Capítulo XVIII

Fueron días felices en Thornfield, y también muy atareados. ¡Qué distintos de los primeros tres meses de quietud, monotonía y soledad que yo había sufrido bajo ese techo! Toda la tristeza parecía haberse desvanecido de la casa, y cualquier idea sombría había quedado relegada al olvido: se respiraba vida por todas partes, el bullicio era constante. No podías cruzar el corredor, antes tan silencioso, ni entrar en las habitaciones delanteras, antes tan desoladas, sin hallar en ellos a la doncella de una de las damas o al ayuda de cámara de algún caballero.

La actividad se extendía también a la cocina, a la despensa del mayordomo, a la sala del servicio y al vestíbulo; los salones quedaban vacíos únicamente cuando el azul del cielo y el brillante sol de primavera invitaban a sus ocupantes a disfrutar del aire libre. Ni siquiera un cambio de tiempo pudo acabar con la alegría de la casa; la lluvia incesante que cayó durante días solo consiguió avivar las distracciones de salón para compensar la imposibilidad de salir al exterior.

Me pregunté a qué se referirían la primera tarde que les oí hablar de un juego nuevo: mencionaron algo que sonaba como el «juego de las charadas», pero yo, en mi ignorancia, no los comprendí. Llamaron a los criados, se desplazaron las mesas del comedor, se varió la disposición de las luces y se colocaron las sillas delante del arco en forma de semicírculo. Mientras el señor Rochester y los demás caballeros dirigían todos estos movimientos, las damas corrieron escaleras arriba en busca de sus doncellas. Se pidió información a la señora Fairfax acerca de los recursos de la casa en lo que se refería a chales, vestidos y cualquier otro tipo de telas; se revolvieron algunos armarios del tercer piso y las doncellas bajaron con los brazos llenos de enaguas bordadas, retales de seda, retazos de color negro y piezas de encaje. Después, las damas escogieron lo que les pareció oportuno y llevaron la ropa seleccionada al tocador que había junto al salón.

Mientras tanto, el señor Rochester había vuelto a convocar a las señoras a su alrededor y procedió a seleccionar a algunas para formar su equipo.

-Por supuesto, me quedo con la señorita Ingram -dijo.

Y después nombró a las dos señoritas Eshton y a la señora Dent. Me miró: yo andaba cerca, ocupada en ayudar a la señora Dent a abrocharse la pulsera.

-¿Le apetece jugar? -preguntó.

Negué con la cabeza. A pesar de mis temores, no insistió y permitió que recuperara en silencio mi asiento habitual.

Él y sus ayudantes se retiraron detrás de la cortina; el otro grupo, comandado por el coronel Dent, ocupó las sillas dispuestas en forma de media luna. Uno de los caballeros, el señor Eshton, vio que yo estaba allí y dio la impresión de proponer que me invitaran a participar, pero lady Ingram se opuso de inmediato:

-Ni hablar -oí que decía-. Parece demasiado tonta para un juego como este.

Poco después sonó una campana y la cortina se alzó. Bajo el arco, la maciza figura de sir George Lynn, a quien el señor Rochester también había elegido para su equipo, apareció envuelta en una sábana blanca; frente a él había una mesa, con un libro abierto encima, y a su lado, Amy Eshton, disfrazada con la capa del señor Rochester, sostenía otro libro en las manos. Alguien a quien no podíamos ver hizo sonar la campana alegremente; entonces, Adèle (que se había empeñado en jugar en el equipo de su tutor) avanzó, esparciendo a su paso las flores de una cesta que llevaba colgada del brazo. Luego apareció la magnífica silueta de la señorita Ingram, vestida de blanco, con un velo largo en la cabeza y una diadema de rosas alrededor de la frente; a su lado caminaba el señor Rochester, y juntos se acercaron hasta la mesa. Se arrodillaron, mientras la señora Dent y Louisa Eshton ocupaban sus posiciones detrás de ambos. A esto le siguió una ceremonia muda, en la que no era difícil reconocer la pantomima de una boda. Cuando acabó, el coronel Dent y su grupo susurraron durante unos minutos y luego el jefe del equipo gritó:

-¡Novia!

El señor Rochester se inclinó ante su auditorio y cayó el telón. Hubo una pausa considerable antes de que la cortina se elevara de nuevo. Cuando lo hizo, dio paso a una escenografía más elaborada que la anterior. Como ya había señalado cuando describí la casa, el salón estaba dos escalones por encima del comedor, y en el más alto de los dos apareció un gran cuenco de mármol, que reconocí como uno de los adornos habituales del invernadero -donde solía estar lleno de agua y peces exóticos-, cuyo peso y volumen debieron hacer muy difícil el transporte.

Sentado en la alfombra, al lado del cuenco, estaba el señor Rochester, disfrazado con chales y con un turbante en la cabeza. Sus oscuros ojos, la piel morena y las facciones sombrías completaban el atuendo a la perfección: era la réplica exacta de un sultán oriental, ya fuera el verdugo o la próxima víctima de la soga. Entonces la señorita Ingram se dejó ver. También ella vestía al estilo oriental: llevaba un pañuelo de color carmesí atado a la cintura, como si fuera una faja, y un pañuelo bordado anudado alrededor de las sienes; los brazos, bien formados, estaban desnudos y uno de ellos sujetaba un jarrón que tenía apoyado en la cabeza. Tanto la ropa como el semblante y el aire general sugerían la idea de una princesa hebrea sacada de la época de los patriarcas, y ese era sin duda el papel que pretendía representar.

Se acercó al cuenco y fingió llenar la jarra con agua, para después devolverla a su posición anterior. El personaje que había a su lado pareció pedirle algo. «Y ella se detuvo, bajó la jarra y le dio de beber.» Entonces, el hombre rebuscó en los pliegues de su ropaje y sacó de ellos un pequeño cofre, cuyo interior estaba lleno de magníficas pulseras y pendientes; ella simuló sorpresa y admiración; él, cayendo de rodillas, puso el tesoro a sus pies. La mujer hacía gestos expresivos de incredulidad y agradecimiento. El extraño le cubrió los brazos de pulseras y le colocó los pendientes en las orejas. Eran Eliezer y Rebeca; solo faltaban los camellos.

El grupo encargado de adivinar deliberó de nuevo, pero esta vez no parecieron llegar a un acuerdo acerca de la palabra o sílaba que la escena pretendía ilustrar. El coronel, asumiendo las funciones de portavoz, solicitó ver una tercera escena que ilustrara el significado. La cortina descendió de nuevo.

El tercer telón solo desveló parte del salón: el resto permanecía oculto por una pantalla, confeccionada con una tela oscura y basta. El lugar del cuenco de mármol había sido ocupado por una mesa de madera y una silla de cocina; solo una débil luz procedente de un candil revelaba la presencia de estos objetos, ya que todas las velas se habían apagado.

En medio de este sórdido escenario se sentaba un hombre con las manos apoyadas en las rodillas y la cabeza inclinada hacia el suelo. Pese al rostro embadurnado de negro y al desorden de su atuendo (una de las mangas del abrigo colgaba por fuera del brazo como si hubiera sido rasgada durante una pelea), pese al semblante desesperado y sombrío y el cabello alborotado, reconocí en él al señor Rochester. Cuando se movió, se oyó el ruido metálico de una cadena: llevaba grilletes en los pies.

-¡La cárcel de Bridewell! -exclamó el coronel Dent, resolviendo el acertijo.

Los actores se tomaron el tiempo necesario para recuperar su aspecto habitual antes de entrar de nuevo en el comedor. El señor Rochester acompañaba del brazo a la señorita Ingram mientras ella elogiaba su actuación.

-¿Sabe -decía- que de los tres personajes me gustó mucho más en el último? ¡Oh, de haber vivido hace algunos años, estoy segura de que habría sido la perfecta estampa del bandolero galante!

-¿Tengo restos de hollín en la cara? -preguntó él, volviéndose hacia ella.

-Pues no, y no sabe cuánto lo lamento. Ese disfraz de salteador de caminos le sentaba muy bien.

-¿Le gustan a usted los salteadores callejeros?

-Un salteador inglés es la mejor opción, una vez descartado el bandido italiano; y solo un pirata levantino les aventajaría a ambos.

-Bien, sea lo que sea, recuerde que es usted mi esposa; nos casamos delante de todos estos testigos hace apenas una hora. -Ella se rió y el rubor tiñó sus mejillas.

-Y ahora es vuestro turno, Dent -prosiguió el señor Rochester.

Y ocuparon los sitios que los otros dejaron libres para ir a preparar su actuación. La señorita Ingram se situó a la derecha del jefe de grupo y los otros miembros se sentaron en las sillas restantes. Yo no observé a los actores: no tenía el menor interés por lo que sucedía detrás de la cortina. Mi atención estaba puesta en los espectadores; mis ojos, antes fijos en el arco, estaban ahora irremisiblemente clavados en las sillas. No recuerdo qué charada representaron el coronel Dent y su equipo, ni qué palabra eligieron, ni cómo se disfrazaron; pero aún puedo ver la deliberación que siguió a cada una de las escenas: veo al señor Rochester volviéndose hacia la señorita Ingram, y a esta mirándole; la veo inclinar la cabeza hacia él hasta rozar su hombro con los rizos o acariciar con ellos su mejilla; oigo sus murmullos de complicidad y recuerdo las miradas que se intercambiaron, y todos los sentimientos que el espectáculo despertaba en mí me asaltan en este instante.

Ya te he dicho, lector, que había aprendido a amar al señor Rochester, y ese sentimiento no podía morir solo porque él hubiera dejado de hacerme caso, porque nunca me mirara aunque estuviera en su presencia durante horas, o porque una gran dama se apropiara de todas sus atenciones. Una dama que no se dignaba ni a rozarme con el borde de su vestido al pasar a mi lado; una dama que cuando posaba por casualidad sus ojos sobre mí, apartaba la vista al instante, como si yo fuera un objeto demasiado miserable para merecer ni un segundo de su tiempo. No podía dejar de amarle aunque él estuviera a punto de casarse con esta señorita, aunque ella llevara escrita en el rostro la seguridad de conseguir sus propósitos, aunque yo fuera testigo mudo de un estilo de cortejo masculino que, pese a ser tosco y más tendente a seguir el juego que a provocarlo, era, en su misma indolencia, fascinante, y en el orgullo que dejaba entrever, irresistible.

Ninguna de esas circunstancias conseguía enfriar o arrebatarme el amor que sentía por él, aunque sí lograban sumirme en la desesperación. Imaginarás, lector, que fueron muchas las razones susceptibles de engendrar en mí el sentimiento de los celos, si es que una mujer en mi posición podía siquiera permitirse el lujo de sentirse celosa de una dama como la señorita Ingram. Pero no era eso; la naturaleza del dolor que sentía no podía ser explicada por esa palabra. La señorita Ingram estaba fuera del alcance de ese sentimiento: era demasiado inferior para suscitar ese tipo de emociones. Perdonen lo que parece una paradoja: he dicho exactamente lo que quería decir. Blanche Ingram era brillante, pero no auténtica; poseía una bella figura y la adornaban otros muchos talentos, pero su cerebro era mediocre y su corazón yermo por naturaleza: nada podía florecer espontáneamente de aquella base estéril, y artificiales eran los frutos de esa supuesta frescura. No era buena, no era original: solía repetir citas grandilocuentes extraídas de libros, pero jamás ofrecía una opinión propia por la sencilla razón de que no las tenía. Invocaba sentimientos nobles y elevados, pero desconocía sensaciones como la compasión o la piedad. Jamás conoció la ternura ni la verdad. Y a menudo estos sentimientos la traicionaban, y se dejaba llevar, por ejemplo, por una antipatía absurda hacia la pequeña Adèle, apartándola con un insulto brusco si la niña se cruzaba en su camino: a veces incluso llegaba a echarla de la habitación y siempre la trataba con frialdad y acritud. Estas manifestaciones no eran solo evidentes ante mis ojos; también los del novio, el señor Rochester, la observaban de cerca. Sí: el futuro marido se mostraba atento a cualquier detalle, y era fruto de esa sagacidad, del absoluto reconocimiento de los defectos de la dama y de la obvia ausencia de pasión en los sentimientos que él abrigaba hacia ella, de donde surgía ese dolor que me torturaba sin cesar.

Vi que él iba a casarse con ella, por razones familiares o conveniencias sociales, porque su rango o contactos le resultaban beneficiosos; presentía que él no la amaba y que los atributos de ella eran incapaces de conquistar ese tesoro. Ese era el punto débil -era ahí donde me dolía-, la base que sustentaba y alimentaba mi fiebre: ella no podía enamorarle.

Si ella se hubiera alzado victoriosa y hubiera logrado que él cayera rendido a sus pies, yo me habría cubierto la cara, me habría girado hacia la pared y me habría enterrado en ella (en sentido figurado, naturalmente). Si la señorita Ingram hubiera sido una mujer buena y noble, provista de fuerza, fervor, amabilidad y sentido común, yo habría mantenido una lucha a muerte contra dos tigres: los celos y la desesperación. Después, con el corazón hecho pedazos, la habría admirado, habría reconocido sus virtudes y guardado silencio durante el resto de mis días. Cuanto más absoluta fuera su superioridad, más profunda habría sido mi admiración y más muda mi aquiescencia. Pero, en esos momentos, presenciar los esfuerzos de la señorita Ingram por seducir al señor Rochester, y ser testigo de sus repetidos fallos (que ella seguía cometiendo sin darse cuenta, movida por la vana presunción de que todos sus dardos daban en la diana cuando lo cierto era que su orgullo y vanidad repelían cada vez más a aquello que querían atraer) implicaba vivir bajo un nerviosismo constante y en un incesante estado de tensión.

Porque, cada vez que ella fallaba, yo sabía cómo podría haber triunfado. Las flechas que rebotaban sobre el pecho del señor Rochester y caían exangües a sus pies podrían, de haber sido disparadas por una mano más firme, haberse clavado directamente en su corazón, haber despertado el amor en sus severos ojos y haber suavizado la ironía de su rostro. O, mejor aún, la conquista podría haberse realizado en silencio, sin usar ningún tipo de armas.

«¿Por qué es incapaz de ejercer una mayor influencia sobre él, ella que goza del privilegio de estar tan cerca? -me preguntaba-. Ella no le ama, sus gestos carecen de la menor sinceridad. Si le amara, no tendría que sonreír de forma tan provocativa, dirigirle esas miradas de soslayo, darse tantos aires de importancia ni coquetear con tanto descaro. Creo que le causaría una impresión más profunda si se limitara a permanecer tranquilamente sentada a su lado, hablando poco y mirando menos. He visto en el rostro del señor Rochester una expresión muy distinta de esa que ahora endurece sus rasgos mientras ella no deja de acosarle, pero fue una reacción espontánea, no la respuesta a sofisticadas artimañas y calculadas maniobras. Lo único que tuve que hacer fue aceptarle -contestar a sus preguntas sin pretensiones; dirigirme a él cuando era necesario, sin ostentación- para que su semblante se hiciera más gentil y afable, y calentara a quienes le rodeaban como un rayo de sol. ¿Cómo se las arreglará cuando se casen? No creo que consiga manejarlo, y sin embargo es posible, lo creo sinceramente, llegar a ser a su lado la mujer más feliz del mundo.»

Todavía no he expresado mi condena por las razones que movían al señor Rochester al matrimonio. Me sorprendió descubrir que pretendía casarse por interés: le había considerado inmune a motivos tan vulgares en un tema tan importante como la elección de una esposa, pero cuanto más tenía en cuenta la posición, educación y demás atributos de ambas partes, menos justificada veía mi tendencia a juzgar a ninguno de ellos; ni a culparle, a él o a la señorita Ingram, por comportarse de acuerdo con unas ideas y principios que les habían sido inculcados, sin duda, desde la más tierna infancia. Todos los de su clase compartían esos mismos principios; supuse, por tanto, que debían existir razones para ello que a mí se me escapaban. Yo creía que, si fuera un caballero como él, contraería matrimonio solo con una mujer a la que pudiera amar; pero la obviedad de las ventajas para la propia felicidad del esposo que ofrecía este plan me convencieron de que debían existir argumentos que yo ignoraba en contra de este supuesto lógico. De otro modo estaba segura de que todo el mundo habría seguido mi misma línea de actuación.

Pero debo confesar que me estaba volviendo muy indulgente con muchos aspectos relacionados con el señor: olvidaba todos sus defectos, para los que en el pasado había tenido el ojo presto. Mi primera intención había sido esforzarme por estudiar todas las caras de su personalidad: apreciar en él lo bueno y lo malo, y solo después de valorarlo todo, formarme una opinión justa. Ahora no veía en él nada malo. El sarcasmo que me había repelido, la dureza que me sublevó en el pasado, eran solo especias que condimentaban el plato: dejaban un sabor penetrante a algo que, sin su presencia, habría resultado insípido. Y en cuanto a esa sensación imprecisa -ese algo siniestro, melancólico, la expresión de una pena o de un misterio- que un observador atento podía descubrir en sus ojos, durante un segundo, antes de que se desvaneciera sin que nadie pudiera averiguar cuál era su causa; ese algo que solía asustarme y estremecerme, como si estuviera avanzando entre cráteres de volcán y sintiera un temblor en el suelo y una grieta se abriera a mis pies; bien, aunque ese algo siguiera presente y a veces me provocara palpitaciones, mis nervios ya se habían serenado. Sin embargo, en lugar de desear huir de ello, mi único anhelo era tener la oportunidad de resolver el enigma, y pensaba que la señorita Ingram podía considerarse feliz porque algún día tendría la oportunidad de asomarse a placer a ese abismo, explorar sus secretos y analizar su naturaleza.

Durante esos días, mientras que yo solo tenía ojos para mi señor y su futura prometida -me fijaba solo en ellos, escuchaba sus charlas y daba importancia únicamente a sus actos-, el resto del grupo se mantenía ocupado entregándose a sus propios placeres e intereses. Lady Lynn y lady Ingram seguían absortas en sus propias conversaciones, salpicadas de gestos solemnes y fuertes asentimientos de cabeza: alzaban las manos para expresar horror, sorpresa, misterio, o cualquiera de las sensaciones que suscitara el cotilleo que tenían entre manos, dando la impresión de ser dos elegantes marionetas. La amable señora Dent se entretenía charlando con la simpática señora Eshton, y en ocasiones me dirigían alguna palabra amable o una sonrisa. Sir George Lynn, el coronel Dent y el señor Eshton discutían a todas horas de política, de los asuntos del condado o de temas legales. Lord Ingram coqueteaba con Amy Eshton; Louisa tocaba el piano y cantaba acompañada de uno de los jóvenes Lynn, y Mary Ingram, escuchaba con apatía las galanterías del otro. En ocasiones, todos, como si se hubieran puesto de acuerdo, hacían una pausa en sus actividades para observar y escuchar lo que acontecía a los dos actores principales; puesto que, después de todo, el señor Rochester y -debido a la intimidad que se respiraba entre ambos- la señorita Ingram, eran el alma de la reunión. Si él se ausentaba de la habitación durante una hora, una aburrida languidez se apoderaba de los presentes, y solo su reaparición era capaz de inyectar vivacidad a la conversación.

El efecto que provocaba su enérgica influencia se hizo notar especialmente el día en que unos asuntos en Millcote reclamaron su atención y le obligaron a ausentarse durante toda una jornada. Llovió toda la tarde, por lo que el paseo previsto para visitar el campamento de gitanos que se había instalado a las afueras de Hay tuvo que ser aplazado. Algunos caballeros optaron por ir a los establos; los más jóvenes jugaban al billar con las chicas. Las viudas empezaron una tranquila partida de cartas. Blanche Ingram, tras haber rechazado con altiva indiferencia los intentos de las señoras Dent y Eshton por entablar conversación con ella, había pasado un rato al piano, tarareando melodías sentimentales, para después coger una novela de la biblioteca y dejarse caer sobre el sofá, dispuesta, con aire taciturno, a llenar esas tediosas horas de ausencia con el hechizo de la ficción. Tanto el salón como la casa estaban en silencio, solo interrumpido por las exclamaciones de alegría de los jugadores de billar procedentes del piso superior.

Oscurecía, y ya el reloj había anunciado la hora de vestirse para cenar cuando la pequeña Adèle, que estaba arrodillada junto a mí en la repisa de la ventana, exclamó:

-Voilà, Monsieur Rochester, qui revient! (¡Llega el señor Rochester!)

Me volví, y la señorita Ingram se levantó de un salto del sofá; también los otros interrumpieron durante un instante sus respectivos entretenimientos, ya que llegó hasta todos el inconfundible ruido de unas ruedas y unos cascos de caballo al chocar contra la húmeda grava del camino. Se acercaba un coche de postas.

-¿Por qué habrá vuelto a casa de esta manera? -dijo la señorita Ingram-. Cuando salió, montaba a Mesrour, el caballo negro, ¿no es así?, y Pilot le acompañaba. ¿Qué se ha hecho de los animales?

Mientras decía estas palabras, su alta figura y sus amplios atavíos se acercaron a la ventana con tal brusquedad que me vi obligada a hacerme a un lado: mi gesto fue tan brusco que casi me partí el espinazo. Al principio, dominada por la impaciencia, no me había visto, pero cuando advirtió mi presencia hizo con los labios un gesto de desdén y se fue a otra ventana. El coche se detuvo; el conductor hizo sonar el timbre y un caballero, vestido con ropa de viaje, descendió del carruaje. No era, sin embargo, el señor Rochester: era un desconocido, alto y vestido a la moda.

-¡Mentirosa! -exclamó la señorita Ingram, dirigiéndose a Adèle-. ¡Sí, tú, mico entrometido! ¿Quién te ha dicho que te pongas en la ventana para dar informaciones falsas? -Y me lanzó una mirada de enojo, como si yo tuviera la culpa.

Se oyó el rumor de una conversación en el vestíbulo y el recién llegado no tardó en entrar. Se inclinó ante lady Ingram, juzgando que era la dama de más edad de todas las presentes.

-Parece que llego en un momento inoportuno, señora -dijo el caballero-, dado que mi amigo, el señor Rochester, está ausente. Pero he hecho un largo viaje, y creo que la antigua amistad que nos une me autoriza a esperarle aquí.

Sus maneras eran educadas y su acento me sorprendió al principio: no era precisamente el de un extranjero, pero tampoco podía considerarse el de un inglés nativo. Calculé que tendría la misma edad que el señor Rochester, entre treinta y cuarenta años, y, a primera vista, me pareció un hombre atractivo aunque de cutis excepcionalmente bronceado. Un examen más atento reveló algo desagradable en su rostro, o quizá no del todo desagradable pero que no me acababa de gustar. Sus rasgos eran correctos, aunque demasiado lacios: tenía los ojos grandes y bien dibujados, pero en ellos se reflejaba una vida vacía y lánguida. O al menos eso me pareció.

El sonido de la campanilla que anunciaba la hora de vestirse dispersó al grupo. No volví a verle hasta después de cenar: para entonces ya parecía estar a sus anchas. Pero su rostro me disgustó aún más que antes: me desazonaba esa mezcla de inquietud y desidia. No paraba de mover los ojos, gesto que le confería una expresión distinta a todas las que yo había visto hasta el momento. Para ser un hombre más bien guapo y simpático me repelía de forma exagerada: en la fina piel que formaba su rostro ovalado no se distinguía la menor fuerza; no había firmeza en la nariz aquilina ni en la boca pequeña del color de las cerezas; la frente plana parecía completamente yerma de pensamientos y los apagados ojos castaños carecían de toda autoridad.

Sentada en mi rincón habitual, le observé a la luz de los candelabros colocados sobre la repisa de la chimenea. Él seguía temblando de frío, aunque ocupaba un sillón junto al fuego. Mentalmente, le comparé con el señor Rochester. Con el mayor de los respetos, creo que el contraste no podría ser mayor si comparáramos a un ganso estofado con un halcón de caza, o a un manso corderito con el perro de pelo áspero y ojos sagaces que le hace de guardián.

Había hablado del señor Rochester como de un antiguo amigo. Debió de ser una curiosa amistad: un ejemplo más de ese viejo refrán que dice: «Los extremos se atraen».

Dos o tres caballeros se sentaron cerca de él y conseguí captar retazos de su conversación. Al principio no pude comprender lo que oía, puesto que la charla entre Louisa Eshton y Mary Ingram, sentadas junto a mí, se confundía con las frases fragmentadas de los caballeros. Las dos hablaban del extranjero, y ambas coincidieron en que se trataba de un «hombre apuesto». Louisa dijo que era «un encanto de criatura» y que «le adoraba», mientras que Mary elogió «esa boca pequeña y esa bonita nariz», calificándolas como su ideal de la belleza.

-¿Y has visto la frente tan dulce que tiene? -exclamó Louisa-. Tan suave... Libre de esas irregularidades que tanto me disgustan. ¡Y qué placidez se advierte en sus ojos y en su sonrisa!

Entonces, para alivio mío, el señor Henry Lynn reclamó la presencia de ambas damas al otro extremo de la habitación con el fin de concretar algunos cabos sueltos relativos a la aplazada excursión al campamento de Hay.

A partir de ese momento, pude concentrarme en el grupo sentado junto al fuego, y así me enteré de que el desconocido respondía al nombre de señor Mason. También supe que acababa de llegar a Inglaterra procedente de algún país cálido, lo que explicaba, sin duda, su piel morena y el frío que le empujaba a sentarse casi encima del fuego y a llevar puesto el sobretodo en el interior de la casa. Nombres como Jamaica, Kingston, o Spanish Town, me hicieron pensar que su lugar de residencia debía de ser las Antillas, y, no sin asombro, oí decir que fue allí donde conoció y trabó relación con el señor Rochester. Habló de lo poco que le gustaban a su amigo las ardientes temperaturas, los huracanes y las temporadas de lluvias típicas de esa zona. Yo ya estaba al corriente de que el señor Rochester había viajado mucho -la señora Fairfax me había informado de ello-, pero siempre creí que sus viajes se habían limitado a recorrer Europa. No se me había ocurrido pensar que hubiera visitado lugares tan remotos.

Me hallaba entregada a dichas cavilaciones cuando un incidente inesperado interrumpió el curso de mis pensamientos. El señor Mason, que tiritaba siempre que alguien abría la puerta, pidió más carbón para avivar las llamas, pese a que las brasas encendidas aún proporcionaban bastante calor. El criado que trajo el carbón se paró al salir junto a la silla del señor Eshton y le explicó algo en voz baja. Solo oí las palabras «anciana» y «muy insistente».

-¡Dile que acabará encerrada en un calabozo si no se marcha! -respondió el magistrado.

-¡No! -interrumpió el coronel Dent-. No la despida tan rápidamente, Eshton. Podemos aprovechar su presencia. Será mejor que lo consultemos con las damas.

Y, dirigiéndose a ellas, dijo en un tono de voz más alto:

-Señoras, hemos estado planeando una excursión al condado de Hay para visitar el campamento gitano. Bien, pues Sam, aquí presente, ha venido a decirnos que una de las comadres está en este momento en el cuarto de los criados e insiste en que se le conceda el honor de decir la buena fortuna a un grupo tan selecto. ¿Les apetece verla?

-Estoy segura, coronel -protestó lady Ingram-, de que no está en su ánimo fomentar ese tipo de engaños. ¡Échela inmediatamente de la casa!

-Pero es que no hay modo humano de echarla, señora -intervino el criado-. Nadie ha logrado convencerla; ahora está con ella la señora Fairfax, tratando de hacer que se vaya, pero la vieja se ha sentado en una silla junto a la chimenea y afirma que nada la sacará de aquí hasta que se la autorice a cumplir con sus propósitos.

-¿Y qué es lo que quiere? -preguntó la señora Eshton.

-Desea dar la buenaventura a los nobles, señora, y jura y perjura que no se irá hasta que lo consiga.

-¿Qué aspecto tiene? -preguntaron las señoritas Eshton al unísono.

-¡Es una vieja increíblemente horrorosa, señorita! Negra como un cuervo...

-¡Vaya! Entonces es una bruja de verdad -exclamó Frederick Lynn-. ¡Que entre!

-Claro que sí -confirmó su hermano-. Sería una lástima desperdiciar una oportunidad como esta de divertirnos.

-¡Queridos chicos! ¿Se puede saber en qué estáis pensando? -gritó lady Lynn.

-No tengo la menor intención de permitir este tipo de comportamientos -sentenció la viuda Ingram.

-Tal vez no la tengas, mamá, pero lo harás -intervino Blanche con un deje de arrogancia en la voz, girando lentamente sobre el taburete del piano donde había permanecido sentada en silencio hasta el momento, dedicada, en apariencia, a examinar viejas partituras-. Siento una gran curiosidad por conocer mi futuro, así que, Sam, haz entrar a la bruja.

-Mi querida Blanche, por favor, recuerda...

-¡Recuerdo, mamá! Recuerdo todo lo que tú quieras, pero estoy decidida a hacer mi voluntad. ¡Rápido, Sam!

-Sí, sí -corearon las voces de los jóvenes, tanto las femeninas como las masculinas-. ¡Hazla pasar! ¡Será divertido!

El criado no acababa de decidirse.

-Es tan horrorosa... -dijo.

-¡Ve de una vez! -ordenó la señorita Ingram, y el hombre obedeció.

El nerviosismo se apoderó del grupo al instante; los invitados intercambiaban bromas e indirectas más o menos maliciosas, cuando Sam regresó.

-Dice que no quiere venir -explicó-. Asegura que no está dispuesta a aparecer delante de todo el «vulgar rebaño». -Lo dijo con estas mismas palabras-. Debo encargarme de proporcionarle una habitación para ella sola donde recibir, de uno en uno, a aquellos que deseen consultarle algo.

-¿Lo ves, Blanche, cielo? -empezó lady Ingram-. ¿Ves cómo no se puede ceder ante esa gente, ángel mío?

-Llévala a la biblioteca -atajó el «ángel»-. Tampoco a mí me apetece conocer el futuro que me aguarda delante de todo el rebaño; prefiero estar a solas con ella. ¿Está encendido el fuego de la biblioteca?

-Sí, señora. Pero parece tan mugrienta...

-¡Cállate de una vez, imbécil! ¡Y haz lo que te digo!

Sam se esfumó de nuevo, y el misterio y la excitación crecieron al instante.

-Ya está lista -anunció el lacayo-. Desea saber quién será el primero.

-Creo que lo mejor será que le eche un vistazo antes de que vaya ninguna de las damas -dijo el coronel Dent-. Sam, dile que el primero en entrar será un caballero.

Sam se fue y regresó.

-La vieja dice, señor, que no recibirá a ningún caballero, así que no hace falta que se molesten en ir. Ni tampoco -añadió, esforzándose por reprimir una sonrisa de burla- las damas, a no ser que sean jóvenes y solteras.

-¡Por Dios que tiene buen gusto! -exclamó Henry Lynn.

La señorita Ingram se levantó con aire solemne.

-Yo seré la primera -anunció, con el mismo tono que habría usado el cabecilla de un ejército al borde de la derrota mientras se abría paso entre sus hombres para llegar a la línea de fuego.

-¡Oh, mi reina! ¡Mi amor! Piénsatelo bien... -sollozó su madre, pero ella caminó en un silencio mayestático, cruzó la puerta que el coronel Dent aún no había cerrado y entró en la biblioteca.

Le siguieron unos instantes de relativa calma. Lady Ingram consideró oportuno retorcerse las manos, y eso hizo. La señorita Mary declaró que nunca se atrevería a entrar, mientras Amy y Louisa Eshton se estremecían con aire asustado.

Transcurrieron lentamente unos minutos; quince hasta que la puerta de la biblioteca volvió a abrirse. La señorita Ingram cruzó el arco y se reunió con nosotros.

¿Cuál sería su reacción? ¿Se reiría, tomándolo todo a broma? Todos los ojos la observaron curiosos, interés que ella pagó con una mirada que expresaba frialdad y desdén; no parecía inquieta ni tampoco contenta. Se limitó a caminar hasta su asiento y ocuparlo sin decir una palabra.

-¿Y bien, Blanche? -dijo lord Ingram.

-Dinos qué te ha dicho, hermana -pidió Mary.

-¿Qué opinas? ¿Cómo te sientes ahora? ¿Es una verdadera adivina? -cloquearon las señoritas Eshton.

-Vale, ya es suficiente -contestó la señorita Ingram-. ¡No me agobiéis! Veo que los órganos que rigen en vosotros la credulidad y el asombro se alteran ante el menor estímulo. Por la importancia que todos le dais, incluida tú, querida mamá, se diría que tenemos en la casa a una auténtica bruja, a una aliada del Maligno. La mujer que he visto no era más que una vagabunda gitana que me ha leído la mano y me ha contado lo que esas mujeres suelen decir. Ahora que he satisfecho mi capricho, creo que el señor Eshton podría cumplir ya con su amenaza de encerrarla en un calabozo.

La señorita Ingram cogió un libro, se tumbó en el sillón y se abstuvo de hacer ningún comentario más. La observé durante casi media hora; en todo este tiempo, no pasó ni una sola hoja y su semblante fue ensombreciéndose por momentos, pasando de la mera insatisfacción a un intenso disgusto. Resultaba evidente que lo que acababa de oír no había sido de su agrado, y me dio la impresión de que ese aire taciturno se debía a que también ella, pese a su fingida indiferencia, concedía una importancia indebida a las revelaciones de la adivina, fueran cuales fueran.

Mientras tanto, Mary Ingram, y Amy y Louisa Eshton se declararon incapaces de entrar solas, pese a que en el fondo se morían por acudir. Se iniciaron conversaciones con el embajador de la médium, que dieron como resultado, después de múltiples idas y venidas, el permiso de la rigurosa sibila para que las tres entraran en grupo.

Su visita no fue tan silenciosa como la de la señorita Ingram. Desde el exterior oíamos risas histéricas y gritos de sorpresa procedentes de la biblioteca. Tras unos veinte minutos, se abrió la puerta y las tres salieron corriendo, como almas que huyen del diablo.

-¡Estoy segura de que tiene poderes! -gritaban sin cesar-. ¡Nos dijo unas cosas...! ¡Lo sabe todo de nosotras!

Y, sin aliento, se dejaron caer sobre los asientos que los caballeros se apresuraron a ofrecerles.

Ante la insistencia de los demás invitados, declararon que la mujer les había hablado de cosas que habían dicho y hecho en la infancia; había descrito los adornos que lucían en los aposentos de su hogar, así como los regalos que habían recibido de algunos parientes. Afirmaron que había llegado a adivinar lo que pensaban, que había murmurado en su oído el nombre de la persona que más les gustaba del mundo y que les había acertado sus deseos más íntimos.

En este punto los caballeros las apremiaron solicitando más detalles, pero lo único que consiguieron fueron sonrojos, balbuceos incoherentes y risas entrecortadas. Las madres, mientras tanto, se afanaban en ofrecer sales y agitar los abanicos para reanimar a las recién llegadas, sin dejar de aprovechar la ocasión para recordar las advertencias que ellas mismas habían pronunciado y que habían sido desobedecidas. Los caballeros de más edad se reían, mientras los más jóvenes se esforzaban por ser de alguna utilidad para esas tres damiselas anonadadas.

En medio de aquel tumulto, y mientras toda mi atención se centraba en la escena que se representaba ante mis ojos y oídos, noté que alguien me tiraba suavemente del codo. Cuando me volví, descubrí a Sam.

-Señorita, la gitana afirma que hay en la sala una joven soltera a la que no ha visto aún, y jura que no está dispuesta a irse hasta haberlas visto a todas. Pensé que se refería a usted: no puede ser nadie más. ¿Qué quiere que le diga?

-¡Oh, iré! -contesté, apreciando la inesperada oportunidad de satisfacer mi enorme curiosidad.

Me deslicé al exterior del salón sin que nadie advirtiera mis movimientos -puesto que todo el grupo se arremolinaba en torno al trío tembloroso que acababa de regresar- y cerré la puerta quedamente.

-Si lo desea, señorita -se ofreció Sam-, la esperaré en el vestíbulo. Si la asusta, grite y yo entraré.

-No hace falta, Sam. Vuelve a la cocina. No tengo ningún miedo.

Y no lo tenía: su lugar lo ocupaban la emoción y un gran interés.

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