Prefacio

Bosque de Prinffilt

31 de Octubre del 2020

Hora: 23:55 pm.


Corre.

Con mis brazos hago a un lado las ramas de los árboles, provocándome así ciertos rasguños, la piel me arde, siento mucho dolor en mis pies descalzos, lo más probable es que ya cuenten con miles de ampollas y se encuentren inflamados, ¿y cómo no van a estarlo? Prácticamente he estado corriendo cada dos por tres, llevo más de dos días sin ingerír algo sólido. Estoy exhausta. Pero no me importa, mi vida está en riesgo.

O lo que me queda de ella.

No estoy segura si por la falta de alimento la audición me está fallando o es la histeria que me hace escuchar pasos cerca de mí cada cierto tiempo.

"Tu fin se acerca".

Esas palabras, pronunciadas con esa voz profunda, escalofriante, resuenan en mi mente. Siento la cabeza palpitarme con fuerza y los ojos arder mucho más por el cansancio, pero no debo cerrarlos, en cualquier momento puedo ser atrapada, o peor.

Me detengo. Mis pulmones arden, me cuesta inhalar un poco de oxígeno, quema. Me apoyo en mis rodillas, mi respiración es irregular y el fresco de esta noche no ayuda demasiado. Trato de calmarme. Me incorporo y dirijo la mirada a mis manos que cuentan con rasguños y restos de sangre.

Sangre.

El recuerdo, como si de un líquido se tratase, impregna por completo mi mente. Llevo ambas manos a la cabeza y la sujeto con fuerza. No deja de doler, la impotencia de saber que ya no hay marcha atrás rebasa mi cordura, que esta es ahora la realidad, mi realidad.

Muerte.

Comienzo a temblar, observo mi vestimenta rasgada por todas partes. Las heridas de mis brazos, piernas, e incluso del rostro, arden. Mis pies cada vez palpitan más, la punzada en la cabeza aumenta, siento la garganta seca y los músculos entumecidos.

La luz de la luna logra iluminar parte de mí alrededor, estoy en medio del bosque, solo se logran escuchar ciertos sonidos de animales nocturnos y del viento contra las hojas. Necesito hallar un sitio seguro para por lo menos intentar descansar algunos minutos, aunque dudo que pueda encontrar alguno. Intento dar algunos pasos más pero me es imposible, siento como si los huesos de mis pies se hicieran trizas, es un dolor insoportable que sube por todo mi cuerpo.

Escucho el crujir de las hojas a mis espaldas.

Por favor, no.

Giro como puedo para enfrentar a quien sea la persona que me ha encontrado.

Dos figuras se encuentran frente a mí; altas, completamente vestidos de negro y en sus ojos, que son lo único que se logra ver gracias al pasamontañas que llevan puesto, resalta la malicia. El que al parecer está a cargo realiza un asentimiento hacia el otro sujeto y con pasos largos, pero amenazantes, van acercándose a mí, sin apartar ni un solo segundo sus ojos de los míos.

Retrocedo dos pasos con extrema lentitud antes de echarme a correr de nuevo.

Mierda.

Mis pasos no son tan certeros, trastrabillo ciertas veces, caigo, pero me vuelvo a incorporar, siento cómo comienzo a sudar, algunos mechones de mi cabello suelto se adhieren a mi mangullado rostro. Me duelen mis costados por culpa del cansancio, no voy a lograr resistir.

Las dos figuras vienen detrás de mí a una velocidad impresionante.

Logran alcanzarme. Uno de ellos me toma entre sus brazos, me alza y, la fuerza con la que lo realiza, provoca que mis heridas duelan por el roce, arden como el jodido infierno. Forcejeo lo más que puedo para intentar liberarme, pero me es imposible con la poca fuerza con la que cuento, sus brazos se afianzan con mucha más fuerza a mí alrededor y siento cómo el dolor en mis heridas incrementa.

Escucho los latidos de mi corazón retumbar en mis oídos, mi respiración ahora es más que irregular, intento gritar, pero por la sequedad de mi garganta no logro hacerlo.

Observo cómo en su mano derecha, la otra figura, sostiene un pañuelo blanco, el cual intenta acercar a mi rostro. Zapateo y me muevo lo más brusco posible, pero solo consigo que el dolor aumente.

El que sostiene el pañuelo, con su mano libre, me propina una bofetada que me hace voltear el rostro hacia un lado y me desestabiliza por completo. Percibo el sabor metálico de la sangre y la quijada comienza a palpitarme. Sujeta mi rostro, girándome hacia su dirección, y coloca el pañuelo de tal manera que queda por encima de mi boca y nariz.

Un olor extraño ingresa por mis fosas nasales.

Mis párpados se vuelven pesados, la vista borrosa y la respiración lenta. Mi cuerpo se vuelve una masa que no logro controlar, no quiero cerrar los ojos, pero todo se vuelve un caos. Hasta me atacan unas enormes ganas por devolver todos mis órganos. Los sonidos del bosque se vuelven distorsionados, incomprensibles, extraños.

Siento el aliento de la figura que me sostiene en mi oreja y difícilmente logro entender lo que me susurra antes de que todo se vuelva oscuridad:

—Capturada.

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