🌺Día 6🌺
[Tu ropa me queda divina]
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— ¡Bon, deja de andar en las nubes y concéntrate!— la dura voz del pelirrojo hizo al peliturquesa salir de su burbuja mental.
Desde el día anterior tenía la cabeza en otra parte, más concretamente en aquel torpe pero increíble beso que tuvo con el pelimorado el día anterior. No podía olvidarse del inconfundible sabor a gomitas de mora que endulzaba la pequeña boquita de su amado, dejándole una sensación azucarada muy sabrosa. Sentía que se había hecho adicto a ese sabor con tan solo esa probada. Sacudió su cabeza para intentar disipar aquellos torpes pensamientos de enamorado a un lado y concentrarse en el juego. Cabe mencionar que se encontraban jugando un partido de baloncesto en la hora de educación física del instituto.
— Ya voy, poste— rió un poco volviendo a concentrarse en el campo donde estaba posicionado, mirando ágilmente como otros compañeros de clase, los cuales eran sus contrincantes, se acercaban velozmente hacia ellos con el balón en su poder.
Corrió hacia ellos a gran velocidad, pues su buen físico ayudaba a que fuera más rápido, y trató de robarles el balón. Sin embargo ellos eran muy astutos, y lograron escapar del ataque del peliturquesa, acercándose cada vez más a la cancha. Lo que nadie se esperó fue que cierto chico escurridizo de largos cabellos morados consiguiera atrapar el balón al ser lanzado hacia la canasta, sorprendiendo a todos y más al peliturquesa. Reaccionó cuando este le llamó y le pasó la pelota con un solo rebote en el suelo, logrando cogerlo al instante y correr al campo contrario. Ambos se pasaban la pelota con rapidez mareando a sus rivales y logrando marcar dos puntos, gracias al peliturquesa que encestó desde la línea de doble, ganando por los pelos el partido. En eso el profesor hizo sonar su silbato, anunciando el final de la clase, y todos los alumnos resoplaron cansados.
Tanto el peliturquesa como el pelimorado se dirigieron a los vestuarios para poder cambiarse de uniforme, pues ya era la última clase y querían irse a casa.
— Muy buena esa última jugada chicos— el pelirrojo abrazaba a ambos chicos por encima de los hombros, logrando que ambos se dieran un pequeño golpe en la cabeza por aquel brusco movimiento, aunque al mayor le trajo sin cuidado—. ¿Ves cómo si se puede lograr ganar con un poquito de concentración, juguetito?
— Y-Ya lo vi, Fox...— trataba de soltarse de aquel agarre, que al conseguirlo se sobó la parte de su cabeza golpeada con una pequeña mueca de dolor.
Miró preocupado al pelimorado que igualmente se acariciaba su cabecita con pequeñas gotitas de agua en sus ojos. Se le acercó con cautela, poniendo también su mano sobre su golpe, preguntando si estaba bien. Bonnie elevó su mirada, dejándose acariciar por el más alto, cerciorándose de que también le soltaba aquella coleta alta para poder acariciarle mejor. Salieron de su burbuja al notar que ya llevaban mucho rato así, y si no se apuraban los encerrarían ahí hasta el día siguiente. El profesor de educación física era muy literal en sus palabras. Abrieron sus respectivos casilleros, sacando su ropa para poder cambiarse. Como todos eran chicos no había ningún problema de cambiarse todos delante de todos, aunque el pelimorado prefería cambiarse en un lugar más privado, así que esperó a que alguno de los cubículos para cambiarse estuviera libre.
— Bonnie, ¿por qué no te cambias?— le preguntó dudoso el peliturquesa, que ya estaba sin la camiseta, sintiéndose aún un poco avergonzado por mostrarse así frente al pelimorado, quien igualmente desvió la mirada con un pequeño sonrojo.
— N-No me gusta cambiarme en público— explicó con un pequeño murmuro aún sin mirar al moreno—. Siempre terminan burlándose de lo escuálido que soy, o que no tengo músculos como los demás...
Bon pestañeó un par de veces antes de soltar una ligera carcajada, haciendo sentir mal al de piel pálida creyendo que se burlaba de él. Sintió un escalofrío cuando el contrario le puso las manos en sus hombros, obligándolo a mirarle a los ojos sonrojándole más notablemente, no solo por verlo directamente sin camisa, sino porque la sonrisa que le estaba dedicando era realmente linda.
— Bonnie, tu cuerpo no tiene nada de malo, todos somos diferentes, a nuestra manera— trataba de explicarle con una sonrisa, aún comiéndose sus propios nervios—. Además, estás entre amigos, nosotros jamás nos burlaríamos de ti... Bueno, al menos yo no— le dijo con sinceridad, logrando una mirada realmente adorable de parte del contrario.
— ¿L-Lo dices de verdad, maestro?— preguntó con suma dulzura, haciendo ahora que el sonrojado fuera el menor de edad, quien asintió totalmente convencido de sus palabras.
Tras unos segundos, el pelimorado se había desecho de su camiseta deportiva, dejando ver su torso blanco como el mármol, casi causando que el moreno se desmayara en ese preciso instante. ¿Cómo alguien pudo burlarse de un cuerpo tan hermoso como el de su amado? Si bien era cierto que no tenía mucha masa muscular o buena figura masculina, eso al peliturquesa no le importaba. Él lo amaba tal cual era.
— ¿Ves? No tiene nada de malo mostrarse, estás bien como estás— le comentó con una sonrisa, tratando de que no se diera cuanta del gran sonrojo que adornaba su cara.
— S-Supongo que tienes razón...— sonrió igualmente cubriendo con sus brazos la parte de su pecho, como siempre hacía cuando se sentía vulnerable.
En eso, para evitar más aquel extraño e incómodo silencio, el pelimorado le pidió al contrario que le prestara un momento su camisa, a lo que él se la dio con algo de duda. Se quedó perplejo al ver cómo el más bajito se ponía aquella prenda encima, dejando al aire sus bracitos y uno de sus hombros, pues el cuello le quedaba holgado, además de que la manga rayada cosida a una de las mangas cortas le cubría toda su manita, apenas dejando ver las puntas de sus cortos deditos.
— Mira, maestro, ¡soy tú!— expresó aquella frase de felicidad con una pequeña pose sacando dos de sus dedos en las dos manos encima de su cara.
El moreno pudo jurar haber muerto en ese preciso momento, y a quien estaba mirando ahora no era Bonnie, sino el ángel más hermoso del cielo. Era indescriptible el sonrojo que ocupaba gran parte de su rostro, llegando hasta la punta de sus orejas. Se veía tan... malditamente tierno y adorable, que las ganas de abrazarle y protegerle de todo no le faltaban.
— T-Te queda algo grande— no evitó comentar con una pequeña sonrisa dejando salir sus nervios a flote.
— Ponte tú mi camiseta— le extendía la prenda con gran emoción—, así estaremos a la par— soltó una pequeña sonrisa que hizo al peliturquesa sonrojarse más todavía, si es que aquello era realmente posible.
No tuvo de otra, y soltando un pequeño suspiro comenzó a ponerse aquella ajustada camisa con dificultad, pues a diferencia del pelimorado, el sí tenía una buena condición física, además que ya desde el principio sus hombros eran bastante robustos, a diferencia de los finos del de piel pálida. Además, él no poseía aquella pequeña cintura ceñida que poseía el más bajito, causando que no pudiera bajar más aquella camiseta oscura más abajo de su abdomen. Las mangas le llegaban hasta los codos, y se le notaban los pectorales por lo ajustada que estaba la tela a su piel. Se sentía raro estar vistiendo las ropas del contrario.
— M-Me da que no me cabe, B-Bonnie— musitó algo ahogado por el cuello alto que atrapaba su cuello, escuchando la suave risa del contrario.
— Creo que tienes demasiado músculo para caber en mi camiseta— picaba con su dedo los abdominales levemente marcados del moreno, causándole cosquillas al contrario. ¿O será que tienes barriguita, maestro~?
— Hey, ¿me estás llamando gordo?— se hizo el ofendido haciendo una pose de indignación, soltando una risotada contagiando al pelimorado.
Decidieron volver a cambiarse, para el de piel pálida fue fácil quitarse la camisa, pero el peliturquesa sentía que tenía una camisa de fuerza. Tan ajustaba estaba que casi la sentía como una segunda piel. El más bajito trataba de ayudarlo, tomando igualmente el borde de la prenda y comenzando a tirar hacia arriba. De tanto forcejear terminó quitando de golpe la camisa, pero por inercia, el moreno se fue hacia atrás, casi cayendo al suelo, y tratando de agarrar lo primero que pudiera para que no se golpease. Terminó cayendo, pues había agarrado de casualidad la mano del pálido llevándolo consigo y dejando que cayera sobre su pecho. Por lo menos había amortiguado su caída.
— ¡L-Lo siento, Bonnie!— se disculpó totalmente avergonzado por aquella situación, quedando embelesado ante la mirada tan inocente que le estaba brindando el pelimorado.
— N-No es... nada— tragó fuerte mientras se sostenía en sus brazos para poder mirar al moreno a los ojos manteniendo distancia.
No se había dado cuenta de lo bonitos que eran sus ojos esmeraldas desde tan cerca. No evitó sonreír al ver lo lindo que se veía estando con sus mejillas totalmente rojas y con su boca medio abierta de la impresión. Se tragó las ganas de inclinarse un poco más, lo suficiente como para posar sus labios sobre los contrarios, pues se acordó que seguían en el vestuario, y seguramente habrían llamado bastante la atención con aquella fuerte caída. Se levantó rápidamente, mostrando entonces su mano al contrario para que la tomara y así poder levantarlo del suelo. Se terminaron de vestir, cerrando sus respectivas taquillas y salieron del gimnasio.
— ¿Puedo acompañarte a tu casa?— preguntó con timidez el peliturquesa, ya en la calle, rompiendo aquel tenso silencio que se había creado.
— Claro, maestro— respondió el de piel pálida, sonriendo nuevamente y tomando sin aviso la mano del contrario, causándole un suave escalofrío.
Acabaron despidiéndose el uno del otro, tumbándose ambos en sus camas y aspirando sus ropas compartidas. Sonrieron ante el olor del contrario, había sido una buena idea después de todo.
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Día 6: Vistiendo las ropas del contrario ✅
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