Capítulo 36

La blancura de todo lo que había a mi alrededor me cegó durante un instante. A nuestro alrededor no había nada, excepto una pared blanca y en el techo un círculo con un familiar grabado dorado, similar al que tenía el broche de las alas. Ni siquiera había una puerta o una ventana que me dijera qué camino debía seguir.

—¿Dónde está el mirador? Tengo que...

"Calma. Has activado tu llave y ha ralentizado el tiempo" se rió.

—¿Qué?

"Lo hiciste inconscientemente al asustarte por el inminente ataque de Azariel. Ahora todo a tu alrededor se mueve cien veces más lento, así que no temas."

—¿Y Leví? Tengo que... ¿Está...?

"Amira, no debes sentir miedo ahora. Él estará bien, al igual que el resto. No temas."

—Pero él... Azariel... —sentía que la adrenalina no me dejaba poner en orden mis pensamientos. La urgencia oprimía mi corazón, en contraste con la extremada calma que desprendía el Gobernante.

"Acércate. Yo también quedé atrapado en tu prisión temporal. Necesito que me liberes con tu llave. Como Gobernante, también debo ceñirme a ciertas reglas infranqueables."

Me aproximé a él y, efectivamente, permanecía estático, observando la puerta con su inmutable sonrisa serena.

—¿Y cómo es que hablas conmigo?

"Porque puedo comunicarme a través de nuestras mentes. Sólo debes colocar la mano poseedora de la llave sobre mí y entraré en el mismo espacio que tú."

Obedecí y coloqué mi mano sobre su brazo. Inmediatamente él me miró y sonrió.

—Bienvenida a casa —dijo sonriente.

En cuanto dijo esas palabras me derrumbé y empecé a sollozar. Él había esperado muchísimo de mí. Me dio, sin dudarlo, la responsabilidad de poseer una llave, además de pedirme que protegiera a sus guardianes, pero no había sido capaz de cumplir nada.

—Lo siento mucho — empecé a llorar desconsolada. —He resultado ser un fiasco. Todo el mundo ha muerto por mi culpa... y por mi ineptitud, y mi egoísmo.

Caí de rodillas en el suelo y el Gobernante se agachó para ponerse a mi altura. Colocó una mano sobre mi hombro y yo lo miré mientras me secaba las lágrimas. No parecía enfadado ni decepcionado, a pesar de todo.

— Amira, ¿todavía no te has dado cuenta de tu potencial? Esa llave que te di tiene muchas más propiedades, además de abrir cualquier puerta.

—Pero toda esa gente que ha muerto... pude haberlos salvado si hubiera sido más fuerte. Y Leví... y todos... se han sacrificado para que yo llegue aquí y... ¿Quién me queda por salvar? Sin ellos nada vale la pena —farfullé entre sollozos.

—Vamos, sólo te queda el último paso. Se valiente y no te detengas ahora.

Al separarme de Él, lo miré frunciendo el ceño. Eso era mucho más fácil de decir que de hacer. Me di la vuelta y vi a un horrorizado Azariel, que seguía moviéndose lentamente, con expresión de espanto para tratar de detenerme.

—¿Desde dónde debo lanzar la onda? —pregunté mientras me secaba las lágrimas. Esta vez era mi turno de confiar en el Gobernante y seguir dando pasos al frente a pesar del dolor en mi corazón.

El Gobernante señaló el centro de la habitación, que tenía un bello mosaico sobre él, similar al que había en el techo. El centro del círculo coincidía exactamente con el de arriba, y al pararme en medio, sentí como si un delgado hilo de energía me atravesara.

—Aquí encontrarás el epicentro de toda la ciudad, desde donde sale la red de energía de Gallasteria. Considero que es el sitio apropiado.

Al mirar hacia arriba me vino a la mente el recuerdo de toda la gente que había muerto. Mis padres, mis amigas, mi abuela. Baruc, Carmi... Caleb, Dan... Leví. Miré hacia la puerta abierta y desde ahí podía ver su cuerpo tendido en el suelo. Por todos ellos. Por todos los que habían sufrido a causa de Azariel y los kifos...

Crucé los brazos delante de mí y esta vez, para mi asombro, la onda expansiva no me empujó hacia atrás, sino que la vi salir de mí tan lenta como todo lo demás. Miré al Gobernante, que asintió, y caminé junto al haz de luz hasta llegar donde estaba Azariel.

En cuanto la brillante luz de mi onda le golpeó, su rostro cambió por completo, de la ira a la desesperación, y fue cayendo hacia atrás poco a poco, con expresión de dolor en su cara. Pasé a su lado y lo observé. No sabía bien cómo sentirme. Quería odiarlo, pero a la vez, no podía, pues en él veía a otra persona. Alguien que había quedado enterrado en lo más profundo de su ser, cubierto por miles de capas de odio, resentimiento y dolor. Mucho dolor.

Coloqué la mano en su hombro y, como si se hubiera vuelto a poner en marcha, salió despedido hacia atrás, retorciéndose de dolor, como una cucaracha. Me acerqué a él y me paré a su lado, observándolo impasible.

—¡No! Maldita niña, ¿Qué me has hecho? —clamó moribundo.

—Me lo has arrebatado todo. No me queda nada por lo que luchar, únicamente detenerte e impedir que hagas más daño —musité sintiendo que mi corazón quería partirse en pedazos.

—En ese caso ya estamos en paz —farfulló sin dejar de hacer muecas de dolor, mientras intentaba ponerse en pie.

—¡Deja de culparme por tus errores! —alcé la voz y él me miró frunciendo el ceño, lleno de resentimiento. —Acepta la responsabilidad de tus propios actos de una vez. Nadie te obligó a hacer tratos con Marou.

Azariel se puso en pie y me encaró. Alzó la mano intentando lanzarme por los aires, como había hecho cuando estábamos en el lago, sin embargo no ocurrió nada. Miró su mano desconcertado e intentó hacerlo una y otra vez con desespero.

—Has perdido tu poder. Los kifos ya no existen —sentencié con una firmeza que me sorprendió a mí misma.

—¡No! Esto no va a quedar así, niña. Te voy a... —Azariel intentó abalanzarse sobre mí, pero de repente cayó de rodillas al suelo, sintiéndose débil. —¿Qué me habéis hecho?

—Me temo que no hemos sido nosotros —dijo el Gobernante mientras se aproximaba. —El libro de Behemoth reclama la vida que le prometiste. Ahora que no hay kifos que siguen absorbiendo energía, tomará la tuya hasta consumirte.

Azariel, que respiraba con dificultad, se rió derrotado.

—Así que hasta aquí he llegado. —Me miró con impotencia. En sus ojos podía ver el dolor y cómo su propia rabia le envenenaba el corazón. Me lamenté por él y me arrodillé a su lado.

—Ciro...—musité. Al oírme decir su nombre, la expresión de Azariel se heló en sorpresa y dejó de luchar. Bajó la cabeza, escondiendo su rostro de mi vista. —Lamento que todo haya acabado así.

—Sí... yo también...

Azariel cerró los ojos, aceptando el destino que le esperaba. Lo observé durante unos instantes y, con sorpresa, me di cuenta de que todo ese rencor que había estado acumulando hacia él había desaparecido. ¿Cómo era posible? Él era el culpable de todo lo que habíamos padecido hasta ese momento, sin embargo, no pude sentir otra cosa que no fuera lástima por él. Había sido la primera víctima del odio formado por la discordia de Marou, corrompiendo el corazón triste de alguien que no era perfecto, pero tampoco era malvado.

Lentamente se dejó caer en el suelo y me miró. Tenía los ojos llenos de lágrimas de tristeza. Una tristeza mucho más profunda de lo que jamás habría podido imaginar, pues acababa de descubrir hasta qué punto había desperdiciado su existencia.

—¿Puedo pedirte un favor? —musitó débil. No respondí. Me limité a observarle con serenidad. — ¿Podrías decir mi nombre una vez más? Desearía terminar mi vida como Ciro, y no como el cobarde que fue débil y cedió a sus impulsos.

—Ciro... —susurré. Cerró los ojos y tomó aire, para expulsarlo despacio. —Yo te perdono por todo lo que has hecho.

Abrió los ojos con sorpresa y lloró. Puede que no mereciera ningún perdón, pero yo no era quién para juzgar eso. La decisión de Ciro no fue correcta, pero ¿qué habría hecho yo en su lugar? ¿A la vista de otras personas habría estado equivocada? ¿Habría necesitado el perdón de otras personas? Una cosa era creer que estábamos en el camino correcto, pero otra muy distinta, creer que ese camino era el único. Por esta y muchas otras incógnitas que no podría saber sino con el paso del tiempo, ¿Quién era yo para juzgar?

—Has cambiado mucho... desde la primera vez que nos vimos.

Ciro sonrió y sus ojos se cerraron. Su rostro estaba tranquilo. Mi perdón le había dado la paz que, sin saberlo, había anhelado. Se había marchado.

—¿Adónde va la gente cuando muere en Gallasteria? —pregunté sin dejar de observar el cuerpo de Ciro.

—Vuelven a formar parte del universo, de donde un día fue tomada la materia para crearlos —respondió el Gobernante.

—¿Dejan de existir?

—Como quienes fueron, sí, pero la materia de la que están hechos es eterna. No se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Me puse en pie y miré al Gobernante llena de pesar. ¿Significaba eso que toda la gente que había muerto por el camino ya no existía? ¿Que nunca más podría ver a Leví?

—Has hecho lo que debías hacer, Amira. Todo ese sufrimiento te ha convertido en una persona fuerte. Cumpliste con tu misión y por tanto, importantes derechos te serán concedidos en su debido momento.

—Sin embargo no me siento feliz. He perdido demasiado por el camino—musité al pensar en Leví, que seguía tendido en el suelo, y en todos los demás.

—Todos los kifos han desaparecido. Has salvado a mucha gente.

—Pero no a quienes me importan. —Me sequé una lágrima. —Leví... mis padres, Caleb, mi abuela... todos ellos sufrieron mucho por causa de la rebelión de Ciro.

—¿Y crees que Ciro fue el causante?

—No lo sé... supongo que no.

—Uno de los privilegios principales que otorgo a mi gente es la posibilidad de elegir y Ciro ejerció su derecho. Para eso, se le tuvieron que presentar dos opciones.

—Pero si no hubiera tomado la decisión equivocada, nada de esto habría pasado.

—Tal vez. O tal vez no —se rió. —Puede que pronto lo sepas.

Miré al Gobernante sin saber muy bien qué quería decir, pero mi pregunta se quedó a las puertas de mis labios, cuando, para mi alegría, vi que Mr. White intentaba entrar en la sala a cámara lenta. Todavía sostenía el libro que tenía Heredia en la mano.

—¡Jake! —exclamé contenta al verlo, pero algo desconcertada. ¿Dónde había estado todo ese tiempo?

Me aproximé a él y coloqué mi mano sobre su hombro. Él siguió corriendo acelerado, pero se detuvo de repente y miró hacia atrás para verme con cara de sorpresa.

—¡Angie! ¿Qué haces aquí?

Retrocedió un par de pasos nervioso, pero en seguida se aclaró la garganta y caminó hasta donde estaba el Gobernante, paseando la mirada alrededor. No le pasó desapercibido el cuerpo de Ciro, que yacía en el suelo y frunció el ceño al mirarlo.

—Vaya, parece que llego un poco tarde.

—No, llegas justo a tiempo —respondió el Gobernante negando con la cabeza y sin dejar de sonreír.

Jake dejó caer el libro a los pies del Gobernante, que lo miró alzando las cejas.

—Debemos sellar este libro infernal cuanto antes. Ha estado a punto de matarme más veces de las que voy a admitir.

—¿De dónde lo sacó Ciro? —preguntó el Gobernante suspicaz, mirando fijamente a Jake. Éste se aclaró la garganta nervioso.

—Puede que recibiera alguna ayuda... —murmuró pasándose la mano por la nuca sin dejar de mirarme de reojo. Nunca había visto a Mr. White tan nervioso. ¿Qué le pasaba?

—Ya veo —El Gobernante suspiró. Tomó el libro y lo colocó en el centro del mosaico, desde donde yo había lanzado la onda expansiva. —¿Me ayudas? —pidió a Mr. White, quien farfulló algunas quejas que no entendí.

Ambos se arrodillaron junto al libro y pusieron sus manos sobre él. Me sorprendió que el Gobernante pidiese ayuda a Jake para sellar ese libro. ¿Tan poderoso era y no lo sabíamos?

Cuando pusieron sus manos sobre el libro, los familiares tentáculos que habíamos conocido en el despacho de Heredia salieron por los lados de éste, que trataba de defenderse. Ese libro era terrorífico y parecía que tenía vida propia. El Gobernante susurró unas palabras extrañas y el libro empezó a brillar. Me cubrí los ojos, pues la luz era demasiado fuerte. Varios segundos más tarde la luz disminuyó hasta desaparecer.

—Maldita sea, —se quejó Jake. —Espero no tener que vérmelas con este libro otra vez.

—Lo mismo digo —aseveró el Gobernante alzando una ceja con reproche. —Será mejor que lo guarde en un lugar seguro.

No se me escapó la mirada reprobatoria que le lanzó a Mr. White. Lo tomó del suelo y se lo llevó para ser guardado para siempre, fuera del alcance de cualquier alma en pena que quisiera usar su poder.

Aprovechando que el Gobernante se había ido, abracé a Jake, agradecida por que estuviese con vida. Si lo pensaba fríamente, que yo supiera, él era todo lo que me quedaba.

—Jake, menos mal que estás bien. ¿Sabes si queda alguien más con vida? ¿Has visto a mi abuela? —Él me dio unas palmaditas en la espalda y suspiró. —¿Estás bien? ¿Dónde estabas? Me tenías muy preocupada.

—Sí. Estoy bien. Hasta que el haz de luz pasó arrasando con todos los kifos a su paso, creí que no viviría para contarlo.

Cuando lo escuché decir eso, tuve la esperanza de que hubiera más gente que había sobrevivido. Tal vez mis padres o mi abuela... Tenía que buscarlos cuanto antes.

—Amira,—dijo el Gobernante llamando nuestra atención. —Creo que primero debes escuchar algo que él debe decirte.

Desconcertada, volví a mirar a Jake.

—Angie... o Amira, como sea. —empezó diciendo Mr. White. —Verás. Quería disculparme contigo y con todos tus guardianes.

—Pero, ¿por qué?

—Yo... fui quien sembró la discordia entre vosotros, pero al final se me fue de las manos —dijo encogiéndose de hombros con una sonrisa tímida.

Sus palabras tardaron un poco en ser procesadas. ¿Qué estaba queriendo decir? ¿A qué discordia se refería?

—No te entiendo.

Jake suspiró sonoramente y se pasó la mano por el pelo, intentando buscar las palabras para decir lo que realmente quería decir. Miró suplicante al Gobernante, como si quisiera que le echara una mano y no tener que pasar por ese trago, pero éste sólo negó con la cabeza.

—Verás... Yo no soy quien creéis que soy —se me hizo extraño que hubiera perdido su acento británico por completo. ¿Qué estaba pasando?

—¿Quién eres?

Jake, o quien quiera que fuese, se aclaró la garganta y frunció el ceño, buscando el valor de hablar.

—Mi verdadero nombre es Marou.

Me quedé petrificada. No. Eso no podía ser real. Miré al Gobernante para que me confirmara que Jake había perdido la cabeza, sin embargo asintió, dando crédito a sus palabras.

—¿Tú? No puede ser... —Primero sonreí incrédula, pero poco a poco mi expresión se fue endureciendo. —No. Eso es imposible... —No era capaz de ordenar mis pensamientos. Todas y cada una de las veces que yo había hablado con él... Habíamos estado a solas... Incluso fue él quien me hizo la prueba del tiempo... —Tú...

Una oleada de emociones me atravesó como espadas y mis ojos se llenaron de lágrimas de rabia al instante.

—Amira... —dijo alzando las cejas y metiéndose las manos en los bolsillos. —Verás, el Gobernante y yo tenemos opiniones diferentes sobre cómo llevar las cosas en esta Tierra y mi intención había sido demostrarle que se equivocaba. Con lo que no contaba era que Azariel pudiera usar el poder de Behemoth contra mí mismo —confesó.

Negué con la cabeza incrédula.

—Esto no puede estar pasando. ¿Me estás diciendo que nuestra vida se convirtió en un infierno y que... toda esa gente ha muerto porque TÚ no estabas de acuerdo con la forma de pensar del Gobernante?

—Dicho así no suena muy bien —admitió. —Pero como te he dicho, esto se me ha ido de las manos... Yo creí que...

Furiosa, me adelanté hasta donde él estaba y le asesté un puñetazo en la cara, sintiendo que mis nudillos ardían por el dolor. Jake... no, Marou, perdió el equilibrio y casi cayó al suelo.

—¡Te salvé de morir! Debí haber dejado que los kifos de devorasen —grité furiosa.

—Y yo os salvé después... Vamos. Estamos en paz —replicó mientras se pasaba la mano por la mandíbula dolorido.

—¡No te atrevas a decir eso! —lo señalé con el dedo sintiendo que la rabia me quemaba por dentro.

El Gobernante miró a Marou con desaprobación y éste suspiró derrotado.

—¡Está bien! La he fastidiado. ¿Contentos? Pero todo esto demuestra que la libertad de escoger es un error —insistió.

—La libertad de escoger ofrece una infinidad de posibilidades, en su mayoría buenas, pero cuando hay quien cree que está por encima de las normas y acaba por coaccionar a los demás sólo para demostrar que tiene razón, destruye el delicado equilibrio que hay entre el orden y el caos.

—Ya sé, ya sé... —dijo poniendo los ojos en blanco. —Pero que conste que, tan pronto como vi que Azariel había perdido los estribos, decidí tomar esta apariencia y luchar contra él al lado de los Guardianes.

—Me consta —respondió el Gobernante alzando una ceja.

—Ah, ¿tú lo sabías? —inquirió desconcertado.

El Gobernante suspiró lleno de paciencia.

—Mi querido Marou, el día en que tú puedas enseñarme algo a mí, será cuando tú seas capaz de crear tus propios mundos.

El aludido protestó indignado y empezaron a discutir, sin embargo, yo no me sentía con ánimo de seguir escuchándolos. Salí de la hermosa sala y fui hasta donde yacía el cuerpo de Leví. Mi amado Leví. Me arrodillé a su lado y lo observé. Estaba completamente inmóvil y en su pecho había un agujero tan oscuro como la noche. Era el mismo tipo de herida que tenía Dan, pero mucho más grande y profunda. No sabía si había muerto, pues al estar todo a nuestro alrededor tan ralentizado, era imposible percibir si respiraba.

Quise tocarlo, pero si por alguna razón todavía vivía, probablemente moriría al instante a causa de la grave herida que tenía. Yo no sería capaz de llevarlo a tiempo al lago donde habíamos limpiado a Dan. ¿Significaba eso que nuestra despedida había llegado? ¿No había nada que pudiera hacer por él?

De nuevo me sequé las lágrimas y me puse en pie. También estaba preocupada por Dan y Caleb, que habían estado luchando contra los kifos en la escalera. Descendí lentamente, mientras pasaba la mano por la baranda de la escalera. Al paso de mi mano, ésta se iba emblanqueciendo.

Cuando llegué al andar donde nos habíamos separado, vi el cuerpo de Dan tendido en las escaleras. Tampoco podía saber si estaba vivo o si los kifos habían podido con él, pero parecía haberse esforzado hasta el último aliento. Más adelante estaba Caleb. La expresión relajada de su semblante me confirmó que él sí había muerto. Mi querido Caleb. Nunca conseguiría imaginar cuánto llegó a sufrir, sin embargo, siempre permaneció fiel, protegiéndome desde que nací. Sin duda, resarció el error que cometió, aunque el precio que había pagado era demasiado elevado.

Volví a entrar en la sala de las esferas, donde todos yacían inertes sobre el suelo. Sela, quien había decidido anteponerme antes que la protección de la Torre, tenía el dolor dibujado en su rostro. Debió padecer mucho antes de morir.

Caminé hasta donde estaba Baruc. Oh, Baruc. Deseé poder recordar todos los momentos felices que debimos de haber pasado juntos para que me quisiera de esa forma. Podía ver la humedad de las lágrimas que habían corrido por sus mejillas, mientras todavía seguía con vida.

Seguí andando hasta que me paré frente al kazrefti por el que habíamos entrado, donde, al otro lado, estaba Carmi. Aunque no podía verla, recordé su expresión de dolor mientras caía al suelo. Golpeé el cristal con fuerza al sentir la impotencia inmensa que se retorcía dentro de mí. ¿Por qué? Ella ni siquiera había tenido la oportunidad de estar en la Tierra. Y dijo que nacería de mí...¿Cómo debía sentirme al saber algo así? Había visto morir a mi hija incluso antes de traerla al mundo. Era un dolor indescriptible.

Y todo por su culpa... Marou. Él sembró esa discordia.

—Amira, —el Gobernante estaba detrás de mí, seguido de un compungido Marou. —Hay algo más que debes saber.

—No quiero saber más. Sólo deseo desaparecer junto a ellos. El dolor que siento es demasiado grande...

—Quizá te gustaría saber que, al haber logrado cumplir con tu misión...

—¿Mi misión? ¿No había otra persona más cualificada que pudiera hacer lo que yo hice? ¡¿No había otra manera de detener a Azariel sin sacrificarlos a todos?! —sentía un dolor agudo en el centro de mi pecho, como si toda esa tristeza se hubiera convertido en un dolor que llegaba a ser físico.

—Amira, cada uno de mis súbditos fue creado con cualidades especiales. Nadie hubiera conseguido llegar hasta donde has llegado tú. Eres única. —Tomó mi mano y me ayudó a ponerme en pie. —Por supuesto, lo más fácil habría sido acabar yo mismo con Marou en cuanto percibí que se avecinaba una rebelión.

—Eh, que estoy aquí. Te he oído —protestó Marou frunciendo el ceño.

—Pero eso no habría solucionado nada —siguió hablando el Gobernante, —pues como él, puede que hubiera aparecido otro. Mi intención es que mis súbditos aprendan y progresen, pero, por suerte para vosotros, siempre iré un paso por delante.

—¿Cómo que un paso por delante? —musité mientras intentaba colocarme el pelo detrás de las orejas, interesada en lo que tenía que decir.

—Al haber cumplido con tu misión, has ganado el derecho de ser Bataunti.

—¿Bataunti? ¿Yo?

—Así es. Es la recompensa que reciben quienes permanecieron firmes hasta el final. Por esta razón, la llave que te otorgué, podrá ser usada al completo, con todas sus propiedades.

Miré mi mano intrigada. Hasta ese momento no me lo había planteado, pero era cierto que, desde que la tenía, muchas cosas habían cambiado en mí.

—¿Qué más cosas podré hacer?

—Esa llave fue creada con la intención de salvar a mucha gente, por eso es capaz de apaciguar corazones tristes, como el de Leví... o incluso el de Ciro. También es capaz de crear una conexión eterna, como la que tenían Nacor y Eder.

—¿Mis padres?

—Así es. Sobrevivieron todo ese tiempo en Baltzoak gracias a eso. —El Gobernante pensó unos instantes y siguió hablando. —Tu llave también es capaz de efectuar justicia. Es decir, quien erró y merece un justo castigo, lo puede recibir a través de ti.

—¿Qué clase de castigo? —me interesé pensando en Marou. El Gobernante sonrió.

—El merecido. Y por último, tu llave puede manipular espacio y tiempo.

—¿Espacio y tiempo? ¿Quiere eso decir que podría volver atrás en el tiempo y que nada de esto pasara?

—Así es, pero si vuelves atrás en el tiempo, así, sin más, sólo conseguirás revivir lo mismo.

—¿Qué puedo hacer entonces? —inquirí impaciente.

—Marou tiene la respuesta a eso. —El Gobernante miró al aludido, que se cruzó de brazos disconforme. Al mirarlo, sentí una punzada de ira. No conseguía ver en él a la misma persona. Era como si fuese un farsante que se hacía pasar por Jake.

—Está bien —protestó. —Es irónico que esto termine del mismo modo que empezó, con una llave de los deseos —se rió Marou. El Gobernante se aclaró la garganta y Marou encogió los hombros amedrentado.

—Marou, como mi consejero del caos, posee una llave que puede entregar a quien él crea conveniente. Sin embargo, como parte de su castigo, en cuanto haya otorgado esta última llave, le será retirada. Perderá su condición de Bataunti y, por tanto, el derecho a usarla de nuevo.

Marou bajó la mirada triste, pero aceptó el merecido castigo. Tomó mi mano y en la palma dibujó algunos símbolos. Luego la cerró, rodeándola con sus dos manos y la acercó a sus labios para susurrar unas palabras. En ese instante, mi mano empezó a emanar una tenue luz, que se intensificaba cuando abría la palma.

—Este es mi don y mi maldición. La llave que te entrego hará realidad el anhelo más profundo de tu corazón, sea el que sea. Pero debes tener cuidado, porque sólo dispones de un deseo. En cuanto lo hayas cumplido, la marca desaparecerá, así que te recomiendo que seas sabia a la hora de pedirlo.

Observé mi mano y mil ideas pasaron por mi cabeza. ¿Un sólo deseo? Miré a Marou suspicaz. ¿Había alguna trampa en aquello? Luego miré al Gobernante, que me contemplaba tranquilo. Él parecía confiar al cien por cien en mi criterio. Un sólo deseo. Podría devolver la vida a todas las personas que habían muerto, sin embargo, el dolor que habíamos sufrido hasta ese momento seguiría latente para siempre en nuestros corazones. ¿Podría la vida seguir como siempre después de lo que habíamos pasado? ¿Podría seguir con mi vida? Eso era imposible.

—Yo... volveré a aquel momento donde todo empezó y desearé que Marou nunca llegue a sembrar esa semilla de la discordia, para que podamos vivir nuestra vida como siempre debió ser.

De nuevo, el Gobernante sonrió complacido, mientras que Marou arrugaba la frente con desagrado.

—Tienes a tu alcance todo lo que quieras y ¿eso es lo que pides?

—Tu discordia me lo ha robado todo en esta vida: a mis padres, la amistad, el amor... ¿Qué otra cosa podría pedir que no fuera poder vivir una vida como debió haber sido?

—Lo veo justo —puntualizó el Gobernante. Marou se encogió de hombros con indiferencia. —Por cierto, Amira. Hay un pequeño detalle más. Empezar de cero no te garantiza que vuelvas a encontrar a Leví mientras estáis en la Tierra.

—¿No?

—Para ello, deberías asegurarte, volviendo a hacer uso de tu llave. Debes crear un vínculo eterno con él que trascenderá el tiempo y el espacio.

—¿Puedo hacer eso? —abrí los ojos con sorpresa.

—Sí, pero debes darte prisa. Leví aún está vivo, pero no le queda mucho tiempo.

Tan pronto como dijo esas palabras la urgencia se apoderó de mí. Con el corazón en un puño subí los escalones de dos en dos hasta arrodillarme donde estaba Leví. Estaba vivo. Todavía estaba ahí.

—¿Cómo lo hago? —exclamé nerviosa mientras agitaba las manos sin saber por dónde empezar.

Cerré los ojos y sentí que en mi interior se removía el poder de la llave. Como había dicho Dan, cuando intentó explicarme cómo funcionaba, era como si se tratara de una extensión de mí misma. Sólo pensaba en lo que quería y la energía dentro de mí se movía según mi voluntad.

Coloqué la mano sobre el pecho de Leví, justo sobre su corazón. En ese instante empecé a sentir que palpitaba. Palpitaba sin detenerse. Acaricié su frente y le aparté el pelo. Noté el instante en que mi energía empezó a entrar en él cuando un intenso calor emanaba de mi mano.

—Te aconsejo que uses las dos manos. Te gustará ver lo que ocurre —dijo el Gobernante, que me observaba interesado.

Obedecí y coloqué la otra mano en el pecho. Al hacerlo, sentí como si la oscuridad de su herida se intensificara. La vi moverse y comenzar a trepar por mi mano. Asustada, estuve a punto de apartarla, pero si esa oscuridad entraba en mí, tal vez podría salvar la vida de Leví.

Volví a cerrar los ojos y me concentré todo lo que fui capaz. Al hacerlo, podía sentir los dos flujos de energía moverse al mismo tiempo en ambas direcciones. Una salía de mí, entrando en Leví, mientras que la otra salía de él para penetrar en mi interior. Me dolía. Parecía que rasgaba mi piel a su paso, como si quisiera hacerme daño para que la dejase en paz, pero no le permitiría herir a Leví. Él viviría.

La luz en mis manos se intensificó, mientras gotas de sudor caían por mi sien. La sombra de la herida casi había llegado a mi hombro. Apoyé mi frente en la suya agotada. Apenas podía seguir aguantando el dolor. Un poco más. Sólo un poco más y él viviría.

De repente sentí que agarraba mi brazo. Me separé de él y vi sus ojos azules mirarme con sorpresa.

—Leví...

—¡Angie! ¿Qué has hecho, tonta? —dijo mientras se incorporaba para sostenerme. Me sentía muy débil mientras veía la oscuridad que seguía creciendo a través de mi brazo.

—¿Estás bien? Creí que te había perdido —admití mientras una lágrima rodaba por mi mejilla cansada. Sólo quería cerrar los ojos y ceder al sueño.

—Estoy bien. Creo que he perdido la cuenta de las veces que me has salvado. Soy un desastre de guardián —sonrió mientras apoyaba su frente sobre la mía, acariciando mi mejilla. Su mano cálida se sentía bien.

—¿Lo he conseguido? —musité débilmente. En su pecho, justo sobre el corazón, se había dibujado una marca con forma de infinito. Busqué en mi pecho y había otra igual. Sonreí tranquila. Estábamos vinculados para toda la eternidad. Él vio esa marca y sonrió.

—Leví, —el Gobernante llamó su atención. Él lo miró sorprendido. Por su expresión de desconcierto estaba claro que no sabía lo que había pasado. —Ahora es tu turno de hacer algo por ella. Llévala al núcleo del mirador. Tiene un deseo que cumplir.

Leví me tomó en brazos en seguida. Me sentía tan débil que apenas conseguía levantar el brazo para agarrarme a su cuello. Dentro de mí, la oscuridad parecía estar consumiendo mi vida, como si fuera un veneno entumeciendo mi cuerpo.

Se arrodilló en el centro del mosaico que había en el suelo y me apoyó sobre su hombro.

—Eh, Angie, ¿estás conmigo? —dijo mientras acariciaba mi mejilla.

Sonreí mientras mantenía los ojos cerrados.

—Volveremos a empezar, Leví. Sin todo el sufrimiento que hemos tenido que pasar.

—¿A qué te refieres? —inquirió empezando a sentirse inquieto al ver que yo estaba demasiado relajada. —Abre los ojos. Háblame, vamos, Angie.

—Todo ese sufrimiento que has vivido durante tanto tiempo... desaparecerá —le mostré la marca de mi mano, que había empezado a iluminarse y él pareció entender lo que pretendía. Sonrió y me besó en los labios.

—Quiero que sepas que, si es por ti, lo volvería a vivir una y mil veces.

Alcé mi mano y la luz de mi energía se extendió por toda la sala. Volveríamos a empezar y ésta vez sin la semilla de la discordia. Le buscaría y le reconocería. Entonces viviríamos para siempre felices, como se nos prometió. Como merecíamos.

FIN.

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