35

—No puede ser.

Guardo silencio. Han pasado tres semanas y aún me cuesta recordar lo sucedido. Aunque algunas imágenes han comenzado a ocultarse tras una neblina cada vez más espesa, todavía soy capaz de evocar el olor a pólvora y muerte que me lleva persiguiendo desde entonces. A veces incluso me reencuentro en sueños con los ojos sin vida de Douglas y su cuerpo ensangrentado sobre el asfalto.

En el instituto apenas se habla de ello. El suicidio de Douglas y la verdad sobre el asesinato de Logan han sido acogidos en silencio. Supongo que nadie se imaginaba que el desenlace de la historia fuese a ser este. Estos últimos días, todos los estudiantes no han dejado de mantener sus miradas puestas en mí, como si yo contuviese todas las respuestas. Y quizás sea así, pero para mí todo sigue siendo igual de confuso que el primer día.

—Logan nunca me contó nada.

Alzo la mirada hacia Paige. Está sentada sobre el alféizar de la ventana, con las rodillas pegadas al pecho y la vista clavada en algún punto más allá del cristal. Lleva el pelo recogido en una cola de caballo y su rostro está limpio de maquillaje. No lleva ropa de hospital, sino unos simples vaqueros y un jersey demasiado grande para su pequeño cuerpo. Casi parece la de siempre. Casi, porque ahora soy capaz de vislumbrar el vacío que Logan dejó en ella y que pasó desapercibido para mí durante meses.

No dejo de observar sus gestos. Me da miedo que pueda echarse a llorar y llamar la atención de los médicos. La primera advertencia que he recibido al llegar al hospital ha sido evitar hablarle a mi amiga de cualquier asunto que pueda alterar sus nervios. He intentado cumplir las normas durante los primeros minutos que pasado en esta habitación, pero Paige enseguida me ha leído la mirada. Y yo, demasiado cansada de mentir, le he contado todo, a excepción de los detalles más macabros que aún me persiguen en la memoria. Paige, sin embargo, parece tranquila. Está sorprendida, eso sí. Y algo conmocionada. Pero tranquila, después de escuchar toda la historia y procesar que quien mató a su novio fue nada más y nada menos que uno de sus mejores amigos.

—No creo que Logan planease contárselo a nadie —respondo, sin demasiadas fuerzas. Rememorar lo ocurrido me ha dejado exhausta—. Douglas sufría trastorno bipolar, y él lo sabía. Quizás le daba miedo que no fuese a tomárselo bien. Al fin y al cabo, fue lo que sucedió.

La conversación que mantuvimos con la detective McCarthy días atrás resurge en mi mente. Por lo visto, Logan fue a hablar con los padres de Douglas cuando se enteró de que ambos eran hermanos y el tema salió a relucir. La madre le aseguró que utilizaba medicación. Sin embargo, en su última investigación, la policía ha encontrado su habitación los botes casi llenos; ni Douglas estuvo medicándose, ni tampoco sus padres estuvieron pendientes de que fuese así.

Paige asiente, en silencio. Se baja del alféizar y se acerca a la mesa supletoria que está junto a su cama, sobre la que descansa una botella de agua. Coge un vaso de plástico, lo llena y se lo bebe de un trago.

—¿Y Harry? —pregunta, sentándose sobre el colchón—. ¿Cómo está?

—Físicamente, mejorando. Psicológicamente... destrozado.

—Se pondrá mejor.

—Ha perdido a sus dos mejores amigos —señalo.

—Pero aún te tiene a ti —dice, clavando sus ojos castaños en los míos. Yo suspiro.

—Como si estuviese sirviendo de mucho...

—Él te necesita, Allison. Aunque no lo veas así, pero te necesita. Solo tienes que ver lo mucho que ha cambiado desde que estás con él.

No respondo, porque no sé qué decir, así que me limito a apartar la mirada. Siento los ojos de Paige sobre mí, esperando a que abra la boca y responda a sus suposiciones. Sin embargo, yo me mantengo en silencio, escuchando las voces lejanas procedentes del otro lado de la puerta.

—¿Allison? —pregunta. Vuelvo a mirarla—. Lo hiciste bien. Lo has hecho bien durante todo este tiempo.

Trago saliva e intento reprimir las lágrimas que, sin razón alguna, han decidido nublarme la vista. Me levanto del sillón en el que llevo sentada casi una hora y me quedo ahí de pie, sin saber qué hacer.

—Debería irme ya —digo.

—¿Tan pronto?

—Sí, bueno. Tengo un par de cosas que hacer.

—Entiendo —murmura Paige, algo entristecida—. ¿Vendrás otro día?

—Por supuesto —sonrío. Avanzo un par de pasos hacia mi amiga y la abrazo—. Y espero que en otro sitio más acogedor que este.

—Esperemos —me corrige, sonriendo también—. Por cierto, Allison. Gracias. Por contármelo.

Yo me encojo de hombros.

—Tenías derecho a saberlo.

Ella asiente. Le estrecho la mano, y tras dirigirle una última sonrisa, salgo de habitación. La planta está tranquila. Apenas me encuentro a un par de médicos y enfermeros por los pasillos, hablando sobre algún tema con aire severo. Llego hasta las escaleras que comunican con el resto de plantas y las bajo con rapidez. En la planta baja la tranquilidad desaparece. Todo está lleno de personas que caminan con paso ajetreado de un lado a otro. Escucho alguna que otra tos a mi lado y aumento el ritmo, deseando alejarme de allí lo antes posible; siempre he detestado los hospitales.

Me detengo a la entrada de la cafetería. Poso la mirada en la decena de rostros que se encuentran allí, en silencio o hablando en susurros, pero ninguno me resulta familiar. Suelto un suspiro y saco mi móvil del bolsillo de mi abrigo. Apenas llevo un par de números marcados cuando una voz suena a mi espalda.

—No hace falta. Estoy aquí.

Me giro con brusquedad, ligeramente sobresaltada. Harry esboza una pequeña sonrisa que no llega hasta sus ojos. En estas tres semanas, su aspecto físico ha desmejorado bastante. Ha perdido peso, y unas oscuras bolsas parecen haberse instalado permanentemente bajo sus ojos. Además, su ronca voz se ha suavizado, como si hubiese perdido fuerza.

—¿Dónde estabas? —pregunto.

—He salido a tomar el aire. Te he visto a través de la cristalera.

—¿Te encuentras bien?

—Claro —sonríe—. Es solo este olor a yodoformo, que me da dolor de cabeza.

Asiento, no muy convencida. Nos dirigimos hacia la salida con parsimonia. La cojera de Harry sigue siendo considerable, y aunque intenta aumentar el ritmo de sus pasos con la ayuda de su muleta, sé que el dolor que siente no le permite ir más allá. Salimos al exterior, donde enseguida nos vemos recibidos por un sol radiante. Aun así, el frío no tarda en calar nuestras ropas y enfriarnos las mejillas. Todavía nos esperan largos días de invierno.

—Espera, Allison —me detiene Harry, sentándose trabajosamente en en banco. Tiene el rostro pálido y los ojos cerrados.

—Harry, ¿estás bien?

—La pierna. Me da pinchazos. Estoy bien, es solo un segundo...

—Deberíamos ir a casa, Harry —le digo, preocupada—. Hoy no es el mejor día. Además, tus padres querrán estar contigo.

—Estoy bien.

—Pero tu pierna...

—Estoy bien —me interrumpe, alzando la voz con brusquedad. Se me queda mirando unos segundos antes de bajar la vista—. Lo siento.

Yo suspiro.

—Al menos espera aquí mientras yo voy a por mi coche.

Él asiente, en silencio. Echo a caminar calle abajo. Mi coche no está aparcado demasiado lejos, pero el trayecto se me hace eterno. Hace tiempo que no pego ojo, al menos no lo suficiente, y el cansancio está comenzando a dejar entumecidos mis músculos y a impedirme que mi cerebro funcione correctamente. Y sé que debo descansar, pero me horroriza volver a encontrarme en sueños con Douglas y verme obligada a revivir aquel infierno del que mi mente parece incapaz de escapar.

Una vez instalada en mi coche, pongo en marcha en motor y me dirijo de nuevo hacia la entrada del hospital. Harry sigue sentado en el banco y parece haber recuperado un poco el color. Se pone en pie cuando detengo el vehículo frente a él y avanza varios pasos. Lo observo ocupar su asiento a mi lado, en silencio. Estoy preocupada. Aunque en estas semanas Harry ha recuperado notablemente la movilidad en su pierna, la bala le afectó el nervio ciático y, desde entonces, sufre fuertes dolores que no le permiten retomar la normalidad. Sé que llevarlo a casa sería lo más responsable, pero también sé que, si Harry no zanja el último asunto que tiene pendiente, no podrá seguir con su vida. Y eso, en estos momentos, es lo que más necesita.

Conduzco hacia la zona norte de Baltimore. El tráfico no es muy espeso, por lo que no tardamos demasiado tiempo en atravesar la ciudad. Poco a poco, los edificios altos y las calles claustrofóbicas comienzan a dar paso a espacios más amplios y arbolados. Empiezo a divisar casas unifamiliares entre los árboles y arbustos, cada vez más grandes y sofisticadas.

—Al final de la calle a la derecha —me indica Harry, examinando el paisaje a través del cristal.

Sigo sus instrucciones y nos adentramos en una carretera tranquila, arropada en ambos lados por frondosos árboles ligeramente cubiertos de nieve. Avanzamos varios minutos hasta que distingo al fondo una casetilla marrón junto a una barrera de seguridad.

—¿Qué le digo? —pregunto a Harry, mientras detengo el coche. Él se encoge de hombros.

—Lo primero que se te ocurra.

Observo a la vigilante asomar la cabeza con aire serio mientras bajo la ventanilla.

—Buenas tardes, ¿adónde vais?

—A la veintitrés —respondo, mostrando mi mejor sonrisa. La mujer se queda mirándome varios segundos que se me hacen eternos. Carraspeo un poco, nerviosa. Entonces, una leve sonrisa se dibuja en sus labios y extiende su mano derecha para pulsar un botón. La barrera emite un crujido y comienza a elevarse. Vuelvo a sonreír—. Gracias.

Pongo el coche en marcha y nos introducimos en la urbanización.

—¿Hay una casa número veintitrés? —pregunta Harry, una vez nos hemos alejado de la entrada.

—Ni idea —respondo—. Pero ha colado.

Avanzamos lentamente, observando las estructuras que se alzan a nuestro alrededor. Todas son casas independientes, de fachadas majestuosas y extensos jardines perfectamente cuidados, en los que apenas hay rastro de la nieve que cubre el resto de la ciudad. Es más, aún me cuesta creer que esta urbanización se encuentre en la mismísima Baltimore, de cuya decadencia llevo años deseando escapar.

—¿Seguro que es aquí? —pregunto, con el asombro dibujado en mi rostro.

—Me temo que sí —susurra mi amigo.

Sigo conduciendo varios metros hasta que Harry pide que detenga el vehículo y aparque. Una vez más vuelvo a obedecerlo, deteniendo el Jeep a un lado de la carretera. Observo que tanto a la izquierda como a la derecha hay zona de aparcamiento, sin embargo, todo está completamente vacío. Supongo que ninguno de los residentes querrá dejar sus coches de alta gama a la vista de visitantes y gente trivial.

Me bajo del coche y ayudo a Harry a hacer lo mismo. Lo observo avanzar lentamente hacia la verja de hierro forjado que preside la vivienda, que no es ni más ni menos que una enorme mansión de estilo inglés, construida con piedra y ventanas claras y un tejado gris. Aunque la casa tiene cierto aire antiguo, no debió de ser construida hace más de diez años, al igual que el resto de la urbanización.

El sonido de un timbre me arrastra de mi embelesamiento. Veo que Harry acaba de pulsar el telefonillo y espera impacientemente a que alguien responda, haciendo tamborilear sus dedos sobre la empuñadura de la muleta en un gesto nervioso. Vuelve a llamar otra vez, no obstante, no es hasta al menos veinte segundos después cuando una voz metálica de suena a través del altavoz.

—¿Quién es? —pregunta la mujer, no con demasiada amabilidad.

—Me llamo Harry —contesta él—. Vengo para hablar con los señores Donovan.

—Los señores están descansando. Vuelva en otro momento.

—No les quitaremos mucho tiempo. Por favor.

—Ya le he dicho que no es posible. Ahora márchese.

—Es sobre su hijo —insiste de nuevo Harry—. Logan Donovan.

Silencio. Harry me mira de reojo, frunciendo ligeramente el ceño. Transcurren largos segundos, pero la mujer parece haber desaparecido.

—¿Oiga? ¿Sigue ahí?

—Pase —suena de repente. La puerta emite un chasquido y, cuando Harry la empuja con la mano, ésta cede. Harry señala con un movimiento de cabeza el interior y le sigo.

Recorremos el jardín en silencio a través de un camino de piedras que conducen a la casa. Observo cómo la puerta principal se abre y una mujer ataviada con uniforme y acariciando la sesentena aparece tras ella. Nos lanza una mirada llena de recelo cuando llegamos a la entrada y se adentra de nuevo en la casa.

—Acompañadme —la escucho decir.

La seguimos a través del recibidor, una habitación amplia de tonalidades blancas y marrones y decorada con gusto y escrupulosidad. A la izquierda, una escalera se curva hasta la primera planta, donde diviso a un hombre, también con uniforme, sacándole brillo a la barandilla con sumo cuidado. Me descubre observándolo y me dirige una sonrisa amable.

La asistenta se detiene ante una puerta de doble hoja de madera blanca y nos mira con severidad.

—Los señores tienen mucho trabajo por hacer, así que procuren no entretenerlos demasiado —nos avisa, antes de abrir la puerta y dejarnos paso.

Entramos en lo que parece ser el salón, pero que podría poseer la misma extensión que toda mi casa. La solemnidad que desprende cada rincón casi se puede palpar. La luz entra a raudales por las enormes cristaleras que se alzan hasta el techo y que muestran el jardín que rodea la casa.  En el centro, el fuego de una chimenea de piedra arde con suavidad, emitiendo destellos anaranjados. Lo que más me llama la atención, sin embargo, es la araña de al menos metro y medio que se encuentra suspendida en mitad de la sala, compuesta por decenas de cristales que, si le prestas la debida atención, se encuentran meciéndose suavemente por simple inercia.

Harry se echa a un lado, y es entonces cuando me doy cuenta de que dos personas se encuentran observándonos. Una mujer y un hombre. Ella, de cabello rubio y ojos claros, de pie, vestida con un jersey de cuello vuelto blanco y unos pantalones marrones. Él, de pelo y ojos castaños, bigote, con una camisa azul y unos pantalones negros, sentando con las piernas cruzadas sobre un sillón regio. Ambos parecen serios, inalterables, pero la curiosidad que desprenden sus miradas los delata.

—Buenas tardes —habla entonces Harry, rompiendo el silencio—. Me llamo...

—Sabemos de sobra quién eres —lo interrumpe él. Señala el sofá con el brazo—. ¿Por qué no os sentáis?

Harry y yo compartimos una mirada y él asiente. Nos acercamos hacia el sofá tapizado en blanco y nos sentamos sobre su mullida superficie. El señor Donovan se acomoda sobre su sillón, apoyando la espalda en él. Su mujer, sin embargo, permanece de pie, impasible.

—¿Cómo habéis encontrado la dirección? 

—El señor Morris nos la dio —responde Harry.

—Ese viejo loco —gruñe el señor Donovan, sacudiendo la cabeza. Me sorprendo al verme ofendida por su despectiva forma de referirse a Morris—. ¿Qué os contó?  

—Lo justo y necesario. Por eso nos dio su dirección, para que ustedes nos respondiesen a lo que a él no le pertenecía contar.

—Ya. Pues creo que yo tampoco voy a poder ayudaros, así que...

—Logan era mi mejor amigo —le interrumpe Harry, impávido—. Quiero saber por qué sus padres ni siquiera aparecieron en su funeral.

El señor Donovan abre mucho los ojos, horrorizado.

—¿Cómo te atreves..?

—Gerry, tranquilo —interviene la madre de Logan, asustada. Su marido suelta un suspiro impaciente.

—Logan no quería pertenecer a esta familia —explica el hombre, enfurecido—. Intentamos educarlo lo mejor posible, le ofrecimos todo lo que teníamos, y él nos lo agradeció convirtiéndose en una auténtica decepción para todos nosotros. ¿Acaso iba a permitir que ese sinvergüenza se saliese siempre con la suya y manchase nuestro apellido?

—¡Gerry!

Harry se incorpora bruscamente, rojo de ira.

—Harry, por Dios —murmuro, preocupada por su pierna. Sin embargo, él no parece inmutarse.

—No hable así de mi mejor amigo —dice entre dientes, temblando.

—Es mi hijo. Puedo hablar de él como yo quiera.

—No tienes ningún derecho, ¡ninguno! —estalla Harry, perdiendo las formas—. No lo conocíais. Érais sus padres y ni siquiera lo conocíais. Dejásteis que se pudriera y malviviera mientras a vosotros os sobraba el dinero. ¿Es que ni en un momento pensasteis en él?

—¡Por supuesto que pensábamos en él! 

—¿Y en vuestro otro hijo? ¿En Douglas? ¿Pensabais también en él u os olvidasteis cuando se lo entregasteis al primer matrimonio que se os cruzó?

Clavo los ojos en Harry, incrédula. Después dirijo la mirada hacia los señores Donovan, cuyos rostros se han descompuesto por completo. La madre de Logan se sienta lentamente en el brazo de uno de los sillones, pálida como la leche.

—A ese asesino ni lo menciones —susurra el hombre, enseñándole los dientes—. Vete de esta casa. Marchaos los dos ahora mismo.

Sin previo aviso, Harry agarra su muleta y echa a andar hacia la puerta con la mayor rapidez que puede. Yo tardo en reaccionar varios segundos, aún estupefacta por la discusión que acabo de presenciar. Me pongo en pie y, sin atreverme a decir nada, me apresuro a salir de este horrible lugar. Desde el recibidor escucho a los señores Donovan discutir.

—Rebecca, ¿adónde vas? —me llega la voz del padre de Logan—. ¡Rebecca!

—Esperad.

Nos giramos hacia la señora Donovan, que ha abandonado el salón para venir en nuestra busca. Nos mira con los ojos humedecidos.

—Por favor, no os vayáis —nos ruega—. Dejad que os explique.

Nos lleva hasta el otro extremo de la casa, un comedor presidido por una larga mesa de madera cara y ocho sillas, de cuyo techo también cuelga otra lámpara de araña, esta vez de menor tamaño. Rebecca Donovan cierra la puerta a su espalda y nos indica con un gesto que nos sentemos.

—Perdón por lo de antes —se disculpa—. Mi marido no tiene respeto por nadie.

Harry guarda silencio.

—Sé que eras amigo de mi hijo. Me habló alguna que otra vez de ti cuando aún vivía aquí.

—Solo quería entender la historia. 

—Lo sé —asiente. Toma una buena bocanada de aire y lo deja escapar de forma sonora—. Tuvimos a Logan poco después de casarnos. Gerry siempre ha sido un hombre que vive para el negocio y todo su tiempo lo dedicaba a su trabajo. Pasábamos muy poco tiempo juntos, pero el nacimiento de Logan nos unió un poco. Gerry pasaba con él varias horas al día, siempre estaba deseando verlo cuando llegaba de la empresa. Al menos al principio. Cuando pasaron los meses y nuestro hijo pasó de ser una novedad para él, volvió a encerrarse en sus negocios y se olvidó de los dos. Yo me sentía muy sola, pensaba que mi marido no me quería y que solo se había casado conmigo porque su padre lo había querido así. Por las mañanas salía a dar un paseo con mi hijo, intentaba distraerme de la soledad. Pasé así largas semanas, deambulando de un lugar a otro, hasta que un día conocí a un hombre. Era simpático, me prestaba atención. Me sentía abandonada, ¿sabéis? Y aquel hombre me devolvió la vida. Todo era fantástico, hasta que me quedé embarazada de él.

»No sabía qué hacer. No podía decírselo a Gerry, porque sabía que iba a echar nuestro matrimonio a perder. Además, teníamos a Logan. Y aquel hombre... Tampoco podía contárselo. Era alguien a que sabía que mis padres jamás iban a aceptar, porque no tenía un duro. Ni siquiera sabía con seguridad que él estuviese enamorado de mí, o yo de él. Al fin y al cabo, fue una simple aventura. Así que decidí tragarme el secreto y hacerle creer a Gerry que aquel hijo que esperaba también era suyo. Todo fue de maravilla durante los nueve meses. Douglas nació y Gerry volvió a ser aquel padre y marido entusiasta que yo tanto echaba de menos. Era un niño precioso, tan parecido a Logan que nadie sospechó nada. Sin embargo, cuando Douglas apenas tenía un par de semanas, cayó enfermo. Los médicos tuvieron que hacerle pruebas, y fue entonces cuando todo salió a la luz. El ADN no coincidía con el de Gerry. No supe dónde esconderme. Tuvimos una gran discusión, me insultó de mil maneras impensables. Dijo que no quería volver a ver a ese bebé en nuestra casa, me amenazó. Tuve tantísimo miedo que una noche estuve a punto de huir, pero supe que era inútil. No tenía adónde ir, me encontrarían enseguida. Tampoco podía dejar a Gerry, porque sabía que jamás aceptaría a firmar los papeles del divorcio. Así que hice lo primero que se me vino a la cabeza. Llamé a una joven que trabajaba en nuestra casa y le rogué que se quedase con el bebé. Al principio se negó rotundamente, pero me vio tan desesperada... Le pagué un piso en la ciudad y le entregué una cifra enorme de dinero para el mantenimiento del niño y del suyo propio. Nunca entendí del todo cómo llegó a aceptar mi oferta, quizás porque su madre estaba enferma y necesitaba demasiado el dinero como para rechazarlo. Yo...

Se le quiebra la voz. Respira varias veces, intentando recomponerse.

—Nunca más volví a saber de él —explica—. Pensaba que era lo mejor, olvidarme que existía, aunque supiese que era algo imposible. A veces me descubría intentando recrear su rostro y me daba cuenta de que no podía. Había vendido a mi hijo, y pensarlo me destrozaba. ¿En qué clase de mujer me había convertido? Intentaba consolarme diciéndome que entregarlo había sido mejor que obligarlo a crecer con un padre que lo detestaba. Era la excusa perfecta, pero también la encontraba inútil.

—¿Cómo se enteró Logan de que Douglas era su hermano? —pregunta Harry.

—Encontró la partida de nacimiento en el desván. Logan había mencionado alguna que otra vez a un amigo suyo llamado Douglas, y aunque la idea de que pudiese ser mi hijo se me pasó por la cabeza, pensé que el destino no podía ser tan cruel como para juntarlos. Sin embargo, cuando Logan se enteró de que tenía un hermano y me exigió explicaciones, ató cabos. El destino era tan cruel como yo había pensado.

»Logan se puso fuera de sí cuando se dio cuenta de la verdad. Me echó en cara todo lo que había estado temiendo escuchar a lo largo de aquellos años. Que era una madre horrible, que cómo podía haber entregado a mi hijo tan fácilmente, que se avergonzaba de sus padres. Logan era un chico problemático y discutíamos mucho, pero aquello fue la gota que colmó el vaso. Aquella misma tarde recogió todas sus cosas y se marchó de casa. Supongo que Joseph os habrá contado la historia a partir de aquel mismo día.

Ambos asentimos, en silencio.

—¿Qué te contaba Douglas sobre su vida? ¿Le fue bien? —pregunta Rebecca, con voz temblorosa. Miro a Harry, expectante. Los dos sabemos que los padres de Douglas terminaron hundiéndose en la miseria, arrastrando con ellos a su hijo y obligándolo a soportar a un padre violento y borracho y a una madre presa de la depresión, además de una enfermedad a la que nadie parecía prestar atención, ni siquiera él. Probablemente la señora Donovan también lo sabe, aunque no lo quiera asumir.

—Sí —miente Harry. Ella asiente.

—Ahora los dos están muertos —sonríe, dejando caer una lágrima—. Todo por mi culpa.

Harry guarda silencio.

—No diga eso —intento tranquilizarla—. Tampoco ha debido de ser fácil para usted.

La mujer no responde. Se pone en pie, secándose las lágrimas.

—Ahora debéis iros —nos dice—. No quiero enfadar más a mi marido.

Harry y yo nos despedimos de la señora Donovan y abandonamos la casa. Durante todo el camino hacia el coche ninguno de los dos dice nada. Harry tiene el rostro descompuesto, y cuando se deja caer en el asiento del copiloto, parece estar a punto de desfallecer.

—¿Estás bien? —pregunto. Por primera vez en todo el día, Harry sacude la cabeza.

—Por favor, Allison —me ruega—. Vámonos. No a casa. No a ningún sitio de esta maldita ciudad.

—¿Entonces?

—No me importa. Solo conduce.

Asiento. Pongo rápidamente el coche en marcha y me limito a conducir.

Solo a conducir.

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