a toser, me ha tomado desprevenida por completo. Doy toquecitos con la tela en la comisura de los labios.

—¿Ah?

—Me escuchaste bien, Joly.

—¿Quieres que te diga mi amor?

—O como quieras, pero no por mi nombre.

Me carcajeo, todavía sorprendida por su petición.

—Solo déjame pensar, ¿de acuerdo?

—Está bien, aunque estoy un poco dolido, porque te lo tuve que pedir —menciona, fingiendo estar resentido.

Pienso en algunos apelativos, pero suenan tan ordinarios en mi mente, y el suyo creo que es original.

Kaleth me ayuda a levantarme de la silla, extiendo mi bastón para palmar el piso hacia la salida. Me sostengo del codo de mi novio para salir. El cambio de temperatura se siente al momento.

—¿Me vas a dar mi sorpresa? —persisto por una milésima vez, no puedo con la incertidumbre.

—¿Ya me vas a decir mi amor?

Ladeo la cabeza, sin estar convencida.

—Entonces no hay sorpresa —mofa con diversión—. Así que no.

Cruzo los brazos en el pecho, enfurruñada y arrugando la punta de la nariz.

—Pero, no te enojes. Te va a gustar, lo prometo —carcajea ante mi reacción.

Relajo mis hombros, sintiendo como gira el carro hacia la izquierda. La curiosidad me está matando, no creo que este hombre pueda sorprenderme más.

Kaleth se estaciona, agudizo el oído para detectar al menos algún ruido que me dé indicio de dónde nos encontramos. Pero nada, ni un grillo frotando sus patitas.

¿Dónde estamos?

En lo que me imagino un millón de posibles escenarios, ni siquiera me doy cuenta que Kaleth abrió la puerta de mi lado, diciéndome que me baje al tomarme de la muñeca.

—¿Dónde estamos? —pregunto en lo que extiendo el bastón, manteniéndome en equilibrio con los tacones, que, por cierto, ya siento un poco palpitar.

—Ya estamos llegando, mi Joly.

Rodea su brazo alrededor de mi cintura, me desequilibro, pero pongo todo el peso en el bastón, evitando que se tuerza el tobillo. Se percata de mi acción, por lo que se agacha, alzándome en sus brazos.

Chillo por el estupor, el bastón cuelga de la muñeca, pero con el otro le rodeo el cuello, aferrándome a él. La palma extra la coloco en su pecho, mis dedos se deslizan hacia arriba, acariciando el moño mientras me lleva a la sorpresa. Me encanta su complexión delgada, aunque fornida.

—Te ves tan hermosa con el vestido, mi Joly. —Clava sus labios en mi mejilla, haciendo un eco.

—Tú también te ves muy guapo. —Mi mano sube hasta su rostro, contorneando sus facciones.

Hundo el dedo en su hoyuelo con dulzura, me gusta la sensación, porque sé que está sonriendo. Mi mano acaricia su oreja, el metal frío lo detecto.

—¿Apoco te fuiste con el pircing? —inquiero con sorpresa.

—Claro que sí, me gusta. Estoy pensando en ponerme uno en la nariz —replica sin dejar de caminar.

Escucho el movimiento de las llaves, y como intenta agacharse para abrir una puerta.

No entiendo, ¿a dónde vamos? ¿Por qué tiene una llave?

—Si quieres me puedes bajar para que abras la puerta.

—No, que yo puedo —jadea, estrechándome más contra su pecho.

Con un poco de impedimento, él abre la puerta. El olor a cera llega a mi nariz, que es característico del estudio de ballet.

—¿Por qué estamos en el estudio de ballet?

Los pasos de Kaleth se escuchan distintos cuando ingresamos al área de práctica. Me sube a la tarima, donde se encuentra el piano. Lo sé, porque siento la pequeña elevación. Me deja sobre su banco.

—¿Qué haces? —tartamudeo cuando se arrodilla delante, toma mis piernas, aflojando el nudo de los tacones.

—Me dijiste que nunca tuviste un baile de graduación, sé que esto no se parece nada a uno. Pero, estás vestida preciosa y yo estoy usando un traje, por lo que quiero bailar contigo.

Mi mundo se congela, abro mis ojos de par en par, curvo mis labios con una sonrisa. Es muy espontáneo, porque estoy segura que él hubiera preparado algo más para que se sienta como uno.

Él conecta las bocinas con el celular, y hay música de fondo.

—¿Y por qué me quitas los tacones?

—Te duelen los pies y no quiero que te caigas.

—De acuerdo, sabes que confío en ti.

—Y siempre te atraparé si te caes.

—Lo sé.

Su mano toma la mía, tirándome hacia él hasta que me levanto. Bajamos por el peldaño, caminamos a el centro del lugar. La luz es tenue. Sus manos rodean mi cintura, pegándome a él. Le rodeo el cuello, sintiendo la textura de su traje, es suave y huele a él, lo sé porque recargo la mejilla en su hombro, disfrutando de su cercanía.

Yo soy la que está guiando nuestros pasos, porque él no es tan buen bailarín, pero lo intenta.

Lo está intentando por mí.

Echo la cabeza hacia atrás, posando los ojos en la mancha de su rostro, él suspira, por lo que sé que está sonriendo. Mi mano sube hasta estar detrás de su nuca y lo empujo contra mis labios.

Capturo su boca, parece que lo tomo desprevenido, porque su agarre se hace más firme. Me gusta la textura de sus carnosos labios, con un ligero sabor a pasta. Él profundiza el beso cuando su lengua lame mi labio inferior, pidiendo acceso. Abro sin vacilar, encontrándose con la mía.

Acuno su carita con las manos, su hoyuelo está marcado, y sé que disfruta nuestros labios jugar. Nos separamos por un poco de aire, él da besos a todo mi rostro antes de volver a capturar mis labios.

Mi sonrisa no desaparece cuando se separa otra vez. Mi mente se ilumina en ese instante, por lo que pronuncio antes que me vuelva a besar:

—Mi sol.

—¿Perdón?

—Tú eres mi solecito, porque iluminas mi día.

n/a*

holaaaaaaaaaa mis luvs, yo estoy muy feliz , este capítulo me ha quedado un poquito largo

btw, qué piensan? les gusta? yo encantada de leer todos sus comentarios

seamos mutuals en redes

aqui dejo las mías

con amor, hope n.n

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