Capítulo 44

Los Ángeles, 1974-1975.

Lo habíamos hecho tantas veces. ¿Por qué iba a salir mal ahora? ¿Por qué precisamente una noche como aquella, sin una nube en el cielo y con el cotidiano cantar de los grillos anticipando una velada sin sobresaltos?

Siete años. Siete años desde que Russell y yo nos amamos por primera vez. Siete años en los que nunca dejamos de hacerlo, a pesar del miedo, del terror absoluto. Y jamás levantamos sospechas, jamás nos atraparon.

Era como si él fuera un ilusionista experto y yo, su no-tan-encantador asistente, solo existiera para ayudarlo a completar los más maravillosos actos de desaparición. Me repetía eso a mí mismo todos los días: «lo que haces no es un engaño, sino un truco de magia. Posibilitas un truco que alegra a toda la nación.»

Si tenía suerte, eso me consolaba. Pero no tenía tanta suerte; nunca la tuve. El milagro de que Russell me correspondiera no podía cambiar eso. Tarde o temprano, mi maldición saldría a flote y me arrastraría de nuevo hasta el fondo. Una noche de 1974...

-o-o-o-

Comenzó normal. Russell me citó en «El descanso de oro», el motel que había sabido ser nuestro cómplice durante tantos años. Esa madrugada, él parecía desesperado. Me arrancó la ropa con más ímpetu del habitual y me arrojó sobre la cama, y en cuanto me quise acordar lo tenía sobre mí, besando y marcando y lamiendo en lugares impronunciables, con un hambre tan voraz que casi me dejaba sin apetito. Parecía que lo supiera.

En un momento, abandonó el lecho para desnudarse. Se quitó la corbata mientras me daba la espalda. Lo notaba distraído y concentrado a la vez, pero no como siempre. Algo se sentía tremendamente fuera de lugar.

De repente, el horror. Sus frenéticos dedos se detuvieron por completo, todo él dio una brusca frenada, y al levantar la cabeza con el fin de asegurarme de que estuviese bien, lo vi doblarse y soltar un alarido de dolor.

—Russ, ¿qué pasa?

Sus labios emitieron una serie de gruñidos ininteligibles. No era capaz de hablar.

Aterrorizado, salté de la cama y corrí hacia él. Lo encontré sosteniéndose el vientre, aún encorvado, con el rostro enrojecido y los ojos hinchados de lágrimas.

—¡Russ, Russ! —insistí—. ¿Q-qué... qué sucede?

Comenzó a negar con la cabeza. Hasta el más mínimo esfuerzo le costaba cada una de sus fuerzas. Resistí el impulso de llorar con él.

—Por favor, Russ, tienes que decirme. ¿Qué pasa? ¿Qué...?

—C-cólico... —gimió por lo bajo.

—¿Cólico...? —Lo pensé un segundo—. ¡No puede ser, es un cólico!

Por supuesto; los cólicos nefríticos eran una condición que había abrumado a Russell toda su vida.

Sin perder más tiempo, lo ayudé a sentarse en la cama, lo que provocó aún más lloriqueos. Estaba irreconocible.

—Russ, tengo que llamar al hospital.

—¡No! —gritó.

—Russell, tengo que hacerlo. Esto es grave, podrías morir.

Intenté acercarme al teléfono en la mesa de luz, pero Russell consiguió apresar mi brazo y detenerme. Alzó la cabeza y me miró con ojos suplicantes.

—Gordon, por favor... No... ¿Cómo vamos a...? ¿Cómo voy a explicarlo?

Tenía razón. Si llamaba a una ambulancia, se enterarían de lo nuestro. No hay muchos motivos para que dos hombres estén juntos en un cuarto de hotel a las tres de la mañana.

Era el momento decisivo. Era el momento en que elegía entre su vida o nuestros secretos, y el tiempo apremiaba.

Con el corazón destrozado, busqué la mirada de Russell.

—Lo siento, mi amor —murmuré—. No puedo perderte.

Y mientras él luchaba con el espantoso dolor que le recorría el cuerpo, me solté de su agarre y fui a hacer la llamada. Russell me gritó que me odiaba y que nunca me lo perdonaría.

Sollozó con la cabeza apoyada en mi regazo hasta que escuchamos las sirenas.

-o-o-o-

Los primeros rayos del sol ya se filtraban por las ventanas del hospital cuando un médico salió de la habitación de Russell. Habían pasado más de dos horas desde que acudieron a rescatarlo y, a juzgar por los quejidos que venían de dentro, los calmantes aún no conseguían ayudarle.

—Se repondrá —anunció el doctor, y de inmediato pareció confundido—. ¿Qué fue lo que sucedió exactamente?

Estaba a punto de inventar una excusa cuando el sonido de unos tacones interrumpió el silencio del pasillo. Era Maureen. Aquella noche estuvo en Las Vegas, parte de la gira promocional para su más reciente película junto a Russell. Su marido se le uniría en Chicago, supuestamente porque necesitaba más días para descansar, pero en realidad había estado conmigo cada uno de ellos.

Maureen trotó hacia nosotros. Tenía el rostro lleno de cansancio, evidenciado por las enormes bolsas bajo sus ojos. Se dio bastante prisa al arreglarse, atándose el cabello en una rápida cola de caballo e ignorando el maquillaje. Aun así, verla hizo que se me encogiera el corazón.

—¿Cómo está? —dijo sin aliento—. ¿Qué fue lo que...?

Fue entonces cuando advirtió mi presencia. Sus hombros se tensaron bajo la chaqueta roja y su tez se tornó blanca.

—¿Qué haces aquí? —Miró al médico—. ¿Qué hace aquí?

—El señor Shipman...

—Yo los llamé.

—Como le decía, señora Weatherby —prosiguió el hombre, antes de que ella pudiese hacerme más preguntas—, su esposo está en perfectas condiciones, dentro de lo que cabe. Ha sido un sobresalto tremendo, pero ya ha pasado por estos episodios antes, ¿no es así?

Maureen me dirigió un vistazo fugaz, cargado de un sentimiento que a lo mejor ni ella sabría explicarse. Luego miró hacia abajo y suspiró.

—Sí, así es.

—En tres días estará como nuevo —sonrió el doctor—. No tiene nada de qué preocuparse. Ahora, si me disculpan...

Y con un asentimiento de despedida, se marchó en la dirección opuesta a por la que Maureen había llegado.

Por fin podía respirar. Russell estaría bien, solo fue un susto. Durante unas insoportables dos horas, creí que lo perdería a manos de aquella enfermedad, sin saber que estaba a punto de perderlo a manos de algo mucho, mucho peor.

—¿Qué hacías en su habitación? —La voz vacía de Maureen me sacó del trance en el que había estado por siete años.

Me di la vuelta y la contemplé. Tenía los brazos a cada lado del cuerpo y clandestinos espasmos palpitaban bajo su superficie. Tragué saliva.

—¿Qué hacías en la habitación de Russell? —insistió, alzando el tono—. ¿Por qué estaba Russell en un hotel? ¿Qué hacías tú en ese hotel? ¿Por qué...?

—Maureen...

—¡Contéstame!

El conocido mareo se hizo presente, junto al dolor en el pecho. Un hormigueo reptaba por mis pies y comenzaba a devorarme lentamente.

—M-Maureen... Russell me pidió que fuera. Dijo que... dijo que te echaba mucho de menos y... y que no soportaba dormir en su cama sin ti. Así que... No sé por qué buscaría mi ayuda, pero quién lo entiende, ¿no? Y... solo necesitaba alguien con quien hablar y siempre ha podido hablar conmigo, desde... Desde siempre... De modo que... Bueno, supongo que...

Había empezado a sudar. Mientras me enredaba en la telaraña de mentiras que habíamos tejido, tanteé mi bolsillo en busca de un pañuelo y me sequé la frente. Los latidos de mi corazón sonaban tan alto que no me dejaban pensar.

—¿Esperas que me crea eso? —susurró con desprecio.

Ninguno de los dos dijo nada durante unos segundos. Salvo por el ocasional desfile de alguna enfermera, lo único que alcanzaba a oírse eran nuestras respiraciones entrecortadas.

—Estás enfermo. —Maureen se quebró—. ¡Los dos! ¡Los dos están enfermos!

—Maureen, por favor...

Traté de acercarme a ella para consolarla, pero se escabulló de mis brazos como si fuese uno de los patanes que buscaban abusar de su simpatía en la preparatoria.

—¡No me toques! —chilló—. No te atrevas a ponerme una mano encima, Gordon. ¿Me oíste? Nunca, nunca más... Ninguno de los dos...

—¡Maureen, tienes que escuchar! —supliqué.

—¿Qué es lo que tengo que escuchar? ¿Qué me traicionaste... me traicionaron? ¿Qué se han estado burlando de mí todo este tiempo?

—Las cosas no son como tú imaginas.

—¿Y cómo me las imagino, Gordon? ¿Acaso estoy equivocada?

Resoplé, sintiendo cómo el peso de la moral aterrizaba otra vez sobre mis hombros. Los prejuicios, la vergüenza. Había intentado ser fuerte por Russell, pero ahora que nos encontrábamos separados y tal vez jamás nos reencontraríamos, yo me reducía de nuevo a mi tamaño natural, tan pequeño e insignificante.

—Querías lastimarme, ¿no es así? —cuestionó Maureen—. Querías vengarte de los dos. Querías destruir su vida y de paso destruir la mía. Era la oportunidad que estabas esperando.

Obviamente iba a negarlo; no era cierto. Sin embargo, en un lapso de inspiración, descubrí que confirmar aquellas acusaciones falsas era la única manera de salvar a Russell y, quizás, salvarme a mí mismo.

Con la frase quemándome la garganta al salir, me dejé ganar.

—Así es.

Maureen aguardó un instante y yo la imité. Me sentía a punto de vomitar. La sala de espera daba vueltas.

—Estás mintiendo —concluyó, entrecerrando sus ojos tristes—. Aun después de todo este tiempo, de todo lo que has hecho, me miras a la cara y me mientes.

—N-no sé de qué hablas... Todo fue parte de...

—Ni siquiera vas a admitirlo. Tienes todos esos... esos sentimientos incorrectos y no puedes ni reconocerlos, ante mí, que decías amarme.

—Claro que te amé, Maureen. Y... y sigo haciéndolo. Pero Russell...

—¿Acaso crees que él te ama? —Rio amargamente entre sollozos—. ¿Acaso crees que ese degenerado ama a cualquiera de los dos?

Recordé a Eugene Frannagan Platt.

—N-no... No lo sé —suspiré—. No lo sé, Maureen, no sé cómo podría... No sé cómo cualquiera de los dos podría amar a alguien como yo, pero...

—Yo tampoco.

Dicho esto, giró sobre sus talones e inició una vertiginosa caminata hacia la puerta del pabellón.

—¡Maureen, espera! —La seguí y le sujeté la mano.

—¡Déjame! —bramó, soltándose—. No me pongas un dedo encima. Eres un... Son unos... ¡Me das asco, Gordon Shipman!

Y echó a correr. Me esforcé por seguirla, pero en cuanto abandonamos el área donde Russell estaba internado y emergimos al bullicio que ya en aquellas horas era el resto del hospital, consiguió fundirse en la marea de gente y le perdí el rastro.

Me precipité a través de los pacientes, médicos y camillas. Algunos me gritaban que tuviese más cuidado y yo no podía más que vociferar un breve «¡lo siento!»

Cuando logré salir del edificio, la divisé a lo lejos, tan lejos que no hubiera podido alcanzarla. El viento agitaba su falda con violencia y se detuvo un momento para respirar el aire exterior.

—¡Maureen! —llamé.

Al oír mi voz, no derrochó más tiempo y se subió al primer taxi que respondió a su estridente silbido. Troté hacia la acera, bajando los dos tramos de escalinata como si volase, y todo lo que quedaba del vehículo y de mi exesposa fue una evasiva nube de polvo que se desvaneció tan pronto como me posé sobre ella.

Finalmente había pasado. Los había perdido a los dos.

-o-o-o-

—¿Y luego que pasó? —preguntó Debra en el teléfono.

—Nada. Simplemente se fue. Las noticias dicen que no regresó a la gira.

—Sabes lo que voy a decir.

—Lo sé muy bien, Deb, pero no sé cómo responder. No puedo solo...

—Escucha, Gordon, te he pedido que te mudes aquí una infinidad de veces. Sabes que el dinero no será problema y tienes con quién quedarte. Siempre me has dicho que tienes muchas cosas en California y no puedes sencillamente dejarlas. Bueno, lamento ser brusca, pero una de esas cosas se ha ido y nunca la recuperarás.

—Aún no se va —protesté suavemente.

—Se irá pronto, créeme. He visto a actores más enamorados que Russell renunciar a su alma gemela con tal de no quedarse sin trabajo. Tienes la oportunidad de retirarte sin que te echen.

—Pues no lo haré. No lo haré hasta que él me pida que lo haga. Prometí que me quedaría hasta el final, hasta las últimas consecuencias. No puedo ser como...

—¿Como Maureen?

—Exacto —respondí, aunque no era Maureen a quien tenía en mente.

Debra soltó un suspiro.

—Entonces la decisión está tomada.

—No estoy diciendo que no, solo... Dame algo de tiempo. Démosle a Russell algo de tiempo.

—¿Todavía no te ha llamado?

—Pues no.

—¿Hace cuánto?

—Cinco días.

—¿Y qué puede decir que hable más claro que eso?

-o-o-o-

Casi una semana después, marqué el número de Russell con tanto desespero, que fue un milagro que uno de los botones no se rompiera. Tras un par de pitidos que parecieron infinitos, su voz llegó como la canción del país natal de un soldado al borde de la muerte en las trincheras.

—¿Diga?

—¡Russell! —exclamé, perdiendo la compostura. Tuve que respirar hondo para tranquilizarme—. Eh, hola, Russ, ¿qué tal? Soy yo, Gordon.

—Oh, hola.

—¿Estás solo? ¿Puedes hablar?

Se lo pensó bastante para lo sencillo de la pregunta.

—Sí, sí estoy solo, pero... Realmente no sé si es un buen momento, Gordon.

—Descuida, seré breve. Solo quería saber cómo estabas luego del cólico y... todo lo demás...

—Bueno, a decir verdad estoy... formidable. Los médicos están asombrados, nunca vieron a nadie recuperarse de un cólico nefrítico tan rápidamente.

—Oh, me alegra oír eso. Pensé que podría haberse complicado un poco, porque no has llamado y...

—Supongo que no. Pero... pero estoy bien. Estoy formidable. No te preocupes.

—Espléndido. ¿Y cómo está Maureen?

Su nombre hizo de la conversación algo mil veces más incómodo y Russell debió darse cuenta de que ya no podía mantener la farsa.

—Me temo que no muy bien. Lo cierto es que no ha vuelto a casa desde... desde la noche del cólico. Además...

—¿Además...?

—Quiere que nos divorciemos.

Me ahogué con mi propio aliento.

—¿Divorciarse?

—Sí. Traté de convencerla de que no lo hiciera, pero parece que nada podrá hacerla cambiar de opinión. Tendrá los papeles listos en un par de meses.

—Russell, eso es... —Me recordé que debía camuflar la emoción—. Trágico. Es trágico. Lo siento mucho.

—Sí, yo también.

—P-pero... no todo es malo, ¿cierto? A lo mejor podríamos... vernos más seguido. Sé que no hay mucho que podamos hacer, siendo tú tan popular, pero seguro encontramos algún pasatiempo en común y... Quizás sea divertido, ¿no? Ya sabes, hacer cosas a parte de...

—Gordon, sobre eso... Tal vez sea mejor que no nos veamos por un tiempo.

La metáfora del baldazo de agua fría tenía sabor a eufemismo comparado con lo que sentí en ese momento.

—¿T-tú crees? —fingí curiosa despreocupación—. Pero, Russ, ya no tienes motivos para...

—Maureen podrá habernos descubierto, pero la prensa no tiene idea y no serán tan amables. Ahora la situación es delicada. Nos estamos separando, después de todo. Un paso en falso, un mínimo detalle que los haga sospechar o que altere a Maureen lo suficiente para divulgarlo y...

—Todos lo sabrán. Lo comprendo —asentí lastimosamente—. Sería prudente mantener distancia, al menos hasta que las aguas se tranquilicen.

—En efecto.

—Russell..., solo hasta que las aguas se tranquilicen, ¿no?

—Desde luego —confirmó, tomándose un par de segundos más de los que yo deseaba que se tomase—. Te llamaré.

—Estaré esperando. Te amo.

—Nos veremos, Gordon.

—¿Russ?

—¿Sí?

—¿Se te olvida algo?

De nuevo una pausa inhumana.

—También te amo.

Y colgó.

-o-o-o-

Russell no llamó durante algunos días. Días que se convirtieron en semanas y semanas que se alargaron hasta transformarse en meses. Pasé Año Nuevo sentado en la oscuridad de la cocina, con los dedos entrelazados sobre la mesa y los ojos puestos en el teléfono. Debra y Neville me invitaron a visitarlos en Nueva York, pero me rehusé. Russell había prometido llamarme y si lo hacía y no me encontraba, tal vez ya no quisiera volver a intentar. No podía arriesgarme.

Ilusamente creí que haría acto de presencia en mi cumpleaños, o que al menos enviaría algún tipo de obsequio, mas tampoco sucedió. Ya había transcurrido casi un año completo cuando, estando yo a punto de quebrarme, Maureen dio la exclusiva.

Me sorprendió verla en televisión. Parecía otra persona. Había vuelto a llevar el cabello suelto, en una permanente de ondas que se estaba volviendo popular, y el espantoso viento de aquel día aparentaba tener miedo de despeinarla, aun cuando la conferencia se estaba dictando al aire libre. En sus ojos helados no había espacio siquiera para la satisfacción o la ira.

—Señorita Weatherby, ¿fue su divorcio lo que la llevó a desaparecer de la esfera pública durante este año? —preguntó uno de los reporteros.

—A grandes rasgos, sí, pero eso no fue todo —contestó ella, la frente en alto.

—Señorita Weatherby —llamó otro—, ¿son ciertos los rumores de su problema con la bebida y la respectiva temporada en rehabilitación?

Maureen se apartó el flequillo de la cara y, por un momento, pareció molestarse por la luz del sol.

—No, en lo absoluto. Son habladurías sensacionalistas que ciertos sectores de los medios se han encargado de divulgar. Jamás he tenido problemas con el alcohol.

—Maurie, hola, soy Polly Montenegro de La primicia semanal —se presentó una voz entusiasta que debía conocerla—, no acostumbras a dar conferencias, a menos que haya una nueva producción en puerta, así que comprenderás que algunos de nosotros nos preguntemos: ¿cuál será el destino de tu carrera de la mano de Russ? ¿Planean seguir actuando juntos? ¿Hay algún anuncio que quieras dar hoy?

—De hecho, sí hay un anuncio que me gustaría dar —reconoció Maureen, colocándose las gafas oscuras. El viento sopló con más fuerza, como si quisiera igualar su aplastante seguridad—. El día de hoy, Maurie Ship... Maureen Weatherby declara su separación definitiva de Russell Weatherby, de su carrera y del cine en general. Esto es el adiós.

Y en medio de murmullos desconcertados, Maurie Ship abandonó la tarima y jamás se mostró en público otra vez. La leyenda había muerto.

-o-o-o-

Habría seguido esperando la llamada de Russell eternamente de no ser por aquella rueda de prensa. O más bien, lo que esta desató. Porque no más de doce horas después, llegaba su turno de presentarse en televisión a contar su versión de los hechos, en lo que sería quizás la mejor actuación de toda su trayectoria.

—Russ, lo que Maurie reveló la tarde de ayer tomó a muchos por sorpresa —comentaba el presentador del programa—. Su desaparición de un año provocó un sinnúmero de dudas, incluso llegando a rumores sobre alcoholismo, pero definitivamente nadie se esperaba que fuese a existir un retiro permanente. ¿Tuviste la oportunidad de sintonizar la conferencia? ¿Qué opinión te merece la noticia?

Russell se acomodó en su asiento y se rascó la barba.

—Ciertamente es una pena. Maurie es una artista de talento excepcional, creo que todos estamos conscientes de ello, y...

—Desde luego, talento excepcional. Pero, lo que intento preguntar es: ¿qué sientes respecto a su divorcio? ¿Es verdad que este motivó el retiro de Maurie? ¿Y qué sientes por Maurie, en general?

Subí el volumen hasta escuchar la leve interferencia de fondo. Me instalé en mi sillón, inclinado hacia adelante, con el corazón desbocado. En lo que Russell calculaba su próximo movimiento, noté la misma presión en el pecho que presagiaba el desarrollo de un momento importante.

—Maureen... —empezó—. Maureen siempre será el amor de mi vida.

No hacía falta agregar nada más. Había pronunciado las palabras mágicas y el público le había creído. Los tendría a todos en primera fila en su próxima película, Maureen tendría que disculparse por haber sido engañada y yo... ¿callaría para siempre?

Por supuesto que no.

-o-o-o-

Ni siquiera me molesté en tocar timbre; solo aporreé la puerta y grité su nombre hasta que me abrió. Se sorprendió al verme, puesto que tampoco llamé para avisar. Temía que no contestase.

La imagen que tenía ante mí difería tanto de la superestrella idolatrada por sus fanáticos como del hombre al que creía haber enseñado a amar. Por lo general, Russell mantenía una apariencia prolija y atractiva, incluso cuando no debía interactuar con las masas. Ahora parecía cansado, indiferente consigo mismo. La situación lo habría afectado mucho, pero no me importaba.

—Gordon, ¿qué haces aquí? —cuestionó—. Sabes que no puedes...

—Eres un mentiroso —le escupí—. Lo único que has hecho desde que te conocimos ha sido mentir.

Russell dio un paso atrás, casi como si algo de lo que estaba diciendo le conmoviera. Sin embargo, se recompuso y atinó a emular cierta autoridad.

—Gordon, ya hablamos de esto. Debes irte ahora.

—¡No pienso irme! —grité.

Su nariz se arrugó un poco y sus ojos mostraron una turbiedad confundida. Supongo que comprobar que no había una sombra de alcohol en mi aliento lo desestabilizó por unos instantes. Este enfrentamiento no era producto de una sustancia que hacía estragos en mis inhibiciones; fue mi rabia y solo mi rabia lo que me llevó hasta su pórtico esa tarde.

—¿Cómo no te da vergüenza, Russell? Una cosa es decirle que la amas en privado, cuando ella necesita oírlo, pero ¿en televisión nacional? ¿Después de lo que pasó? ¿Es que acaso no te cansas de lastimarla...? —Tragué saliva—. ¿De lastimarme?

—Por favor, Gordon, desde el principio has sabido que no tenía intención de lastimar a nadie —se defendió, hastiado—. Si no vas a irte, al menos haz un escándalo adentro.

No debí haber entrado. Debí haber hecho el escándalo afuera, a plena luz, donde todos sus vecinos pudieran escuchar y percatarse de la clase de persona que era. Pero agitado como estaba, no se me ocurrió nada mejor que seguir sus órdenes por inercia y meterme en la casa.

Russell cerró la puerta.

—¿No piensas responder?

—¿Qué quieres que te responda, Gordon? —Abrió los brazos con impotencia—. ¿Qué puedo decir a estas alturas que te deje satisfecho?

—La verdad.

—¿Qué verdad?

—¡Qué verdad! Pues la única que existe. La que llevas un milenio ocultándole a todos, destrozando a los que te quieren si ese es el precio que hay que pagar.

Se cubrió el rostro con las manos y gruñó. Cuando me miró de nuevo, sus ojos brillaban y gruesas gotas de transpiración rodaban por su rostro.

—¿Es que no entiendes —dijo con dientes apretados— que esta verdad es el precio que hay que pagar y no la recompensa? ¿Que es una jodida cruz?

—¿Y te parece que no lo entiendo? ¡Yo también tengo que cargarla a todas partes! Nada fue fácil para mí.

—¡Tú no existes, Gordon! —vociferó, y pude darme cuenta de que eso era lo que llevaba un rato queriendo decir—. Tú no eres nadie. ¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Que te despidan? ¡Tienes amigos en Nueva York! Amigos ricos que te aceptan como eres y que te resolverían la vida si te quedaras sin nada. Te vas a otro estado y te conviertes en una nueva persona. Yo soy Russell Weatherby en todo el mundo.

—Oh, ¿lo eres? ¿Cuál de todos? ¿La superestrella? ¿El adolescente asustado porque su primera vez había sido dolorosa y sus padres no debían enterarse? ¿El joven al que abandonaron porque no podía evitar ser honesto? ¿O el cobarde que le rompió el corazón a Maureen y no deja de patear su cadáver? ¿Quién es Russell Weatherby?

—Sabes quién soy...

—Ya no estoy tan seguro. ¿Hace tiempo? Quizás. Pero hoy...

Russell cruzó los brazos y me dio la espalda.

—Deberías ser guionista. Eso funcionaría tan bien en una superproducción de pacotilla. Quisiera hasta protagonizarla.

—Si supieras cómo me siento, no estarías siendo sarcástico. —Me acerqué lo suficiente para posar mi mano sobre su hombro. No lo hice—. Te amo, Russell. Amo a Russell Weatherby. A todos ellos. Incluso los que me arruinaron la vida. Y no conocí a los que vinieron antes y tal vez no conozca a los que vendrán después, pero debes al menos, muy en el fondo, reconocer que es verdad. Que en verdad soy lo bastante estúpido para amarte y que nunca te hubiese elegido, pero... Ese es el punto. No puedes amar a alguien solo porque se verá mejor en tu biografía.

Se giró lentamente. Más que a la defensiva, se veía indefenso. Y me miró con aquellos grandes y asustados ojos, y sospeché que así debió mirar a Eugene Frannagan Pratt cuando le dijo lo que jamás esperé que le oiría decir...

—Pero yo no te amo, Gordon. Jamás te he amado. No... no podría amarte aunque quisiera, aunque lo intentara.

—Nunca lo intentaste.

Era como si hubiésemos intercambiado nuestros papeles. Él, lloroso y vulnerable; yo, calmo e inexpresivo. Si un extranjero que no hablase inglés nos hubiese visto, habría pensado que era Russell quien estaba mendigando migajas de mi afecto.

—Nunca lo intenté y no habría tenido sentido hacerlo. Compréndelo, por favor. Enamorarme de ti hubiese sido...

—Ya basta. —Lo frené, mi coraza desquebrajándose—. Escúchame. Russell, escúchame. Si no me dices que me amas en este momento...

—No lo diré. No lo diré nunca más. Tienes razón, fue injusto decirlo aunque fuera solo una vez, porque no lo sentía. Y busqué tan desesperadamente evitarte el dolor a ti, a Maureen, a todos... Decirle la verdad a Eugene fue el mejor error que pude cometer. Así que ahórrate el mal rato y vete a encontrar motivos para seguir viviendo en ti mismo.

Habíamos regresado a nuestros roles originales. Russell volvía a ser un dios y yo volvía a ser el sacrificio.

No me fui de inmediato. Algo en ese discurso parecía indicar que el hombre que conocía —honesto, franco y de una sensibilidad brutal con respecto a la injusticia— aún estaba en esa carcasa atractiva y sin escrúpulos. El hombre que me dio la mano en aquel estudio de grabación, que amenazó con abandonar una película que lo alejaría de su compás moral, que no le permitió a un periodista faltarle el respeto a Maureen o poner en duda el mensaje que deseaba dar al público.

Contemplé su rostro frío esperando que ese hombre se borrara y, para mi sorpresa, no ocurrió. Pronto lo descifré. Era ese hombre al que yo tanto amaba quien, haciendo uso de todas aquellas cualidades que despertaban en mí tamaña admiración, me decía que no sentía lo mismo. Lo hacía porque era honesto y franco y de una sensibilidad brutal con respecto a la injusticia. Lo hacía como había hecho todas las cosas que lo convirtieron en alguien digno de mi reverencia.

Quizás hubo un periodo en el que sí estuvo sepultado bajo el miedo y la necesidad, como cuando le declaró su amor a Maureen luego de haberla destruido o cuando aceptó fingir que correspondía mis sentimientos. Pero había resucitado solo para matarme.

¿Qué puede decirle uno a la persona de su vida cuando esta le está apuntando un revólver justo al corazón? Esto es lo que yo dije:

—Te odio.

¿Habría puesto a Maureen en la misma situación la primera vez que ella me espetó esas palabras? Tal vez. No tuve oportunidad de pensarlo al salir corriendo de su antigua casa, de nuestro antiguo destino. Solo podía pensar en que tenía que llamar a Debra e irme a Nueva York cuanto antes. Y en Russell.

Russell, el que no había muerto.

Russell, el que jamás mehabía amado.

CONTINUARÁ...

N/A: Les dije que prepararan los pañuelos, ¿no?

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