Capítulo IV
De la conversación mantenida con el señor Lloyd y de la citada charla que oí entre las muchachas, reuní la suficiente esperanza como para desear reponerme cuanto antes: el cambio parecía inminente, y yo lo esperaba y deseaba en silencio. Sin embargo, los días se convirtieron en semanas, y, aunque yo había recobrado mi estado normal, nadie volvió a mencionar ese tema que tanto me inquietaba. La señora Reed solía mirarme con expresión severa, pero raras veces se dirigía a mí. Desde el episodio de la habitación roja, la línea que me separaba de ella y los suyos se había hecho más profunda. Yo dormía en uno de los cuartos del servicio, estaba condenada a comer sola y pasaba todo el día en el cuarto de juegos, mientras que mis primos estaban siempre en el salón. Tampoco hizo nada que revelara sus intenciones de enviarme al colegio, y, sin embargo, yo tenía la sensación de que convivir conmigo bajo el mismo techo se le hacía cada vez más cuesta arriba: cuando me miraba sus ojos reflejaban la intensa e insuperable aversión que le provocaba mi mera presencia.
Eliza y Georgiana, siguiendo sin duda las órdenes de su madre, me hablaban lo menos posible; John chasqueaba la lengua en son de burla siempre que me veía y en una ocasión intentó pegarme, pero como me defendí igual que la última vez, poseída por el mismo sentimiento de rabia y desesperación, se lo pensó dos veces y corrió a los brazos de su madre insultándome y gritando que le había golpeado en la nariz. Es cierto que había levantado el puño contra ese apéndice prominente y, al ver que el gesto o el brillo amenazador de mis ojos le acobardaban, tuve unas enormes ganas de asestarle el golpe prometido, pero cuando me decidí él ya estaba a salvo tras las faldas de mamá. Cuando empezó a gimotear diciendo que «esa horrible Jane Eyre le había atacado igual que lo haría un gato salvaje», su madre le cortó bruscamente.
-No menciones su nombre, John. Te dije que ni la miraras: esa niña no merece que nadie la tenga en cuenta. No quiero que ni tú ni tus hermanas os acerquéis a ella.
En ese momento, no pude evitar la tentación de responder a sus palabras en voz alta y grité desde la barandilla:
-¡Son ellos los que no merecen mi compañía!
La señora Reed era una mujer más bien corpulenta, pero al oír esta extraña y atrevida declaración, corrió escaleras arriba y me arrastró del brazo hasta el cuarto de los niños con la velocidad de un rayo. Una vez dentro me ordenó que no volviera a salir de allí ni hiciera el menor ruido en lo que quedaba de día.
-¿Qué diría el señor Reed si aún viviera? -pregunté, casi sin ser consciente del significado de mis palabras.
Parecía que algo se había apoderado de mi lengua y la obligaba a hablar sin que mi voluntad interviniera en ello.
-¿Qué has dicho? -dijo la señora Reed con la voz ronca por la ira.
Una sombra de temor ensombreció sus ojos grises, ya fríos habitualmente, y me soltó el brazo, incapaz de decidir si lo que tenía ante sí era una niña o un demonio. Yo no pude detenerme.
-Mi tío, el señor Reed, está en el cielo y desde allí ve todo lo que usted hace o piensa, y también lo ven papá y mamá. Ellos saben que usted me tiene encerrada todo el día y han descubierto su deseo de verme muerta.
La señora Reed no tardó en recobrar la calma: me sacudió con más fuerza, me propinó un buen par de bofetones y me dejó encerrada sin decir una sola palabra más. Bessie me dirigió un sermón de más de una hora en el que demostró que yo era la niña más perversa y desagradecida que jamás había existido. Los malos sentimientos que sentía brotar de mi pecho casi lograron convencerme de que tenía razón.
Transcurrieron los meses de noviembre, diciembre y la mitad de enero. Como de costumbre se celebraron las fiestas de Navidad y de Año Nuevo con la alegría que caracteriza esos días: se intercambiaron regalos y se organizaron fiestas y banquetes. Huelga decir que a mí se me excluyó de toda diversión: mi parte se limitaba a presenciar cómo Eliza y Georgiana se arreglaban para cenar y luego verlas descender en dirección al salón, ataviadas con vestidos de delicada muselina, adornados con fajas de color escarlata y el cabello rizado con esmero; más tarde, podía distraerme con el sonido del piano o del arpa que llegaban desde abajo, o el continuo ir y venir de los criados y del mayordomo, con el tintineo de las copas y el súbito rumor de conversaciones que se escapaba cuando se abrían las puertas del salón. Cuando me cansaba de esta ocupación, abandonaba la escalera y me retiraba al silencio y la soledad que imperaba en el cuarto de los niños. Por lo menos allí me sentía triste, pero no sufría ningún desprecio. Para ser sincera, no tenía el menor deseo de estar acompañada, ya que nadie parecía nunca darse cuenta de mi presencia. Si Bessie se hubiera mostrado un poco más amable conmigo, habría preferido pasar las tardes a su lado que bajo la solemne mirada de la señora Reed en una sala repleta de damas y caballeros. Pero Bessie, tan pronto como acababa de vestir a las señoritas, solía marcharse a la cocina en busca del bullicio y la animación que allí reinaban, llevándose consigo la única vela. Entonces yo me sentaba frente al fuego hasta que este se consumía, con mi muñeca sobre las rodillas, dirigiendo de vez en cuando cautas miradas a mi alrededor para asegurarme de estar sola en la penumbra. Y, cuando las ascuas del fuego cobraban un rojo intenso, me desnudaba lo más deprisa posible, tirando de cintas y nudos como mejor sabía, y buscaba refugio en el lecho del frío y de la oscuridad. Siempre me acostaba con la muñeca: todos los seres humanos necesitan amar a alguien, y a falta de un objeto más valioso yo me complacía en querer a aquel juguete marchito y raído, una especie de espantapájaros en miniatura. Ahora me sorprende recordar la intensidad de mis sentimientos hacia ese ser inanimado: casi llegaba a creer que estaba viva y que era capaz de sentir. No me dormía hasta que la acurrucaba bajo las sábanas, no me quedaba tranquila hasta tener la absoluta certeza de que estaba cómoda y a salvo. Solo entonces, creyéndola feliz, era capaz de compartir con ella parte de ese sentimiento.
Las horas se hacían eternas mientras esperaba que los invitados se marcharan y distinguía el conocido rumor de los pasos de Bessie en la escalera. A veces entraba en mi habitación para coger las tijeras o el dedal, o con el fin de traerme algo de cena, un bollo o un pedazo de pastel de queso. En esas ocasiones solía sentarse a mi lado hasta que yo terminaba de comer y entonces me arropaba, y un par de veces incluso me dio un beso de buenas noches antes de irse. Cuando estaba de ese humor, Bessie era para mí la persona más hermosa y amable del mundo y yo ansiaba verla siempre así, en lugar de la Bessie habitual, que no paraba de regañarme y encargarme tareas desagradables. Creo que Bessie Lee debía de ser una joven bastante perspicaz y estaba dotada de un don para narrar historias, o al menos eso creía yo al escuchar sus cuentos. También era bonita, si los recuerdos no me fallan. Era una chica delgada, de pelo negro, ojos oscuros y agraciados rasgos, con una piel tersa y pálida. De hecho, a pesar de su temperamento caprichoso y a la absoluta falta de justicia que la caracterizaba, yo la prefería a cualquier otro habitante de Gateshead Hall.
Eran las nueve de la mañana del 15 de enero. Bessie había bajado a desayunar, mis primos aún no habían sido llamados por su madre. Eliza se estaba poniendo el sombrero y el grueso abrigo para ir a dar de comer a las gallinas, una de sus actividades preferidas junto con vender los huevos al ama de llaves y, sobre todo, contar después el dinero que obtenía. Su propensión natural para el comercio y su gran tendencia al ahorro quedaban patentes no solo en la venta de huevos ya mencionada, sino también en los tratos que hacía con el jardinero al que vendía los esquejes y semillas que ella misma cultivaba en su parterre. El jardinero tenía órdenes directas de la señora Reed de comprar todo aquello que la niña deseara vender y lo cierto es que Eliza se habría vendido su cabellera si esto le hubiera reportado algún beneficio. Solía esconder el dinero en los rincones más extraños, envuelto en tela o en trozos de papel, pero al saber que las criadas habían llegado a descubrir alguno de sus escondrijos, Eliza, temerosa de perderlo, consintió en confiárselo a su madre. Eso sí, como si de un usurero se tratara, le cobraba intereses de hasta un cincuenta o sesenta por ciento y anotaba con rigor todas sus cuentas en un pequeño cuaderno.
Georgiana estaba sentada en un taburete alto, peinándose y adornándose el cabello con flores artificiales y plumas viejas que había encontrado en un cajón del desván. Mientras, y obedeciendo a las estrictas órdenes de Bessie de tener la habitación arreglada antes de que ella regresara, yo me hacía la cama (lo cierto es que Bessie solía emplearme como ayudante para tareas como barrer los cuartos o quitar el polvo a los muebles). Después de extender bien la colcha y doblar el camisón, me dirigí a la ventana para poner en orden algunos libros y piezas de la casa de muñecas que había esparcidos por allí, cuando un agudo grito de Georgiana ordenándome que dejara en paz sus cosas (los espejos y las sillas en miniatura, al igual que los pequeños platos y tazas eran propiedad suya), detuvo mis movimientos; y, a falta de una ocupación mejor, me dediqué a lanzar el aliento sobre las flores que la escarcha formaba en los cristales, dibujando así un espacio por el que observar el paisaje exterior, petrificado bajo la intensa helada.
Desde esa ventana podía verse la vivienda del portero y el camino que usaban los carruajes para acercarse a la casa, y, como había logrado hacer un hueco bastante grande, pude divisar que la verja se abría para que un coche avanzara por el sendero. No despertó en mí el menor interés: las visitas a Gateshead eran frecuentes, pero jamás tenían nada que ver conmigo. El coche se detuvo frente a la casa, resonó con fuerza el timbre y alguien abrió la puerta. Yo me distraje enseguida observando a un pequeño gorrión hambriento que había volado hasta las desnudas ramas de un cerezo que crecía junto a la ventana en busca de comida. Sobre la mesa estaban los restos de mi desayuno; hice migas un pedazo de pan, y estaba abriendo la ventana para depositar en el alféizar el alimento del ave cuando Bessie entró corriendo en el cuarto de los niños.
-Señorita Jane, quítese el delantal. ¿Qué está haciendo ahí? ¿Se ha lavado las manos y la cara esta mañana?
Antes de contestar abrí la ventana de un último tirón, ya que quería asegurarme de que el pájaro no se quedara sin comer; cedió el pestillo y esparcí las migas. Algunas cayeron sobre el alféizar y otras sobre el cerezo. Después cerré la ventana de nuevo y repliqué:
-No, Bessie. Acabo de terminar de quitar el polvo.
-¡Qué niña más vaga y fastidiosa! ¿Y ahora qué está haciendo? Está arrebolada, con aspecto de andar metida en alguna travesura. ¿Para qué abría la ventana?
Me ahorré la respuesta porque Bessie no parecía tener tiempo para explicaciones. Me llevó al aseo, me restregó rápidamente las manos y la cara con agua y jabón y me secó con una áspera toalla; luego intentó domar mis revueltos cabellos con la ayuda de un cepillo de cerdas, arrancó el delantal que yo llevaba puesto y me ordenó que bajara a toda prisa al saloncito de los desayunos.
Deseé preguntar por qué; deseé preguntar si la señora Reed me esperaba allí, pero Bessie desapareció al instante cerrando tras de sí la puerta del cuarto de los niños, así que descendí despacio las escaleras. Habían pasado casi tres meses desde que la señora Reed me llamara por última vez: llevaba tanto tiempo encerrada en el cuarto de juegos que los salones se habían convertido para mí en regiones inhóspitas que temía recorrer.
De pie en el vacío recibidor, temblaba ante la perspectiva de entrar en el salón de desayunos. Los castigos injustos habían logrado convertirme en el ser más cobarde de la tierra. Temía retroceder hasta el cuarto de los niños y temía seguir adelante. Tras diez minutos de angustiosas dudas, el exigente sonido de la campana me decidió a entrar.
«¿Qué querrán de mí?», me preguntaba para mis adentros, mientras giraba el pomo de la cerradura que, durante un par de segundos, se resistió a mis esfuerzos. «¿Quién habría con la señora Reed: un hombre o una mujer?» El pomo cedió por fin y se abrió la puerta. Crucé el umbral, cabizbaja, y al levantar la vista me topé con... ¡una columna negra! O al menos eso fue lo que me pareció en un primer momento la figura delgada y erguida, vestida de negro, cuyo rostro amarillento era como una máscara esculpida, que había sido colocada en las alturas a modo de capitel.
La señora Reed estaba sentada junto al fuego, en su sillón, y me indicó con un gesto que me acercara a ella. Obedecí y ella me presentó al desconocido con estas palabras:
-Esta es la niña de la que le he hablado.
Y él, ya que el visitante se trataba de un hombre, se volvió despacio hacia mí y me examinó con sus pequeños ojos grises que relucían debajo de las pobladas cejas. Después dijo en tono solemne y con una voz muy grave:
-Es muy pequeña. ¿Cuántos años tiene?
-Diez.
-¿Tantos? -preguntó dubitativo. Siguió mirándome durante unos minutos antes de dirigirse a mí-: ¿Cómo te llamas, niña?
-Jane Eyre, señor.
Al decir mi nombre alcé la vista: él me dio la impresión de ser un caballero de gran altura, pero entonces yo era muy pequeña. Sus rasgos eran grandes y severos.
-Y bien, Jane Eyre, ¿eres una niña buena?
Como era imposible dar una respuesta afirmativa a la pregunta cuando todos los que me rodeaban pensaban lo contrario, opté por el silencio. La señora Reed contestó por mí con un expresivo ademán, seguido de estas palabras.
-Señor Brocklehurst, cuanto menos hablemos de eso, mejor.
-¡Me disgusta oír esto! Ella y yo debemos mantener una pequeña charla -Y, mientras pronunciaba estas palabras, se dejó caer en el sillón situado frente al de mi tía e inclinó su cuerpo en dirección a mí-. Acércate, niña.
Crucé la alfombra y me coloqué frente a él. Ahora que podía verle bien, observé con atención su rostro. ¡Qué nariz tenía! ¡Qué boca tan grande y qué dientes tan prominentes!
-No hay visión más triste que la de un niño malo, -comenzó- especialmente si se trata de una niña pequeña. ¿Sabes adónde van los malvados después de morir?
-Van al infierno -respondí, deprisa y sin pensarlo dos veces.
-¿Y qué es el infierno? ¿Puedes explicármelo?
-Un abismo lleno de fuego.
-¿Y te gustaría caer en ese abismo y arder en él por toda la eternidad?
-No, señor.
-¿Qué debes hacer para evitarlo?
Reflexioné durante un momento y al final me decidí a dar una respuesta poco convencional.
-Procurar estar bien de salud y no morirme.
-¿Cómo puedes mantenerte en buena salud? Todos los días mueren niños más pequeños que tú. Hace solo un par de días enterré a un niño de cinco años, un niño bueno cuya alma está hoy en el cielo. Me temo que ese no sería tu caso en las mismas circunstancias.
Incapaz de resolver sus dudas, me limité a fijar los ojos en sus grandes pies situados sobre la alfombra y a exhalar un suspiro, deseando hallarme muy lejos de allí.
-Espero que ese suspiro proceda del corazón, y sea una muestra del arrepentimiento que sientes por haber disgustado a tu excelente bienhechora.
«¡Bienhechora! ¡Bienhechora! -me dije para mis adentros-, todos la llaman mi bienhechora. Si eso es verdad, ser bienhechora debe de ser algo muy desagradable.»
-¿Rezas tus oraciones por la mañana y por la noche? -continuó mi interlocutor.
-Sí, señor.
-¿Lees la Biblia?
-A veces.
-¿Te gusta? ¿Te divierte hacerlo?
-Me gustan las Revelaciones y también el Libro de Daniel, el Génesis, el Libro de Samuel, parte del Éxodo, y algunos fragmentos de los Reyes y las Crónicas, así como la historia de Job y la de Jonás.
-¿Y los salmos? Supongo que te gustarán...
-No, señor.
-¿No? ¡Qué curioso! Conozco a un niño más pequeño que tú que ya se sabe de memoria seis salmos; y cuando le preguntas si prefiere comer un dulce de jengibre o aprenderse los versos de un nuevo salmo, él contesta sin dudarlo: «¡Los versos del salmo! Los ángeles cantan salmos y yo quiero ser un pequeño ángel aquí en la tierra». Así obtiene dos dulces como respuesta a su piedad infantil.
-Los salmos me aburren -señalé.
-Eso prueba que tienes un corazón perverso. Debes rezar a Dios para que te lo cambie y te proporcione uno nuevo y puro: un corazón de carne en lugar de ese corazón de piedra que posees.
Estaba a punto de formular una pregunta acerca de cómo iba a realizarse la operación que cambiaría mi corazón cuando intervino la señora Reed y me ordenó que tomara asiento.
-Señor Brocklehurst, creo que en la carta que le escribí hace tres semanas ya le advertía de que esta niña carece del carácter y la disposición que yo desearía. Si la admitiera en la escuela Lowood, yo estaría encantada de que la supervisora y las demás maestras la vigilaran estrechamente y prestaran una especial atención al peor de sus defectos: la tendencia al engaño. Lo menciono en tu presencia, Jane, para que no creas que podrás fingir delante del señor Brocklehurst.
Hacía bien en temer a mi tía, hacía bien en no fiarme de ella. Su instinto la llevaba a zaherirme con crueldad. Nunca me sentí feliz en su presencia: no importaba que atendiera escrupulosamente a todos sus deseos, no importaba cuánto me esforzara por complacerla, lo único que obtenía a cambio eran frases como las que acababa de pronunciar. Dichas delante de un extraño, sus acusaciones me desgarraron el corazón. En esa nueva vida a la que me condenaba, sus comentarios iban encaminados a despojarme de toda esperanza; supe, sin poder entender el porqué, que ella estaba sembrando la aversión y la desconfianza en mi camino. Delante del señor Brocklehurst, me había descrito como una criatura falsa e hipócrita, y ¿qué podía hacer yo para evitarlo?
«Nada», pensé mientras luchaba por no romper a llorar, tragándome las ardientes lágrimas que pugnaban por salir de mis ojos, prueba evidente de la impotencia que me embargaba.
-El engaño es un triste defecto en un niño -sentenció el señor Brocklehurst-. Va parejo a la hipocresía, y todos los mentirosos tienen reservado un lugar en ese lago de pez hirviente. No se preocupe, señora Reed: la vigilaremos de cerca. Yo mismo hablaré con la señorita Temple y con las demás profesoras.
-Desearía que fuera criada de acuerdo con sus perspectivas de futuro: -prosiguió mi bienhechora-, que se convierta en un ser útil y humilde. En lo que respecta a las vacaciones, si usted lo permite, preferiría que las pasara siempre en Lowood.
-Sus decisiones son de lo más razonable, señora -respondió el señor Brocklehurst-. La humildad es una de las gracias cristianas, y una especialmente apropiada para las alumnas de Lowood. Yo mismo me ocupo de que cultiven dicha virtud. He estudiado las mejores maneras de mortificar el mundanal defecto del orgullo, y puedo decir que el otro día pude ver que mis esfuerzos daban resultados satisfactorios. Mi segunda hija, Augusta, fue de visita a la escuela con su madre y al volver a casa exclamó: «¡Oh, papá! ¡Qué aspecto tan sencillo y humilde tienen todas las niñas de Lowood! El pelo peinado detrás de las orejas, las batas largas y esos pequeños bolsillos que sobresalen de sus delantales... ¡Parecen niñas pobres! Miraban mi vestido y el de mamá como si nunca hubieran visto un traje de seda».
-Eso es exactamente lo que buscaba para Jane Eyre -replicó mi tía-. En toda Inglaterra no habría encontrado un sitio más a propósito para una niña como ella. Resignación, señor Brocklehurst, soy una firme defensora de la resignación en todos los aspectos de la vida.
-La resignación, señora, es la primera obligación de un cristiano, y en Lowood se fomenta desde el más nimio de los detalles: una comida frugal, un atuendo sencillo, un alojamiento sin lujos de ningún tipo y la obligación de enfrentarse a duras tareas. Ese es el pan de cada día de las moradoras de Lowood.
-Me parece perfecto, señor. ¿Puedo confiar entonces en que esta niña será admitida en Lowood y educada conforme a su posición social y sus perspectivas de futuro?
-Por supuesto, señora. Estará en ese jardín de flores escogidas y espero que sabrá mostrarle su gratitud por el inestimable privilegio que le concede.
-La enviaré tan pronto como sea posible, señor Brocklehurst. Le aseguro que no veo el momento de verme libre de tan pesada carga.
-No lo dudo, señora, no lo dudo. Ahora debo desearle buenos días. Tardaré un par de semanas en volver a Brocklehurst Hall, ya que debo visitar a mi buen amigo, el Archidiácono, y me temo que este me retendrá durante ese tiempo. Avisaré a la señorita Temple de la llegada de una niña nueva y así evitaremos cualquier posible contratiempo. Adiós.
-Adiós, señor Brocklehurst. Salude de mi parte a la señora y a la señorita Brocklehurst, así como a Augusta, a Theodora y al señorito Broughton.
-Así lo haré, señora. Querida niña, aquí tienes un libro titulado La guía de la infancia; léelo con atención, especialmente la parte que relata la súbita muerte de Martha G., una malvada niña adicta al engaño y a contar todo tipo de mentiras.
Con estas palabras el señor Brocklehurst puso en mis manos un delgado folleto cosido a una cubierta y, después de llamar a su cochero, abandonó la casa.
La señora Reed y yo nos quedamos solas. Pasaron unos minutos en el más absoluto silencio: ella cosía y yo la observaba. En esa época mi tía debía de rondar los treinta y seis o treinta y siete años. Era una mujer robusta, ancha de hombros y provista de gruesos brazos; no era alta, pero tampoco se la podía describir como obesa. Tenía los rasgos grandes, la mandíbula fuerte y sólida, la frente baja y la barbilla grande y prominente; en cambio, la nariz y la boca eran de proporciones agradables. Bajo sus perfiladas cejas brillaban unos ojos incapaces de traslucir la menor compasión; la piel, morena y opaca, contrastaba con su cabello casi rubio. Por otro lado, poseía una salud de hierro: jamás la aquejó enfermedad alguna. Lo controlaba todo con mano de hierro y eran sus hijos los únicos que, en contadas ocasiones, se atrevían a reírse de ella y a desafiar su autoridad. Solía vestir con elegancia y se movía con la seguridad de una dama consciente de su atractivo.
Examiné su figura desde el taburete en que me hallaba, a escasos centímetros de ella, mientras estudiaba de cerca todos y cada uno de sus rasgos. En mis manos sostenía el relato de la repentina muerte de la niña mentirosa que debía leer con especial atención. Mi mente seguía dando vueltas a lo que acababa de acontecer en esa habitación: a lo que mi tía había dicho de mí al señor Brocklehurst, al contenido general de la conversación. Volví a sentir el efecto de sus palabras, clavadas en mi recuerdo como aguijones, y me invadió un intenso sentimiento de odio.
La señora Reed levantó la vista de su costura; sus ojos se posaron en los míos mientras los dedos detenían sus cuidadosos movimientos.
-Sal de la habitación y vuelve al cuarto de los niños -ordenó.
Algo en mi mirada había debido de ofenderla porque el tono en que me habló demostraba una reprimida irritación. Me levanté y dirigí los pasos hacia la puerta, pero antes de salir di media vuelta y me encaminé hacia mi tía con la cabeza alta y la mirada desafiante.
Debía hablar. Me habían herido y buscaba venganza, pero ¿cómo? ¿Cuáles podrían ser mis bazas contra el enemigo? Hice acopio de toda mi energía y la invertí en una sola frase:
-Yo no soy mentirosa. Si lo fuera, podría decir que la quiero. En cambio, declaro que no solo no siento amor por usted, sino que la aborrezco más que a nadie en el mundo, con la sola excepción de su hijo John. Y en cuanto a este libro sobre niñas mentirosas, haría mejor en dárselo a Georgiana, ya que es ella la que miente y no yo.
Las manos de la señora Reed permanecieron inactivas y sus ojos de hielo continuaron perforando los míos.
-¿Has dicho cuanto tenías que decir? -preguntó, en el mismo tono que usaría para hablar con un adulto en lugar del que suele emplearse con los niños.
Su mirada y su voz despertaron en mí todos los sentimientos de antipatía. Seguí hablando mientras temblaba de la cabeza a los pies, incapaz de controlar mis impulsos.
-Estoy contenta de que no nos una parentesco alguno: no volveré a llamarla tía en lo que me quede de vida. Nunca vendré a verla cuando sea una mujer, y si alguien me pide mi opinión sobre usted y sobre cómo me trató, responderé que el simple recuerdo de su existencia me pone enferma, y que su conducta hacia mí fue mezquina y cruel.
-¿Cómo te atreves a decir eso, Jane Eyre?
-¿Que cómo me atrevo, señora Reed? ¿Cómo me atrevo? Porque es la verdad. Usted cree que yo no tengo sentimientos, que puedo vivir sin una pizca de amor o de amabilidad, pero no puedo. Usted ignora el significado de la palabra piedad. Siempre recordaré que me empujó hacia el interior de la habitación roja (sí, me empujó con todas sus fuerzas y me encerró allí), desoyendo mis súplicas de compasión. Yo no paraba de gritar: «¡Tenga piedad! ¡Tenga piedad!». Y todo ese castigo simplemente porque su malvado hijo me pegó y me tiró al suelo sin ningún motivo. Esto es lo que explicaré a todos los que me pregunten. La gente cree que es usted una buena mujer, pero se equivocan: usted tiene mal corazón. ¡Usted es la mentirosa!
Al terminar mi discurso sentí que mi alma quedaba invadida por una intensa sensación de triunfo, una vigorosa bocanada de aire fresco, como si hubiera roto todas las barreras y me estuviera lanzando de cabeza hacia la ansiada libertad. La expresión de temor de la señora Reed confirmaba este sentimiento: la labor se le había escapado de las manos, y las manos no paraban de temblar mientras sus ojos parecían estar al borde de las lágrimas.
-Jane, te equivocas. ¿Se puede saber qué es lo que te sucede? ¿A qué vienen esos violentos temblores? ¿Quieres beber un vaso de agua?
-No, señora Reed.
-¿Deseas algo más, Jane? Te aseguro que desearía que fuéramos amigas.
-No. Usted le dijo al señor Brocklehurst que yo era mala, que tenía tendencia al engaño, y yo me encargaré de que todos en Lowood sepan cómo es usted en realidad y qué es lo que me ha hecho.
-Jane, tú no puedes entender estas cosas: los defectos de los niños deben ser corregidos.
-¡Yo no soy una mentirosa! -grité sin poder reprimirme, poseída por la rabia.
-Pero debes admitir que eres demasiado apasionada, Jane. Ahora querida, vuelve a la habitación de juegos y descansa un rato.
-No me llame querida. No quiero descansar: envíeme al colegio cuanto antes, señora Reed, porque odio vivir en esta casa.
-Por eso no te preocupes -murmuró entre dientes la señora Reed, antes de recoger su labor y abandonar bruscamente la habitación.
Yo me quedé sola. Había ganado la partida: era la batalla más dura que jamás había disputado y también mi primera victoria. De pie en el mismo lugar que había ocupado el señor Brocklehurst, disfruté de la soledad que acompaña al conquistador. Al principio sonreí encantada, pero este placer se esfumó con la misma velocidad con que se redujo la aceleración del pulso. Una niña no podía enfrentarse a sus mayores, ni dar rienda suelta a su furia como había hecho yo, sin experimentar después el dolor del remordimiento y el miedo a las consecuencias. La imagen del fuego devorando unas montañas, vivo, vigilante y absorbente, habría sido una buena representación del estado de mi mente mientras acusaba y amenazaba a la señora Reed; las mismas montañas, ennegrecidas y devastadas tras las llamas, serían el reflejo perfecto de mi ánimo media hora después, cuando la reflexión se encargó de mostrarme la locura de mis actos y la profunda tristeza que subyacía bajo tanto odio.
Había degustado por primera vez la venganza: al principio me había parecido un buen vino, cálido y reconfortante; y sin embargo el sabor de boca que dejaba a su paso, metálico y corrosivo, me hizo pensar en un veneno. De buena gana habría corrido a pedir perdón a la señora Reed, pero la experiencia y el instinto me decían que eso solo conseguiría doblar su aborrecimiento hacia mí y alimentar los turbulentos impulsos de mi incontrolada naturaleza.
Decidí ejercitar alguna facultad distinta a la de hablar con pasión, buscar alimento para borrar de mí esa sombría indignación. Cogí un libro de cuentos árabes, me senté y comencé a leer. Sin embargo, era incapaz de concentrarme en el texto: mis propios pensamientos flotaban entre las palabras escritas que otras veces me habían fascinado. Abrí el ventanal del comedor pequeño. Los arbustos permanecían inmóviles; la escarcha reinaba en los campos sin que el sol ni la brisa disputaran su dominio. Me tapé la cabeza y los brazos con la sobretela de mi vestido y salí a pasear por la zona más aislada, sin hallar el menor placer en los silenciosos árboles, las piñas caídas, las reliquias de las heladas del otoño: hojas rojizas que el viento esparcía para luego agrupar de nuevo. Me apoyé en la verja y observé un campo vacío en el que no había ovejas paciendo, donde la hierba cortada se había teñido de blanco. Era un día muy gris: un cielo opaco que amenazaba nieve se extendía por encima del paisaje. Comenzaban a caer algunos copos, acumulándose en el sendero o en el prado sin llegar a fundirse. Permanecí erguida, sintiéndome profundamente desgraciada y preguntándome una y otra vez en un susurro: «¿Qué será de mí? ¿Qué será de mí?».
De pronto llegó hasta mí una voz clara que gritaba:
-¡Señorita Jane! ¿Dónde se ha metido? ¡Es hora de comer!
Reconocí de inmediato los gritos de Bessie, pero no me moví. Sus pasos se acercaron por el sendero.
-¡Condenada cría! -exclamó-. ¿Se puede saber por qué no acude cuando se la llama?
Comparada con los pensamientos que me habían acosado, la presencia de Bessie me infundió alegría, aunque, como de costumbre, ella estaba de bastante malhumor. Lo cierto es que después de la victoria obtenida sobre la señora Reed yo no estaba dispuesta a preocuparme lo más mínimo por los fugaces enfados de la niñera, y en cambio sí ansiaba buscar consuelo en su corazón juvenil.
-¡Bessie! ¡No me riñas más, por favor! -dije, echándole los brazos al cuello.
Esa acción sincera y espontánea, y por lo tanto impropia de mí, tuvo la virtud de agradarle.
-Es usted una niña muy rara, señorita Jane -dijo sin dejar de mirarme-, una criatura vagabunda y solitaria. Supongo que ya sabe que se irá al colegio...
Asentí.
-¿Y no echará de menos a la pobre Bessie?
-¿Acaso Bessie se preocupa por mí? Siempre me está regañando por algo.
-Porque usted es una niña desconfiada y asustadiza. Debería mostrar más valor.
-¿Para qué? ¿Para ganarme más golpes?
-¡Tonterías! Pero me parece que pronto va a necesitarlo. Cuando mi madre vino a verme la semana pasada, mi madre me dijo que no le gustaría ver a ninguno de los suyos en su lugar. Bueno, entremos. Tengo buenas noticias para usted.
-No puedo creerlo, Bessie.
-¡Criatura! ¿Qué quiere decir? ¡Qué ojos tan tristes pone! Pues resulta que la señora, las señoritas y el señor John están invitados a tomar el té esta tarde, así que usted y yo lo tomaremos juntas. Le pediré a la cocinera que le prepare un pastel pequeño y luego me ayudará a vaciar los cajones: debo hacerle el equipaje. La señora pretende que salga de Gateshead dentro de un par de días. Quiero que me diga qué juguetes quiere llevarse usted al colegio.
-Bessie, prométeme que no volverás a regañarme en el tiempo que esté aquí.
-Muy bien, pero usted trate de ser buena y no me tenga miedo. No se asuste si me oye hablar enojada... ¡Es toda una provocación!
-No creo que pueda volver a temerte, Bessie, porque me he acostumbrado a ti. Pronto tendré otras personas a las que temer.
-Si les teme, ellos la aborrecerán.
-¿Como tú, Bessie?
-Yo no la aborrezco, señorita. Creo que la aprecio más que a cualquiera de los otros.
-Pues no lo demuestra.
-¡Niña respondona! Hablas de otra forma esta tarde. ¿Qué te ha vuelto tan dura y atrevida?
-Pronto estaré lejos de ti, y además...
Estuve a punto de explicarle lo que había sucedido con la señora Reed, pero, después de pensarlo unos instantes, decidí mantener en silencio ese episodio.
-Así que está contenta de perderme de vista...
-En absoluto, Bessie. En este momento, lo lamento bastante.
-¡En este momento! ¡Y solo bastante! ¡Con qué tranquilidad lo dice! Seguro que si le pido un beso, prefiere no dármelo.
-Claro que te lo daré. Baja la cabeza.
Bessie se inclinó y ambas nos abrazamos. La seguí hasta la casa sintiéndome mucho mejor. La tarde pasó en paz y armonía, y por la noche Bessie me explicó los cuentos más bellos que sabía y me cantó las canciones más dulces. Incluso para mí, la vida tenía sus rayos de sol.
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