Capítulo 38: Te extraño.


Para sobrevivir en un cuerpo como el mío, era necesario que aprendiera a ser optimista.

Pero para ser honesto, a mí me parecía más sencillo acostarme dentro de una tumba.

Albinismo.

Estaba seguro de que si me convertía en un alma en pena, sería por mi incapacidad para encontrar la paz en esta vida.

A veces me cuestionaba cómo Hipo pudo vivir tanto tiempo sintiéndose así, como un fantasma. Pero supongo que los asuntos inconclusos son los que retienen el alma a los instantes más penosos de la vida, que es tan trágica como de costumbre. Y me hallé sonriente al saber que quizás, el live que hizo en sus redes sociales, le había ayudado a concluir algo.

Mi psicoterapeuta afirmaba que el secreto no estaba en concluir todo, sino en darle cierre a una cosa. Ya fuese terminar una tarea, un compromiso, o una actividad de ocio para liberarnos de esa ansiedad que arrastramos.

La culpa de no ser capaces de terminar, ya fuese por huevonería, inseguridad, o genuino miedo a encararlo.

Yo... no es que quisiera morir, solo deseaba descansar en paz, terminar mi tarea. Odiaba vivir sin rumbo, con el alma hecha pedazos. En un cuerpo vivo, que sentía que no era el mío. Y con esa asquerosa culpa de que tal vez, puede que realmente no me perteneciera.

Tal vez le robé el cuerpo a alguien que sí deseaba ser un hombre.

—Un hombre albino, si faltan detalles... —Suspiré, elevando los ojos hacia mi doctora. Ella veía su teléfono, por lo que me adelanté a hablar—: Gracias por la sesión de hoy. ¿Ya terminamos, verdad?

—Ah, sí, ya se nos terminó el tiempo —me sonrió, mientras apagaba su pantalla y dejaba el teléfono sobre el escritorio—. Pero, Albin, quisiera recordarte que no necesitas que todo esté claro, ni terminar todo a la perfección, solo darle un final. Te ha costado llegar hasta donde estás, y debes reconocerlo.

Me entregó una lista para que anotara todo lo que me había llevado a ese punto. El esfuerzo que conllevaba pedir ayuda, cocinar solo, o arreglarme cada mañana. Que eran actividades que incluso si ya no soportaba mi vida, había logrado concluir.

No a la perfección pero...

—Repítete: «Hice lo que pude con la energía que tenía» —declaró sonriente, antes de levantarse.

—Hice lo que pude, con la energía que tenía...

Manejé en silencio, sin música, todo el camino al centro de detención juvenil. Le grité a un puto señor que se metió en mi camino sin poner sus direccionales, y me estacioné súper estresado, ante la idea de haber respondido al llamado de alguien que no me agradaba.

Sabía que faltaba una semana para que Hipocondríaco testificara en favor de Exin, junto a otros de sus conocidos. Mientras tanto, el perro de Ex seguía detenido bajo evaluaciones clínicas, sin recibir visitas aparte de su defensor. Ni siquiera había recibido a CIPA, quien por supuesto había ido a verlo algunas veces porque incluso si no quería darme detalle de cómo se conocieron o qué relación tenían, parecía sentirse culpable.

«Exin necesitaba un lugar donde dormir, así lo conocí. Sabes que acojo gente», me explicó, con brevedad. Eso no terminaba de explicar cómo terminó detenido y agrediendo a Hipo. Le creía cero que tuviera un gran corazón.

—Sori, sori, ¿esperaste mucho tiempo?

Giré hacia Despersonalización, quien venía caminando desde el otro extremo del estacionamiento hacia mí. Puse seguro al coche y metí mis manos en mi chaqueta negra. Desvié los ojos detrás de él, mientras veía a un señor, quizás su papá, confirmando que sí se reunía con un amigo.

Des me había rogado en una llamada de dos horas que lo apoyara para conseguir una visita con Exin. Lo que por supuesto, me pareció fatal, y me negué. ¿Yo qué tenía que ver con él? Que no tuviera más amigos a los que pedirles algo así no era mi problema. Pero insistió demasiado, e incluso CIPA quería ver si yo era capaz de conseguirlo.

Nunca subestimen lo que hace la presión social.

El rubio esperó paciente a que yo dijera algo, pero solo lo miré de arriba abajo. Desrealización era más alto que yo, pero con mis botas estábamos casi de la misma altura. Yo no sabía que lo vería esa tarde, así que me puse una peluca rubia que me llegaba a la cadera, y até en una cola, justo como la que él llevaba.

Aunque la mía sí parecía una coleta, no un intento desesperado por atar apenas tres pelos de largo... como el suyo.

—¿Venías con ese señor? —Cuestioné, cruzado de brazos.

—Sí, ¿por? Es mi papá —giró para verlo y hacerle una señal—. Le dije que acelerara, pero el tráfico estaba horrible.

—Dile al animal que poner las direccionales es gratis —bufé, rodando los ojos mientras caminaba hacia el interior. Era el imbécil que se me metió en el camino.

Des me siguió el paso al edificio, como perrito con la cola entre las patas.

Siempre creí que el día que pisaría una correccional, sería por un crimen que cometí, hacia alguien o contra mí mismo. También creí que sería un lugar inevitable para mi persona, si no era en esos años, sería en futuros. Me consideraba un peligro para la sociedad, o diría que hasta un monstruo, un animal.

No pensé que visitaría a un conocido. Resulta que el sujeto que me ghosteó después de descubrir que soy albino, terminó peor que yo.

No sentía nada más que rechazo hacia Exin, el mejor amigo de Hipo, quien se acostaba con media escuela y tenía el descaro de juzgarme a mí por lo mismo. Qué risa que ese perro ganó todo lo que pensé que me merecía: la amistad de Hipo, y un pase directo al manicomio.

Pero así era la vida, estaba llena de giros.

—¿Podrían indicar en el motivo que la visita es por emergencia? Algo le sucedió a su mejor amigo —expliqué, mientras veía que apuntaban mi nombre junto a mi número identificador—. ¿O hay alguna otra forma de hacerle llegar el mensaje? —Me mostré angustiado, sacudiendo mis piernas del otro lado del mostrador.

El médico en turno estaba allí, junto a otras dos personas que parecían encargarse de la entrada. Detrás había un vigilante que nos revisó previamente. Y aunque no me aseguraron nada, dijeron que lo consultarían, pero si la persona me rechazaba, no había nada que hacer, ya que yo tampoco estaba en la lista de sus visitas autorizadas.

Seguro solo autorizó a su abogado ese imbécil.

—Cómo lo odio... —escupí, regresando en mis pasos.

—¿Crees que te acepte la visita? —Des me miró ansioso, mientras yo tomaba asiento en la fila de espera, dejando un espacio libre entre ambos. No quería sentarme codo a codo con él.

—Dependerá de si le dicen que llegaron dos visitantes, o si comentan mi nombre y omiten el tuyo. Dudo que quiera verte si te mencionan, después de todo... —Lo barrí con la mirada, sin hacer contacto visual.

Esperamos pacientemente con los brazos cruzados. Yo mantuve mi espalda recta mientras el rubio parecía deslizar su espalda por la silla, casi derritiéndose y mezclándose con la misma. Pasó un rato largo antes de que nos llamaran al mostrador. Y sí, nos dejaron visitar al joven paciente, lo que nos sorprendió.

—Omaygad —escupió Des, cubriéndose la boca con una mano—. Omay. ¿De verdad?

—Sí, solo vayan sobre este pasillo, allí les darán indicaciones —explicó la muchacha, colgándonos gafetes en el cuello.

Yo estaba aliviado de que no requirió más esfuerzo de mi parte. CLARO, también DECEPCIONADO de la gente que me rodeaba.

—¿De verdad que a ninguno de ustedes les funciona la neurona? —resoplé, quitándome los collares y aretes para pasar el detector de metales. Apestaba a sanitizante—. Tan fácil, wey. era decirle que pasó algo con Hipocondríaco y ese sujeto iba a dejar entrar a quien fuera.

—Bueno, es que no se me había ocurrido usar a Hipo para algo tan bajo, yunou? No soy tan cínico —me criticó mientras sacaba la lengua, quitándose el cinturón que cubría su camiseta de caballos. Unos caballos bien feos.

—No se te habría ocurrido hacerlo por SEGUNDA vez dirás, JAJAJA —me carcajeé, dejando que una de las guardias pasara sus manos sobre mi cuerpo; usaba guantes de nitrilo—. Eso te lo reconozco.

—Al menos Hipocondríaco ya me perdonó —me devolvió la sonrisa.

Torcí los labios al escuchar su respuesta. El idiota no dejó de verme confiado mientras lo revisaban, también su chaqueta; tenía dentro una pluma, que botaron al no estar dentro de los artículos permitidos.

Aparentemente, el lugar donde estábamos era un centro de detenidos, sí, pero principalmente pacientes, pues aún estaban en la etapa de Genios al ser menores de edad. Si Exin perdía su caso, estaría allí dos años, y después sería trasladado a un centro penitenciario para adultos.

Entraría en la lista de exalumnos de L.A. que son convictos.

Nos guiaron a un área bastante iluminada, con ventanas amplias por las que se podía apreciar el enorme jardín trasero, pero la cubrían rejas de seguridad, así que el sol dejaba sombras por todo el piso. Habían varias mesas, para hasta cinco personas, redondas, y aunque habían algunas personas en bata conviviendo con visitantes, las voces no eran fuertes, apenas murmullos.

Era un ambiente de funeral.

—Es como cuando me visitaban en el anexo... —Giré la cabeza de inmediato a Des, quien apenas tomaba asiento.

Definitivamente no debía sentarme junto a él, así que tomé la silla con más distancia aún en la misma mesa. Él me miró con disgusto.

—Me da cosa que lo tuyo sea contagioso —le comenté.

—¿Lo mío? ¿Lo dice la condición genética, dikjed? —bufó. Yo corregí su mal inglés; hablaba de la verga—. Ya sé que es dickjed. Dickhead.

—Idiota.

No tardaron en ingresar por otra puerta a Exin, dejándonos en silencio. Tardé más yo en reconocerlo.

Tenía el cabello rapado, le habían dejado lo suficiente para que no se viera el color de su piel, o quizás ya le había crecido un poco. Llevaba un chal oscuro y una camiseta blanca, como si solo lo hubiesen interrumpido mientras hacía ejercicio. Pero su rostro estaba demacrado, temía dobles ojeras, y destacaban más sus pómulos. También había agarrado un color púrpura en su mandíbula, como de moretón.

Bajé los ojos al piso cuando entendí porqué no quería que Hipo lo vistara, o alguien más. No solo por la pena de lo que hizo, sino por lo que se estaba haciendo a sí mismo. Su rostro bastante golpeado, y sus nudillos parecían ser los culpables de aquello.

Aunque parece que está sanando. Han de detenerlo cada vez que lo hace.

—Recuerda, buena conducta y podrás seguir ejercitándote —alcancé a oír a un médico, quien lo dejó avanzar hacia nosotros tras darle una toalla para retirarse el sudor—. Hay que seguir liberando tu tensión.

—Ya. —Asintió.

No hizo contacto visual con Des al sentarse, pero sabía que tenía la mirada sobre mí. La mesa redonda se había divido en tres partes, como un triángulo, gracias a la posición en que estaban nuestras sillas.

Ninguno era cercano al otro.

—¿Y? ¿Qué quieres, Albin? —Su voz tan áspera me erizó. Tenía cerca de un año sin escucharla, o más—. Solo a ti se te ocurría usar a Hipocondríaco como excusa, así que te escucho.

—¿Sabías que era una excusa? —Apenas levanté los ojos, con una sonrisita, pero no pude mantenerla; realmente se veía mal, nada que ver con el sujeto que me pidió mi número al conocernos—. ¿Te gustó la idea de verme entonces?

—Prefiero no arriesgarme —suspiró, cruzándose de brazos y echándose hacia atrás.

Desvié la vista hacia Des cuando Exin también lo hizo.

El rubio estaba anonadado, con los labios ligeramente abiertos, a punto de decir algo, o esforzándose por respirar mientras lo miraba con detalle. Incluso se levantó un momento, pero volvió a sentarse cuando Exin lo detuvo, con una mano alzada y bastante desinterés.

—No te avergüences más —le ordenó Ex. Retrocedió en su silla antes de pararse, y nos miró con distancia, listo para terminar la visita.

Ese gesto me emperró.

—Deberías tratar mejor a quienes van a abogar por tu caso, ¿no crees? —lo sermoneé, sin conseguir que me mirara. Seguía atento a Des.

—¿Por qué? No se lo he pedido a nadie.

—Porque a nadie más le importas, Exin. Ni siquiera a tu familia.

El sol se estaba extinguiendo a nuestras espaldas, deseoso por romper la noche, el instante en que ya no seríamos recibidos ni nosotros ni nadie que quisiera ver a sus seres queridos, como si se tratase de un cementerio lleno de muertos para la sociedad. Al cerrar sus puertas, no serían más que un montón de tierra y fertilizante.

Claro que Exin le importaba a algunas personas. Por algo su profesor estaba tan desesperado de que su hermano lo sacara de allí, como si fuesen padre y tío sin relación sanguínea. Ni se diga de Hipo, que iba como muerto viviente en lugar de preocuparse por sus propios problemas.

O Des, quien lo miraba con tanto espanto, nostalgia, e incluso deseo. Como si tuviera frente a él una droga por la que que mataría, pero se había forzado a reducir su cantidad hasta dejarla por completo. Y ni siquiera por su propio bien, sino porque su "amado" no lo soportaría.

—No decepciones a los únicos que te han querido siquiera un poco —resoplé, aplastando mis uñas contra mis brazos—. El amor se quema rápido. Es mejor que lo recibas antes de que sea demasiado tarde.

Porque eventualmente te dejan de querer.

Des volvió a levantarse, como un cabrito recién nacido. Yo resoplé.

Antes de que pasara toda la mierda entre ambos, eran mejores amigos, así que me decidí a que los dejaría solos si empezaban a intercambiar palabras. No quería seguir estorbando ni metiendo mis narices en asuntos ajenos.

—Odio tu puta playera —soltó Exin de repente. Yo miraba al piso, así que me reí. Seguro que hablaba de la horrible camiseta de caballos que llevaba Des.

Alcé los ojos nuevamente al rubio, quien tenía el rostro húmedo y los ojos rojos.

Estaba consiente de que Despersonalización había recibido todo lo que se merecía: la distancia de sus amigos, el escrutinio de sus cercanos, el control actual de sus padres en cada acción que realizaba, y el resentimiento del hombre que lo quería, hasta su desprecio y...

También su perdón, pues Exin solo estiró el brazo para quitarle la dona en su cabello. Y sostuvo su mejilla, mientras lo acercaba a él, en un abrazo que el rubio ni siquiera correspondió, porque seguía llorando.

Llorando como si su mundo se hubiera ido al diablo.

—Te extraño tanto —masculló, deshaciendo sus mejillas sobre el detenido, quien lo sostenía, como si evitara que el rubio se quebrara. Yo me levanté ante la idea de que ese gesto, en realidad, estaba salvando a Exin de romperse por completo.

Estaban compartiendo el calor del otro, solo eso. No pude darles espacio porque mis piernas no respondieron, ni siquiera dejé de observarlos mientras lloraban. Esa capacidad que tenían para ser vulnerables con otras personas, me provocó genuino dolor, y al mismo tiempo, me hizo incapaz de apartar la mirada.

¿Era tan sencillo?

Ser vulnerable, ¿era así de fácil?

Yo salí del lugar con otras cosas en mente. Pensaba en cómo le estaba yendo a David Murat, quien me contaron, la estaba pasando bastante mal junto a los profesores involucrados en el caso de Hipocondríaco; como al director, a Anemia, e Impostor; al menos en redes se los comían vivos.

Del otro Exin, apenas se compartió información en internet. Resulta que no era necesario que lo expusieran como acosador, pues desde un año atrás se había metido en las drogas y andaba viviendo en las calles después de que lo corrieran de casa.

La familia de la esposa de David era de mayor estatus, así que estaban ejerciendo cierta presión para que se resolviera. Fue un escándalo incluso si Hipo nunca lo vio como tal. Para él fue más doloroso que Exin lo atacara por un error de comunicación entre todos.

—Me alegra que conversaran, resuelve mucho, ¿no? —hablé en automático, incluso sonriente a Des, quien también parecía pleno al bajarse de mi coche. Me había insistido porque lo llevara a su casa—. No dejaaaaaaaba de susurrarte cosas al oído. ¿Tuvieron una visita conyugal frente a mí, subnormales?

—Me pidió que no volviera —explicó con cierta pena, aunque soltó una risita—. Yo le dije que lo dejaría en paz después de mi declaración. No quiero atormentarlo cuando la está pasando tan mal, tuvi onest.

—Ya... veo —Devolví mi vista al tablero del coche.

Entonces el llanto había sido de despedida, asumí. Pero mis ojos no me engañaban, también se dijeron más cosas, seguro varias de consuelo, pero ya no me correspondía seguir indagando.

Me aferré con ambas manos al volante y volví a enfocarme en él, en ese cabello rubio deslavado que me fastidiaba, apenas unos tonos de color evitaban que fuese una paria como yo.

—Sabes, Des, aunque ya no seas parte de sus historias, realmente dejaste varias páginas en ellas —le expliqué, como si se tratara de un visitante en mi club, una de las últimas oraciones de consuelo que daría sin interés personal—. Así que sobrevive hasta el juicio. Justo ahora te necesitan... Más bien, necesitan que alguien vea por ellos.

Sus ojos parecieron iluminarse. Eran de color ámbar, un poco verdes, si me le acercaba diría de color miel, no lo sé. La sonrisa que me brindó... me pareció naturalmente linda. Des era de buen parecer.

—Yes, yes, yes, yo siempre —levantó ambos brazos, formando un círculo con ellos sobre su cabeza—. OLWAYS, velaré por ellos.

—Más te vale, lunático —escupí, arrancando con rapidez.

~•~•~•~

—Jiji, jaja, ¿entonces se abrazaron?

—Sí. Me dio asco.

—No lo dudo.

Suspiré al ver en la pantalla el nombre de Insomnio, con el que había registrado hace tiempo a CIPA. Era mi única opción de charla y contacto humano esos días.

Incluso si dudaba de mi capacidad, me estaba esforzando por mejorar en terapia, eso incluía conversar con otros. Al menos esa era mi iniciativa dos días después de ver a Exin y Des abrazarse, y no poder contarle a Hipo lo que había visto, porque ese sujeto borró sus redes sociales después de su video. Es más, sabía por TDAH que se había creado nuevos perfiles, pero NO me los había dado.

—Odio a los hombres, todo lo que tocan perece —escupí, tratando de delinearme correctamente frente al espejo—, ¿no crees?

—No.

Me detuve al escuchar el timbre de mi apartamento. Era precisamente sábado, el día en que pensaba estar encerrado en mi casa, hacer tareas, lavar ropa para no volverme loco, y maquillarme a gusto. Maldije cuando volvieron a tocar, pero ahuyenté mi mal humor al imaginar que sería algún paquete de ropa que compré en línea.

—Luego te marco.

—No, por favor —me pidió, con ese tonito asqueado que me fastidiaba.

—Pues chinga tu madre —le colgué.

Agarré mi llavero de autodefensa, me puse mis pantunflas y abrí la puerta.

Me eché para atrás cuando lo vi parado afuera. No me importaba si el repartidor me veía en pijama a las cuatro de la tarde, ni sin ninguna de mis pelucas, mucho menos con un llavero de defensa, al contrario, prefería que se sintiera amenazado. Pero avancé con rapidez para intentar cerrar, porque River no era alguien a quien quería en mi puerta.

—Me quedaré aquí un tiempo —declaró, abriéndose paso mientras me apartaba a un lado, arrastrando dos maletas.

—Sí, adelante —balbuceé, corriendo devuelta al tocador dentro de mi habitación. Apenas iba a sentarme cuando jaló del cuello de mi camiseta negra—. CIPA, POR FAVOR. Suéltame.

—¿A dónde ibas? —Me jaló devuelta a la sala, que estaba pegada al comedor y la cocina. Yo traté de pasar mis manos por la cara para limpiarme—. Siempre te paseas por donde sea que vaya. ¿O ya no vas a insistir con que salgamos, imbécil?

Miré mis dedos, pero quise morirme al recordar que por cada capa que ponía de maquillaje, yo lo sellaba. Me dio ganas de llorar.

—¿Qué te hiciste? —Agarró mis brazos, apartándolos para verme—. Déjame ver.

Yo lo miré fijamente. CIPA no tenía rastro alguno de maquillaje, traía la cara lavada, y sus cicatrices al descubierto. Me dejó admirarlo un rato, en silencio, con completo asombro; él solo sostuvo mi mejilla antes de recordarme la razón por la que temía que me viera.

—Tu maquillaje... —Lo empujé, lleno de vergüenza.

Me había maquillado las pestañas con rímel blanco. Las cejas también me las había hecho para resaltar mi albinismo, ni se diga del tipo de base, o las pecas que no me molesté en ocultar, tampoco llevaba pupilentes y realmente mi cabello estaba bien peinado, enmarcando mis rasgos.

Llevaba algunos fines de semana tratando de no ocultar mi albinismo, al menos en casa, con un maquillaje que lo hiciera evidente pero tratara de hacerme ver atractivo. Cosa que aún no lograba... Me hacía ver con retraso, o alguna otra enfermedad.

—No te voy a preguntar —suspiró, pasando de mí.

Se agachó para recoger su maleta y subir una de ellas a la mesita de centro, donde la abrió. Yo me rodeé con mis propios brazos, ansioso; las piernas se me habían debilitado ante la situación bastante humillante.

—Aún no estoy tranquilo con el tema de Murat, pero si Hipo sigue negándose a dar entrevistas o aclarar ciertos puntos, probablemente lo estaré. Se lo están comiendo vivo a él y a Impostor —sonó relajado, reacomodando algunas cosas entre su ropa—. Me estaré quedando aquí en lo que consigo un nuevo lugar. Aún tengo bastantes pendientes con los chicos de mi colonia, pero después de meditarlo, creo que puedo apoyar desde afuera ahora que mi cumpleaños está cerca.

CIPA corría el riesgo de que tan pronto su condición lo dejara en paz, sus vecinos menos agradables buscarían problemas con él.

—Así que quieres irte antes de que eso pase, sin que nadie sepa a dónde —concluí.

—Tu cabecita siempre está un paso adelante, ¿no? —Se giró, cruzado de brazos y recargado en la mesa.

—Es porque estoy loco —le sonreí a medias.

Los ojos de ese falso extraño a veces me miraban con disgusto, nada a lo que no estuviera acostumbrado con anterioridad. Pero no podía negarme a tenerlo en mi departamento, después de haber usado su casa como hotel los últimos meses.

Que mi papá me corriera de casa me había llevado a sufrir un corte de pelo horrible, verme involucrado en una enorme funa, situaciones con policías, y la peor de todas... acostarme con River, más de una vez. No sé qué mala suerte tenía yo para sentirme atraído por gente que no valía pa' pura verga.

La mitad de mis exs eran cholos, o de los que no iban a ningún lado sin su chofer. Pero, CIPA era diferente; me hacía sentir que éramos de la misma especie, o al menos, que estábamos en el mismo camino.

—¿Trataste de evidenciar tu albinismo? —preguntó de repente, borrándome la sonrisa—. Con ese maquillaje, digo.

—Dijiste que no me preguntarías.

—¿No puedo?

—Si sigues con eso, no te quedarás aquí. Es más, ya no me verás, no quiero tener relación con las peleas de perros que hay por tu casa —bufé, acercándome para cerrar su maleta—. Y si me buscas, te reportaré a la policía. También a los estudiantes que fuman en tu esquina, son menores de edad...

—Pero si tú también fumas... —Se rio.

—El vape no es lo mismo, imbécil. Y yo soy más grande.

—Se te ve bien. Lo prefiero así.

Azoté mis manos contra la mesa a su costado, pero interpuso su brazo, bloqueándome.

—No te importa que te deje de hablar, ¿no? —Negó con la cabeza. Yo lo empujé a un costado, pues me estorbaba para guardar sus cosas—. Deja de halagar mi albinismo, ¿quieres? Comienzo a creer que tienes un fetiche, y me da asco.

—Piensa lo que quieras.

River me sacaba de mis casillas como si fuese una bola de estrés a la cual presionar.

No entendía cómo podía señalar los defectos de mi cuerpo y esperar que no me molestara, incluso si decía no verlos como un error. Incluso si al acostarnos no mostraba disgusto, ni lo hacía al verme con ese maquillaje tan horrible, no podía creer que sus acciones significaran otra cosa. No entendía si le hacía gracia, o solo esperaba crear un momento de vulnerabilidad conmigo.

—Al... —Rozó mi mejilla con el dorso de la mano, pero me aparté aún más molesto, recordando la naturalidad entre Exin y Des que vi hace poco.

Ser vulnerable... eso conmigo era imposible. Yo siempre encontraría la forma de protegerme, aún si tenía que cambiar el rumbo de la conversación.

—¿No quieres hacerlo? —mascullé, levantando el rostro hasta el suyo con una sonrisita—. Si te prende mi albinismo, podemos hacerlo aquí mismo.

—No, paso —trató de apartar su cara, pero lo agarré del cuello al sentir más su rechazo—. No me toques.

—No lo hago. —Me reí, parándome de puntillas para juntar mi mejilla con la suya. Rodeé su espalda con ambos brazos y junté más mi pecho con el suyo. No podía echarse para atrás.

—¿Y qué haces entonces, Albin?

—Te comparto mi calor.

Pensé que se molestaría y me empujaría, pues lo estaba molestando con su condición justo como él se burlaba de la mía. Pero acercó su mejilla también. Y sus brazos, que antes colgaban a mi costado, se levantaron hasta sostener mi cabello.

Sentí el cosquilleo detrás de mi nuca, entre mis cabellos más cortos que se ocultaban ahí, antes fríos. Solté un quejido, pero me callé al chocar mi mandíbula con la suya. No me estaba besando, en realidad...

Estaba intentando, no, estaba uniendo su tejido, su mejilla desfigurada, con la mía. Quise apartarme por el susto, pero presionaba con tanta fuerza que no pude retroceder. La textura roñosa, a veces lisa, me dejó en completo silencio.

—Se siente bien tu temperatura —soltó, aunque no sentía mi calor, por obvias razones.

—Mentiroso...

—Puedo sentir el tacto —aclaró, murmurando entre mi cabello que se erizaba por él—, y no duele. Así funciona mi insensibilidad congénita.

—Si doliera, igual no lo sabrías.

—Estoy seguro de que no duele.

No sé porqué me producía rechazo ese tipo de intimidad, aún cuando sabía que la anhelaba. Creo que nunca había aprendido a ser parte de alguien en ese aspecto. Yo no tenía dueño, ni nadie que quisiera marcar mi piel. Ni siquiera yo estaba dispuesto a hacerlo.

Estaba seguro de que si empujaba a River, lo echaba, o me acostaba con él, terminaríamos discutiendo y me volvería a poner un límite, sino es que nunca volvería a verlo. Porque él era tajante: sabía lo que no quería, y lo capaz que era de obtener algo cuando lo deseaba. Así había sido con sus exparejas.

Él sabía sostener una relación, también terminarla, a diferencia mía.

Y quizás yo no podía devolverle las palabras que esperaba... No podía decirle que me aterraba estar cerca de su alma, porque temía quemarla con la suya.

Ni que conmigo no encontraría alivio cuando pudiera volver a sentir dolor. Pues estaba seguro de que sino era ahora, ni pronto, eventualmente traicionaría su confianza, le faltaría al respeto, y le haría odiar cualquier lugar donde haya caminado conmigo.

Ya fuese porque yo era un hormonal romántico, igual que mi padre. Un lunático. O un simple hombre. Por lo que temía encontrar placer en arruinar su vida.

—CIPA, odio vivir como hombre —le confesé, sabiendo que el primer paso, era ser honesto acerca de aquello que me estaba matando. Si no se lo decía, todos mis miedos e inseguridades se harían realidad—. Detesto este cuerpo. No solo por su falta de color.

Estaba decidido a hacer sufrir a quien sea que me amara. Por eso quise ser vulnerable.

—Al, si odias tu cuerpo, no hay nada que hacer —su respuesta me hizo dudar, pero continuó, hablando despacio—. ¿Quién dice que debería gustarte? Haz lo que quieras con él hasta que te guste. Te lo he dicho un sinfín de veces.

—¿Puedo hacer lo que quiera con este cuerpo?

—Lo que quieras —habló con cansancio, como si se cansara de mis dudas. Pero apartó un poco mi rostro para verme, y quitó los cabellos que tapaban mi frente—. Defenderé tus derechos, los que quieras, ¿vale?

—¿Crees poder hacer algo así? —Me reí, con mis manos a los lados de mi torso, mientras él aún me rodeaba con las suyas para no alejarme de su cuerpo.

—Claro, pelearé por ello. Soy activista, ¿sabes?

—Pensé que eras esclavista, JAJAJA —me golpeó con su dedo índice—. Hey, perdón, pero tienes a menores obedeciéndote. Parece que trabajan para ti. Yo que iba a saber que te gusta alimentar pobres.

—Idiota —negó con la cabeza.

—Es que eres uno de los activistas más salvajes que he conocido. Lastimas gente, hombre.

—No, no... —siguió negando. Pero yo recordaba que le metió un batazo a dos personas diferentes, al menos lo sospechaba. Su forma de activismo era causar problemas entre escuelas, reportar gente, y hacer denuncias en internet; yo lo llamaría desinformación y actos violentos.

Pero no me molestaría verlo rayar estatuas por mí.

—Me gusta mi cuerpo cuando está contigo —mencioné, achicando los ojos al sonreír.

—¿Quieres que vuelva a pedirte salir? —Asentí con rapidez. Él torció una mueca—. No, no volveré a caer en esa mierda, Albin. Eres un bipolar.

—Por favooooor.

—No.

—TE LO RUEGO, estoy muy arrepentido, de verdad.

—No. —Sacudió la cabeza.

—Está bien, no te lo voy a seguir rogando. No seamos nada, ¿contento?

—Bastante. Ahora, déjame acomodar mis cosas, ¿quieres? —Palpó mi espalda para que me quitara. Tuve que retroceder.

—Es tu casa, acomódate en el sofá, o si quieres que salgamos, puedes estar en mi cuarto y quedarte con mi cama...

—Sí, sí, lo que digas... —Se aproximó a la recámara con rapidez. Yo lo seguí contento.

• • •

OHMYGOD, vaya manera de cerrar ciclos.

Fue un reto genuinamente escribir una escena entres dos personajes que si intentan ser vulnerables, se sienten MUY avergonzados. No creo que a CIPA le dé tanta pena hablar de cosas así, pero Albin estoy segura de que te puede decir "ESTOY DEPRIMIDO" mientras se ríe como maniaco. Por supuesto que le costaría confesarle a alguien más su disforia de género aparte de Hipo.

¿Exin y Des hicieron las paces? Ojalá que el juicio salga bien... porque esos dos ya se dijeron adiós. Hace rato que Des fue saliendo de la historia de todos. Y él solito se sacó.

Hipo está bien incomunicado. Seguro está tomándose vacaciones hasta de Albin, GAHAJAHA. Pero me alegra mucho que Al esté yendo a terapia, y progresando, incluso si no cree que lo haga.

¿Comentarios? ¿Cómo han estado? Un montón sin leernos! Estoy de que... esclavizada laboralmente. Pero les prometo que si Dios quiere, les traeré buenas noticias para la siguiente actu.

LES ALO MUCHOOO, CUÍDENSE Y FELIZ MES DE MAYO.

~MMIvens.

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