Capítulo 14

Hollywood, 1959.

Pasaban las semanas y cada viernes yo acudía al encuentro de Maureen. Acostumbraba a esperarme en la estación de autobuses, donde corríamos el uno a los brazos del otro y nos sujetábamos durante lo que parecían horas, hasta que Debra se hartaba y nos metía prisas.

Sin embargo, a medida que el otoño fue dando paso al invierno y el aire adquirió un tinte pesado y frío, Maureen comenzó a aburrirse de esperar a que llegase. Insistía en que llevara el coche, a pesar de que no cesaba de advertirle que el Packard ya no estaba para tanto ejercicio, y ella solo respondía que «necesitábamos un auto nuevo.»

Recuerdo esos mágicos fines de semana de finales del cincuenta y nueve como una sucesión de cenas y almuerzos sin el menor significado. No salíamos de esa rutina. Harry, Lynda, Martin o quien fuera nos invitaba a su casa, a algún restaurante de su elección, a cualquier sitio que pudiese estar a la altura de la realeza, y nos sentábamos por horas a oírlos hablar de boberías. Que se habían comprado un apartamento en tal balneario, que querían veranear en tal país, que Europa era preciosa en esa época del año... nunca se les agotaban los temas de conversación.

Debajo de alguna enorme araña de cristal o junto a una fuente barroca, me dedicaba a mirar a Maureen y captar los detalles de su incipiente transformación. Segundo a segundo, se alejaba de la chica de la que me había enamorado y la balanza se inclinaba más y más en favor de su nuevo entorno. Ahora frecuentaba la misma peluquería que Lynda, llevando el cabello lacio a la altura de los hombros, con las puntas volteadas hacia afuera, siguiendo la última moda. Lucía los vestidos elegantes de forma todavía más graciosa que la habitual, y su mejor amiga se encargaba de proporcionarle por lo menos uno cada tres o cuatro días.

En los bailes, me exigía más de lo que podía dar. Había desarrollado una sorprendente habilidad para moverse al ritmo sin agotarse nunca, y pretendía que yo hiciera lo mismo. Sus conocimientos de rock & roll ya no se reducían al paso básico, sino que era una verdadera experta y, con la pareja adecuada, no había acrobacia que no pudiese realizar.

—¿Cómo aprendiste a hacer esto? —le pregunté, después de a duras penas lograr atraparla tras un salto asombroso.

—Russ me enseñó.

Hubiera cuestionado en qué circunstancias Russell había tenido ocasión de enseñarle a bailar, pero preferí callarlo porque temía estropear la velada, y porque al próximo instante ella estaba tomándome las manos y haciéndome girar.

Cuando eventualmente admitía mi agotamiento, me dejaba ir a sentarme de mala gana y tomaba por compañero al primer tipo que se ofreciera. Este era, la mayoría de las veces, el propio Russell, que accedía a dejar de lado su cinismo para unirse a la fiesta si Maureen lo deseaba.

Así que yo me quedaba a un lado de la pista de baile, observando cómo, pieza tras pieza, mi esposa y el actor se lucían. Por regla general, todo culminaba con la totalidad de los invitados haciendo un círculo alrededor de ellos, aplaudiendo mientras ella caía en los brazos de él con los últimos acordes de Rock around the clock o Hound Dog. Y con Debra solo atinábamos a admirarlos; ella a su amor imposible y yo al amor conquistado que empezaba a perder.

Mis únicos momentos de paz eran los que pasaba junto a Russell. Éramos polos opuestos y nadie nos imaginaba siendo amigos. Uno con sus ideas modernas, con su lucha por la liberación femenina y su injustificado desprecio hacia la literatura; el otro con el espíritu sumiso y ameno, con su lucha por el regreso al hogar y su amor por toda forma de arte, fuese de su agrado o no.

Pero en esas disimilitudes hallábamos fuertes puntos de conexión. Los dos buscábamos un futuro para los nuestros y creíamos en la justicia. Diferíamos en las formas —él creía en la violencia como método y yo la repudiaba; él era intolerante dentro de su tolerancia y yo realmente pretendía ser abierto—, y aun así, lográbamos congeniar.

Otra cosa que teníamos en común era que nos cansábamos de las multitudes con gran facilidad, por lo que durante las partes más espesas de los festejos, cuando quedaban pocos individuos sobrios —incluida, desde luego, mi mujer—, nos escabullíamos hacia algún sector olvidado de los jardines y nos sentábamos a charlar.

Casi siempre sucedía en su casa. Disfrutábamos colocándonos en las tumbonas al lado de su piscina, viendo cómo el afligido viento de invierno californiano dibujaba ondas en el agua y, a la luz de las estrellas, nos poníamos al tanto de nuestras vidas.

Russell hablaba mucho de su hermano. De hecho, era lo único de lo que hablaba fuera del trabajo. Cuando la charla se desviaba de él, no hacía más que elaborar largos monólogos sobre su filmografía, explicándome cómo funcionaba el ambiente y regodeándose en sus éxitos con un estilo que rallaba en la soberbia. No obstante, la historia era distinta cuando se acercaba al asunto de Linus.

Se esforzaba por protegerlo, por que yo no fuera a pensar mal de él, advirtiéndome que no hiciera ningún «comentario chistoso.» Después de que le prometía portarme bien, podía transcurrir horas narrándome aquella vez que aceptó hacer una película que detestaba para poder pagar la cuota de su internado, o cuando le llevó un pastel de siete pisos en su cumpleaños número siete, o cuando le partió la nariz a un idiota que decidió ser un idiota. A estas alturas, me encontraba indeciblemente fascinado por cuánto lo defendía.

Cada tanto, le preguntaba si Maureen seguía diciendo cosas buenas sobre mí, y al comienzo respondía sin problemas, en meros segundos. Me revelaba lo mucho que ella me quería y cómo no cesaba de exaltar mis virtudes como si fuese el hombre más maravilloso del universo. Pero una noche, tardó demasiado.

—¿Qué pasa? —inquirí.

Giró la cabeza hacia mí y sus ojos oscuros brillaban en la impiedad de la noche. Estaba recostado en la tumbona y tenía las manos entrelazadas sobre el pecho. Rascándose la cabeza, se enderezó y apoyó sobre sus codos.

—Ha sido una semana complicada. Ninguno ha tenido tiempo para pensar.

No pude retener un suspiro.

—Te ama, Gordon. Estoy seguro.

Quería creerle, pero me sentía cada vez más lejos de ella. Me asaltó la duda de si sería posible borrar casi una década en cuestión de unos pocos meses.

-o-o-o-

Cierta noche, tuvo lugar un acontecimiento que me hizo replantearme toda la situación, en particular las palabras de Russell.

Estábamos en una reunión en la casa de Harry. Su opulenta mansión se hallaba atestada de amigos, gente que le había hecho favores y extraños a los que no veía desde la época de la secundaria, cuando era un púber gordo con la cara llena de granos. El hijo de su jardinero se codeaba con una cantante que había sido su novia; su abogado intentaba robarle un beso a la chica con la que había perdido la virginidad a los diecisiete años; su prima segunda le proponía un brindis a su coprotagonista en una película de 1956. En fin, más elegancia de la que podía aguantar.

Amparado por un pretexto verdaderamente absurdo, me las arreglé para escabullirme del grupo que formaban mi esposa, Debra y unas cuántas mujeres más, junto a sus respectivos maridos. Concluí, entonces, que era una buena oportunidad para explorar el edificio.

Luego de subir la elegante escalinata, comencé a recorrer pasillos interminables y rincones misteriosos, rezando por que nadie descubriera mi misión de espionaje. Estas andanzas me condujeron a la puerta cerrada de lo que parecía ser una biblioteca, un dormitorio o un bar secreto, detrás de la cual se escuchaban voces fantasmales, amortiguadas por la gruesa pared revestida de caoba. No es que quisiera oír, pero cuando identifiqué que una de las voces era la de Lynda Carroll y otra la de la esposa de Harry, volvió a vencerme la curiosidad.

—¿Volverás a hacerlo? —consultó una mujer desconocida.

—Oh, no lo sé —dijo Lynda—. Russ es un amigo al que aprecio mucho.

Risas.

—¡De verdad! —insistió—. Y déjenme decirles que se relaciona con las personas más pintorescas...

—¿Hablas de Maurie? —quiso saber la señora Duncan.

—Maurie me parece encantadora. Lo que me apena es... Bueno, esa pobre niña a la que siempre tiene que cuidar. ¿Cuál era su nombre?

—¿Doris?

—No, no, Dee Dee.

—Esperen, lo tengo en la punta de la lengua... —Lynda pidió silencio—. Debra, se llama Debra.

—¿Qué tienes en contra de Debra?

—Tiene que ser la persona más insoportable que haya conocido. Es decir, ¡cielos! ¿Qué pretende al usar siempre réplicas exactas de trajes de Marilyn Monroe? ¿Cree que se parece?

—¡Y esa nariz!

—La nariz es lo de menos, querida. Su personalidad, Dios santo. Yo tengo una paciencia admirable, siendo sincera, pero esta mujer es sencillamente... ¡Cielos! Y creo que ese es el problema de Maurie. Le encantan las causas de caridad. Si esta película recauda algo, estoy segura de que donará todas sus ganancias a los pobres o algo por el estilo. Es tan triste, ¿saben? Porque, a pesar de que tenía mis reservas con ella, siento que podría tener un futuro brillante... Claro, si se deshiciera de este tipo de plagas.

Impactado, descubrí que no podía escuchar nada más y me marché.

-o-o-o-

Permanecí callado el resto de la velada hasta que Maureen y yo nos retiramos a nuestro hotel. Una vez en la habitación, mientras ella se cambiaba de ropa, me senté en la cama con la mirada perdida.

—¿Sucede algo malo, Gordie? —preguntó, dejando que el camisón cubriera sus curvas perfectas—. Has estado muy tranquilo hoy.

Con horror me di cuenta de que ya no era capaz de ocultarlo. Mi primer signo de preocupación por Debra. Sentía que lo que Lynda y sus secuaces le hacían al reírse de ella a sus espaldas era una injusticia imperdonable, y quería castigarlas.

¿Eran celos porque no me gustaba que nadie aparte de mí la insultase? ¿Era que empezaba a valorarla porque era la única constante en mi mundo que cambiaba a la velocidad de la luz? ¿Era que nunca la había odiado tanto y que la razón por la que nos llevábamos mal era que nuestras personalidades chocaban?

No lo sabía, no me importaba. Todo cuanto entendía era que Lynda no se estaba comportando como la auténtica dama que anhelaba ser, y, a mi modo de ver, aquello era una traición a la identidad que ella misma se había construido. Mis charlas con Russell me habían enseñado que no existía nada peor que la gente que traicionaba a su propia identidad.

—Sucedió algo en la fiesta —confesé.

Maureen se volvió hacia mí, interesada.

—Estaba buscando el baño cuando, por accidente, oí una conversación que no debía.

—¿Una conversación que no debías oír? —dijo con afectación—. Oh, Gordie, sabes que no está bien espiar a los demás.

—No era mi intención, te lo garantizo.

—Bueno —aceptó, sentándose a mi lado y apoyando una mano sobre mi hombro—, cuéntame.

—Se trata de Lynda, la esposa de Harry y otras mujeres a las que no conozco.

Asintió, cada vez más inquieta.

—Estaban hablando y... burlándose. Burlándose de alguien.

—¿Bu... burlándose de quién? ¿De quién se burlaban, mi amor?

—De Debra.

Maureen exhaló una pequeña exclamación de sorpresa y se bajó de la cama, poniéndose en pie. Se abrazó a sí misma, buscando justificaciones para lo que acababa de revelarle, y me sentí mal por habérselo dicho.

—¿De Debra? ¿Estás seguro?

—Sí, definitivamente hablaban de ella.

—Y... ¿y qué decían?

—Algo sobre su nariz y cómo se viste igual que Marilyn Monroe y... No recuerdo bien, un par de cosas más. Cosas hirientes.

Maureen se pasó la mano por la frente, como si estuviera secándose unas gotas de sudor. Pero no estaba transpirando. Dejó escapar un suspiro que por poco y sonaba aliviado, lo cual me desconcertó.

—Bueno, Gordie, no es algo que tú no digas todos los días.

—Sí, pero es diferente.

—Sea cual sea el caso, es una acusación muy seria. ¿Estás seguro de que oíste bien?

—Maureen, te estoy diciendo que la estaban insultando abiertamente.

—Lo sé, lo sé, es solo que... —Se acomodó otra vez sobre el colchón, tapándose—. No comprendo qué se supone que haga.

—Eh... ¿Defenderla? Siempre has dicho que es tu mejor amiga.

—Sí, pero...

—¿Pero qué?

Soltó una risa que intentaba distender el ambiente, pero que bastó para enervarme todavía más. Sus poderes mágicos ya no tenían ningún efecto en mí. Era como ver la forma exacta en que un ilusionista lleva a cabo su mejor truco.

—¿Esperas que arme un escándalo solo porque crees haber oído algo?

—No creo haber oído algo; estoy bastante seguro de que estaban criticando de manera muy fuerte a la persona que supuestamente es más importante para ti que yo.

—Debra no es más importante para mí que tú. Los adoro a ambos.

—¿Entonces por qué vas a dejar que la traten así?

—Pues yo nunca he visto que Lynda trate mal a Debra. A decir verdad, me da la impresión de que la trata con un enorme respeto.

—Muñeca, hasta yo puedo ver que la forma en que la trata es condescendiente, y puedo jurarlo porque esa es la forma en que la he tratado desde que nos presentaste.

—¿Y entonces por qué la defiendes?

Percatándose de que la escena no me resultaba divertida, hizo puchero y me sujetó la mano.

—Mi amor, necesito que empatices un poco conmigo. Por mucho que desee creer que lo que me cuentas ocurrió tal y cómo me lo cuentas y tomar acción, no puedo arriesgar mi puesto de trabajo. Me esmeré mucho para conseguir fraternizar con Lynda y todas sus amigas, no quiero echar a perder esa buena relación. Sigue siendo mi compañera de elenco y, para ser honesta, siento que estás exagerando.

—¿Qué te cuesta preguntarle si dijo todo eso o no?

—Gordon —dijo con dulzura—, agradezco que quieras defender mis intereses, pero creo que no los conoces en lo absoluto.

Su mano acarició mi mejilla de un modo reconfortante, antes de que ella colocara la cabeza sobre la almohada, arropándose hasta que la mitad de su rostro estaba cubierta por mantas. Cerró los ojos placenteramente.

—¿Dónde quedó la chica que se enfrentaba a productores de Hollywood con tal de proteger a su mejor amiga? —murmuré.

—Es tiempo de crecer, Gordie —respondió, mostrando una última sonrisa, sin abrir los ojos.

-o-o-o-

Desde esa noche desconcertante, no volví a visitarla en las dos semanas que restaban del rodaje. Nos limitábamos a hablar por teléfono como si tuviera prohibido verla en persona y con frecuencia nos dábamos cuenta de que ya no sabíamos qué decir, hasta que yo pronunciaba un protocolar «te amo» y ella respondía de la misma forma. Pasados unos segundos de silencio, colgábamos.

Durante las horas laborales, mi cuerpo sin alma se perdía bajo las oscuras aguas del terror a que llegara la noche, porque sabía que tendría que ir a casa, marcar el número mágico e indicarle cuál era la habitación de Maureen a un apático empleado, solo para oír a una mujer que parecía una impostora hablar sin parar de sí misma.

Era un limbo retorcido. Cuando no escuchaba su vocecita borrosa, sus chistes elegantes y su risa forzada, sentía que una parte de mí decidida a seguirla hasta el fin del mundo se moría de soledad. En contraposición, charlar con ella asesinaba al Gordon tangible, el que la besó a la luz de la luna, el que le pidió matrimonio y el que saboreaba sus cenas caseras día tras día, hasta comenzar a aborrecerlas en secreto. Y la fusión de ambas entidades se lamentaba, lloraba hasta quedarse dormido, pues no estaba seguro de que fuese a probar un estofado bien hecho en lo que le restaba de vida.

Empecé a valorar una vida sin Maureen y entendí que no podía perderla. Tenerla tan lejos me hizo apreciar la cotidianeidad que compartíamos más que nunca, al tiempo que racionalizaba lo devastador que sería volver a ella después de semejante experiencia con el cine. Pero confiaba en mi esposa y en su criterio. Confiaba en el pago que iba a recibir y la paternidad que compraríamos con él. Aun así, nada me impedía aceitar un poco el camino de Hollywood y facilitarle la elección todavía más.

Unos días antes de que volviera, vacié mi estudio de arte. No era un estudio de arte como tal, sino una habitación que originalmente iba a ser para nuestro hijo, que olvidamos cuando mi cuerpo nos ordenó rendirnos y que con el tiempo fue llenándose de pinceles, acuarelas y lienzos. Sin embargo, ahora que teníamos opción, debía desocuparla cuanto antes. Así que pasé horas mudando todas mis cosas a la terrible humedad del sótano, donde sabía que no durarían mucho. Supongo que un hombre de verdad debe sacrificarse por su familia incluso antes de tenerla.

Cuando ya no quedaba más que un crayón rojo aplastado —que se fue a la basura—, me dispuse a arrancar el anticuado papel tapiz, dejándolo caer en tiras agonizantes sobre el parqué manchado. Barrí, trapeé y apliqué cera, sintiéndome como un ridículo intento de ama de casa, hasta que el cuarto deprimente quedó como nuevo.

Acto seguido, me dirigí a la ferretería más cercana a buscar equipo para embellecerlo. No tenía idea de si Maureen quería una niña o un niño, por lo que me decanté por un amarillo pastel.

Nunca había usado una brocha antes, pero lo hacía por ella y por nuestro futuro, lo que era motivación más que suficiente. Estaba convencido de que cuando Maureen viera esto, cuando fuera testigo de mi sacrificio en honor de lo que nos esperaba, toda la frivolidad de su tono desaparecería y solo me encontraría con la muchacha humilde de la que me enamoré.

Una vez que la pintura se secó, noté que no podía hacer mucho más. El problema era que el dormitorio estaba vacío y no reflejaba el esfuerzo que me demandó el arreglarlo.

Resolví que faltaba el toque final. Armado con más pintura y mis instrumentos de trabajo favoritos, me puse manos a la obra en el muro que no contenía ventanas ni puertas; que demostraba el defecto de toda mi labor.

Horas de sudor más tarde, mi espalda resintiéndolo despiadadamente, me alejé de la pared para ver lo que había hecho. No era hiperrealista, no era nada fuera de lo ordinario, pero me sentía más orgulloso de eso que de cualquier cuadro que hubiese producido antes.

Un enorme círculo azul cielo con un par de nubes en la parte superior, dentro del cual podía admirarse a una pareja que llevaba un carrito de bebé. Ni siquiera tenían cara —aparte de dos líneas en cada rostro que representaban caricaturescos ojos felices—, los colores eran planos y el diseño infantil. El brazo del hombre rodeaba los hombros de la chica, cuyo cabello rubio flotaba en un viento imaginario que levantaba hojas otoñales alrededor de sus tobillos, y cuyas manos empujaban el cochecito verde.

Si a mí me gustaba tanto, Maureen iba a volverse loca cuando lo viera.

-o-o-o-

La tarde en que Maureen regresó, yo no esperaba su llegada. Me había llamado hacía dos días para anunciarme que Martin llevaría a todo el elenco y a sus familiares a una breve vacación en su casa de playa, y me negué a acompañarla por dos motivos: no quería ver a Lynda Carroll y tenía miedo de arruinar la sorpresa. Soltó un suspiro decepcionado, dijo «está bien, Gordon» y cortó la comunicación.

¿Me sentí mal? Por supuesto. Era solo que el simple hecho de pensar en lo feliz que se pondría al verlo todo, eclipsaba su desilusión actual. En este punto, ya me había convertido en una masa gelatinosa que no hacía más que anticipar, anhelar, y pronto no tendría necesidad de seguir haciéndolo. El universo se arrodillaría a mis pies. Podría abrir la puerta de entrada tras un largo día de trabajo, y un pequeño Gordon con ojos que no eran los míos, o una pequeña Maureen con el pelo oscuro, correría hacia mí y saltaría a mis brazos y me contaría cómo le había ido en el colegio.

No más platos extra, no más estudio de arte sin ninguna razón de ser, no más de mi esposa mirando a los hijos de los vecinos por la ventana, implorando que el destino le concediera uno. Hoy Dios decidía ser misericordioso, decidía que era momento de recompensarnos, y claro que íbamos a aceptar esa bien merecida recompensa. Hoy dejábamos de sufrir.

Esa tarde, mientras subía mi coche en dirección al garaje, noté que la luz de la sala de estar se encontraba encendida. Mi corazón latía desbocado cuando me apeé del vehículo, casi cayendo en el proceso. En realidad, estuve a punto de tropezarme varias veces en el trayecto de la cochera a la entrada.

De pronto, estaba parado en el pórtico, que había perdido sus ya acostumbradas cualidades fantasmagóricas, y por fin era uno más entre cientos de pórticos iguales, desparramados por todo el vecindario. Dentro se escuchaban las risas frenéticas de Debra. Pensé en el anuncio por el que tenía que pasar cada mañana y, aunque obviamente no podía verlo, le lancé un desafío silencioso, haciendo girar mi llave en la cerradura.

—Estamos a mano —murmuré.

La puerta crujió. Un sonido tan orgánico, tan corrientemente sublime, que me transportó a mi infancia, cuando amaba el béisbol y a mis padres y todas mis aspiraciones se escondían, realizadas, en algún sector distante de mi futuro. Un futuro que acababa de llegar, con el inesperado retorno de Maureen.

Entré y me sentí desencantado al descubrir que allí solo estaba Debra, luchando por subir una maleta muy pesada al segundo piso, sin poder superar ni un mero escalón.

—¿Vas a quedarte mirando o me vas a ayudar? —me espetó con desprecio.

Oímos el sonido de un objeto cayendo en la cocina, el sobresalto obligándola a soltar una vez más la colosal maleta.

Entonces una misteriosa figura femenina emergió, trotando a gran velocidad alrededor de la mesa de la sala y llegando enseguida al recibidor, donde literalmente saltó encima de mí, rodeándome con brazos y piernas y dándome un beso que me robó el aliento.

Era Maureen, eso lo daba por sentado. Resultaba lógico porque ninguna otra mujer podría estar en nuestra casa y arrojárseme de esa manera. No había otra explicación racional, y esa era la única manera de enterarme, ya que la forma en que besaba, explorando mi boca sin pudor alguno, incluso jalándome un par de cabellos de vez en cuando, no me daba indicios.

Maureen era siempre recatada, no importaba la situación. Aquel beso no tenía su nombre escrito por ningún lado, y ni siquiera podía decir que me excitase. Sencillamente era como estar besando a una persona distinta, una persona a la que no conocía y que no sabía despertarme nada. Mi correspondencia al gesto era más por respeto a ella, que porque en verdad lo estuviera disfrutando.

Se separó de mí y aterrizó sobre sus dos pies. Me tomé un minuto para admirarla, sujetándole las mejillas enrojecidas, contemplando de cerca cómo los rizos dorados enmarcaban ese adorable rostro, esos preciosos ojos verdes, aquellos labios rosados. Era mía y yo era suyo, y eso era todo lo que necesitaba saber. Un mal beso no puede borrar la memoria de miles.

Permanecimos así un rato hasta que Debra nos sacó de nuestro universo. Había llegado a la mitad de la escalera, pero perdió el agarre sobre su carga y esta se deslizó hacia la planta baja otra vez, forzándola a bajar presurosa e intentar de nuevo. Maureen se giró.

—¡Oh, déjame ayudarte, querida!

En lo que Debra seguía jalando de la manija, ella se colocó en el suelo, de espaldas a la maleta, empujándola con todas las fuerzas de su delicado cuerpo. Fue en ese instante en que pude ver el cuadro completo y darme cuenta de que había cambiado.

Su cabello no caía en las sedosas ondas que recordaba, ni siquiera era lacio y moderno como las últimas veces, sino que estaba recogido en una perezosa cola de caballo que dejaba varios mechones afuera, olvidándose para siempre de la prolijidad que antes la caracterizaba.

Llevaba, además, un calzado deportivo blanco, muy pulcro y agradable y... unas malditas zapatillas para correr. De encima de ellas, permitiendo que se vieran los tobillos, surgían unos pantalones negros que dibujaban el contorno de sus piernas a la perfección y que se prolongaban quizás hasta su ombligo, debajo de un suéter de Angola color mostaza.

Debí haberme ofrecido a ayudarlas, pero estaba paralizado. ¿Y los vestidos con flores? ¿Y los modestos zapatos de princesita esforzada? ¿Y Maureen? Ninguna de las tres cosas más típicas de mi casa y de mi vida estaba ahí. Lo único que tenía era a una absoluta forastera.

Las miré ocuparse de todo ellas mismas hasta que lograron su objetivo, y me vi obligado a reaccionar para no levantar sospechas. Mi falsa Maureen sonrió orgullosa, llevándose ambas manos a las caderas, y Debra se desplomó recostada sobre la maleta, jadeando de cansancio. Asustada, la rubia se inclinó en su dirección sin doblar las rodillas, en un gesto que me recordaba a las imágenes indecorosas de los calendarios.

Luego de ayudarla a levantarse, ambas bajaron.

—Pudiste habernos ayudado, ¿sabes? —me reprochó la más alta.

Pero no estaba en condiciones de responder a ninguna provocación. O mejor dicho, no estaba en condiciones de responder a nada. Seguía examinando a Maureen, encontrando cada vez más elementos que me desorientaban. Un reloj de pulsera en su muñeca izquierda, unos zarcillos que yo no conocía pendiendo de sus orejas, un collar nuevo colgando entre las siluetas puntiagudas de sus pechos.

—Bueno —empezó Debra, saliendo de la sala de estar, a donde no recordaba haberla visto entrar—, es hora de que esta señorita se vaya a dormir. No me gusta importunar.

—Por supuesto que no... —dije rodando los ojos.

—Eh, no fui yo quien dejó a Maurie varada con todo su equipaje —me atacó, enfundándose en su costoso tapado de piel.

—¡Estaba trabajando!

—Lo que quieras, Gordon.

Se colocó un aparatoso sombrero digno de la primera clase del Titanic, con sus plumas y adornos varios, y besó la mejilla de Maureen.

—Descansa, preciosa. ¡Ta-tá! —se despidió, levantando un brazo dramático al desaparecer tras la puerta principal.

Maureen se rio.

—Qué niña, ¿eh?

—Sí —coincidí, cerrando la puerta.

La situación se había puesto incómoda de repente, y nos dimos cuenta de que estábamos parados el uno delante del otro, sin tener idea de cómo actuar o qué decir. Comenzábamos a olvidar cómo querernos.

—Te ves... diferente —me atreví a comentar, las manos metidas en los bolsillos—. Estás... ¿usando pantalones?

Ella ladeó la cabeza, como si no entendiera, y pronto sus rasgos mostraron lucidez y trajeron a su sonrisa de vuelta.

—Oh, sí. Descubrí que son muy cómodos. ¿No te gustan?

—¡Desde luego que me gustan! —aseveré, en pánico—. Te ves... simplemente encantadora. Es solo que pensaba que no te agradaba este tipo de ropa. Recuerdo que usabas faldas hasta en invierno.

—Las personas cambian, Gordie —dijo sin crueldad—. ¿Cenamos?

Enfiló hacia la sala por donde se entraba a la cocina y yo no la seguí. Quería darle su regalo de bienvenida.

—Espera —la detuve—. Arriba hay una sorpresa para ti. Me costó mucho trabajo, así que...

—Cariño, estoy cansada, ¿sí? ¿Podemos comer primero y ver la sorpresa más tarde? —suplicó. Yo dudé—. Solo cenar, y luego me muestras lo que quieras. Ha sido un viaje largo y no he podido comer en todo el día.

¿Cómo iba a oponerme? Con lo que había extrañado su alta cocina hogareña, con lo que había añorado probar una buena comida hecha en casa. El cuarto tendría que esperar.

Los dos fuimos hasta la mesa del comedor y, sobre la superficie de madera, divisé el horror. Dos cajas de color blanco, extraños símbolos rojos en sus costados y un espantoso olor a carne asada emanando de ellas. Maureen corrió a sentarse, ansiosa por saborear aquel presunto manjar, pero yo otra vez estaba inmovilizado.

—¿Qué es eso?

—Comida china. Ven a probar, cariño. Te prometo que es deliciosa.

Obedecí, ubicándome a su lado y tomando posesión de una de las cajas. El hedor era nauseabundo. Miré en su interior y lo que había allí era un grotesco mazacote de fideos, teñidos de anaranjado por alguna salsa misteriosa, que se asemejaban a las vísceras, quizás de un pobre perro callejero.

Junto a la caja yacían un par de varillas de madera. Tomé una y piqué un trozo de carne no identificada con ella. Traté de levantarla, pero cayó de nuevo.

—Tienes que sujetarlos así —dijo Maureen, mostrándome cómo se hacía—. Son palillos chinos.

Intenté imitarla y descubrí que se me daba fatal. Deseé desesperadamente tener una cuchara, lo que ahora me parecía el mejor invento americano. Pero esta era mi nueva realidad y tocaba aceptarla, colonización oriental incluida.

La cena fue inadmisible. No solo las tripas de perro estaban demasiado condimentadas, sino que tenían ese famoso sabor a comida comprada, que tanto difería de lo que yo acostumbraba a ingerir antes de que ella se fuera. Aun así, Maureen parecía disfrutarla como si fuese lo mejor que hubiese probado en la vida.

—Prometo cocinarte mañana —dijo, poniéndose de pie para desechar su caja vacía, dándose cuenta de que yo no había comido casi nada—. Hoy me encuentro agotada, pero a partir de mañana todo vuelve a la normalidad, ¿está bien?

—Descuida, me gustó muchísimo —mentí.

—Qué pésimo actor eres —se burló, retirando mi caja y yendo hacia la cocina.

En efecto, lo era.

-o-o-o-

Maureen faltó a su palabra y me dijo que iba a ver mi sorpresa al día siguiente, pues quería irse a la cama de inmediato. Se notaba que no podía más —no había otro motivo para que me estafara al presentarme tamaño remedo de cena—, de modo que estuve de acuerdo. Sin embargo, mientras ella dormía como un bebé, yo no pude pegar un ojo. Mi estómago producía sonidos infernales, quejándose del desastroso alimento que le había ofrecido hacía un rato, y el concierto culminó en mi cuerpo saliendo de la cama a toda velocidad, directo al baño.

Tuve que levantarme tres veces para ir a vomitar y finalmente, decidí que no quería regresar a mi lecho para tener que correr al cabo de media hora.

Bajé las escaleras arrastrando los pies, encendí la televisión y me planté en mi sillón favorito a dejar que las ondas electromagnéticas me relajaran.

Todavía era temprano, a pesar de que llevaba un largo rato obligándome a dormir, y me topé con una de esas patéticas comedias de situación que no hacen reír a nadie. Si bien la historia de una típica familia norteamericana, que concluía cada episodio con los cuatro integrantes abrazándose y diciéndose cuánto se querían, no me divertía en lo absoluto, se las arregló para fascinarme con sus escenas mundanas y sus chistes ridículos.

El padre no tenía nombre, pero tampoco lo necesitaba. En mi mente, siempre sería Gordon. Usaba alpargatas en la casa, fumaba una pipa, leía periódicos y estaba lleno de sabiduría y analogías relacionadas con su época de servicio militar. Sus días transcurrían felicitando a su esposa —que tampoco tenía nombre— por lo bien que había cocinado o limpiado, prohibirle a la joven Arlene —su hija adolescente— salir con el capitán del equipo de fútbol y repetirle al pequeño Billy que hacer trampa no es ganar, sin importar cuánto quieras llevarte ese trofeo de béisbol.

—Santos cielos, papá —dijo el pequeño Billy, en los últimos diez minutos del programa—, realmente tenías razón. El triunfo es mucho más satisfactorio cuando todos juegan limpio.

La familia se había reunido en la sala para celebrar. Mamá y Arlene se emocionaban con la idea de meterse en la cocina para lavar los platos y el padre sonreía de lado, cuidándose de que la pipa no se le cayera de la boca. Se parecía mucho a un galán de cine cuyo nombre olvidé.

—Así es, muchacho —concordó, revolviéndole el cabello rubio a su hijo—. Ahora, ¿qué te parece si ponemos este trofeo sobre la chimenea?

Las risas de la audiencia en vivo interrumpieron sin motivo aparente.

—¡Estupenda idea, papá! —aclamó el pequeño Billy que, ahora que lo pienso, quizás se llamaba Michael o Frankie—. ¡Definitivamente eres el mejor papá del mundo!

El padre levantó al niño en señal de victoria, alzando el trofeo como celebración, para dar paso a los créditos finales.

Apagué la televisión y no tardé en detectar una enorme melancolía retorciéndose en mi pecho. No sabía por qué tendría que entristecerme una serie que, sí, era mala, pero tampoco para tanto. Preocupado por estos nuevos sentimientos, subí a la planta de arriba y me metí en mi viejo estudio de arte.

Estaba desesperado por que Maureen lo viera. Incluso en la oscuridad, los colores del mural daban la impresión de resplandecer, expresando el regocijo de sus personajes. Me senté en el suelo a imaginar cómo luciría todo cuando estuviese terminado. La cuna en una esquina, el armario en la otra, la mecedora frente a la ventana y juguetes desparramados por el parqué. Quizás un cochecito o un caballo para columpiarse, quizás una mesa de actividades, todo lo que él o ella quisiera. No le prohibiría nada.

De nuevo estaba llorando ylas náuseas se habían quedado atrás, junto con el sufrimiento. A partir demañana, mi vida sería una sosa comedia de situación, y disfrutaría cadacapítulo que se estrenara. Tal vez Lassuburbanas aventuras de los Shipman no sería un título tan exitoso como Esclavos de la vergüenza, pero teníaplena confianza en que sería el mejor papel protagónico con el que Maureenpudiera soñar.

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