33

Caminamos por los alrededores en silencio, con el frío filtrándose por nuestros abrigos y bufandas. Apenas hay gente en la calle; todos parecen haber abandonado la ciudad a su suerte.

Decidimos resguardarnos en una pequeña cafetería cerca del centro comercial para recuperar un poco el calor. Nos sentamos en la primera mesa libre que encontramos y esperamos a que el camarero nos sirva dos tazas de chocolate caliente. Enseguida nos vemos invadidos por una extraña tranquilidad, en ocasiones interrumpida por el silbido de la máquina de café y el murmullo de los únicos clientes que se encuentran en el local a parte de nosotros, un matrimonio de jubilados que parece discutir sobre algo carente de importancia. A lo lejos, el sonido impaciente de una ambulancia termina desvaneciéndose.

Bebo varios sorbos de mi taza, ignorando la temperatura casi abrasadora del chocolate. Harry, sin embargo, decide no tocar la suya. Desde que hemos llegado, no ha dejado de observar el papel que sostiene entre sus dedos y que contiene la dirección de los padres de Logan. Aun así, por la ausencia que denota su mirada, sé que no es eso lo que realmente le preocupa. Vuelvo a dejar la taza sobre la mesa y lo miro de soslayo.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —pregunto, jugueteando con un sobre de azúcar. Harry tarda en contestar. Tanto, que comienzo a dudar de si ha oído mi pregunta. Entonces, cuando estoy a punto de volver a hablar, dobla el papel y lo guarda en el bolsillo de su abrigo. Tras ello, agarra la taza por el asa y examina el líquido oscuro que esta contiene durante unos instantes.

—Ir a casa, supongo —dice, antes de beber del recipiente.

Yo asiento, algo desconcertada. Harry apura el resto de la taza y, acto seguido, pide la cuenta al camarero. Aunque hago ademán de sacar mi cartera, él se adelanta y paga con un billete de cinco dólares. No por cuestiones de galantería, sino, simplemente, porque quiere marcharse de aquí lo antes posible.

Sin esperar el cambio, se levanta de su asiento y se dirige hacia la entrada. Coloca una mano en la puerta de cristal y la mantiene ahí mientras me observa acercarme hasta él. Murmuro un tímido adiós que nadie en la cafetería parece oír y, tras ello, salimos al exterior.

Me dedico a observar las nubes mientas caminamos de vuelta al coche. El viento que sopla con fuerza hace que pasen de largo por encima de la ciudad con gran rapidez, impidiendo que los últimos rayos de sol resulten visibles. A mi lado, Harry camina en silencio.

Apenas he conseguido mirarlo a los ojos en todo el día. Quizás una vez, no más. Es como si él también evitara cruzarse con mi mirada. Es extraño, porque he dejado de sentir la tranquilidad que antes me otorgaba su compañía. Ahora parece que solo somos capaces de encontrarnos incómodos el uno con el otro, como si hubiésemos vuelto atrás en el tiempo y fuésemos de nuevo aquel Harry y aquella Allison que casi no podían compartir el mismo oxígeno. Aunque, esta vez, sea por un motivo completamente diferente.

Giramos la esquina que da a la avenida principal, donde, varios metros más allá, distingo el capó negro de mi Jeep. Aminoro el paso, mientras busco en los bolsillos de mi chaqueta las llaves del vehículo. Harry también se detiene. Alzo la mirada y lo observo examinar la pantalla de su móvil con el ceño fruncido.

—¿Qué sucede?

—Es la detective McCarthy —responde, confuso. El corazón me da un salto. Harry parece tragar saliva antes de descolgar y llevarse el teléfono a la oreja—. ¿Dígame?... Sí, soy yo... No, estoy en Inner Harbor. ¿Por qué? ¿Ha ocurrido algo?

Espera la respuesta sin realizar ni un solo movimiento. Yo ni siquiera parpadeo. McCarthy nunca se ha puesto en contacto con nosotros, al menos no personalmente, y si esta vez lo ha hecho, es porque algo importante ha debido de suceder.

Harry levanta la vista del suelo y me mira. La oscuridad del anochecer me impide ver su rostro con claridad, pero juraría que el color acaba de desaparecer completamente de sus mejillas.

—¿Harry? —pregunto, no sin cierto miedo.

—Voy para allá —murmura. Tras ello, aparta el móvil de su oído y lo mantiene en su mano. La luz blanquecida que desprende la pantalla ilumina su semblante de forma fantasmagórica.

—Harry, ¿qué sucede? —inquiero.

—El edificio de Logan ha salido ardiendo.

Tardo varios segundos en reaccionar, segura de haber oído mal.

—¿Cómo?

Pero Harry no responde. Se lleva las manos a la cabeza y comienza a dar vueltas, nervioso. Yo observo sus movimientos, esperando una respuesta.

—¿Te ha explicado el por qué? ¿Tiene algo que ver con Logan?

—No lo sé —contesta—. Pero sus cosas seguían allí.

—Pero aquel día... no encontramos nada interesante, ¿no? A parte de su diario.

—Tampoco es que buscásemos muy a fondo. A lo mejor se nos pasó algo por alto.

Guardo silencio, intentando rememorar aquella habitación donde Logan había vivido sus últimos meses. Sin embargo, las únicas imágenes que acuden a mi mente son demasiado imprecisas como para poder fiarme de ellas, víctimas del paso del tiempo. Harry deja de moverse en círculos y se queda quieto, de espaldas a mí, observando con cierta enajenación los coches que transcurren por la avenida. Después, se gira hacia donde yo estoy.

—Tengo que ir allí —dice. Me mira fijamente, como si buscase comprensión o aceptación en mis ojos. Como si no supiese que hace ya días que decidí dejar de oponer resistencia, y que estoy dispuesta a hacer cualquier cosa con el objetivo de resolver el caso y de que todo acabe de una vez por todas. Así que, en lugar de responderle, me limito a encogerme de hombros y a lanzarle las llaves de mi coche.

—Todo tuyo.

- - -

Divisamos la gigantesca columna de humo negro incluso desde cientos de metros de distancia. El fuego hace que el cielo, que ya ha oscurecido por completo, se tiña de un espectral color anaranjado, mientras que el ruido de las sirenas y las preocupadas voces de los vecinos que han abandonado sus casas inundan todo el barrio. A Rosedale Street tardamos un par de minutos en llegar, pero una línea policial nos obliga a detener el coche justo en la entrada de la calle.

Comienzo a toser nada más apearnos del vehículo. El fuerte viento hace que las cenizas del incendio lleguen hasta donde nos encontramos y que el ambiente resulte prácticamente asfixiante. Me quedo quieta durante varios segundos, examinando el edificio mientras es devorado por las llamas, que alcanzan una altura considerable. Escucho varios llantos a lo lejos, supongo que procedente de las personas que están observando cómo se destruye su hogar. Estos se mezclan con los gritos de los bomberos y los policías, que intentan poner orden al imponente caos que los rodea.

Trago varias veces saliva, pero la sequedad que parece haberse instalado en mi garganta no desaparece. Harry se acerca hasta mí y se coloca delante, obstaculizándome la visión. Lo miro a los ojos, en los que descubro cierta preocupación.

—¿Estás bien, Allison? —pregunta. Yo asiento.

—Es solo que...

—Lo sé —me interrumpe—. Puedes quedarte aquí si quieres.

Pero sacudo la cabeza.

—No, no pasa nada. Iré contigo.

Harry esboza una sonrisa. O al menos, lo intenta. Tras ello, se da la vuelta y echa a andar hacia el edificio. Yo lo sigo, haciendo un esfuerzo hercúleo por apartar el rostro de Sean de mi mente.

Pasamos por debajo de la cinta de balizamiento y recorremos la calle con celeridad. Un agente de policía no tarda en vernos y corre hacia nosotros, con el semblante serio, pero alarmado.

—¡Eh, chicos! —nos llama—. Marchaos, no podéis estar aquí.

—La detective McCarthy nos ha llamado.

—La detective McCarthy está demasiado ocupada ahora mismo, muchacho. Contactad con ella mañana.

El policía nos empuja levemente, invitándonos a abandonar la zona.

—Pero...

—¡Bernard! —El hombre se detiene y se gira hacia la voz que lo llama. Diviso la figura de McCarthy corriendo hacia los tres, despeinada y tosiendo—. Déjalos entrar, los necesito.

—Hay que evacuar a todo el mundo cuanto antes, Lillian.

—Lo sé, lo sé. —Nos agarra a Harry y a mí por un brazo y tira de nosotros hacia el edificio, dejando a atrás al hombre en un estado de confusión.

Seguimos a McCarthy en silencio, intentando adaptarnos a la rapidez de sus pasos. Se acerca a un grupo de agentes, a los que le pide que continúen el trabajo sin ella. Después, nos hace un gesto y nos guía hasta el interior de un garaje vacío, donde conseguimos resguardarnos un poco del humo.

—Siento haberos hecho venir, chicos —se disculpa, limpiando los cristales de sus gafas con el dobladillo de su camisa. Se las vuelve a poner y nos mira.

—¿Qué es lo que ha sucedido? —pregunto.

—Alguien ha incendiado el edificio —nos explica—. Y por lo que nos han contando los vecinos, el fuego se originó en el interior del piso de Logan.

Harry y yo compartimos una mirada llena de incredulidad.

—¿En el interior?

McCarthy asiente.

—Esa persona se coló en el edificio dejando inconsciente al conserje. El pobre hombre nos ha relatado los hechos mientras le curaban la herida de la cabeza. Sin embargo, según él, sucedió todo tan rápido que es incapaz de describirnos la fisonomía del responsable. Excepto que era un chico y llevaba una sudadera de color rojo. Hace un rato que hemos mandado una patrulla para que investigue la zona, pero, al parecer, todavía no han encontrado nada. Creemos que no ha salido del barrio, pero es solo una hipótesis.

—No entiendo nada —murmura Harry—. ¿Por qué querría prender fuego al apartamento de Logan?

—Eso es lo más interesante de todo. Hace un par de días conseguimos que el juez firmara una orden de registro, que hasta entonces no se nos había sido otorgada por culpa de la corruptela que ejercía Geoffrey Stevenson. Teníamos pensado venir mañana para inspeccionar la vivienda de Logan e intentar encontrar alguna prueba. Y supongo que alguna habría, porque alguien se ha encargado de destruirla por completo.

Harry vuelve a mirarme, y sé lo que trata de decirme. Que cuando él, Douglas y yo decidimos colarnos en el apartamento de Logan e investigar por nuestra cuenta, no encontramos nada más que un diario con apenas diez o quince páginas escritas. Que se nos pasó algo por alto, algo que podría habernos llevado directamente al culpable, y que fuimos demasiado ciegos como para no ver.

Pero, ¿qué era eso tan importante, tan obvio, que alguien ha visto necesario reducirlo al polvo?

—Chicos. —El tono serio de McCarthy hace que vuelva a clavar los ojos en ella—. Si sabéis algo, si sospecháis de alguien, necesito que me lo digáis. Cualquier detalle puede ser de suma importancia.

No obstante, ambos sacudimos la cabeza. La mujer asiente levemente, hundiendo sus hombros.

—Lo siento —murmuro.

—Tranquila —me sonríe—, ya habéis hecho suficiente viniendo hasta aquí. Ahora será mejor que os marchéis a casa. No quiero que por mi culpa os metáis en problemas.

McCarthy vuelve a sonreírnos, y tras ello, sale del garaje. Harry y yo nos quedamos solos en él, ignorando el aire polvoriento que comienza a invadir nuestros pulmones. Nos miramos. Apenas la luz parpadeante de una farola alumbra su rostro. Solo soy capaz de oír el roce de su ropa mientras camina hacia la puerta seccional. Cuando se sitúa frente a ella, consigo distinguir su silueta recortada.

—Vamos —me dice, y sale al exterior. Yo lo sigo.

Nos dirigimos hacia la cinta de balizamiento, dejando el edificio en llamas atrás. Sin embargo, en lugar de encaminarse hacia mi coche, Harry pasa de largo frente a este, sin detenerse. Yo aminoro el paso, intentando comprender sus intenciones.

—¿A dónde vas? —pregunto. Él ni siquiera mira hacia atrás.

—A buscar a ese tipo.

Me quedo quieta en el sitio, parpadeando con confusión. Tardo en reaccionar varios segundos, cuando me doy cuenta de que una cuantiosa distancia comienza ya a separarnos. Murmuro una maldición y, acto seguido, echo a correr tras él.

—¿Hablas en serio? —pregunto jadeante, una vez he conseguido alcanzarlo. No obstante, sus grandes zancadas hacen que me resulte casi imposible mantenerme a su lado—. ¿Harry?

—McCarthy ha dicho que sigue aquí.

—Harry, es tarde. Y no estamos en un lugar muy seguro, precisamente. Deberíamos volver a casa.

—Vete, yo me quedo aquí.

—¿Solo? No digas estupideces. —Sacudo la cabeza para mí misma y lo miro, esperando a que diga algo. Silencio. Aprieto la mandíbula y suelto un gruñido; al parecer, acaba de optar por ignorarme—. Está bien, no me eches cuenta. ¿Para qué? Si aún no nos hemos puesto en peligro suficientes veces.

En ese preciso instante, Harry se detiene en seco y yo me choco contra su hombro.

—Pero, ¿qué...? —Me callo cuando lo observo llevarse su dedo índice a los labios y alzar la vista hacia el lado derecho de la calle. Frunzo el ceño y sigo su mirada. Descubro, perdido en la penumbra, el esqueleto de un edificio inconcluso. La luz mortecina que se escapa de las farolas me permite distinguir algunas ventanas, todas ellas carentes de cristales y cualquier tipo de ornamentación. En el centro, encuentro lo que una vez debió de ser una puerta y que, con el transcurso de los años, se ha convertido en un simple hueco rectangular que une el siniestro y sombrío interior con la calle.

—¿Has escuchado eso? —me susurra Harry. Examina su alrededor con excesivo detalle, como si temiese perderse algo. Yo, que no entiendo a qué se refiere, niego con la cabeza.

Pero entonces, lo oigo.

Un sollozo, un llanto apagado procedente del edificio. Suena lejano, lo que no evita que distinga cierta desolación en él. Se me eriza la piel y los músculos se me tensan por el miedo. La oscuridad de la noche, el silencio que nos rodea y el frío tampoco ayudan a que me tranquilice.

Clavo la mirada de nuevo en Harry y observo la misma expresión de nerviosismo en su rostro.

—¿Qué vas a hacer?

Él vacila unos segundos.

—Entrar —responde, aunque no se mueve del sitio. Durante unos segundos, ambos permanecemos frente al edificio en ruinas, sin saber qué hacer. Supongo que ninguno de los dos queremos, en el fondo, adentrarnos en él. No obstante, es la única opción que tenemos si queremos averiguar algo. Así que, obligándome a reservar el miedo, enciendo la linterna de mi teléfono móvil, cojo aire y echo a andar. Me detengo en el hueco de la puerta y miro hacia atrás.

—¿Vienes? —le pregunto a Harry. Él frunce el ceño ligeramente y asiente, dirigiéndose hacia mí.

Nos introducimos en el interior, guiados por la luz blanquecina de la linterna. Los escombros que cubren el suelo crujen y se deshacen bajo nuestros pies a cada paso que damos. Nos situamos en el centro e ilumino la estancia para observar mejor lo que nos rodea. Estamos en una habitación de pocos metros cuadrados, vacía y estropeada por la lluvia y la humedad. Las paredes están cubiertas por grafitis y desconchones, y el aire huele a podredumbre. En el techo, por su parte, se han formado agujeros que dejan a la vista tuberías y vigas que no parecen ser demasiado resistentes. En la esquina izquierda de la habitación distingo los restos de una escalera sin pasamanos que llevan a un primer piso, desde donde no consigo oír ningún solo ruido; quienquiera que esté en el edificio, debe de haberse dado cuenta de nuestra presencia.

—Tiene que estar arriba —susurro.

Con cuidado, nos encaminamos hacia la escalera. Coloco un pie en el primer travesaño, y tras comprobar que soporta mi peso, comienzo a subir lentamente. Harry me observa desde abajo, supongo que para vigilar que la estructura no se hunda bajo mis pies. Desde mi posición, consigo divisar parte de la primera planta, tan oscura como la anterior. No obstante, me detengo cuando escucho un ruido. Me vuelvo para lanzarle una mirada interrogante a Harry, quien sacude la cabeza. Alzo la vista de nuevo, pero antes de que pueda enfocar siquiera, algo sale de entre las sombras y se abalanza sobre mí.

Pierdo el equilibrio y me precipito por el hueco de las escaleras. Caigo contra los escombros de la planta baja, lo que provoca que sienta un dolor agudo por todo el cuerpo, similar al de cientos de agujas ardiendo clavándose en él. Tras la visión borrosa de mis ojos, observo un borrón de color rojo desaparecer por la salida. Harry corre hasta mí y se arrodilla a mi lado.

—Allison. Dios mío, Allison. ¿Estás bien?

Me incorporo como puedo, tosiendo polvo.

—Sí —murmuro con un gemido, dolorida. Apoyo la espalda contra la pared y señalo la puerta con el mentón—. Se ha ido.

—Lo sé.

—¿Y a qué esperas? Tienes que ir a buscarlo. —Harry niega con la cabeza y me mira con preocupación. Yo suelto un gruñido—. Joder, Harry. Estoy bien. Se ha ido, lo vas a perder. ¡Corre!

Vacila durante unos instantes. Se gira hacia la puerta, y después de nuevo hacia mí. Entonces, se aparta de mi lado y echa a correr hacia el exterior. Yo cierro los ojos y respiro profundamente, intentando reunir las pocas fuerzas que me ha dejado el golpe. Tras ello, abro los ojos, aprieto la mandíbula e, ignorando el dolor, comienzo también a correr.

Sigo a Harry a lo largo de toda la calle. Corre con tal rapidez que consigue llevarme más de cien metros de ventaja. Por delante de él, diviso la figura del huidizo. Aunque está lejos y la luz es escasa, me doy cuenta de que le cuesta mantenerse en línea recta y que sus movimientos cada vez son más torpes, lo que me lleva a pensar que quizás esté herido.

Harry le grita que se detenga, y el individuo mira hacia atrás. Al hacerlo, pierde el ritmo de sus pasos y cae de bruces contra el suelo. Rueda varias veces por el asfalto y un alarido se escapa de su boca. Intenta volver a incorporarse, pero ya es demasiado tarde: Harry lo alcanza y se abalanza sobre él, provocando que ambos caigan de nuevo al suelo.

Me detengo junto a ellos dos, con el corazón a punto de salírseme del pecho. Sin saber qué hacer, los observo enzarzarse en una pelea. Harry está a horcajadas encima del hombre, quien intenta zafarse de él arañándole la cara y sacudiendo sus piernas. Me acerco a ambos y hago lo que puedo para detener los movimientos frenéticos del tipo, lo que solo provoca que me lleve un puñetazo en el pómulo de su parte. Roja de ira, le devuelvo el golpe, acertándole en la nariz. El individuo vuelve a soltar otro alarido y deja de moverse para retorcerse de dolor. Jadeante, Harry coloca las rodillas encima de sus brazos, inmovilizándole. Entonces, lo agarra por la capucha roja y se la retira bruscamente, dejando su rostro a la luz.

Dejo de respirar por un instante. Horrorizada, observo al chico que se encuentra frente a nosotros. Tiene el cuello, parte de la mejilla derecha y de la nariz en carne viva. Sobre la piel chamuscada se han formado pequeñas y numerosas ampollas, que con la pelea han comenzado a sangrar. La quemadura deforma gran parte de su cara. Sin embargo, esta no me impide reconocerlo, porque sus ojos azules y su pelo rubio son inconfundibles.

—Douglas —murmura Harry, con el rostro desvaído. Se echa hacia atrás, aflojando la presión de sus rodillas y hundiendo los hombros.

—Harry, yo... —Se calla. Sus ojos se llenan de lágrimas, que comienzan a precipitarse por su piel—. Tienes que dejar que me vaya.

Pero él sacude la cabeza casi imperceptiblemente, sin modificar su expresión impasible.

—¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has quemado el apartamento de Logan?

—Harry... Harry, por favor. No tengo tiempo, van a encontrarme. Déjame que me vaya. Por favor, Harry. Por favor...

Harry lo hace callar de un puñetazo. Lo agarra por el cuello de la sudadera y lo levanta varios centímetros del suelo, acercando el rostro de Douglas al suyo y zarandeándolo con violencia.

—¿¡Por qué lo has hecho!? —chilla. Le pega otro puñetazo y vuelve a agarrarlo—. ¡Responde! ¿¡Por qué lo has hecho!?

Sus gritos se mezclan con el llanto desesperado de Douglas, que intenta cubrirse la cabeza para evitar los golpes, sin demasiado éxito. Harry continúa pegándolo, repitiendo la misma pregunta una y otra vez.

—¿¡Por qué lo has hecho!? ¿¡Por qué!?

—¡Porque fue mi culpa! —aulla Douglas, escupiendo partículas de saliva y sangre. Harry detiene su puño en el aire y se queda mirándolo, sin comprender. Él suelta un sollozo—. Yo lo hice, Harry. Yo maté a Logan.

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