Monada

No pude evitar sonreír al releer la conversación con Karma. Vale que conociese a mi hermano desde hacía tiempo, pero muy pocas chicas se presentarían en la puerta de un chico al que habían conocido hacía dos días. Y menos para jugar a videojuegos.

Andrew y Ezra seguían concentrados en el Call of Dutty cuando me levanté del sofá. Mi mejor amigo me miró de reojo.

—¿A dónde vas? —preguntó, aun con la boca llena por el taco gigante que se había comido.

Mi hermano y él habían hecho una competición que consistía en ver quién comía más rápido. Andrew se había comido dos tarrinas de helado. Lo tacharía de infantil pero, ¿qué podía decir? Todavía me dolía la tripa de reírme tanto.

—A abrir la puerta. Karma está aquí.

Fue entonces Andrew quien desvió la mirada de la pantalla momentáneamente.

—¿Karma? ¿Mi Karma?

—Nuestra Karma, sí.

—Sí que os habéis hecho amigos pronto, eh —dijo con las cejas alzadas.

Les dejo jugando y crucé el pasillo que unía nuestro salón con la entrada.  Nada más abrir la puerta, me encontré a Karma apoyada en una de las barandillas del porche. Seguía igual de guapa que hacía unas horas.

—Hola, monada —soltó mientras se incorporaba —. ¿Preparado para que te machaque?

El hecho de que me sonriera me hizo olvidar que "monada" se había añadido automáticamente a la lista de motes. Y que, posiblemente, me ganara jugando. No era el mejor jugador que se dijera.

—¿Quieres jugar? Juguemos pues.

Ahora era yo el que sonreía, aunque no me duró mucho.

Cuando Karma pasó a mi lado para entrar a mi casa, se puso de puntillas y susurró en mi oído:

—Deberías saber que si juego, lo hago para ganar.

Me quedé ahí parado, tragando en seco, mientras ella pasaba. Como un auténtico pringado.

¿Cómo era posible sentir algo tan indescriptible por alguien a quien no conocía? No era solo que fuese guapa, era más bien ella en sí. Era... No sé, magnética.

No tardé en oír a mi hermano saludarla. Fue solo en ese momento cuando dejé de darle vueltas y entré.

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