08
Debajo de la mesa, Shepherd se retorcía las manos. Las palmas le sudaban. Y lo acechaba la sensación de que algo malo iba a pasar. En consecuencia, tenía un molesto nudo en el estómago que le impedía probar bocado —a pesar de su infinito amor por la comida—. La cena estaba servida pero su mente divagaba, sintiéndose asfixiado por las conversaciones que lo envolvían. Una vez por mes, a su madre y su padrastro les tocaba organizar una reunión con matrimonios amigos. Los adultos acudían —por lo general lo hacían con sus hijos—, llevaban vinos caros mientras los anfitriones se ocupaban de la comida. Durante la cena, hablaban acerca de logros, metas y grandezas, como la casa de verano que uno se compró en la playa o el auto cero kilómetro que adquirió días atrás. También presumían a sus hijos e hijas. Edward, por supuesto, presumía a sus chicos. Especialmente al mayor, llamado Thomas, que era capitán de fútbol americano y llevaba un año recibiendo ofertas de equipos universitarios importantísimos para el próximo año.
—Obviamente las habilidades deportivas no son lo único que importa —comentó Edward—. Diría que el rendimiento académico lo es aún más. De hecho, Thomas tiene un promedio sobresaliente.
—Tú también practicas deporte, ¿verdad? —el hombre echó un vistazo a Shep.
—Hijo, te están haciendo una pregunta —su madre intervino. Shep, distraído, elevó la mirada—. Quiere saber si practicas deporte.
—Ah, sí. Basquet.
—Callahan. ¿No? —Shep asintió—. Leí en el periódico local que te destacaste en el último partido. Fuiste el que más puntos anotó. Así que, ¿quién sabe? Quizá tenemos a una eminencia entre nosotros.
Nervioso, jugó con la manga de su camiseta.
—Gracias, señor. Aunque no creo que sea para tanto.
—Sí. Sí que lo es. Las universidades pelearán por ti.
—Bueno, ahí sí que estaremos en un problema —Edward interrumpió, tras dejar de comer—. Las calificaciones de Shepherd no son favorables.
—Son aceptables —agregó su madre.
—Diría que están por la línea debajo de lo aceptable, cielo.
—Nada que no se pueda mejorar, ¿no, Shep? —continuó el hombre.
Shepherd simplemente asintió. La bilis subía por su garganta. El ritmo cardíaco se había alterado como si llevara disputando el último minuto de un partido indispensable.
—Claro —recogió el vaso de agua y bebió un largo trago—. Tengo que irme.
Sin mirar atrás, Shep dejó su lugar y se dirigió a la habitación contigua: la cocina. Se sujetó del borde de la mesada, estiró la cabeza y respiró hondo, buscando aire en cada rincón del ambiente. Necesitaba un poco de estabilidad antes de huir. Abatido, negó con la cabeza. De pronto, le resultó increíble el hecho de haber crecido entre aquellas paredes. Tenía recuerdos verdaderamente felices en esa casa. ¿Cómo era posible que le resultara tan ajena y desconocida? La respuesta llegó al instante, en cuanto atinó a subir a su habitación y cayó en la cuenta de que ya no le pertenecía como tal. Había una cama extra —que pertenecía a su hermanastro— y a medida que pasaba el tiempo, los detalles que la convertían en suya se esfumaron. Lo habían desplazado como un intruso. Y lo que más lo enfureció fue que su madre no dijera absolutamente nada. Ni un solo reclamo. Edward llegó un día con toda su tropa y se instaló sin ningún tipo de remordimiento.
—Vamos a servir el postre, Shep. ¿Por qué no vienes?
—Me voy, mamá.
—¿Tan temprano? Es una falta de respeto para los invitados. ¿Qué les voy a decir?
Él se encogió de hombros.
—No puedo quedarme —sentenció—. Papá salió por un viaje de trabajo. Ivy está en casa con...
—Ni siquiera nombres a esa zorra.
—Solo quiero ver si mi hermanita está bien.
—Me producen náuseas que llames hermana a esa bastarda.
—Le digo así porque lo es —apretó los dientes, indignado.
—¿No te das cuenta de que esa... mujer y esa niña destruyeron a esta familia?
—No puedes responsabilizar a una niña de cuatro años por malas decisiones que tomaron los adultos —exclamó, abrumado por la manera insensata de razonar que tenía su madre—. Soy su hermano mayor. La protegeré siempre. No importa lo que digas tú, Sloane o quién sea.
—Al menos quédate a comer el postre. Ten un poco de educación y despídete de los invitados.
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Ignoró los pedidos de su madre. No aguantó más dentro de aquella casa repleta de extraños dispuestos a juzgarlo bajo cualquier circunstancia. El nudo en el estómago disminuyó a medida que la distancia a casa de su padre se acortaba hasta que, finalmente, llegó. Era una zona donde residían, por lo general, familias de bajos ingresos; se caracterizaba por sus viviendas modestas o descuidadas, por el simple hecho de que el dinero no alcanzaba para mantener una agradable fachada. Aun así, desarrolló cierta predilección por la casa de su padre. Al menos allí no tenía que ponerse una máscara para mantener las apariencias. Tenía una habitación propia y la certeza de que, más allá de todo, una niña adorable lo esperaba para hacerlo sonreír.
—¡Shep! —gritó Ivy, en cuanto escuchó el sonido de la puerta abrirse.
—Ven aquí, niña. Compórtate —la voz desconocida le erizó la piel.
—¡Shep! —volvió a farfullar, mientras corría a los brazos del joven que enseguida la sujetó—. Te extrañé muchísimo.
—Yo también, enana —correspondió, a pesar de que la había visto por la mañana.
—Vamos, mocosa. Tu madre ordenó que debías irte a la cama.
—No quiero ir con él —miró a Shep con los ojos grandes—. ¿Me cuentas un cuento para dormir? ¿Y te quedas conmigo?
—Sí, no te preocupes. Me quedaré contigo. Espera un momento aquí, ¿sí? —dejó a la niña sobre el sofá y de inmediato, disparó hacia el comedor.
Las voces masculinas provenían de esa sala.
Alrededor de la mesa, encontró a Henry —aquel amigo cercano de Sloane— junto a otro tipo. Bebían cerveza y devoraban comida chatarra. Shepherd arrugó los ojos, incapaz de comprender qué estaba pasando. Inhaló una bocanada de aire y resopló. Dudó de sus capacidades para lidiar con aquella situación.
—¿Dónde está Sloane?
—Tuvo que salir por negocios.
«¿Qué clase de negocios?», pensó. Aunque ni siquiera experimentó verdadero interés, esa mujer podía hacer lo que quisiera con su vida. Sin embargo, lo sacaba de quicio que hubiera dejado a su hermana de cuatro años con dos completos desconocidos que, a simple vista, no inspiraban confianza. Todo lo contrario. Shep podía jurar que estaban un poco borrachos.
—No sé a qué clase de acuerdo llegaron con Sloane. Pero tienen que irse ahora mismo.
Henry le obsequió una sonrisa burlona.
—Tú deberías irte.
—¡Es mi casa! Mi padre paga la renta.
—¿Y qué? También es la de Sloane —vociferó. Y se puso de pie—. Vamos. ¿Quieres saber lo que te espera si intentas echarnos? Inténtalo —lo desafió.
Shepherd ni siquiera se detuvo a pensarlo. Solo confirmó que tenía que marcharse antes de meterse en problemas. Sujetó a Ivy en brazos, subió a la habitación, la dejó sobre la cama y comenzó a recoger algunas de sus pertenencias indispensables. No estaba demasiado seguro de qué necesitaba una niña de cuatro años, así que simplemente siguió su instinto. Ella tan solo recordó que necesitaba su osito de felpa favorito. Antes de salir, le puso un abrigo y volvió a cargarla en brazos.
No podía esperar a salir de ahí.
—¿Y a dónde me llevas, Shep? ¿Es un lugar bonito?
—Sí. Lo es —aseguró con paciencia—. ¿Recuerdas el sitio a donde solemos ir a comer pastel?
—Sí, lo recuerdo.
—Ahí vamos.
—¿De verdad? ¿En serio? Me encanta ese lugar —puso una sonrisa gigante—. ¿Falta mucho para llegar?
—Sí, de verdad —Shep extendió la mano e hizo una seña. El taxi que transitaba por la carretera se detuvo—. No mucho. Solo unos cuantos minutos. ¿Te digo un secreto? Si cantas, el tiempo pasa más rápido.
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Inquieta, Daisy comprobó su aspecto en el espejo una última vez. El maquillaje estaba en su lugar. El brillo en sus labios seguía impoluto. Ningún bucle de su rubia cabellera se había deshecho. Dio un paso hacia atrás, repasó aquel vestido ceñido al cuerpo que Kaylee le sugirió usar y que para ella significaba un verdadero desafío. Después, se echó una cantidad modesta de su fragancia favorita con notas de cereza y se estremeció al oír el timbre.
—Es él. Es él —masculló. Nerviosa, sujetó la cartera y el abrigo—. Becca, mírame. ¿Cómo me veo? ¿Estoy bien?
—Luces hermosa, Daisy. Ese chico es realmente afortunado.
El timbre sonó otra vez.
—Por Dios, me está esperando.
—Deberías ir —la animó—. Creo que alguien está muy ansioso por verte.
Ambas se sonrieron.
Y Daisy abrió la puerta.
Sin embargo, Alexander no estaba al otro lado. En su lugar, encontró a Shepherd que cargaba un bolso en un hombro y, en el otro, a Ivy que permanecía adormecida sobre su hombro.
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Nos leemos en la próxima actualización.
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