16.
CONTIGO, DONDE SEA
Ambos subieron a través de una escalera que conectaba la sala de estar con la segunda planta. Había siete habitaciones. Colton tenía la última con un gran ventanal que daba al jardín trasero. Las cortinas estaban semiabiertas, Becca contempló la piscina, más vegetación y una fuente de estilo italiano que expulsaba una cascada de agua.
Una maravilla.
Colton cerró las cortinas, encendió las luces y arrojó la mochila escolar sobre su cama. Becca permaneció tiesa en medio de la habitación, observó el color azul marino de las paredes, los pósters de baloncesto y los estantes repletos de trofeos y diversos reconocimientos que Colton recibió a lo largo de su vida por su excelencia en el deporte. Se veía como un museo, aunque bastante descontracturado pues también había un aro para encestar de interior, colgando sobre el umbral de la puerta. En un rincón, dos balones. Frente al sommier de dos plazas, un televisor aferrado a la pared y una consola de videojuegos sobre una mesita, debajo.
—Ponte cómoda —murmuró—. El baño está por aquí —Colton giró hacia la izquierda y abrió una puerta que dirigía al toilet—. Puedes darte una ducha, si quieres. Luego puedes darme tu ropa y la meteré a la lavadora. ¿Está bien?
—Sí... —él se dispuso a retirarse. Becca se miró a sí misma. Tenía que quitarse la falda, la camisa y el jersey. Todo estaba sucio—. Eh, Cole. Espera. Yo no... No tengo otra ropa para ponerme.
—Ah, lo olvidé. Qué tonto —se rascó la nuca, nervioso—. Puedes sacar lo que quieras de mi armario. Te daría algo de mi madre, pero su vestidor está bajo llave. Lo siento.
—Está bien. Tu ropa está más que bien —el chico estaba haciendo demasiado por ella. No quería molestar en absoluto.
—De acuerdo —sonrió y dos hoyuelos se formaron en sus mejillas—. Llámame si necesitas algo. Estaré en la cocina.
Colton se marchó. Becca, sigilosa, se metió al cuarto de baño. Tenía todo el alcance de su mano: shampoo, acondicionador, jabón líquido y toallas limpias. Se quitó toda la ropa, abrió los grifos para conseguir agua tibia y se metió bajo la ducha. Cerró los ojos, apreciando el sonido relajante que producía el agua cayendo a través de su cuerpo. Su corazón se aceleró. En Sion Creek tenían un protocolo estructurado sobre cuándo ducharse. No era algo libre. En el hogar de acogida, ocurría algo similar, además de que el agua caliente duraba menos de tres minutos. Oscar le había advertido que si demoraba más de cinco minutos, sería sacada a rastras del baño. Sin embargo, en casa de Colton perdió la noción del tiempo. Nadie tocó la puerta. Nadie la apresuró.
Terminó el baño cuando consideró que era conveniente. Salió envuelta en ese aroma tan masculino que desprendía Colton y con un toallón blanco alrededor de su cuerpo. Cautelosa, se puso de puntillas y revisó los estantes del armario. Nunca había usado prendas de vestir de un hombre. En Sion Creek estaba prohibido. Las mujeres solo podían usar faldas, vestidos y camisetas que no dejaran rastros de piel a la vista. Lo que estaba a punto de hacer era impensado en su comunidad. Respiró hondo, pidió disculpas a Dios y eligió una camiseta beige de algodón. Luego, encontró un short deportivo negro que tenía un cordón para ajustar a la cintura. Era la opción más sensata, teniendo en cuenta que Colton era un gigante a su lado y que cualquier prenda le sentaría como una carpa.
Se puso la ropa interior —lo único que pudo rescatar de su uniforme— y un par de calcetines verde inglés que halló en un cajón —lo cerró rápidamente al darse cuenta de que también estaba la ropa interior del chico—.
—Eh... ¿Cole? —se asomó hacia el pasillo. No apareció. Miró hacia los lados, procurando que no había nadie más y procedió a bajar las escaleras con su ropa sucia en la mano. En planta baja, caminó hacia la derecha y siguió un pasillo que desembocó en la cocina. Ahí estaba él, de espaldas. Preparaba algo que olía delicioso—. Cole —pronunció repleta de alivio.
Él volteó hacia ella. Sostenía un utensilio de cocina y vestía el uniforme incompleto, se había quitado la chaqueta y el jersey, solo llevaba la camisa blanca arremangada con los primeros botones desprendidos.
—Aquí está la ropa —indicó—. Puedo... Puedo ir al lavadero y ocuparme yo misma, no tienes que...
—Dejámelo a mí, Beck. Tú siéntate. Regresaré enseguida —él sujetó las prendas, se internó en el cuarto de lavado, metió todo a la lavadora y lo programó en modo «lavado y secado rápido»—. Listo. Estará en treinta minutos.
—Gracias, ángel. Cole, digo. Cole —sonrió nerviosa. Estaba sentada en un taburete tan alto que sus pies no tocaban el suelo. O mejor dicho, ella era demasiado bajita—. ¿Qué vas a comer?
—Vamos a comer —corrigió—. Te perdiste el almuerzo por mi culpa. Lo mínimo que puedo hacer es cocinarte. ¿Te gustan los espaguetis con pollo a la crema?
Becca se relamió el labio inferior. Sonaba delicioso. Su estómago rugió de hambre.
—Creo... Creo que sí —titubeó. No podía creer que ese muchacho estuviera cocinando para ella. En ese mundo los roles estaban invertidos. Se suponía que eso era tarea de las mujeres, era lo que habían inculcado en Sion Creek—. Bueno, nunca lo probé —admitió—. Pero creo que me encantará.
—Lo hará —prometió—. ¿Cuál es tu comida favorita?
Ella dudó. No estaba segura de cuál era su comida favorita porque nunca había podido elegir nada. El profeta siempre decidió por todas; en el hogar de acogida también ocurría algo similar. La beca que le habían otorgado en Lakeville incluía el almuerzo, pero en el comedor del colegio tampoco tenía demasiadas opciones. No tenía poder de elección. Esa simple pregunta despertó un nudo en su garganta, la sensación de estar perdida en el mundo. Percibió las lágrimas asomarse, pero se contuvo tan rápido como fue posible.
«Sé dulce. Sé dócil. Sé obediente»
—Me... Me gusta el pastel de limón —recordó lo que había probado días atrás en la cafetería de Maggie.
—Te van más las cosas dulces, ¿eh?
—Creo... Creo que sí. Y... ¿Cuál es el tuyo?
—Hamburguesas. Es comida basura pero no deja de ser deliciosa —admitió.
—Preparamos hamburguesas donde trabajo —contó animada—. Deberías... Quizá puedas pasar algún día a comer.
—Claro. Me encantaría —aceptó a sabiendas de que tendría dos problemas: la comida basura rompía su plan de alimentación y Julian. Ese chico era una verdadera molestia. Siempre estaba haciendo juicios sobre él; como si estuviera esperando a que cometiera un error para hacerlo caer—. ¿Las preparas tú?
—No, no. Lo hace Maggie.
—¿Tú qué haces?
—Apunto los pedidos... Sirvo el café y el resto de los platos. Llevo todo a la mesa —explicó torpemente—. Soy camarera. Tú... ¿Tú qué haces? Me refiero a si tienes un trabajo... o algo así —continuó con la intención de mantener la conversación.
—Soy jugador de básquet —respondió—. Entreno la mayor parte del tiempo.
—¿Te pagan por eso? —indagó inocente. Colton encontró maravilloso que ella no supiera prácticamente nada sobre su carrera en el baloncesto. Estaba agobiado de que las conversaciones se centraran en sus dotes deportivos.
—No, aún no. Espero que lo hagan algún día —deslizó una sonrisa—. ¿Comemos?
La chica se llevó una mano a la boca para disimular el bostezo. Tenía los ojos entrecerrados, la espalda apoyada en el sofá de la sala de Colton y las piernas dobladas sobre la superficie. Colton estaba a su lado —aunque a una distancia prudente— con las piernas estiradas sobre la mesita ratona.
Estaba maravillado por la facilidad que tenía Becca para impresionarse ante cosas tan sencillas. Se había entusiasmado de forma genuina cuando él le sugirió ver una película. Luego, «Si tuviera 30» empezó a reproducirse en el televisor y Becca no dejó de sorprenderse ante cada hecho que ocurría en la trama. La vio sonreír, al borde de las lágrimas y por último, naturalmente feliz por los personajes.
—¿Nunca la habías visto?
—No, pero fue increíble —volvió a sonreír—. ¿Podemos ver otra?
—Por mí podemos quedarnos aquí y ver todas las películas que quieras —aseguró—. Pero, ¿no tienes que ir a trabajar?
—Cierto —una punzada de tristeza la golpeó. Había pasado la mejor tarde de su vida; no quería que se terminara—. ¿Qué hora es?
—Tres y media —respondió Colton notando el modo radical que cambió su expresión. Sus facciones se habían ensombrecido.
—Tengo que estar a las cuatro —suspiró. Tenía que ser responsable y cumplir con las obligaciones, aunque su cuerpo le pidiera desplomarse en ese sofá y pasar el resto del día en esa casa tan cálida con Colton a su lado—. Debería... Debería irme ya —puso la mirada en el suelo.
El trabajo no estaba mal. Lo peor llegaba después, cuando ponía los pies en el hogar de acogida. Su corazón empezaba a tiritar de solo pensar en qué humor tendría Oscar o qué enfadada estaría Alexa.
—Te llevo —apartó el mando del televisor y se puso de pie. Su pecho se encogió cuando notó que Becca lucía desanimada y agotada. Algo no estaba bien—. Escucha, Beck. Podemos pasar el rato aquí o donde sea, cuando tú quieras.
—¿En serio?
Asintió.
—Sí. Solo me lo tienes que pedir.
🤍🏀🤍
Si la historia te gusta, me ayudaría mucho que me dieras estrellitas, comentarios y la recomiendes a otras personas :).
Recuerda añadir la historia a tu biblioteca y seguirme en mi perfil, así no te perderás de ninguna novedad u aviso importante.
Gracias por la lectura y el apoyo.
Para más información sobre la novela, búscala en las redes:
Instagram: serielakeville / evelynxwrites
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top