Barro. Patrick Feely

El cielo sobre Cork parecía decidido a arruinar nuestro entrenamiento.

La lluvia caía sin descanso, y Johnny Kavanagh —capitán, líder y tormenta humana— gritaba desde el campo:

—¡Feely, muévete, hombre! ¡No estás en un spa!

Resoplé. El balón estaba empapado y mis botas pesaban como ladrillos. Pero lo peor no era la lluvia, ni el barro, ni la voz de Johnny resonando como un trueno.

Lo peor era ella.

Emily Kavanagh.

La hermana pequeña de Johnny. La chica que no debía mirar, y mucho menos pensar en besar.

Desde hacía semanas aparecía a los entrenamientos "por casualidad". Decía que esperaba a su hermano para volver a casa, pero nadie se tragaba eso. Ni siquiera Lizzie, que cada vez que la veía me lanzaba una sonrisa de esas que significaban "te he pillado, Feely".

Aquel día, mientras el entrenador nos mandaba hacer otra ronda de sprints, Emily estaba en las gradas, con su bufanda amarilla y el pelo pegado por la lluvia. Y sonreía. A mí.

Fue suficiente para que tropezara con el balón y cayera de bruces en el barro.

Risas.

Muchas.

Incluso Hugh tuvo que girarse para que Johnny no lo viera reír.

—Buen aterrizaje, Feely —dijo Liz, entre carcajadas.

—Cállate, Young—gruñí, sacudiéndome el barro del uniforme, aunque realmente no estaba enfadado con la chica rubia.

La práctica terminó una eternidad después. Los demás se fueron a los vestuarios, pero yo me quedé un momento en el campo, intentando que mi orgullo se secara antes que la ropa.

—¿Sobreviviste? —La voz de Emily sonó detrás de mí, ligera, divertida.

Me giré. Tenía las mejillas rojas por el frío y los dedos metidos en los bolsillos del abrigo.

—Más o menos. El barro amortiguó la caída —respondí, intentando parecer tranquilo.

—No sabía que el barro sirviera de casco. Deberías patentar eso.

Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír.

—¿No deberías estar esperando a Johnny?

—Ya lo hago. Pero se ha quedado hablando con Shannon y Joe sobre no sé qué táctica milagrosa. Así que pensé que podía... —encogió los hombros— ...saludar al chico que se cayó por mi culpa.

—¿Por tu culpa?

—Bueno, estabas mirándome. —Lo dijo sin rubor, sin dudar. Y eso me desarmó.

No sabía qué responder. Así que solo reí. Una risa corta, nerviosa.

—Supongo que me pillaste.

—Supongo que sí —dijo ella, y dio un paso hacia mí.

El sonido de la lluvia llenaba los silencios, y el aire olía a césped mojado y jabón barato del gimnasio.

Durante un instante, el campo de rugby de Tommen, ese lugar donde todo era ruido, se volvió quieto.

—Patrick —susurró ella, bajando la mirada—, sé que Johnny mataría a cualquiera que intentara... ya sabes...

—Sí, lo sé. —Tragué saliva—. Pero también sé que a veces vale la pena arriesgarse.

No sé si fue el tono, la lluvia o el hecho de que llevaba semanas conteniéndome, pero cuando Emily levantó la vista, di un paso adelante.

El beso fue torpe y rápido, con sabor a agua fría y miedo. Pero también fue real.

Ella me devolvió el beso casi instantáneamente después, enredando sus dedos en mi pelo y dando un leve tirón para profundizarlo, por lo que gruñí un poco, por el dolor, y por la alegría, y mismanos bajaron por su cuerpo hasta que estrujaron sus glúteos.

Ese beso era pasión, era deseo, pero también era amor, eran ganas. Yo llevaba queriendo besarla desde que la vi por primera vez, y tenía la sensación de que ella tenía ese mismo sentimiento.

—¡FEELY!

Johnny.

Por supuesto.

Nos separamos como si el trueno nos hubiera golpeado. Emily se tapó la boca para no reír, mientras Johnny bajaba la pendiente del campo, empapado y con cara de pocos amigos.

—¿Qué demonios está pasando aquí?

—Nada, Johnny—dijo Emily, sonriendo inocente—. Solo... agradecía a Patrick por no romperse la nariz.

—Ajá. —Johnny me miró de arriba abajo—. Pues la próxima vez, Feely, intenta no necesitar sus agradecimientos.

Y se fue.

Así, sin más.

Emily suspiró y me miró con una sonrisa divertida.

—No te mató. Eso es buena señal.

—No aún. —Sonreí—. Pero si desaparezco, diles a Hughie y Gibsie que quiero un funeral con música de The Cranberries.

Ella soltó una carcajada que me atravesó el pecho como un rayo de sol entre la lluvia.

Nos quedamos allí, sin decir nada más, mientras el cielo seguía cayendo sobre Tommen. Y aunque estaba empapado, con los labios fríos y el corazón acelerado, no había lugar en el mundo donde prefiriera estar.

Porque sí, el rugby me había enseñado a resistir.

Pero Emily Kavanagh me estaba enseñando a sentir.

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