CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 8
ALEXANDER
Seguí conduciendo con los ojos de aquella estirada clavados en mi mente. Era de ese azul que sabías que no ibas a volver a ver nunca, que se te calaba en los huesos y que escondía miles de recuerdos.
Desde la primera vez que la vi, cuando yo apenas tenía dieciocho años, supe que era una niñata altanera, que no hacía más que interponerse en el trabajo que su padre hacía conmigo, como si quisiera acaparar toda su atención. Como si yo fuera el enemigo.
A veces me interceptaba, queriendo llamar mi atención, pero ella sólo era una chica de catorce años a la que no tendría en cuenta ni aunque estuviera borracho. Ahora era diferente, ambos éramos adultos y podíamos hacer lo que quisiéramos. Sin embargo, su altanería y competitividad conmigo hacían que fuese la mujer más insoportable de la faz de la tierra.
Ya había conseguido su puesto, ¿qué más quería demostrar? ¿Qué quería que hiciera yo?
Con dieciocho años Frank había sido como un segundo padre para mí, realmente había sido como el padre cariñoso y comprensivo que nunca tuve. Porque si bien mi padre estuvo siempre presente, nunca lo hizo de la forma que yo, como niño, necesitaba. Era estricto, distante y frío. No soportaba el cariño que las personas podían ofrecerle, centrándose en su bufete y catapultándolo a la cima con su esfuerzo. Pero lo único que consiguió fue el odio de su esposa y el de su hijo, que antes de quedarse con él decidieron irse de su lado.
Y sí era verdad que durante mi adolescencia me había metido en líos, había hecho el loco y había conseguido pasar alguna que otra noche en el calabozo, y papi siempre estuvo ahí para sacarme, aunque haciéndome pagar a su manera.
Mi madre, por su parte, decidió abandonarnos después del escándalo que su divorcio ocasionó entre la prensa rosa, y no supe mucho de ella más allá de que es feliz en Estados Unidos con la nueva familia que había creado.
Nunca se interesó por mí después de marcharse, así que yo me refugié en Frank, sintiendo la protección del padre que siempre quise, y en Ayda, la madre cariñosa que no me dejó de lado y supo cómo cuidarme.
Ellos eran unos padres perfectos, los padres deseados de todo niño. Los veía consentir a sus mellizos como si vivieran sólo por y para eso. Cualquier cosa que les ocurría a sus niños era como si les pasara a ellos mismos, sentían su dolor, lloraban con ellos. Asistían a todos los eventos que la escuela o el instituto les preparaba, cosa que los míos jamás hicieron porque estaban más preocupados por ellos mismos que por el hijo que trajeron al mundo voluntariamente.
Me pasé la mano por el pelo, furioso de que todos estos pensamientos me abrumaran ahora, y todo por culpa de una maldita estirada que no sabía lo que quería. Eso me hacía odiarla cada vez más, porque tenía lo que yo siempre quise. Y no me refería a una empresa que me importaba bien poco, sino una familia que se preocupaba por ella. No había sufrido el desprecio de unos padres, no había sentido que había sido un error en sus vidas.
Ellos desearon a sus mellizos con todo su corazón, lo intentaron y lo intentaron todo lo que pudieron y después de muchos abortos, que me había contado Frank en un momento de confianza plena, Ayda consiguió quedarse embarazada.
Yo, por mi parte, vine a causa de una borrachera. Mis padres ni siquiera se querían, sólo se casaron porque sus padres, al enterarse de que ella estaba embarazada, los obligaron a ello. Desde un principio fui un error y ellos tampoco lo ocultaban demasiado. Casi siempre estaba con niñeras que me querían más de lo que mis progenitores alguna vez harían.
Aparqué, al fin, en la entrada de la discoteca a la que esta noche habían decidido ir los chicos, bajándome y observando el lugar con curiosidad. La cola ocupaba prácticamente toda la calle a lo largo, pero sabía que nosotros siempre tendríamos un pase VIP y un reservado gracias a mi apellido.
Los chicos estaban esperando en la puerta del club, frente a un segurata que era muy similar a un gorila. Sus manos se extendían frente a él, intentando mostrar una imagen de autoridad. Nos acercamos y sin siquiera dar mi nombre ya estábamos dentro. Era el único beneficio de ser un Campbell.
Mi padre era reconocido tanto en Londres como en Florencia gracias a su amistad con los Anderson y, por lo tanto, como su sucesor, yo también lo era.
El ambiente estaba en lo más alto de la cima. La gente bailaba pegada a causa de canciones que variaban el idioma, pero que retumbaban en todo el lugar. El sudor empezaba a formarse en los que ya llevaban tiempo metidos en la pista y mujeres del lugar se paseaban en algo muy parecido a la ropa interior en busca de ganarse unos billetes más.
Nos movimos con rapidez por el lugar, evitando a los borrachos incontrolables, para subir al reservado que siempre tenían preparado para mí. Para mi apellido. Me senté en el sillón dorado, dejando que el pelinegro pidiera para todos algo de beber.
Giorgia, por su lado, vestida con un elegante vestido que le quedaba ajustado, dándome una gran visión de lo que podría ver más tarde sin nada sobre ese cuerpo repleto de curvas suaves, pero situadas en los lugares idóneos para que cualquier hombre quisiera seguir mirando.
En mi vida había estado con demasiadas mujeres, sobre todo en mi adolescencia, cuando creía que podía hacer todo lo que quisiera, experimentando en todo lo que tuviera al alcance en los institutos pijos de Londres. Fue todo eso y más lo que hizo que mis padres empezaran a desentenderse de mí, los conflictos, las múltiples expulsiones que taparon con dinero hacia el colegio. Todo me convirtió en un hijo indeseado.
La música llegaba a mis oídos de forma estrepitosa y no podía dejar de sentirme fuera de lugar, no me sentía cómodo rodeado de tanta gente y menos cuando descubrí a algunas chicas sacándome fotos desde la distancia.
Era lo que más aborrecía de salir a la calle. La gente reconocía mi apellido y, sobre todo, me reconocían a mí por mi comportamiento de joven, por eso las críticas estaban casi a la par que los halagos, siendo estos dispuestos por mi apariencia y no por mis logros laborales y personales.
Había conseguido sacarme dos carreras con nota y parecía que la prensa no quería sacar a relucir eso, sino los porros que me fumé cuando era un crío. Era por esa razón que no me sorprendía que antiguos amigos, con los que ya no tenía ningún tipo de relación, vendiesen alguna foto mía con un cigarro en la mano o haciendo cosas peores, para poder pagar sus drogas.
No podía confiar en nadie, porque al final todos buscaban una cosa: dinero, y con el dinero viene el poder que tanto ansía el mundo. Ese que tanto imploraba mi padre y que consiguió gracias a su esfuerzo y los contactos que hizo por el camino, que le ayudaron a impulsarse y convertirse en lo que es ahora.
Sin embargo, igual que lo consigues, ese poder puede esfumarse más rápido que un rayo. Por ende, mis malas acciones siempre se veían recompensadas con la brutal ira de mi padre. No quería perder su poder, ni su dinero en consecuencia, y yo no hacía más que poner en peligro todo eso. Así que cuando Frank llegó a él, a mí, con su carisma, amabilidad, convirtiéndose en el padre cariñoso que nunca tuve, no le fue difícil dejarme ir. Soltarme a un completo extraño en busca de seguir sintiendo su control.
Aún recuerdo como si hubiese sido ayer el día que Frank Anderson llamó a nuestra puerta pidiendo ayuda para su empresa. Se había visto envuelto en litigios con los subcontratistas a causa de los pagos y había oído que mi padre era el mejor abogado de Londres, pero que su lista de espera era larga. Por esa razón, se presentó en nuestra casa, rogando por su ayuda, recordándole lo duro que era empezar de cero, lo difícil que era que la gente se tomase enserio tus sueños y que muchos los aplastaran como si de un papel se tratase.
Mi padre aceptó, sabiendo que el poder que Frank tenía no lo había visto en ningún otro cliente, la seguridad que este atraía consigo, la admiración que mis ojos profesaban cada vez que venía a casa. Fueron doce años de charlas y comidas, de disputas que mi padre resolvía después de un buen monto de dinero, pero más allá de eso, fueron doce años de enseñanzas hacia mi persona, de hacerme amar la arquitectura y olvidar mi tierra con tal de seguir estudiando y más tarde ejerciendo de ello.
Mi padre podía haberme quitado muchas cosas, pero no tantas como las que Frank me había dado.
***
Después de la larga noche que se resumió en gin-tonics, música y Samuele intentando ligar con alguna mujer, llegué a mi pent-house siendo brutalmente recibido por mi dálmata, sacándome risas por su insistente lameteo en busca de caricias y mimos.
—Ya está, Perdita, vamos dentro. —dije entre risas.
Me hizo caso luego de unos cuantos lametazos más y conseguí entrar en casa, tan vacía como siempre, demostrándome la soledad que reinaba en mi vida.
No me sentía solo en realidad, pero me gustaba tener la compañía de un animal tan noble como lo era el perro. Sabía que en ella sí podía confiar, porque no iba a buscar nada para dañarme, ni tampoco haría nada voluntariamente en mi contra.
Cuando me mudé a Florencia, por la promesa que hizo Frank de enseñarme, mi padre insistió en dejarme vivir solo. Tal vez no quería deberle más de lo necesario al señor Anderson, sentirse mínimamente inferior a él a causa de mí. Mi nuevo tutor venía a visitarme de manera constante si yo no estaba en la empresa rondando, pero no dejaba de parecerle demasiado yermo mi nuevo hogar. Por ello decidió regalarme a mi pequeña dálmata, insistiendo en que sería ella la que me haría compañía cuando él no pudiera.
Y lo agradecía. Con ella a mi lado me sentía menos solo, más seguro y cómodo, incluso.
Nunca me había sentido solo, ni tampoco había necesitado la presencia de alguien más para estar tranquilo y estable. Desde pequeño había aprendido a estarlo gracias a los progenitores que me había tocado tener. Y, a pesar de todo lo que me habían hecho pasar, lo agradecía de verdad. No me importaba no tener unos padres cariñosos que me apoyaban en todo lo que quisiera, porque yo sabía lo que quería y lo iba a hacer igual. Tampoco era de mi interés que cada cumpleaños hicieran fiestas o muestras de amor efusivas porque fui lo más bonito que les pudo pasar en su vida.
Mis cumpleaños, por el contrario, en mi infancia los pasaba en casa, con mis padres gritándose el uno al otro por no haber podido ponerse de acuerdo para comprarme un regalo.
Empecé a deshacerme de la ropa cubierta de un olor insoportable a cigarro, alcohol—gracias a Giorgia— y otras sustancias que había en el ambiente. Me metí en la ducha, tratando de no pensar más en los pésimos padres que tenía e intentando dejar que mi mente pasase a otra cosa.
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top