Capítulo 50.

Narra Lenna.

Los días que siguieron luego de la captura de Victor fueron extraños, raros. El padre de Sam se entregó a los pocos días de lo sucedido y presentó pruebas contundentes. Según nuestro abogado, Victor no se salvaría de al menos, treinta años en la cárcel. Estafas, prostíbulos ilegales, trata de personas, violencia en todas sus formas y homicidios culposos eran las causas que aparecían en su carátula. Me preparaba para ir a declarar, mientras rogaba que se hiciera justicia. Esperaba que Victor no tuviera algún haz bajo la manga y como cualquier asesino y psicópata, fuera juzgado y cumpliera su condena como debía. El corazón me latía con fuerzas y me sentía sumamente insegura en todos los aspectos. Seguía sintiéndome culpable, por cada cosa que se cruzaba en mi mente. El día en que Jack confesó y se entregó, el semblante de Sam cambió. Yo sé que intentaba demostrarme que para él todo estaba bien, pero yo percibía cuanto le dolía, porque al fin y al cabo, era su padre. Y aunque no lo fuera, sentía que tenía parte de la responsabilidad de aquello. Cuando apenas se enteró, lo abracé por instinto. Traté de distraerlo y hacerlo sonreír, como él siempre lo hacía conmigo. Junto con mi hermano, pedimos pizzas y conversamos gran parte de la noche, como solíamos hacer en los viejos tiempos. Hablamos de la banda, de su música. A pesar de que por cuestiones obvias todo en el grupo estaba parado, la propuesta de la discográfica para grabar un disco seguía en pie. Y luego de eso se vendría otra gira, por más lugares. Mientras platicábamos sobre eso veía como un brillo se encendía en sus ojos, brillaba la ilusión de dedicarse a eso que tanto amaba. Pero la tristeza que se reflejaba en sus pupilas se encargaba de hacer desaparecer toda la luz.

***

Me preparaba para ir a declarar aquella mañana. Peinaba mi cabello, ponía algo de maquillaje en mi cara, no demasiado porque estaba segura de que terminaría llorando. Observé mi reflejo en el espejo de la habitación que en un principio, pertenecía a mi hermano. La primera vez que lo hice mi cuerpo estaba repleto de golpes, de heridas que se notaban a simple vista. Ahora solo había cicatrices. Respiré hondo, como siempre lo hacía cada vez que necesitaba hallar una pizca de coraje y valentía por algún rincón de mis adentros. Pero eso que tanto buscaba, escaseaba. Se había gastado, no encontré ni si quiera una minoría. Me di cuenta porque tan solo me causaba pánico abrir la puerta de la habitación. Quería quedarme encerrada allí por el resto de mi vida, era eso lo que sentía en ese momento. Resignada a marcharme, me senté en la cama, inmóvil. Dejé pasar el tiempo. Estaba esperando abajo mi hermano, pero no me importó. De pronto no estaba dispuesta a compartir mi testimonio con personas ajenas, ya no deseaba que nadie más invadiera mi intimidad. Era tan contradictorio, porque mis palabras ayudarían a conseguir lo que más deseaba, Victor preso. Pero mi temor a oír todo lo que había vivido en voz alta, era enorme.

Otra vez mi cabeza era un desastre. La sensación de ahogo llegó al surgir la idea de todos aquellos recuerdos de repente me aplastaban hasta dejarme sin aire.

Oí que tocaban la puerta, pero no reaccioné.

—Lenna, ya tenemos que irnos. ¿Estás lista?— reconocí la voz de Zac. No contesté, no podía hacerlo. — ¿Estás ahí? ¿Puedo pasar?— cuestionó. Tampoco conseguí que las palabras salieran de mi boca. Segundos después, él entró. Solo él, Sam ya se había marchado antes porque debía hacer otros trámites familiares.  Zac me vio respirando con velocidad, entrando en un gran pánico y su expresión cambio en un parpadeo. —Lenna ¿Qué te ocurre? Vamos, cálmate— se arrodilló a mi altura, tomándome de los hombros y obligándome a entrar en razón. Lo miré fijo aún en shock. — ¿Qué pasa Lenna? Me estás asustando— volvió a indagar y entonces, traté de controlar la respiración.

—No quiero ir, Zac. No quiero salir de aquí— revelé, angustiada. —Quiero a mamá— pedí, como una niña pequeña. Pero era cierto, necesitaba a mi madre más que nunca. —¿¡Por qué tuvo que morirse!?— exclamé, con furia. Empecé a llorar desconsolada, primer signo de que estaba más débil que nunca. —Nada es suficiente, nada nunca será suficiente Zac, nada— oculté el rostro entre mis manos. —El constante miedo nunca va a irse, tengo miedo a todo lo que se mueve, no puedo dormir cinco horas seguidas sin despertarme unas tres veces, la oscuridad me da pánico y desconfió de cada persona desconocida que me habla porque pienso que va a lastimarme. Ni si quiera he vuelto a hablar con mis amigos porque ya ni si quiera confío en ellos— resoplé, frustrada, cansada, agotada por todo. — ¿Cómo voy a vivir una vida normal cargando con tantas cosas, eh? Tengo dieciocho años, quiero dedicarme a algo, salir, lo que sea, como cualquiera de mi edad, pero no puedo ¿lo entiendes? No puedo, no encuentro fuerzas. Y no quiero ser una carga para nadie, lo que yo necesito es... es valerme por mi misma, Zac— expresé colmada de sinceridad. Mi hermano no perdió atención a mis palabras y tomó mi mano con fuerzas. Sabía que mi reciente desahogo lo había paralizado.

—Te entiendo. Lo hago, Lenna. Te conozco, te vi crecer y sé cuántas cosas soñabas para tu vida. Me duele mucho verte así— pronunció, con sus ojos fijos en los míos. —Ahora, tranquila. Eres muy joven, estás atravesando por un momento muy oscuro, pero eso no quiere decir que no tenga salida. Hay una salida a todo esto, sé que la hay para ti porque eres muy fuerte. Haz sido de verdad valiente— me hablaba de una manera tan fraternal, que me hacía calmarme poco a poco.

— ¿Cómo se supone que voy a encontrarla? No veo que haya solución ahora mismo— comentario pesimista, pero era uno de mis mayores miedos, no conseguir librarme nunca de mis traumas.

—No te desesperes. Tú eres la única que sabe cómo hacerlo. ¿Qué crees que necesitas ahora?

—Ayuda— respondí. Y no se trataba de algo simple. Yo estaba segura que necesitaba ayuda de un profesional, pero me costaba admitirlo. —Hay gente que sabe tratar estas cosas. ¿Verdad?

—Claro que la hay. Es más, el abogado me dio una lista de lugares, por si acaso. Ellos están acostumbrados a que sucedan estás cosas— explicó, dándome el alivio de que él me apoyaría. —Podemos revisar la lista ahora, si quieres— yo asentí.

— ¿No tengo que ir a declarar?

—No iremos hoy. Hablaré para que nos cambien el día, ellos lo van a entender— dijo, quitándome un peso de encima. Al menos ya no sentía tanta presión. Limpié mi rostro con las manos, y me di cuenta como se desvanecía la tensión al estar más serena.

— ¿Estás más tranquila?

—Sí, lo estoy.

Entonces Zachary me abrazó algunos minutos. Me hice pequeña por ese corto tiempo que estuve entre sus brazos, como si aún fuera la niña que lo idolatraba y perseguía por cada sitio.

Después el hizo algunos llamados y nos abocamos en revisar esa lista de profesionales que el abogado le había entregado. No solo eran psicólogos y psiquiatras que te trataban en su consultorio, sino también centros de internación en lugares naturales, alejados de la ciudad. Por algún motivo, terminé convencida por aquella idea. Sin dudas, era lo que más necesitaba, me aseguraría de tener una solución realmente efectiva.  En el momento se lo dije a mi hermano y aceptó, luego de que pensáramos lo positivo y negativo. Se mostraba tan comprensivo, siendo lo más cercano a un padre que tuve en mi vida.

Como teníamos el día completo libre, fuimos a conocer el lugar. Quedaba a una hora y media de la ciudad, en medio de un campo. Era un lugar muy grande, de muy buena reputación. La mujer que nos atendió, la directora, aseguró que la mayoría salían de allí recuperados, renovados. Solo casos muy extremos decaían, o también las personas que no tenían voluntad propia para superar los problemas. Aquella mujer, de nombre Beth, era una psiquiatra que pidió conversar conmigo a solas. Luego de una intensa charla, llegó a la conclusión de que para mí caso unos tres meses allí serían necesarios. Zachary estuvo de acuerdo, sabía que estaría cuidada y protegida. Yo también lo estuve. Pero había algo que me preocupaba de sobremanera y era Sam. Sería un gran dolor tener que despedirme de él por tres meses, pero... yo en el estado en que me encontraba no podía ofrecerle nada bueno. Solo una chica traumatizada a la que debería estar tranquilizando cada día. Pensaba en mi futuro, en todo lo que quería tener con él y sin dudas, internarme para salir como nueva era la mejor decisión.

Terminamos por acordar que estaría en dos días en el centro, con mis maletas.

Narra Sam

Día duro. Me dejaron ver a mi padre detenido, y él me pidió que le llevase algunas cosas a la celda. Tuve que ir hasta su casa, buscar ropa y esas cosas. También unos papeles que necesitaba. Incluso tuve que pasar tiempo con mi abuelo, que se encontraba bastante afectado, aunque según él, ya se veía venir lo de mi padre preso. Terminé cuando estaba anocheciendo y un tanto agotado, llegué al departamento. Estaban Lenna y Zac, preparando la cena. Me encaminé a Lenna y le di un corto beso en los labios, contento de finalmente verla. Ella correspondió al gesto y luego me dio un pequeño abrazo.

— ¿Cómo fue hoy?— pregunté, sabía que era el día de la declaración.

—No fui— respondió. —Estaba muy nerviosa y bueno, quedamos en que iría mañana— agregó. Me sentí mal por no haber estado ahí para acompañarla o intentar facilitarle las cosas.

— ¿Pero estás bien?— pregunté. —Mañana estoy libre, así que podré acompañarte. Siento no haber estado hoy.

—Sí, ya estoy mejor. Pero... luego quiero hablar contigo de algunas cosas— dijo, de inmediato la ansiedad me invadió y me pregunté qué ocurría. Porque sí, Lenna estaba extraña. Zachary actuaba algo alejado, como si estuviera dándonos espacio solo para nosotros. —No te preocupes, Sam.

Cenamos como solíamos hacerlo en las noches normales. Siempre conversando e intercambiando ideas con Zac para la banda. Me emocionaba saber que pronto podríamos retomar ese ritmo. Extrañaba tocar mi guitarra, echaba de menos estar sobre un escenario cantando y viendo al público disfrutar. Pero luego la veía a Lenna y se me olvidaban esas cosas. Su sonrisa y bienestar me llenaban.

La observé salir hacia el balcón cuando terminó la cena y minutos después la seguí. Estaba apoyada en la mediana pared, observando hacia su alrededor. Al mirarla de lateral, noté la melancolía en sus ojos, como si estuviera recordando. La abracé por detrás, aferrándome a su cintura y dejé un suave beso en su cuello. Percibí su suspirar y la forma con la cual disfrutó aquel gesto.

— ¿Querías hablar?— indagué.

—Aquí empezó todo— dijo, de repente. Evitando mí pregunta. —El día en que me sostuviste y me hiciste ver la ciudad fue la primera vez que sentí después de meses que las cosas podían cambiar para mí— murmuró. Ese mismo día fue cuando la vi por primera vez a los ojos y supe que era una chica de verdad especial. Y se convirtió en aún más para mí. —Luego me besaste por primera vez aquí y fue...— suspiró.

—Lo mejor que hice toda mi vida— interrumpí, Lenna sonrió. Nunca me arrepentiría de haberme arriesgado a ser transparente con ella.

—Sam, te amo— expresó con la voz firme, al mismo tiempo que apoyaba sus manos sobre las mías que encerraban su cintura. —Y nunca nada ni nadie cambiará eso— cada vez que decía esas dos palabras me sentía la persona más afortunado de la tierra. Sin embargo, no podía dejar de percibir algo extraño en ella.

—Lo sé. Sabes que también te amo, aunque sea malísimo expresándome en voz alta— murmuré. La observaba desde un costado, y noté que una lágrima resbalaba en su rostro. — ¿Qué tienes, mi amor?— proporcioné un tierno beso en su mejilla, mientras la abrazaba con más fuerzas.

—Nada, solo estoy cansada. Quiero ir a dormir— pidió, girándose para quedar frente a mí. Entendí que quería descansar, así que preferí dejar de preguntar. Tomé su rostro con suavidad y la besé.

***

La mañana siguiente todos amanecimos muy temprano. Lenna tenía que declarar. Ella era la principal víctima y por lo tanto, el primer testimonio que querían tener era el de ella. La acompañamos hasta la puerta de la sala, donde estuvo aproximadamente unos diez minutos. Ella había advertido que no daría demasiados detalles porque no se sentía preparada, pero que intentaría en lo posible, contar todo lo que pudiera. La noche anterior estuvo extraña, pero esa mañana lo estuvo aún más. Yo presentía algo, lo veía en sus ojos, en su voz que cada tanto se entrecortaba y la cierta distancia que imponía ante mí.

Entendí esas angustiantes actitudes en cuanto llegamos al departamento y Zachary se quedó dentro del auto. Ella me dejó ayudarla a subir porque su pierna aún le dolía, pero entonces cuando ingresamos fue directo a la pieza y tomó dos bolsos. La miré completamente confundido. ¿Qué demonios sucedía?

—Lenna, ¿Qué son esos bolsos?— pregunté. Clavó su vista en mí, y suspiró. Luego tragó saliva y los ojos se le cristalizaron. — ¿Qué está pasando?

—Sam... debo irme— largó. Fue secante. ¿A dónde demonios iba?

—¿De qué hablas? ¿Es un chiste?— elevé las cejas, esperando que lo fuera. Lenna soltó los bolsos y se acercó aún más hacia a mí.

—Escúchame ¿está bien? Es la decisión más difícil que he tomado— murmuró. Las lágrimas empezaban a derramarse y mi preocupación se multiplicaba a pasos agigantados. —Ayer... ayer tuve un ataque de pánico... horrible. Zac estaba aquí y me ayudo a calmarme. Pero... pero me di cuenta que necesito ayuda...

—¿Ayuda? Lenna, lo siento, sé que prometí estar contigo todo el tiempo, ayer fue un descuido pero, yo puedo ayudarte con eso— dije, repleto de desesperación y sintiéndome culpable por no haber estado en ese momento.

Lenna puso una sonrisa y más lágrimas cayeron.

—Me has ayudado demasiado. Has hecho cosas increíbles por mí. Pero mi salud mental está decaída. Estoy enferma y gente profesional ayudará a curarme. ¿Entiendes eso?— mencionó, al mismo tiempo que sus manos se posaban en mis mejillas y las acariciaban.

Un cumulo de sensaciones angustiantes se atoraron en mi garganta. Asentí, por simple intuición.

—Voy a internarme en un centro de ayuda, por voluntad propia— reveló.

—¿Por qué me lo dices ahora, justo antes de irte?— cada segundo se hacía más difícil retener las ganas de llorar. Era un maldito imbécil, débil, que estaba por primera vez realmente enamorado y no me imaginaba la idea de tenerla lejos.

—Porque... porque he intentado decírtelo anoche, pero Dios, nunca me ha costado tanto algo. Me siento la peor persona del mundo. Pero Sam, escúchame, te quiero tanto, tanto; que solo deseo sentirme como nueva para que podamos hacer todas las cosas que soñamos.

—Yo te quiero así Lenna, yo no necesito que cambies.

 —Necesito tener el valor para salir al mundo. Es cierto que me siento segura a tu lado, que cuando estás conmigo no entro en pánico, pero... sabes que no es sano depender de otra persona. Sé que lo puedes comprender— me hablaba de una manera tan suave y femenina, que ya percibía cuando iba a extrañarla.

— ¿Cuánto tiempo?

—Tres meses.

— ¿Y podré ir a verte?

Ella negó con la cabeza, mientras se quitaba las lágrimas.

—Lenna...— pedí con impotencia, pero el maldito llanto me interrumpió. Bajé la cabeza, odiaba que me viera llorar. Odiaba llorar en frente de alguien. Pero no podía evitarlo, se sentía como estar hundiéndose en el infierno.

—Todo es por mi recuperación. Odio ser tan egoísta, lo siento. Pero no voy a pedirte que me esperes Sam. Haz lo que te haga feliz, porque te lo mereces.

— ¿Qué no te espere?— la miré, estaba diciendo estupideces. —Voy a esperarte cada día de estos malditos tres meses, aunque no me lo pidas— prometí. Yo no quería a nadie más. Ella era la mujer indicada, no habría otra igual.

Las manos de Lenna se dedicaron a limpiar con delicadeza mi rostro, intentando que yo detuviera mi llanto.

—Sam... tú me amaste cuando más lo necesitaba. Me hiciste ver el sol cuando yo no era capaz de ver ni si quiera una gota de luz. Te jugaste por mí cada vez que hizo falta, pusiste tu vida en peligro. Cuando me abrazas puedo sentir que... que estoy en el lugar más seguro del mundo— sonrió y su rostro se iluminó a pesar de las lágrimas. —Me besas y en serio, en serio me haces flotar. Y cuando me miras y sonríes haces que olvide cualquier cosa mala. Sonríeme una vez más— pidió, tratando de verme a la cara, yo continuaba cabizbajo, a pesar de oír cada palabra que ella decía. ¿Sonreírle? La impotencia era terrible. ¿Por qué yo no podía hacer algo para sanarla por completo y no tener que separarme de ella por meses?

Solo acorté la distancia que nos separaba y la besé como nunca antes lo había hecho. Recorrí sus labios con lentitud, memorizando su textura, su sabor. La apegué a mi cuerpo, llenándome de aquella grata sensación que me provocaba el tenerla tan cerca. Nuestras lágrimas se mezclaron, nuestra respiración se hizo una. Un beso que sabía amargura, despedida, esperanza y amor.

Solo corté el beso para sonreírle, respondiendo a su pedido.

Me abrazó y luego noté su tranquilidad al ver que mis sollozos se detenían.

No quería soltarla. Diablos, me dolió en lo más profundo dejarla escapar de mis brazos.

<<Es por su bien, es por su bien>> me repetí. Su felicidad era lo que más me importaba.

Pero...

La sentía tan mía y me sentía tan suyo.

Nunca creí en los cuentos de hadas, ni las relaciones perfectas y felices. Pero jamás había deseado algo con tantas fuerzas. Ella y yo, éramos uno. Tantas cosas nos unían que no quería imaginarnos separados, pero estaba a punto de ocurrir.

La solté y la dejé ir.

Iba a esperar con tantas ansias volverla a ver.

Me llené de fuerzas al pensar que era lo mejor, que volvería más iluminada, vaciada de tanto dolor.

La recordaría sonriendo antes de dormir y cada día al despertar.

Y eso, eso me llenaría de esperanzas. 

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