Capítulo 4:

Abrí los ojos y lo primero que vi fue el cielo estrellado. Me incorporé rápidamente y noté la hierba húmeda bajo mis manos. No recordaba como había llegado hasta allí. Miré a mi alrededor e identifiqué el pequeño jardín que teníamos detrás de casa. Frente a mi había una pequeña fogata pero parecía que estaba sola. El fuego bailaba mecido por el viento y sin explicación alguna mi mirada quedó atrapada en el cálido color rojo. Traté de acercarme pero la llama se extinguió antes de que mis dedos siquiera sintieran el calor. Decepcionada me dejé caer de nuevo sobre la hierba. A pesar de la humedad de la hierba, una sensación de calor me recorrió los dedos y la palma de la mano derecha. Sorprendida mire las yemas de mis dedos que se asemejaban al hierro incandescente. El efecto se extendió por mi antebrazo como si mis venas llevaran lava en vez de sangre. Aunque notaba el calor no sentía ningún tipo de dolor. Apoyé la mano en la hierba que había frente a mí y rápidamente ardió. Algo sobresaltada me aparté y traté de apagar el fuego a pisotones. La hierba chamuscada desprendió una pequeña hilera de humo y divertida volví a mirar mi mano. Imaginé como las llamas la envolvían y en cuestión de segundos unas chispas hicieron la imagen realidad. Al principio solo sentí calor pero de pronto una quemazón se extendió por mi brazo. Mi piel empezó a perder el color rojizo-anaranjado pero las llamas no se extinguieron. Traté de apagar el fuego inútilmente y cuando el dolor se hizo insoportable, solté un grito de desesperación. Notaba la piel al derretirse como mantequilla y el dolor me hizo gritar de nuevo. Oí un ruido a mi espalda, proveniente de casa. Giré la cabeza pero mi vista no fue capaz de centrarse en ningún punto. Me pareció ver una sombra saltar desde el segundo piso y llegar al suelo como si nada. La sombra se acercó hacia mi y resultó ser mi hermano Martin. Llevaba una toalla en la mano que utilizó para apagar el fuego y envolver el brazo carbonizado. Solo fueron unos segundos pero bastó para ver como la piel de un color oscuro se caía a cachos. Me eché a un lado y vomité. Noté que Martin me sujetaba el pelo y me limpiaba la boca con la manga de su pijama.
‒         Respira, esto pasará pronto. Vamos a pedir ayuda – me dijo con tono tembloroso.
Me quedé mirando al suelo sin poder apartar la visión del brazo de mi mente. Martin me cogió en brazos y debido al movimiento pensé que me llevaba a casa pero cuando me fijé vi un pasillo de piedra que no reconocí. Golpeó una puerta de madera de forma estridente y grito un nombre que no me resultó familiar.
‒         ¡Árchigol! Es una emergencia – gritó.
¿Dónde estábamos? ¿Cómo habíamos llegado hasta aquí? ¿Me habría quedado inconsciente por el dolor? Un hombre mayor con una espesa barba blanca abrió la puerta.
‒         ¿Qué sucede? – preguntó molesto.
‒         Estaba en el jardín. Parece que puede controlar el fuego.
Martin me dejo sobre la cama deshecha y me miró preocupado. ¿De qué demonios hablaba?
‒         Tiene mal aspecto. ¿Aún no se han manifestado sus poderes de curación? – preguntó el hombre mayor desenvolviendo la toalla para ver el brazo.
Presionó levemente con un dedo y el dolor se extendió por todo mi cuerpo obligándome a encogerme mientras soltaba un leve gemido.
‒         Sí, pero nunca con algo tan grande.
‒         Pídele a Eric que busque a Firestorm – ordenó Árchigol.
‒         Martin, ¿qué pasa? ¿Quién es? – le pregunté.
Notaba el sudor caer por mi frente y la visión comenzaba a nublarse.
‒         Tranquila, esto se va a solucionar – me respondió acariciando mi frente –. Tiene mucha fiebre.
‒         Ve a por Eric – insistió el anciano.
‒         No creo que quiera ayudar – protestó Martin entre dientes.
‒         Martin, hazlo por tu hermana. Solo Eric puede saber dónde está y le necesitamos.
Martin me miró una última vez antes de desaparecer. ¡Se desvaneció como si nada! Traté de incorporarme pero el dolor me lo impidió. Tal vez fuese todo un sueño. Nada de que aquello tenía sentido. Tan rápido como había desaparecido volvió, esta vez acompañado por un chico rubio con una mirada tan fría como el hielo que debía ser el anteriormente mencionado Eric.
‒         Ya le he llamado. Vendrá enseguida con las hierbas curativas de tu estudio – informó.
Clavó su mirada en mí con unos ojos tan azules que no podían ser reales. Mi vista parecía estar fallando de nuevo ya que además parecía que ese azul se degradaba a blanco a medida que se acercaba a las pupilas.
‒         Entonces ya puedes irte – le dijo Martin.
‒         Resulta que prefiero quedarme, pero gracias por la oferta – respondió con una sonrisa sarcástica.
‒         Resulta que yo no quiero que te quedes – respondió Martin en el mismo tono.
Esto no podía ser más que un sueño. Martin jamás se comportaría así. Siempre guardaba la calma, incluso en los peores momentos y jamás le había visto enfadado o comportándose de forma maleducada con nadie.
‒         ¿Entonces tiene los poderes de Petra? Fuego y tierra – preguntó Eric.
‒         Eso parece pero creíamos que desarrollaría los de Helmont y Lunaris. Dijisteis que era capaz de hablar con animales – dijo Árchigol.
‒         Fue hace varios años, antes de aumentar la dosis. ¿Puede que fuera su imaginación? – preguntó Martin.
‒         Es poco probable – respondió Árchigol.
‒         Es menos probable que tenga los poderes de dos clases distintas – añadió Eric.
Antes de que nadie pudiera decir nada más, una intensa luz invadió la habitación. De entre unas llamas de color negro surgió una extraña ave. Parecía un halcón aunque era de color rojo, negro y celeste, y su larga cola parecía formada por unas llamas oscuras como las que acababan de aparecer.
‒         He traído todo lo que he visto – dijo una voz desconocida.
¿Acaso el pájaro estaba hablando?
‒         ¿Qué demonios...? – exclamé.
‒         Gracias, Firestorm – dijo Árchigol.
Cogió un cuenco y lo llenó con una crema de color claro. El ave pareció inclinarse y me dio la sensación de que... ¿lloraba? Unas lágrimas cayeron sobre el mejunje y Árchigol añadió unas hierbas secas.
‒         Martin – le llamé mientras me incorporaba.
Preocupado se sentó a mi lado y me abrazó.
‒         Todo va a salir bien – me susurró.
‒         No entiendo que ocurre – dije con lágrimas en los ojos debido al dolor.
‒         Vanessa, esto te va a doler – dijo Árchigol.
Intercambió unas miradas con Martin y el me abrazó con más fuerza. Noté algo frío en el brazo y el dolor se extendió como si hubieran derramado un licor sobre la herida. Traté de apartar el brazo pero Árchigol lo sujetaba con fuerza. A medida que untaba la crema el dolor se iba volviendo más y más insoportable. Seguí tirando del brazo a duras penas, ya que Martin me tenía prácticamente inmovilizada.
‒         Eric. Sujeta tú su brazo – le pidió Árchigol.
Martin se separó unos segundos y vi que en sus ojos amenazaban con salir unas lágrimas. Me quede atónita ante aquella escena. Jamás había visto llorar a mi hermano. Jamás. Mi expresión de sorpresa pasó de nuevo a la de dolor cuando Eric sujetó mi brazo y Árchigol continuó extendiendo la crema.
‒         Ya basta – grité dolorida.
‒         Aguanta un poco más – me pidió Martin.
Creí que todo había terminado cuando Árchigol dejó el cuenco a un lado pero no podía estar más equivocada. Volvió con unos vendajes que no dudó en apretar. Creí que la cabeza me estallaría por el dolor.
‒         Ya está. Esto debería hacer que en unas horas no quede ni rastro de las heridas – suspiró Árchigol.
‒         Gracias – musitó Martin.
‒         Si vais a empezar a lloriquear mejor me vuelvo a dormir – se quejó Eric.
‒         No eras bienvenido. Cuanto antes te vayas mejor para todos – le respondió Martin.
‒         Eres tú el que ha venido a suplicarme en mitad de la noche.
Martin se puso en pie y se acercó a él lentamente. Martin era bastante alto y a pesar de ello Eric le igualaba en estatura.
‒         Martin – le llamé.
Aún no había terminado de decidir si todo era un sueño pero aunque lo fuese no me gustaba ver a mi hermano así. Martin le dio la espalda y regresó a mi lado. El dolor había disminuido considerablemente y comenzaba a sentirme mejor.
‒         Al menos sigues siendo un perro obediente – se mofó Eric.
Si había algo que no toleraba es que alguien se tomara tan a la ligera el respeto hacia mi familia.
‒         ¿Te han dicho alguna vez que eres un capullo?
‒         Vanessa – me regañó Martin.
‒         Aunque puede que te sorprenda, no.
‒         Sí, lo cierto es que me sorprende.
‒         Parece que ya estás mejor, así que por qué no acabamos con esto y nos vamos cada uno por nuestro lado.
‒         Antes quiero oírte disculparte con mi hermano.
‒         Vanessa, déjalo – me pidió Martin.
‒          Tal vez deberías hacerle caso – se mofó.
‒         No me iré de aquí sin oír esa disculpa – dije poniéndome en pie.
‒         Uuuuhhh, que miedo – se rio.
Noté la ira recorrer mi cuerpo haciendo que olvidara el dolor del brazo y la insufrible jaqueca. De pronto, Eric cayó de rodillas al suelo sujetándose la cabeza con ambas manos. No sabía que estaba pasando pero tenía la ligera sensación de que yo lo estaba provocando por lo que no dejé que la ira me abandonara.
‒         Discúlpate – le ordené.
‒         No dijisteis nada de los Cantos de Sila – dijo entre dientes.
‒         Es la primera vez – dijo Martin tratando de acercarse a mí.
‒         ¿También tiene los poderes de Kashia? No había oído de algo así nunca – musitó Árchigol.
‒         ¡Callaros todos! – grité.
No sabía de que hablaban y eso me enfurecía aún más. Como si mi ira cobrara forma, los tres presentes retrocedieron como si algo les hubiera empujado. El único que parecía no inmutarse de nada era el ave que dormitaba en un rincón de la habitación.
‒         Para de una vez – pidió Eric.
‒         Discúlpate – le ordené de nuevo.
‒         Lo siento – murmuró.
‒         ¿Qué sientes? Y díselo a quien corresponde.
‒         Siento haber sido maleducado, Martin – dijo casi sin aliento.
‒         Vanessa, para ya – me pidió Martin.
No sabía muy bien como estaba haciendo aquello pero si esto solo era un sueño no debía ser muy difícil parar. ¿Pero si era un sueño que más daba lo que ese capullo dijera? Aparté las preguntas de mi mente puesto que no tenía lógica alguna la situación en general. Eric pareció recobrarse y cuando se incorporó necesitó apoyarse en la pared. También me fijé en un pequeño hilillo de sangre que le salía de la nariz.
‒         La próxima vez dejaré que agonices y me quedaré durmiendo tranquilamente – se quejó limpiándose la nariz con el reverso de la manga.
‒         Pues que te aproveche. Puedes largarte ya – le respondí aún molesta.
‒         Lo cierto es que no. Muy a mi pesar, aún tengo que hacer algo – dijo acercándose a mí.
‒         ¿El qué? – pregunté nerviosa al darme cuenta de que nadie le impedía que se acercara.
‒         Borrarte la memoria – dijo con una sonrisa divertida.
Había llegado hasta mí y me había acorralado contra la pared. Por alguna razón no podía apartar mi mirada de la suya y de pronto, todo se volvió negro.

*****

Me incorporé de golpe mientras respiraba agitada. Estaba empapada en sudor y sentía que la cabeza me iba a estallar. Traté de recordar que había soñado pero fue inútil. Desde luego tenía toda la pinta de ser una pesadilla. Volví a tumbarme y traté de relajarme. Estiré el brazo derecho hacia el techo y lo mire. Tenía la sensación de que algo andaba mal y no sabía el que. Dejé caer el brazo sin ninguna anomalía y me levanté. Hice la cama y me dirigí al armario para coger mi toalla. Entonces noté que no llevaba el mismo camisón que me había puesto por la noche. El que llevaba ahora era blanco y estaba bastante segura de haberme puesto uno azul. ¿Pero por qué razón iba a cambiármelo en mitad de la noche? Lo busqué por todas partes sin mucho éxito y lo atribuí a que tal vez mi memoria me fallaba y no me lo había puesto en ningún momento. Cogí mi vestido de montar a caballo, el único con el que no usaba corsé, y una toalla y lo llevé al baño. Bajé a la cocina donde solía estar Jeremy pero no le vi. Fui al segundo sitio más probable, el jardín, y le encontré arreglando el césped.
‒         Jeremy, ¿podrías prepararme un baño? – le pedí cuando llegué a su altura.
‒         Sí, mi señora. En cuanto termine con esto – me respondió con una sonrisa.
‒         ¿Qué ha pasado? – le pregunté mirando el hueco de tierra que había quedado.
‒         Crecieron unas malas hierbas y estaba quitándolas antes de que fuera a más – me respondió mientras llenaba de tierra el agujero.
No le di mucha más importancia y regresé a la cocina para coger algo de desayuno. En el fuego aun quedaba algo de leche y me la serví en un vaso. Cogí una pieza de fruta y regresé a mi cuarto. De camino pasé por la habitación de mi madre y entré para encontrarla como siempre, mirando a lo lejos en su balcón.
‒         Buenos días – la saludé.
‒         Hola, cariño – me respondió con una sonrisa.
Me senté a su lado mientras me tomaba mi desayuno. Hacía ya una semana y media que había empezado el verano y una semana exacta desde que había escuchado a hurtadillas la conversación entre Patricia y mi madre. En varias ocasiones había querido preguntarla pero no estaba segura de que me fuera a dar una respuesta.
‒         Mamá...
‒         Dime. Cariño.
‒         Si hubiera algo importante, no sé, cualquier cosa... Algo que debería saber, ¿me lo contarías?
Me miro sorprendida y devolvió la mirada al jardín.
‒         Mamá...
‒         A veces las cosas no son tan sencillas.
‒         ¿Entonces hay algo que tienes que contarme?
‒         Aún no.
‒         Mamá, puedes contarme lo que sea.
‒         Lo sé, pero no estoy segura de que estés preparada para escucharlo. Y tampoco sé si yo estoy preparada para contarlo.
‒         ¿Y no me merezco saberlo?
‒         Tranquila. Con el tiempo todo llega, no te preocupes más por eso.
‒         Mi señora, ya le he calentado el agua – dijo Jeremy desde la puerta de la habitación.
‒         Muchas gracias – le respondí con una sonrisa.
Miré a mi madre antes de irme y le di un beso en la frente mientras sus ojos se perdían de nuevo en un punto indeterminado del horizonte.
Tras darme un baño y vestirme, bajé al establo y ensillé a Tormenta. Cuando estuvo lista, me dirigí al bosque. Esta semana ya había cazado por lo que realmente iba a dar una vuelta y despejarme. Cuando me asegure de que nadie me veía me quité la falda y la enganché a la silla, ya que tenía mucho calor como para ponérmela de capa.
‒         ¿Por dónde vamos hoy? – le pregunté a Tormenta.
A modo de respuesta subió y bajó la cabeza repetidamente y giró hacia la derecha.
‒         Ojalá fuera un caballo. Todo sería más sencillo. ¿Crees que habrá alguna forma de que le sonsaque a mi madre lo que me oculta?
Solo era un caballo, no esperaba respuesta. Aún así me gustaba hablar en voz alta y me ayudaba a ordenar mis pensamientos. Volví a mirar mi brazo derecho con la sensación de que algo se me escapaba y sin darme cuenta dejé que Tormenta avanzara mientras andaba perdida intentando recordar que demonios había soñado. No volví en mí hasta que Tormenta se detuvo frente a una pequeña colina.
‒         ¿Quieres descansar un rato? – le pregunté mientras desmontaba.
Tormenta me golpeó con el morro en la espalda.
‒         ¿Qué quieres? – le pregunté sin entender muy bien que le pasaba.
Caminé hacia la colina cuando me fijé en que había un agujero excavado en el suelo. Era suficientemente grande para entrar si me agachaba un poco. La colina no era muy grande por lo que el túnel no debía ser muy largo. Por curiosidad entre dejando fuera a Tormenta. A pesar de que no había mucha luz, mis ojos parecieron acostumbrarse rápido a la oscuridad. Caminé más de lo que me parecía posible hasta que llegué a una sala redonda con varios pasillos. ¿Cómo era posible que esa sala entrara en una colina tan pequeña? ¿Tal vez había descendido sin darme cuenta? No sería posible que hubiera más túneles si no fuera así. Me fijé que encima de cada túnel, incluido por el que había entrado, había un escudo metálico incrustado en la piedra. Reconocí los escudos de los Siete Reinos: Helmont, Kashia, Shader, Petra, Lunaris, Celinest y Vishlet. También había otros dos escudos que no reconocí. Miré el escudo que había en el túnel por el que había entrado. Era el escudo de Helmont, el dios Renly montado sobre su caballo y cabalgando sobre el mar. La leyenda cuenta que en el origen de la historia, del mar bravo y salvaje surgió el dios Renly montado sobre un caballo blanco, y de la hierba suave y tranquila nació la diosa Kashia. Renly tomó bajo su custodia el reino de Helmont y el reino de Kashia obtuvo su nombre de su diosa protectora. Ambos reinos veneramos a estos dioses. Renly es el dios de la guerra y protector de los guerreros, los trabajadores y los viajeros. Por otro lado, Kashia es la diosa de la paz y protectora de las familias, los animales y los enfermos. Ambos hermanos están destinados a estar separados y nunca deben enfrentarse ya que sus fuerzas opuestas mantienen el equilibrio. Un movimiento en el túnel con el escudo de Kashia llamó mi atención. Un ave majestuosa, de gran tamaño y llamativo color rojo, voló hasta el centro de la sala. Sus plumas rojas se combinaban con algunas celestes y una larga cola negra que parecía arder.
‒         No deberías estar aquí – dijo una voz.
Miré a mi alrededor pero no parecía haber nadie.
‒         Lo siento... ¿Quién anda ahí?
‒         Me tienes delante.
Devolví la vista al pájaro y entrecerré los ojos sin saber muy bien si me estaba volviendo loca.
‒         Sí, soy yo.
‒         ¿Puedes hablar?
‒         Y tú puedes entenderme.
‒         ¿Cómo...?
‒         Habrás notado que últimamente has obtenido ciertas... habilidades.
‒         Sí... ¿Quién eres? ¿Y qué eres?
‒         Mi nombre es Firestorm y no pareces muy espabilada si realmente tienes que preguntar que soy.
‒         Eres un... ¿fénix? ¿Cómo el escudo del Reino de Kashia?
‒         Efectivamente.
‒         ¿Y por qué estás aquí? Y has dicho que no debería estar aquí, ¿por qué?
‒         Haces demasiadas preguntas.
‒         Si alguien quisiera explicarme algo tal vez no tendría tantas.
‒         Un buen punto de vista. Solo estoy aquí porque me pidieron que te vigilara y como he dicho no deberías estar aquí.
Abrí la boca dispuesta a soltar otra tanda de preguntas cuando la voz volvió a interrumpirme.
‒         No me hagas preguntas. No pienso responderlas. Simplemente no puedes estar aquí y tampoco puedo desvelarte quien me manda.
Molesta miré a mi alrededor. ¿Qué era este sitio? ¿Tal vez una red de túneles que conectaba los reinos? Entonces me fijé en una inscripción en el techo. Parecía como si miles de estrellas se hubieran quedado atrapadas en la roca formando un mensaje: "Viarum et alle".
‒         ¿Viajero puedes pasar? – murmuré.
‒         Interesante... Al parecer estás desarrollando la Visión y el poder de traducción.
‒         ¿Eh? – pregunté sintiéndome completamente estúpida.
‒         La Visión te permite ver cosas ocultas, apariencias falsas, mensajes u objetos protegidos por hechizos. Cualquier persona que entrara aquí se toparía con una cueva vacía. Si eres capaz de ver el mensaje serás capaz de ver los túneles. Por otro lado, dudo que hayas estudiado la Lengua Antigua, si has podido entender el mensaje es porque tu poder de traducción se está desarrollando.
‒         ¿Y qué es este sitio?
‒         Te he dicho que no pretendo responder tus dudas. Solo debo informar de tus progresos con tus poderes y evitar que te metas en problemas, así que debo insistir: no vuelvas aquí.
‒         Si nadie más me va a dar respuestas, al menos puedo preguntarte a ti. Y eso pienso hacer.
‒         Responderé una última pregunta y después te iras.
‒         Tres – regateé.
‒         Una.
‒         Está bien... – gruñí.
Me interesaba saber quien le enviaba pero o era alguien de mi familia que no me diría nada o era alguien que no conocía y de poco me serviría el nombre.
‒         ¿Qué es este sitio?
‒         Un Punto de Conexión.
‒         ¿Un qué?
‒         Un Punto de Conexión. Hay uno en cada reino y permiten viajar a través de portales. Normalmente se utilizan en casos de emergencias.
‒         ¿Portales?
‒         Era una sola pregunta. Ahora, adiós.
Algo a regañadientes abandoné la cueva con más dudas de las que tenía al entrar. ¿Habría enviado alguien de mi familia a Firestorm? Parecían ocultarme algo, ¿tal vez supieran lo de mis poderes? ¿Pero no sería más lógico explicármelo que ponerme de vigilante un maldito pájaro mitológico? La situación no tenía ni pies ni cabeza y cuanto más trataba de buscar un sentido más me alejaba de las respuestas.

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