CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 14
VICTORIA
Llegamos a casa y dejé que observara todo con curiosidad. Mi piso era muy diferente al suyo que, al contrario de sólo tener blanco y negro, el rosa era el que solía predominar en cojines, mantas y decoración. Un sofá blanco con una mesa de madera del mismo color frente a ella, con un pequeño jarrón de flores amarillas. Todo esto estaba encima de una suave alfombra de un color rosa tan clarito que perfectamente se podía confundir con el blanco.
Al frente se encontraba una cómoda con la televisión encima, pegada a la pared sin necesidad de estar apoyada, y a los lados unas estanterías que tenían más adornos y revistas y algún que otro libro.
Se giró para dar de lleno con la cocina, que hacía una pequeña L de isla para separarla del salón. Los muebles blancos contrastaban con las múltiples plantas verdes y flores amarillas y rosas que había esparcidas, dándole un toque de vitalidad.
Le quité la correa a Pongo y les coloqué a ambos perros un cuenco de agua y otro de pienso, ya que probablemente estarían cansados después del paseo.
—¿Piensas quedarte ahí embobado toda la noche? —pregunté con burla, viéndolo con los labios entreabiertos y los ojos inspeccionando el lugar sin parar. —¿No te gusta la decoración de mi casa?
Pasó sus ojos a los míos y los entrecerró de forma suave, mostrándome una sonrisa dulce, casi tierna.
—No, no es eso. —negó, moviéndose al fin por el lugar, haciendo que lo sintiese pequeño con respecto a su altura. —Sólo que esperaba la casa de una estirada diferente.
Rodé los ojos y caminé hasta mi habitación sintiendo sus pasos detrás. No sabía qué era lo que había pensado al traerlo aquí, pero ya estaba hecho, no podía echarlo después de intentar enmendar mi mal humor.
La habitación seguía el mismo patrón que las otras estancias, salvo que esta adquiría también el turquesa, con grandes espejos en las paredes de formas extrañas y cuadros sin importancia artística.
Me acerqué a la cómoda y saqué ropa deportiva que mi hermano dejaba aquí por si quería quedarse. Cerré el cajón ante su atenta mirada y abrí el de arriba para sacarle una toalla. Caminé hasta él y le extendí las cosas.
—Puedes ducharte en el otro baño, está en el pasillo de la derecha, la primera puerta que ves a la derecha. —expliqué y él asintió, dándome una última mirada antes de girarse y caminar según mis indicaciones.
Suspiré y me metí corriendo a la ducha, lavándome el pelo y todo el cuerpo de forma rápida. No quería que él saliera primero y curioseara todo, y menos cuando había dejado mi sala de ballet con la puerta sin echarle la llave.
Salí de la habitación con una de mis camisetas anchas blancas y unos pantalones largos de algodón con un estampado de rayas azules muy finas. Me recogí el pelo con una pinza y observé cómo los dos dálmatas dormir juntos como dos enamorados.
—Ya estoy. —lo escuché y giré la cabeza para verlo.
La camiseta blanca se le pegaba al torso, ya que era más musculoso que mi hermano, su tonificado cuerpo se le marcaba a través del algodón, y los pantalones de chándal grises no me dejaron demasiado a la imaginación.
Tragué, obligándome a subir la vista hacia sus ojos, ya que por muy bueno que estuviera seguía siendo mi enemigo, y me recibió una sonrisa prepotente y altanera.
—Te habías quedado embobada. —se burló y rodé los ojos.
—Te miraba porque te ves ridículo con esa ropa tres tallas menos de la tuya. —le puse una taza de té delante y salí de la cocina con la mía para sentarme en mi sofá.
Segundos después, su cuerpo lo hundió también a mi lado, haciendo que en su pantalón gris se marcase bastante más su gran dote.
—¿Has hablado con tu padre? —preguntó y fruncí el ceño, confundida ante sus preguntas tan cercanas. —Por lo de ayer, sé que no te sentó bien...
—Oh vamos, Alex. —me giré para mirarle a los ojos, interrumpiéndolo, consiguiendo una mirada de sorpresa. —Esto te ha beneficiado a ti muchísimo. Eres el hijo perfecto que mi padre nunca tuvo, ni tendrá. —su gesto también se frunció, negando levemente. —Aprovecha la oportunidad, supongo que esto era lo que querías.
Una risa irónica brotó de sus labios y dejó la taza en la pequeña mesa, levantándose de mi lado, dejándome sola en el sofá.
—¿A dónde vas, Alexander?
Me levanté, viendo cómo empezaba a coger sus cosas, pero no quería que se fuera, me agradaba su compañía mientras estuviera en silencio.
—A mi casa. —se giró para mirarme a los ojos, con los suyos mostrando enfado e indignación. —Es imposible hablar contigo, crees que todos estamos en tu contra y que todos queremos que te vaya mal y superarte.
—¿Acaso tú no buscabas eso antes de que yo llegara? —respondí, alzando un poco más la voz. —Porque hasta donde yo sé, tú ibas a ocupar mi puesto. —añadí señalándolo con el dedo.
Afianzó el agarre que había ejercido sobre sus cosas y dio un paso hacia la puerta. Lo intercepté, dando yo otro y colocándome otra vez frente a él.
—Sí que quería el puesto, pero es todo tuyo, Victoria, no tengo intenciones de luchar por él, ni de quitártelo. —contestó, usando el mismo tono de voz que yo había utilizado, mirándome directamente a los ojos, con la intención de que le creyera. —Esto es absurdo. —susurró, soltando un suspiro y apartando la vista de mí.
—¿Qué es lo que ves tan absurdo? —contraataqué, sintiéndome aún más cabreada por ese comentario de mierda. —¿Qué quiera luchar por conservar mi puesto?
—¡No, que quieras luchar contigo misma! —me aparté de él unos pasos, aún con mi mentón alzado en seguridad. —Deja de intentar ser tan perfeccionista y tan arpía. Entras al trabajo y te vuelves un bloque de hielo con tus empleados. —se pasó la mano por el pelo acercándose un poco más a mí. —Deberías enseñarles que también puedes dejar que se duchen en tu casa.
Solté una pequeña carcajada, ante el estúpido ejemplo que había puesto para decir que también podía ser amable. Una sonrisa orgullosa brotó de sus labios por haber conseguido hacerme reír y noté cómo se fue acercando poco a poco hasta acorralarme contra en sofá.
Mi corazón latía desenfrenado, casi saliéndose de mi pecho por lo cerca que estaba. Hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre y tener al que había sido mi amor platónico durante casi toda mi adolescencia así, era un espectáculo para mí.
—¿Qué haces? —pregunté, cuando empezó a acariciar mi muslo de forma suave.
Pasé la vista de la mano que tenía colocada en mi muslo a sus ojos, que me observaban con sensualidad, una que nunca había sentido antes.
—¿Por qué tienes que ser tan altanera, prepotente, terca...? Y podría seguir enumerando miles de cosas más. —su mano subió por mi cadera, hasta llegar a la cintura y apretar para acercarme más a él. —Con lo bien que te estás portando ahora.
Fruncí mi ceño, sin dejar de mirarlo a esos ojos marrones que tanto me atrapaban.
—Tengo que ser así si no quiero que me pisoteen y me pasen por encima. —murmuré, usando el mismo tono que estaba utilizando para seducirme.
—¿Quién en su sano juicio intentaría hacerle eso a una estirada como tú?
Sonreí, porque sabía que estaba dando a entender que nadie podía llegar a estar por encima de mí.
—Gente estúpida que aún no se ha topado conmigo, tal vez.
Asintió levemente con la cabeza, acercándola hasta que nuestras narices se tocaron, haciendo que la tensión se elevase cada vez más y mi cuerpo suplicase por ese beso. No sabía qué era lo que tenía Alexander, pero lo único que quería era que me besara, ya vería cómo solucionar los estragos después.
Pasé la lengua por mis labios, deseosa por que dejara el juego y se acercase de una maldita vez. Sus ojos me miraban con esa burla característica que me molestaba, porque no sabía de qué se estaba burlando ahora. Él también era un desastre, su respiración también estaba acelerada, por no hablar de su amiguito ahí abajo que me daba una muy buena bienvenida.
Acerqué mi cara más, hasta que nuestros labios se rozaron y su mano bajó hasta mi trasero, estrujándolo y acercando mi centro al suyo, consiguiendo que de mis labios brotara un suspiro de placer.
Dejó mis labios atrás, recibiendo una queja por mi parte, para empezar a besar mi cuello de una forma tan exquisita que me obligó a cerrar los ojos. Enredé una pierna en su cintura para que tuviera más acceso a mí y pudiera moverme contra él como si de una gata en celo se tratase. La mano que tenía en la cintura se adentró en la camiseta y subió con caricias suaves hacia uno de mis pechos, tocando, masajeando, estrujando de una forma tan sensual que lo único que podía hacer era gemir.
Me estaba llevando al límite, sobre todo porque hacía tiempo que no estaba con alguien, y notaba cómo mis bragas estaban tan húmedas que tendría que cambiármelas otra vez.
—Alex...—gemí, mientras él seguía moviendo sus caderas contra las mías.
Sus besos en mi cuello cesaron para volver a mi cara y seguir con ese juego que me estaba poniendo de los nervios.
—Mierda, perdón...
Alexander se apartó rápidamente intentando disimular la erección que tenía y yo me quedé estancada en el sitio, asimilando que mi hermano estaba en la puerta y me había pillado enrollándome con el que consideraba mi enemigo.
—Pensaba que ibas a estar sola. —rio, a la vez que entraba y cerraba la puerta tras él, dejando unas bolsas en la encimera de la cocina. —Menos mal que le he insistido a mamá para que no viniera, si no qué vergüenza para ti, Vicky Vic.
Bufé, al fin reaccionando y mirando a Alexander que parecía querer salir de aquí pitando.
—Bueno...—siguió mi hermano. —¿Debo tener la conversación de hermano mayor contigo? —le preguntó al chico. —La verdad es que no sé por qué te has metido aquí, pero... oye, cada uno.
Me acerqué a él rodando los ojos.
—No, no vas a tener la conversación de hermano mayor con nadie, porque él y yo no tenemos nada. —dije y miré a Alexander quien asintió.
Se acercó a nosotros, cogiendo su abrigo del perchero y colocándoselo para después agarrar las cosas que había en la encimera.
—Siento mucho decepcionarte, Kale, pero no pienso ser tu cuñado. —le dio una palmada en el hombro. —Vamos Perdita.
La dálmata se levantó y acompañó a su dueño hasta la entrada, a quien se le veía incómodo tal vez por la gran erección que seguía teniendo.
—Nos vemos mañana. —le di un asentimiento a modo de respuesta y dejé que se marchase.
Me senté al lado de mi hermano, sin saber muy bien qué mierda era lo que acababa de pasar. Casi tengo sexo con Alexander Campbell, mi mayor enemigo del mundo. Casi tengo sexo con Alexander Campbell y la verdad que me había encantado.
—Me parece que te va a costar tapar eso. —mi hermano giró mi cabeza y acarició la parte del cuello que había estado besando ese maldito cavernícola.
—Me las va a pagar ese cabrón. —dije mirándome el cuello con la cámara del móvil. —Maldito desgraciado, ¿qué quería? ¿Sacarme las venas?
Kale se rio de mi comentario y cuando su risa cesó se me quedó mirando como si de un bicho raro se tratase, pero con un cariño que no entendía.
—¿Qué te pasa?
—Él te sigue gustando, ¿verdad? —inquirió y fue mi turno de reír.
—¿De qué hablas? No sé ni cómo ha pasado lo de esta noche, ¿cómo vas a hablar de gustar? —pregunté, totalmente confundida con su afirmación. —Además, nunca me llegó a gustar de verdad, fue como un amor platónico, cosa de niñas.
El rubio se encogió de hombros dándome la razón para que no siguiera hablando más, pero sin creerme ni una sola palabra.
¿Cómo me iba a gustar ese energúmeno que quería quitarme mi puesto en la empresa?
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