18.
EL COLLAR
«Limpia la mesa. ¡Que limpies la mesa! ¿Estás sorda, estúpida?».
Los gritos de Oscar la despertaron de su estado de ensoñación. Estaba física y emocionalmente agotada; su mente había encontrado como mecanismo de defensa viajar a sitios donde en algún momento fue feliz. Becca iba hacia Colton. Todavía podía apreciar el aroma masculino que desprendían sus prendas de vestir, la suavidad de la camiseta de algodón y lo atento que se portó cuando le permitió ver una película en su sofá. Cole la trataba de un modo tan pacífico —a pesar de que apenas se conocían— que no había conocido hasta entonces. Él tenía una sonrisa magnífica, los ojos más bonitos que había visto en toda su vida y un aura protectora que le daba la certeza de que a su lado jamás podría suceder algo malo. Becca, en su inocencia, no contemplaba la posibilidad de malas intenciones, tampoco era consciente de lo peligroso que podían llegar a ser algunos hombres. Tan solo deseaba pasar más tiempo con Cole, era lo que le dictaba su corazón.
Nerviosa, buscó acariciar el dije de cruz que llevaba en el cuello pero no encontró nada. Lo intentó por segunda vez... Vacío. Bajó la vista, dándose cuenta de que el collar de plata no estaba en su lugar. Tragó saliva, angustiada.
«Oh, no. Lo perdí. Lo perdí», se alertó. Quería llorar.
Entonces, Oscar, que había perdido la paciencia, se acercó. La levantó sujetándola del cuello y la obligó a ponerse de pie. Becca permaneció aterrada, mientras sentía la mano masculina presionando con violencia alrededor del cuello. Su respiración empezó a dificultarse.
—Ponte a limpiar de una vez, zorra inútil —ordenó. Luego, la soltó con prepotencia.
Becca se tambaleó, amortiguó la caída sosteniéndose del borde de la mesa con las manos. Era humillante. Todos a su alrededor observaban la escena sumidos en el silencio. Los únicos que lucían asustados eran Jhena y Valentino, que miraban hacia el piso, inmóviles. Sin protestar, Becca comenzó a recoger los platos, vasos y cubiertos sucios. También las fuentes vacías con restos de comida. Después, lo lavó todo en el fregadero, dejando los utensilios impecables. Mientras tanto, lloraba en su interior por la pérdida de su collar. Quizá era una tontería preocuparse por un daño material, pero se trataba de un objeto significativo, que la acompañaba desde que era una niña pequeña. Lo único que le quedaba de Sion Creek, de su antigua vida, de la única familia que conocía. En ese objeto estaba depositada su fe, sus creencias, era un símbolo en el que hallaba fuerzas para seguir con su vida.
«Debe estar por aquí» dijo para calmarse.
Empezó a buscar.
Lo hizo con cautela, procurando no causar ruidos o convertirse en una molestia. Buscó bajo los muebles, armarios, mesas y sofás. Buscó bajo las alfombras, en la cocina y alacenas. Incluso buscó en el baño y se lamentó al darse cuenta de que fácilmente podría haber caído por una rendija perdiéndose para siempre. Sin embargo, no se rindió. Llegó a su habitación. Jhena estaba metida en la cama. Alexa estaba sentada, tenía una camiseta negra en las manos y usaba una tijera para hacerle múltiples cortes. Le gustaba personalizar su ropa.
—Uhm, chicas...
—¿Qué quieres? —contestó Alexa en un tono duro.
—Nada. Nada —su compañera le ponía los nervios de punta—. Solo... Solo quería saber si ustedes... ¿Han visto un collar con una cruz? —se atrevió a preguntar.
—Yo no lo he visto —respondió Jhena desde su cama.
—¿Estás insinuando que te robamos ese patético collar? —increpó Alexa.
—No, no. Yo... Yo lo perdí. Pensé que quizá podrían haberlo visto.
Alexa apartó la camiseta. Se puso de pie con la tijera en la mano y se aproximó a Becca que intentó distanciarse, pero se encontró con el borde de su cama.
—Estoy harta de escucharte, estúpida —continuó acercándose con actitud amenazante hacia la chica hasta dejarla acorralada—. A nadie le importa ese ridículo collar, ¿sabes? Si vuelves a insinuar que soy una ladrona, te cortaré el cuello —apuntó la tijera a su cuello.
Lo rozó apenas.
—Perdón. Perdón —empezó a implorar—. No me hagas daño, por favor.
Jhena se hizo una bola, repleta de miedo. Becca temblaba con los ojos cerrados.
—Y si veo ese estúpido collar, lo tiraré a la basura. ¿Escuchaste?
—Por favor, no...
—¿Escuchaste? —acercó la filosa tijera hacia su brazo—. ¿¡Sí o no!?
—Sí, sí. Escuché —aseguró entre lágrimas. Sin embargo, no fue suficiente para Alexa. De un simple movimiento, provocó un corte en el brazo inferior. Becca largó un alarido—. Por favor, ya basta.
Alexa tomó distancia mirando la herida con una sonrisa triunfal. Becca le provocó rechazo desde la primera vez que la observó en el hogar. Detestaba su tranquilidad, su manera cuidadosa de hablar y la delicadeza con la que se movía. Detestaba su cabello largo, las prendas de anciana que vestía y que, aun así, siguiera viéndose bonita.
—La próxima vez te haré lo mismo pero en el cuello, imbécil —aseguró y sin más preámbulo, siguió modificando la camiseta.
🤍🏀🤍
—Cielo, podrías habérmelo dicho.
—¿De qué hablas? —preguntó Cole notablemente confundido. Estaba a punto de marcharse al instituto cuando su madre lo detuvo.
—No te avergüences —murmuró con ternura—. Está bien tener creencias religiosas. ¿Sabes? Con tu padre decidimos criarte con la libertad de elegir. Ya tienes edad suficiente para elegir en lo que quieres basar tu fe —el chico arrugó los ojos tratando de asimilar la magnitud del discurso.
—¿Creencias religiosas? —su ceño se frunció aún más. Probablemente era alguna de las ideas disparatadas de su madre—. No tengo idea de lo que estás hablando, mamá. Debo irme o llegaré tarde a clases.
La mujer sonrió con dulzura a su hijo adolescente. Sabía que Colton era un chico naturalmente valiente, parecía ir contra el mundo sin temer absolutamente a nada. Estaba convencida de que era bueno que tuviera creencias en las que resguardarse cuando su mundo tambaleara. Ellos no eran una familia que predicara una religión, pero si su hijo elegía el camino de Dios, lo aceptaría.
—Ya no tienes que esconderte, Colty. Lo encontré en el piso del baño —sacó un collar de plata que tenía el dije de una cruz—. Estuvo a punto de perderse en la rendija. Lo salvé a tiempo. Ten —le extendió el objeto que él enseguida sujetó.
Estudió la cadena entre sus dedos.
—Esto no es mío.
—¿No? —la mujer dudó—. No me digas. ¿Shep está yendo a la iglesia? —alzó las cejas.
—No. Es de Becca —el nombre se escapó de sus labios—. De una amiga —corrigió enseguida.
—Oh, Colty. ¿Trajiste a una chica a casa? —curioseó—. Pensé que salías con Kaylee. ¿Ya no sales con ella? —la señora Bradford aprovechó la oportunidad para hacer un par de averiguaciones. Colton solía ser una persona cerrada con respecto a su vida íntima, así que apreciaba cada situación de la que podía conseguir algo de información.
—No salgo con Kaylee. Siempre fuimos amigos —aclaró un tanto fastidiado—. Me tengo que ir —anticipó guardando el collar en un bolsillo interno de la chaqueta.
—¿Y Becca? ¿Quién es?
—Es una amiga del instituto. Eso es todo —si no daba una explicación concisa, su madre no se detendría—. Adiós, mamá.
Se marchó de la casa con emoción de llegar pronto al instituto. No sucedía a menudo. Durante una temporada, había planteado la posibilidad de rendir las materias libres o cambiarse a la modalidad de clases virtuales ya que eso le permitiría dedicar más tiempo a su entrenamiento deportivo. Sin embargo, sus padres se lo negaron con el sustento de que asistir al instituto lo mantendría con los pies sobre la tierra. Estaban convencidos de que no sería bueno para Colton privarse de las vivencias de cualquier adolescente. En un futuro, cuando fuera adulto, se los agradecería. De hecho, estaba exaltado por llegar al instituto porque tenía una excusa para hablarle a Becca. Iría directo hacia ella.
Transitó el pasillo principal buscando a Becca entre los estudiantes. Nada. Una chica de figura esbelta y cabellera pelirroja lo obligó a detenerse.
—Hasta que te encuentro, deportista estrella —bromeó.
—Ahora no puedo, Kaylee.
—Tendrás que poder —dijo tirándolo del brazo en dirección a la puerta que daba al exterior—. No viviré un segundo más con esta incertidumbre.
Arrastrando los pies, Colton siguió a su amiga. O novia. O amiga con derecho. Nunca estaba seguro de qué eran exactamente.
—¿Qué pasó?
—¿Estamos saliendo? Sí o no —exigió.
—Kay, dijimos que no había etiquetas...
—Genial. Eso es un no —dio por sentado. El ceño de Cole se frunció ligeramente. Ella rió suave—. No quiero salir contigo.
—¿No?
—No te lo tomes personal. No quiero salir con nadie, en realidad. Estoy en una etapa de mi vida en la que quiero... divertirme. Ya sabes —pronunció con seguridad—. Así que gracias por ahorrarme todo ese dramatismo que conlleva terminar una relación. Eres lo máximo, Bradford —bromeó y le dio un beso en la mejilla. Luego, se dirigió al interior.
Colton sonrió divertido mientras la veía marchar de espaldas. Entonces, comprendió. No eran pareja ni amigos con derecho. Simplemente dos amigos que crecieron juntos y en algún momento, confundieron las cosas. Nada más. No había nada romántico que lo uniera a ella. En cambio, Becca invadió sus pensamientos otra vez. Aunque la chica —indirectamente— podía traerle problemas con Julian —o con cualquiera en el mundo— él no tomaría distancia ni ignoraría lo que dictaba su corazón.
Y en ese momento, su corazón le dictaba que fuera hacia ella.
🤍🏀🤍
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