Karma
Ir al instituto andando no es una de mis actividades favoritas. En sí, cualquier actividad que implique moverse mucho no suele gustarme.
Cuando llegué a clase, tanto Brooke como Ezra estaban sentados lo más alejados posibles. Ambos con alguna otra persona. Por lo que no había tenido otra opción que sentarme con Jennifer, que era algo así como la chica más despreciable que había conocido. Y no por su vida sexual, eso me la sudaba.
Pareció alegrarse casi tanto como yo de que me sentara a su lado. A Brooke y Ezra parecía hacerles mucha gracia.
En resumen, había pasado las horas entre pompas de chicle producidas por Jennifer y las risas de fondo de mis amigos. No habían sido muy divertidas, la verdad.
Para cuando fuimos a la cafetería, me habían perdonado. Aunque sabía que me la devolverían. Si había una cosa que tenían esos dos en común era su facilidad para desarrollar planes maléficos. Y más si su víctima era yo.
Nuestra mesa, vacía como siempre, estaba al final de la cafetería, al lado de los cubos de basura. Nadie la quería, como a nosotros. Esa mesa había sido testigo de muchas de nuestras anécdotas favoritas. Como la vez que Ezra se rió tanto que se le salió el zumo por la nariz. Fue asqueroso y gracioso a partes iguales.
Nos dedicamos a hablar sobre los profesores y las clases. Me metí un poco con Jennifer y su forma de mascar el chicle con la boca abierta. Ellos me recordaron que me lo había ganado. No opinaba lo mismo, evidentemente. Nadie, repito nadie, merecía tal tortura.
Observé con más atención la cafetería. Localicé a mi hermano en su mesa habitual, llevando gafas de sol y con unas pintas increíbles. No había pasado por casa en toda la noche, así que suponía que su resaca sería monumental.
Hice el amago de saludarle, pero entonces recordé que era un pringado y él popular.
De pronto, mis dos únicos amigos, sentados frente a mí, se quedaron anonadados mirando algo a mis espaldas. Antes de que pudiera girarme, Brooke sonrió de forma traviesa y Ezra me guiñó un ojo.
—¿Qué os pasa?
—Hola, pastelito —dijo una voz a mis espaldas.
Sonaba dulce, pero no de la clase que resultaba chillona.
Entonces, una chica se sentó a mi derecha. No hizo falta una presentación porque, en el fondo, ya sabía quién era.
Odiaba admitirlo, pero mi hermano tenía razón. Era guapa. Muy guapa, me atrevería a decir. Aun sentada, distinguí que era pequeña, aunque no tanto como Brooke. Pero mientras que mi amiga era rubia, con el pelo corto y liso, Karma tenía el pelo más largo, castaño y ondulado.
Ahora entendía el guiño de Ezra.
—¿Pastelito? —pregunté desconcertado, aun sin procesar la situación.
—Los pasteles tienen azúcar. Como tú —explicó mientras se encogía de hombros y sonría.
Su sonrisa era bonita. Y no porque fuese del tipo que salía en los anuncios de dentrífico, sino porque cuando sonrió le salió un hoyuelo en la mejilla izquierda.
—¿No te parece pastelito algo cursi? —contraataqué.
—Un nombre cursi para un chico cursi.
Dicho esto, cogió mi manzana y, sin pedir permiso, la mordió lentamente. Tal vez a cualquier otro le habría resultado sexy y provocativo, pero además de que no creer que fuera su intención, solo pude pensar en que esa era mi manzana. Mi comida. Mía.
Regla Nº1 de Drew McKenzie: No toques mi comida, y menos si tengo intención de comérmela.
—Me debes una manzana.
—No te pongas de morros. Solo la he pegado un mordisco. Toma —me tendió el cadáver de mi manzana, a la que miré con tristeza —. No te dará asco, ¿no?
¿Se estaba burlando de mí?
Enarcó una ceja en mi dirección. A modo de respuesta, mordí la manzana con ganas.
¿Quién era esta chica? ¿De dónde había salido? Primero me acosaba, luego invadía mi mesa y para acabar se comía mi pobre manzana.
Me miró fijamente mientras me limpiaba el jugo que caía por la barbilla. Fue en ese momento en el que me di cuenta de que sus ojos eran verdes con motas ambarinas. También fue ahí cuando mis dos amigos empezaron a mandarme mensajes, rompiendo así el momento.
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