11.

EL INSTITUTO LAKEVILLE


—¿Cómo lo hace? —preguntó Julian que contemplaba la escena anonadado.

—Es realmente buena —afirmó su madre, Maggie, que estaba a su lado chequeando un listado de proveedores.

—¿Buena? Es increíble —continuó asombrado—. Es como si estuviera programada para hacer esto. Y ni siquiera tenía experiencia —se cruzó de brazos incapaz de quitar su mirada de Becca que se movía como una experta en su trabajo.

Había una realidad: Becca creció siguiendo órdenes continuas. Era buena acatando la demanda de los demás. En Sion Creek todas llevaban ese chip incorporado; en cuanto recibían una orden el resto del mundo pasaba a un segundo plano y solo se preocupaban por cumplir en tiempo y forma. Por esa razón, a pesar de su inexperiencia, era brillante atendiendo clientes y sirviendo mesas. A la hora de tomar un pedido, anotaba absolutamente todo en la libreta. Incluso cuando el cliente tenía preferencias como el café más tibio o más caliente. Luego, se movía con agilidad y delicadeza a través del recinto, procurando que el pedido llegara impecable a su mesa. La única complicación, de vez en cuando, era la relación con las personas. A veces hacían chistes o decían cosas que Becca no conseguía comprender. A veces hablaban con tanta autoridad que le daba miedo. A veces la ponían nerviosa por las preguntas meramente personales que le hacían. Aún no sabía librarse de esas situaciones. Titubeaba, las palabras se entrecortaban o demoraba más de lo usual en pronunciar una simple oración. Las manos le sudaban, el corazón le latía con fuerza y un escalofrío trepaba a través de su espalda. En esos casos, lo único que podía hacer era bajar la mirada, ocultarse, optar por el silencio.

Sin dudas, el trabajo era aún más agradable cuando estaba Julian. Él le tendía una mano en esas situaciones, siempre atento en caso de que necesitara ayuda. Maggie también lo hacía, aunque no con la misma regularidad, pues se ocupaba de controlar otros aspectos del trabajo: manejaba la cocina y la administración. Todo por su cuenta.

Terminó de servir la última mesa y, agotada, Becca se ocultó en el pequeño sector de descanso que se hallaba en el fondo. Las piernas le flaqueaban. Una ligera sensación de mareo la envolvía. Decidió sentarse, quizá descansar unos minutos la ayudaría a reponer fuerzas. Aún le quedaba una hora para salir. Además, recordaba que se encontraba en el «período de prueba», no quería decepcionar a Maggie.

—Ey, cariño. ¿Todo está bien? —preguntó Maggie que notó su inestabilidad.

—Sí, señora Evans. Ya... Ya regreso a trabajar.

—Llámame Maggie, por favor —pidió en complicidad—. Y no te preocupes, puedes tomarte un descanso cada vez que lo creas necesario.

—¿De verdad?

—Sí. Mira a Julian. Es un gran amante de los descansos —bromeó sobre su hijo que se acercaba a la mesa.

—¿Otra vez hablando mal de mí, eh?

—Nada que no te haya dicho antes —aseguró la mujer—. ¿Segura que estás bien, Becca?

—S-sí —titubeó—. Solo un minuto más y podré seguir.

—¿Comiste algo?

Ella se encogió de hombros. El señor Oscar no era generoso en cuanto a las comidas. El resto de los chicos, en el hogar, habían aprendido a esconder alimentos para mantener sus estómagos llenos. No existía el espíritu de «familia», al contrario, cada miembro se debía arreglar por su cuenta. Solo compartían la cena, donde Becca solía ser la designada para cocinar. Aquel día, ella fue afortunada de encontrar un poco de café y un trozo de pan en la alacena. Lo ingirió con miedo pero no le quedó opción, estaba segura de que caería en cualquier parte si permanecía con el estómago vacío.

—Algo, sí —respondió con la mirada baja—. Café y pan.

—¿Nada más?

—No.

—Tienes que alimentarte, cariño. ¿Qué te gustaría comer? Elige lo que quieras, Julian te lo traerá.

—¿Puedo comer? ¿Aquí?

—Sí. Por supuesto. Puedes comer lo que quieras, cuando quieras —aseguró—. ¿No te alimentan bien donde vives?

Becca percibió una puntada interna en el pecho. El dolor de las cosas que callaba. «No puedes hablar con nadie más sobre lo que pasa aquí. Todo lo que suceda en este sitio queda aquí dentro. ¿Está claro?», oyó las palabras que Oscar le dijo en su primer día en el hogar. Tragó saliva e intentó encontrar una justificación.

—Sí, pero es que... Soy un poco lenta —se culpó—. Llego tarde a la comida. Tengo... Tengo que acostumbrarme al hogar.

—Entiendo, cariño. Debe ser complicado adaptarse a una nueva vida —Maggie sonó comprensiva. No quería juzgarla o invadirla con preguntas; apenas se estaba ganando su confianza—. Y bien, ¿qué quieres comer?

—Uhm... Puede ser... ¿Pastel de limón? ¿Y un café con leche? —pidió ligeramente avergonzada.

—Por supuesto —respondió Julian que, desde su lugar, había oído la conversación—. Ahora mismo lo traigo. Un café tamaño grande y doble ración de pastel —prometió.

Becca sonrió enseguida.


🤍🏀🤍


Aquel viernes después del trabajo, Becca entregó inmediatamente el dinero a Oscar. Tanto él como su esposa, Isabella, se mostraron conformes con los rápidos resultados que mostró Becca. En simples palabras, el dinero era lo más importante para ellos. Oscar contó los billetes, sonrió victorioso y los guardó dentro de la caja de ahorros común. Nadie sabía, ni siquiera Becca, que Maggie se ocupaba de darle unos cuantos billetes extras porque había notado que la chica lo necesitaba, especialmente luego de enterarse de que vivía en un hogar de acogida. Sin embargo, Maggie ni siquiera sospechaba que el dinero se lo quedaría un adulto abusivo y maltratador.

—Debo admitir que me sorprendes, niña. Parecías bastante lenta. ¿Cómo lo haces, eh? —cuestionó burlón—. ¿Cuál es tu sucio secreto?

—N-ninguno, señor —respondió insegura.

—Uhm, no te creo. Finges ser una niña inocente, pero seguro sabes qué mostrar a tus clientes —insinuó. Sean y Alexa rieron por lo bajo. En cambio, Becca no consiguió comprender a qué se refería. No lo hizo. Probablemente, fue la única persona en toda esa habitación que no lo entendió.

Pero sí comprendió que se estaban burlando de ella. Todos lo hacían. Percibió una puntada en la boca del estómago, un extraño vacío y ganas de llorar. En Sion Creek, las madres y hermanas eran amables, a veces exigentes, pero se cuidaban entre sí. En el hogar de acogida, eso no ocurría. Cada uno se preocupaba por sí mismo, ni siquiera había buenos tratos entre los más jóvenes, Oscar imponía autoridad y violencia.

«¿Qué estoy haciendo aquí?» se preguntó al borde de las lágrimas.

No encontró respuesta.

Esa noche, no bajó a la cena con la excusa de que le dolía el estómago. Nadie insistió. A mitad de madrugada y con el insomnio a flor de piel, Becca se cubrió con la chaqueta, abrió la ventana que estaba junto a su cama y, sigilosa, salió al exterior. Se sentó sobre el tejado, envuelta en la deportiva que la protegía del frío y apoyó la espalda en la pared de madera. Bajo la luz de la luna y entre el silencio infinito, rompió a llorar. Dejó que todo saliera, procurando no alterar el silencio o alguien podría notar que estaba ahí. Se limpió las lágrimas con las mangas de la chaqueta, encontró un poco de consuelo en la suavidad interna de esa prenda que tanto le gustaba. Aún quedaban rastros de fragancia masculina, lo que le robó una pequeña sonrisa.

Su ángel —como Becca lo recordaba— había sido tan amable con ella. Todavía podía recordar lo segura que se sintió al ser cargada en sus brazos, lo bueno que le pareció el mundo cuando él se presentó para sacarla del lío en que se había metido. Los ojos brillantes, la sonrisa, el tono de voz tranquilizador. ¿Realmente existió? Los días pasaban y cada día parecía más un sueño.


🤍🏀🤍


El sábado comenzó con la repentina visita de la trabajadora social, Ruth Jones. La mujer llegó con prisa pero con buenas noticias. Becca, que se encontraba aseando el cuarto de baño, tuvo permiso de dejar sus tareas para reunirse con ella. Por supuesto, Oscar se mantuvo atento porque necesitaba fingir que era un cabecilla de familia responsable y amoroso, preocupado por el futuro de sus familiares temporales.

—El plan era que asistieras al instituto público, como el resto de tus compañeros de hogar, pero las plazas están agotadas. No hay sitio —explicó—. Debido a tu situación de vulnerabilidad, el Estado decidió otorgarte una beca en el instituto Lakeville.

—¿Qué es una beca?

—A ver, niña. Lakeville es un lugar carísimo. Los estudiantes que asisten pagan mensualmente una gran suma de dinero. Una que tú no podrías pagar, ¿entiendes? Lakeville junto al Estado tienen un programa para jóvenes vulnerables y, sorpresa, has sido seleccionada. Lo tendrás todo pago.

—Oh. Y eso... eso es bueno, ¿verdad?

—Sí. Tanto para ti como para el hogar de acogida, que recibirá un beneficio económico extra —Oscar no pudo evitar poner una sonrisa de satisfacción al oír tal noticia—. Tendrás la mejor educación, sácale provecho.

—Uhm, sí. Lo haré —murmuró no tan segura. Siempre había recibido educación en casa. Sería un verdadero desafío integrarse a un instituto—. Gracias, señora Ruth.

—Una cosa más, me han dado el uniforme —Ruth entregó una bolsa de papel acartonado. Becca la sujetó y echó un vistazo dentro; había prendas de vestir—. Tienes que usarlo para asistir a clases —indicó. Aquello le recordó a Sion Creek, allí también había reglas de vestimenta. Las mujeres debían usar vestidos largos y de colores pasteles, siempre cubiertas del cuello hasta los pies. Nada de piel a la vista, ni siquiera los brazos.

Minutos después, cuando subió a la habitación con la bolsa en una mano, Alexa puso el grito en el cielo. Furiosa, la sujetó del cabello causándole un dolor punzante. Becca ahogó un grito pero no se movió. Le atemorizaba que su rebeldía acrecentara la agresión de su compañera. Sin dudas, tenía un defecto: no se defendía. Dentro de ella, creía merecer los castigos.

—Mira qué tenemos aquí. Ahora serás toda una estirada. Mojigata y estirada —se burló—. Veremos cuánto te dura. Lakeville es para ricachones inteligentes y tú tienes pocas luces, niña estúpida. Eres una inútil —escupió. Luego, la soltó con agresividad contra el piso.

Al margen de ese pequeño altercado el fin de semana, los días de Becca habían sido más o menos estables. El trabajo estaba yendo bien; aún tenía mucho que aprender y se había adaptado con bastante rapidez a lo básico: recibir clientes, apuntar pedidos y servirlos una vez listos. Su vida estaba sufriendo un cambio radical e intentaba sortear los desafíos con las herramientas que tenía.

Esa mañana, en el cuarto de baño, Becca comenzó a ponerse el uniforme. Había perdido la cuenta de la cantidad de veces que contempló la imagen de referencia que halló entre las prendas empaquetadas. Usó la imagen de aquellas estudiantes risueñas como un manual de instrucciones.

«Entonces... Primero debería ir la camisa. Luego la falda. Oh, y los calcetines» descifró.

Se colocó la camisa blanca que abotonó de principio a fin y, al momento de ponerse la falda tableada y verde inglés, descubrió que le llegaba hasta las rodillas.

«No puede ser... No puedo salir así» musitó al mismo tiempo que la intentó bajar lo máximo posible. No hubo forma. Tendría que salir a la calle con las piernas semi descubiertas. Sentada en la tapa del inodoro, Becca se calzó un par de medias verde inglés y las deslizó por sus piernas tanto como pudo. Llegó a cubrirse cinco dedos bajo la rodilla. Aún quedaba piel descubierta y no había nada que hacer frente a eso. Percibió ligeramente ajustados el par de mocasines negros, esperó que al usarlos se volvieran más flexibles porque de hecho, eran bastante incómodos. Finalmente, se puso un jersey verde inglés y encima, una chaqueta estilo blazer del mismo color, ambas con el logo de Lakeville sobre el lado derecho del pecho.

Al verse en el espejo, se sintió una total extraña. Recogió el peine y lo pasó a través de su largo cabello castaño claro hasta que quedó prolijo. Luego, se hizo una perfecta trenza que dejó caer a un costado. Tenía cierta habilidad para realizar peinados; había aprendido de sus madres y sus hermanas mayores. En Sion Creek, las mujeres debían ser femeninas, no podían cortarse el cabello —tan solo las puntas—; este debía ser largo y natural. Él se mantenía pendiente del aspecto de las mujeres, era capaz de infligir un castigo si veía algo fuera de lugar o incorrecto. Becca nunca olvidaría la dura reprimenda que recibió una tarde que, después de jugar en el jardín trasero, apareció en la casa con las uñas sucias de tierra. Tenía once años. Aun así, fue castigada por descuidar su aspecto.

Comprobó las uñas. Los dientes. El aspecto de la ropa. La forma que tenían sus cejas.

«Todo está bien. Todo irá bien», repitió para calmarse.

Mordió su labio interno, sumida en los nervios producto de la incertidumbre. No tenía idea a dónde estaba a punto de meterse.

«Sé dulce. Sé dócil. Sé obediente» susurró para sí misma. Esas palabras vivían en su cabeza desde que era una niña pequeña. Él se las inculcó como una filosofía de vida. Si se portaba bien, el mundo sería bueno con ella.


🤍🏀🤍

NOTA DE AUTORA: Holaa amores! ya se definieron los días de actualización: martes, jueves y sábado. Gracias a todas las que fueron hasta instagram para participar de la encuesta, la opinión de ustedes me sirvió mucho. A partir del martes 28 comienzo a respetar los días de actualización. 


Si la historia te gusta, me ayudaría mucho que me dieras estrellitas, comentarios y la recomiendes a otras personas :).

Recuerda añadir la historia a tu biblioteca y seguirme en mi perfil, así no te perderás de ninguna novedad u aviso importante.

Gracias por la lectura y el apoyo.

Para más información sobre la novela, búscala en las redes:

Instagram: serielakeville / evelynxwrites

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top