CAPÍTULO 16

Perséfone hundió agresivamente la punta de su pluma en el tintero desde el escritorio de su habitación. La primera vez que intentó escribir en el diario, la pluma se rompió, doblándose casi desde el centro, y dejando una mancha pequeña pero oscura allí donde la tinta se había concentrado; no necesitó un segundo intento antes de que la escritura de Tom decorase la página.
"¿Qué sucedió?" preguntó Tom, y Perséfone tuvo que tomar una profunda respiración para poder escribir sin destrozar la nueva pluma que tomó de un cajón.
"Nada importante" escribió Perséfone, pero incluso su letra la traicionaba, mostrando su rigidez y remanentes de su ira.
"No. Me. Mientas.".
Perséfone se encogió ligeramente, por supuesto que él sabría que ella mentía, por supuesto que él sería la única persona capaz de notar sus engaños y fintas.
"¿Qué me delató? ¿Mi letra?" cuestionó Perséfone, porque ella no iba a seguir cometiendo errores, no era una de esas personas que se tropezaban con la misma piedra dos veces. Arreglaría cualquiera que hubiera sido su delator.
Hubo un par de segundos en los que la página estuvo en blanco, y ella casi se preguntó si él respondería o por algún motivo fuera de su comprensión había tocado una fibra sensible.
"Hablemos de esto en persona".
"Creí que no podías hacer eso mucho, creí que estabas débil y eso consumía demasiado poder".
"Eso fue antes".
"¿Antes de qué?"
"Antes de conocerte".
"De acuerdo, hablemos".
Las páginas del diario pasaron con velocidad, como si una fuerte ráfaga de viento lo golpeara, y la habitación se sumergió en un brillo dorado; lo siguiente que Perséfone supo era que ser absorbida por el diario no era una experiencia a la que una persona pudiera acostumbrarse en algún momento. Perséfone se desvaneció, dejando tras ella el diario cerrado sobre la mesa.
La primera y ultima vez que Perséfone había estado en el diario, éste había tenido la forma de la biblioteca en Hogwarts, pero en aquella ocasión se trataba de los jardines, frente al Lago Negro y bajo la sombra de un gran árbol (no el Sauce Boxeador, por fortuna). Tom estaba de pie frente a ella, con algunos mechones de cabello rizado cayendo sobre su frente, pero no dándole un aspecto descuidado, sino más bien deliberado, como si supiera que eso lo hacía aún más atractivo; tenía la espalda recta como un soldado y los brazos detrás de la espalda, además del ceño ligeramente fruncido.
Involuntariamente, ella se pasó la mano por la falda, alisándola y apartando algunas imperceptibles motas de polvo.
—Sé que ya nos conocemos, pero creo que extraño cuando te molestabas en utilizar tu faceta amable y encantadora para manipularme. Eras más agradable. Podrías considerar volver a eso, ya sabes, para no perder la práctica, y para que esa mirada fulminante no me haga un agujero en la cabeza —declaró Perséfone, pasándose la mano por el lacio cabello rojizo y mirando a Tom. Tom rodó los ojos y ella casi soltó un jadeo, impresionada—. Vaya, así que eres algo humano, después de todo.
—Perséfone —dijo Tom, en tono de advertencia, y ella se tensó.
—Pareces molesto, demasiado molesto para que sea simplemente porque te mentí.
—Estoy molesto —admitió él—. Y ese es el jodido problema.
—Soy inteligente, pero no adivina, si no me dices qué es lo que pasa, entonces yo no puedo saberlo —dijo Perséfone, casi entre dientes.
—Esto normalmente no sucede, pero pude sentir tu ira, pude sentir tu magia, incluso sin que escribieras en el diario —dijo Tom, acercándose a ella—. Quien te molesta, me molesta a mí. Quien te lastime, me lastima a mí. Y a quien tu hieras, mi magia también estará ahí.
— ¿Cómo? —preguntó ella, en un hilo de voz, su mente maquinando a una velocidad que nadie seguiría, demasiado abrumada por el miedo, porque la conexión, el apego, que sentía por aquel diario parecía estarse volviendo tangible, y eso era aterrador.
—Es lo que yo quisiera saber —gruñó él—. No me hace feliz estar haciendo nada, y de repente sentir tanta ira que arrasaría con el castillo, y saber que algo anda mal, y saber que eso seguramente tiene que ver contigo, pero no tener ni una idea de qué pudo haberte sucedido para desencadenarlo.
Perséfone parpadeó.
—Ten cuidado Tom, si lo formulas así, casi podría parecer que te preocupas por mí.
Y a ella la asoló esa idea, porque eso lo convertiría en la segunda persona en preocuparse por ella, solo después de su queridísimo hermano mellizo, y si así era, ella no podría dejarlo ir, sin importar cuánto tomara de sí misma, porque la realidad era que se sentía sola, se sentía diferente, y añoraba poder dejar de esforzarse inhumanamente por pertenecer a algún sitio. Tom era oscuro, retorcido, extraño, y, además, peligroso, pero encajaba con ella como nadie había hecho jamás. No era que pretendiera admitirlo en voz alta.
—Necesito que me digas, con todo detalle, qué fue lo que sucedió —dijo él, en cambio, ignorando el comentario de Perséfone, había demasiadas cosas que ninguno de los dos admitiría en voz alta como para detenerse en eso, no tenía sentido, no cuando no llevaría a ningún sitio.
—Salí al Callejón Diagon con mi papá, él entró al Boticario y yo decidí esperar afuera, pero cuando él salió, lo hizo en compañía de una mujer, más o menos de su edad, escalofriantemente hermosa. Apenas la vi, enloquecí por el enojo. —Ella se encogió de hombros, tratando de espantar la ira que quería inundar su torrente sanguíneo, de nuevo. —Soy obsesiva, controladora e increíblemente posesiva, no me arrepiento de lo que hice después, tuvo suerte de que fuera un sitio público, o habría hecho más que clavarle mis uñas hasta romper su piel, amenazarla e intentar destruir su mente a base del encantamiento Confundus.
Tom apretó los labios, como reprimiendo una sonrisa.
—La viste como una amenaza, eso puedo entenderlo, pero ¿por qué? ¿Quién era ella?
—Cereus Greengrass —dijo Perséfone, con el ceño fruncido, un gesto que el rostro de Tom reflejó también, solo unos segundos después.
—Traidora —masculló él.
Perséfone retrocedió de golpe, con una expresión como si él le hubiera dado una bofetada.
— ¿Qué dijiste? ¿Cómo la llamaste?
—Traidora —dijo Tom—. A mis ojos, toda su familia es de traidores.
—Esto está llegando demasiado lejos, debo salir del diario ahora mismo, se lo devolveré a Ginny o algo, no voy a volver a escribir —dijo Perséfone, hablando tan rápido que a Tom le costó entender sus palabras, pero al comprenderlas, sus ojos brillaron de furia, y sujetó el brazo de ella antes de que tuviera oportunidad de apartarse.
—Después de todo lo que te he contado, y de lo que tú me has dicho, ¿vas a irte porque insulté a una mujer que tú odias? —preguntó él, se veía tenebroso estando enojado como estaba, no era nada comparado con la molestia de hacía un rato, sus ojos azules adquirieron matices rojizos y el entorno se volvió turbulento, las aguas del lago removiéndose como lo haría el mismo océano.
—No se trata de que la insultes, se trata de que yo también la insulté, y se trata de que fue así como la llamé: traidora, y no supe porqué le dije así. Sentiste mi ira, mis emociones están llegando a ti, manchando las tuyas, pero tú estás haciendo lo mismo conmigo, y voy a ponerle un alto. Fue bueno encontrar a alguien que me aceptara, sin importar qué tan terrible fuera lo que hay en mi interior, pero se terminó, no voy a correr este riesgo.
Él apretó la mandíbula con fuerza.
—Y yo no voy a dejarte ir.
—No tienes elección, pero no te preocupes, encontrarás a alguien más que puedas manipular con más facilidad que a mí.
Era verdad, pero eso no hizo más que enfadar a Tom aún más, porque esa no era una elección que le correspondiera a Perséfone, él era quien tenía el poder, él era el manipulador, él era un titiritero y ella era su marioneta, y no estaba dispuesta a permitir que ella cortase los hilos, sin importar que tan riesgosa se estuviera volviendo la situación para él también,
—Esa es mi decisión, yo tengo el control aquí.
—Ya no, y eso debería ser razón suficiente para que quieras alejarte tanto como yo. Fuiste un buen amigo, Tom, ¿en algún momento te preocupaste de verdad por mí?
Perséfone deseó que él respondiera que no, porque el hilo que la unía a su razón era tan sólido como el que la unía a él, y si le daba un buen motivo, entonces sería demasiado simple fingir que nada había pasado y seguir adelante, hasta que ella dejara de ser ella y él dejara de ser él.
Su preocupación fue en vano, porque él ni siquiera respondió.
Perséfone se concentró en su magia, en su esencia, y quizá tomó prestada un poco de la de Tom, lo reunió todo en su interior, haciéndola crecer más y más, hasta que ni siquiera ella pudo contralarla, y le permitió explotar. Un brillo dorado la cegó, y para cuando volvió a abrir los ojos, estaba en su habitación de nuevo, con el diario de Tom frente a ella.
Se había terminado.
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