Capítulo 34

Dan volvió a agarrarme de la cintura, pero esta vez sí sonreía. Dejé las alas salir, levantando una suave brisa que hizo caer algunos cuadros que había en la pared.

—Y ahora, Angelita, en el sentido literal de la palabra —Dan se rió de su propia broma. —Alza tus alas y bájalas con fuerza.

—Ya te he dicho que no me llames así —le reprendí sin poder aguantar la risa.

Cerré los ojos y me esforcé por concentrarme en la difícil labor. Abracé a Dan por el pecho y, como me había dicho, alcé las alas. En el momento en que las bajé, mis pies se despegaron del suelo. Me impresionó tanto, que en seguida volvimos a bajar.

—Tranquila. Lo haces bien. Ahora no dudes. Alza tus alas y confía en ellas. No te van a dejar caer.

Asentí y volví a cerrar los ojos. Alcé las alas más arriba todavía y las bajé con fuerza. Noté cómo un familiar cosquilleo atravesaba todo mi cuerpo. Volar con los guardianes me resultó terrorífico, pero nada tenía que ver con ser yo misma quien dirigía ese vuelo. Abrí los ojos y vi que ya habíamos atravesado el techo del instituto. Nos alzábamos a toda velocidad, mucho más rápido de lo que había viajado hasta ese momento. Sonreí admirada al ver cómo la ciudad se iba empequeñeciendo.

—Es increíble, ¿verdad? —dijo Dan, que me abrazaba con más fuerza. Se le veía inseguro y me dio risa.

—¿Tienes miedo? —pregunté.

—¡Ha! ¿Miedo yo? ¿A volar? ¿Estás loca? —sacudió la cabeza enérgicamente, mientras agarraba mi ropa con más fuerza.

Me reí y di unas cuantas vueltas en el aire. Dan se abrazó a mi cuello aterrado.

—Está bien. Admito que es diferente cuando no tienes el control. Ahora para de hacerte la listilla y concéntrate en lo que haces.

A nuestro alrededor el cielo se oscureció mientras nos íbamos alejando de la Tierra y reconocí sobre nosotros la que era la entrada a Gallasteria. En el instante en que atravesamos aquella luz, sentí un tirón gravitacional. En vez de subir, de repente habíamos empezado a bajar cabeza para abajo y mis alas se cerraron a causa de la velocidad. Nadie me había advertido sobre eso y no supe qué hacer. Asustada, perdí el equilibrio y empezamos a descender demasiado rápido dando vueltas sin parar.

—¡Maldita sea, Angie! ¡Si esto es una broma no tiene gracia! —exclamó Dan cerrando los ojos.

Con un terrible esfuerzo, conseguí abrir las alas y como si fuera un paracaídas, tiró de nosotros hacia arriba. Planeamos un poco para reducir la velocidad. Dan volvió a abrir los ojos y me miró con la respiración agitada, hasta que rompimos a reír a carcajadas.

—Está bien, a la vuelta conduzco yo.

—Eso ya lo veremos —repliqué.

Despacio posamos los pies en el suelo, pero al mirar a nuestro alrededor, las sonrisas se borraron de nuestros labios.

—¿Qué demonios...? —musitó Dan sobrecogido.

Reconocí la calle a la que habíamos arribado la última vez que estuvimos allí, pero todo estaba destruido. Las casas blancas, tan hermosas una vez, estaban en ruinas y oscurecidas por las manchas de las mismas sombras que habían salido del libro de Heredia. En el suelo había cuerpos sin vida y algunos kifos todavía se aferraban a los que pudieran estar agonizando. Me apresuré en lanzar mi ataque, pero Dan me agarró del brazo y me lo impidió.

—No sabes lo que te pasará si lo usas, Angie. Resérvalo para cuando sea de más utilidad.

—¡Pero los están matando! —exclamé impotente.

—No sabemos si podrás hacerlo más de una vez.

—La última vez ni siquiera me desmayé, creo que soy más resistente que antes.

—Pero Gallasteria es diferente a la Tierra y tú sigues siendo mortal. Confía en mí, por favor. —Dan me miró suplicante y bajé la mirada resignada. —Vamos. Tenemos que darnos prisa.

Corrimos por la calle, una vez tan transitada y bella, que ahora se había convertido en un infierno. Según nos acercábamos al puente que nos llevaría al centro de la ciudad, el paisaje se iba volviendo más atroz. Los cuerpos eran más y más numerosos, con claras señales de tortura en ellos.

—No puedo seguir mirando esto... —farfullé.

Nos detuvimos ante el puente donde había conocido a Remiel, el custodio que lo guardaba y sentí que mi estómago se encogía cuando vi su cabeza clavada sobre las puertas abiertas del puente.

—¡No! —exclamé horrorizada cubriéndome la boca con ambas manos.

Dan se subió a la puerta y sacó la cabeza de su amigo, que tenía expresión de terror. La llevó hasta donde estaba su cuerpo, unos metros más adelante y los unió. Pasó la mano sobre los ojos del guardián de la puerta y los cerró.

Me llamó la atención que no hubiera ni una gota de sangre por ningún sitio, aunque bien pensado, no era tan extraño. Ellos no tenían un cuerpo mortal como yo y no necesitaban la sangre.

—Remiel era alguien muy querido para mí —musitó Dan. Su voz sonaba temblorosa.

—¿Qué ocurre cuando mueres en Gallasteria?

—Nada bueno —respondió.

Se puso en pie y comenzó a atravesar el puente con paso decidido. Estaba muy preocupada por Caleb y Jake. Habían llegado antes que nosotros, pero todavía no los habíamos encontrado. ¿Y dónde podrían estar Leví y mis padres? Temiendo lo peor empecé a correr y Dan me siguió.

Cuando llegamos al otro lado, vimos a varios soldados luchando contra enormes kifos, mucho más grandes y fuertes de lo que habíamos visto nunca mientras estábamos en la Tierra o en Baltzoak. Entre ellos, reconocí a Gersón, que luchaba con fiereza contra uno que era especialmente grande y salvaje.

—¡Dan! ¡Angie! —sentí un alivio inmediato cuando escuché la voz de Caleb. —¡Apartaos de ahí!

A nuestra espalda había un kifo de, por lo menos, unos tres metros de altura, con su gran boca llena de dientes lista para destruirnos de un golpe. Dan empuñó sus armas y saltó hasta cortar en el centro de la cara del gigante, que se resintió y cayó hacia atrás, pero no murió.

Dan aprovechó que no nos miraba, me agarró del brazo y corrimos hacia donde estaba Caleb escondido bajo los restos del que fue un hermoso árbol y que ahora, como el resto de la ciudad, yacía destrozado en el suelo.

—Caleb, cuánto me alegro de que estés bien. —Lo abracé preocupada.

—Y yo de que hayáis podido llegar —respondió aliviado.

—¿Dónde está Jake? —inquirió Dan.

—Fue a llevar el libro a la Torre central. Yo me quedé aquí para esperaros. Me ha dado instrucciones para ti, Dan.

El fuerte estruendo de una explosión cercana llamó nuestra atención, cuando vimos a Gersón atravesar la cabeza del kifo gigante con una espada mucho mayor que la de mis guardianes. Apoyó el pie en el pálido rostro del monstruoso espectro y tiró hacia arriba, partiéndolo en dos y haciéndolo desaparecer.

—Vaya, eso sí que es un arma... —musitó Dan admirado, al ver la ferocidad con la que Gersón luchaba.

—Pero son demasiados. ¡Tenemos que ayudar a Gersón! —dije sin apartarla vista de aquellos enormes monstruos que casi habían conseguido acabar con todos sus oponentes.

—No— intervino Dan. —Aquí no seremos de ayuda. Tenemos que llegar a la torre central. Desde allí, tu súper onda expansiva será más efectiva.

Miré a los soldados, bajo las órdenes de Gersón, luchar desesperados contra los descomunales kifos. La diferencia numérica y de fuerza era demasiado evidente y los kifos no tardarían en acabar con ellos. Gruñí de impotencia. De nuevo dejaría a alguien atrás sufriendo, en teoría, por el bien mayor, cuando estaba en mi mano poder salvarlos.

—Vamos, no podemos seguir aquí —apremió Dan, que salió del refugio y corrió hacia la escalera.

Le seguimos y comenzamos a subir tras él, sin embargo, la larga escalera blanca ya no se veía tan bella y limpia como antes. La suave baranda estaba rota en muchos puntos y la oscuridad iba creciendo, arrasando la pureza y la belleza de la roca.

Cuando casi habíamos llegado a la siguiente puerta, miré hacia atrás y el panorama devastador me encogió el corazón. Grandes monstruos se alzaban, destruyendo y contaminando todo a su paso, sembrando muerte y destrucción por todas partes.

—Vamos, rápido — Caleb me agarró de la mano y tiró de mí para que subiera más deprisa.

Al llegar arriba, vimos que la siguiente puerta, custodiada por Uriel, también estaba abierta, pero no había rastro de él por ninguna parte.

Dan tropezó y cayó de rodillas al suelo, mientras sostenía su pecho con una mano. Se le veía pálido y su frente estaba perlada de sudor. Caleb levantó su camisa y las manchas habían vuelto a oscurecerse.

—Maldita sea, Jake me advirtió que esto pasaría. Antes de ir a la Torre central debes ir a limpiarte, si no, morirás.

—Pero no hay tiempo— replicó.

—¿Dónde hay que ir para limpiarlo? —inquirí.

Caleb sacó de su bolsillo el pequeño cristal que le había dado Jake. Tiró de las esquinas y el cristal se hizo más grande, como si fuera una tablet. En él apareció una imagen de una fuente en medio de un lago.

—El ataque a la torre central está debilitando los kazreftis, así que no podemos usarlos como portales, pero al menos podremos ver dónde está el lugar.

—¿Y si les damos nosotros la energía? —propuse. —Podemos intentar lo mismo que cuando volvimos de Baltzoak.

—Aquí no será posible —explicó Dan. —Está conectado a la red de Gallasteria y, a pesar de estar debilitada, podría ser mortal para nosotros, que todavía tenemos cuerpos físicos.

Caleb alejó la imagen que mostraba y vi el bello bosque de secuoyas en el que había estado la última vez, junto a la casa de Baruc.

—Mirad, en el centro del bosque de Nevet hay una fuente. Jake me explicó que tenemos que ir allí para que Dan se sumerja en ella. Debe permanecer ahí hasta que su cuerpo quede limpio.

—De acuerdo —asintió Dan de mala gana.

Caleb volvió a encoger el cristal y lo guardó en su bolsillo.

—¿Te encuentras bien para caminar por tu propio pie? —preguntó a Dan, que se ponía en pie con esfuerzo.

—Sí. Vamos. Acabemos con esto cuanto antes para poder ir a la Torre.

Atravesamos el túnel que nos llevaría hasta el centro. Estaba oscuro. Las esferas no estaban iluminadas como antes. Asustada agarré la mano de ambos guardianes.

—¿Tienes miedo a la oscuridad? —bromeó Dan.

—Y tú a volar, ¿y qué? —repliqué sin apartar la mirada del final del túnel.

No, no era miedo a la oscuridad, pero me aterraba lo que podía encontrar al otro lado. Más muerte y destrucción. Podía escuchar gritos de personas y fuertes estruendos que hacían temblar el suelo a nuestros pies. ¿Dónde estaría Leví? Esperaba que estuviese bien.

Al llegar al final del túnel, Caleb y Dan juntaron sus espaldas a la pared, para poder ver desde un lugar seguro lo que estaba pasando. Todo estaba devastado y los cuerpos en el suelo eran tan numerosos como lo eran los atormentados lamentándose en el yermo de Baltzoak. Los kifos absorbían la energía de quien podía quedar con vida, mientras algunos soldados se enfrentaban a ellos, intentando contener lo que ya era inevitable.

—Esto pinta mal... —susurró Caleb mirando a Dan preocupado. —Tendremos que correr. En cuanto esos monstruos nos vean, vendrán a por nosotros.

—Estoy bien. Puedo correr —dijo alzando una ceja, fingiéndose ofendido por la duda.

—Bien, entonces vamos.

Salimos del túnel, procurando no ser vistos, pero, como si pudieran olernos, los kifos que estaban más próximos nos miraron, llamando la atención de los demás a su alrededor. Por suerte para nosotros, no parecían demasiado rápidos. Caleb desenfundó sus armas y enfrentó a cuantos kifos se interponían en nuestro camino.

Mientras corríamos, me di cuenta de que Dan había empezado a ralentizar el paso. Lo agarré del brazo y lo puse sobre mis hombros para ayudarle.

—Vamos, Dan —supliqué. —No te rindas ahora.

Ante nosotros, un enorme kifo nos impidió el paso. Caleb luchaba con otro detrás de nosotros y no podía ayudarnos, así que Dan se adelantó un par de pasos para enfrentarse a él.

—¡Ni lo sueñes! — lo agarré del brazo. —Ni siquiera te quedan fuerzas para sacar tus armas.

Me paré frente a él, lista para soltar mi onda expansiva, como la llamaba Dan. No sabía qué pasaría, si podría volver a usarla, pero no estaba dispuesta a perder a mis guardianes. Los protegería con cada fibra de mi ser.

En ese momento, como un rayo caído del cielo, Leví descendía cortando al kifo por la mitad con su espada iluminada. El monstruo se desintegró y Leví, que había quedado de rodillas en el suelo, se giró para mirarnos sorprendido.

Al principio estaba insegura. La última vez que nos vimos había actuado de forma irreconocible, sin embargo, él corrió hasta mí y me abrazó. Todos mis temores desaparecieron en ese instante. Era él. Leví. Por fin.

—Angie, menos mal que estás bien. Estaba muy preocupado —su voz sonaba temblorosa. —¿Qué le pasa a Dan? ¿Qué ha ocurrido?

—Tenemos que ir al lago de Nemed —dije muy segura, como si en mi subconsciente supiera lo que era. Leví entendió, entonces, la gravedad de su estado.

Se arrodillo junto a su amigo e inspeccionó sus heridas preocupado.

—Pinta mal, ¿no? —Dan estaba tan débil que la voz apenas le salía del cuerpo.

—Vamos, yo te llevaré a... —Leví dejó de hablar en cuanto vio que Caleb se aproximaba a nosotros cansado, después de derrotar a otro kifo más.

Lo miró unos segundos y apretó los labios con fuerza, como si estuviera intentando no decir todo lo que tenía dentro. Tomó a Dan en su espalda y comenzó a correr, ignorando por completo a Caleb.

—No sé qué va a ser peor, enfrentarnos a los kifos de Azariel o a la ira de Leví —musitó Caleb, mientras los seguíamos.

Negué con la cabeza. Necesitábamos poner fin a esa disputa. Habiendo escuchado la historia al completo de labios de Dan, todo se había vuelto mucho más claro para mí. Las dudas se habían disipado y el resentimiento entre ellos también debía desaparecer cuanto antes. Teníamos que luchar con la cabeza clara y el corazón limpio de tristezas y rencores, si no, seguiríamos fortaleciendo a nuestros enemigos.

Tras correr durante bastante tiempo, llegamos al conocido bosque. Me sorprendió que fuera el único lugar de toda Gallasteria que seguía intacto.

—¿Cómo es posible? —musité mientras nos adentrábamos en él y veía a los gigantescos árboles mecer sus ramas al viento inalterables. Era como haber entrado en otro mundo diferente. En un oasis en medio del infierno.

—¿Recuerdas a tu arbolito? —dijo Caleb señalando ese enorme árbol en el que una vez conversamos. De éste vi salir una columna de luz que se abría en lo alto, cubriendo todo el bosque a nuestro alrededor. —Parece que se ha convertido en el guardián del bosque. Ha creado una barrera protectora a su alrededor y cualquiera con intenciones de destruirlo no podrá pasar. —Señaló hacia el linde del bosque y vi a los kifos intentando entrar sin éxito.

Según avanzábamos, el bosque se iba volviendo más espeso, lleno de vegetación de toda clase, sin embargo, Leví no aminoraba el paso. Apenas podíamos seguirlo, a pesar de que era él quien cargaba con Dan.

Al apartar unas frondosas ramas de arbustos, se extendió frente a nosotros un hermoso manantial, con una cascada que caía desde una roca blanca, similar a la que había visto en la base de la ciudadela, hasta un lago de aguas cristalinas.

Leví no perdió ni un instante. Se introdujo en el agua con Dan a su espalda, hasta que ésta los cubrió hasta el cuello.

—¡Dan! —lo llamé, pero había perdido el conocimiento. Si moría porque no fui capaz de protegerlo, no me lo iba a perdonar en la vida.

Unos segundos después, el fondo del lago se iluminó y Dan empezó a flotar. Leví lo soltó y lo dejó flotando sobre la luz del lago. Despacio, salió del agua, hasta que se paró frente a nosotros. Estaba empapado. La ropa goteaba, pegada a su torso, marcando cada músculo.

—Gracias por haber salvado a Dan —dijo con expresión preocupada. —No habría soportado perderle también.

Una vez frente a él, lo vi claro. Era como si una venda se hubiera retirado de mis ojos. Como había dicho Dan, los quería a ambos, pero Leví era especial, diferente. ¿Cómo pude haber olvidado que, en realidad, él era una parte eterna de mí misma? Una tan arraigada que jamás llegó a desaparecer del todo de mi corazón, sólo fue escondida.

Leví posó sus ojos sobre Caleb, que le sostuvo la mirada alerta. No podía definir muy bien cuáles eran las intenciones de Leví. Conociéndolo, era capaz de seguir por donde se quedó la última vez, golpeándolo lleno de rabia, sin embargo, suspiró y se metió las manos en los bolsillos derrotado.

—Leví... —Caleb empezó a hablar, pero éste alzó una mano para impedirlo.

—No es necesario que sigas insistiendo. Te escuché la última vez que te disculpaste.

—Ya es suficiente, Leví —sentencié harta.

Aquella era la ocasión perfecta para tratar de arreglarlo todo. En cuanto Dan se hubiera recuperado, saldríamos de nuevo a enfrentar aquella guerra despiadada y no sabía si volveríamos a tener un momento de calma así.

Él no respondió. Me miró frunciendo el ceño. Podía sentir perfectamente toda su frustración, tan claro como que él estaba frente a mí.

—Debes dejar de desahogar tu tristeza sobre Caleb. Tenemos otros enemigos que nos han estado manipulando desde el principio y no podemos permitirnos este tipo de debilidades —le dije mientras colocaba mis manos sobre sus hombros mojados. ¿Era cosa mía o se le veía más grande que cuando estaba en la Tierra?

—¿Desahogar mi tristeza? Angie... —sonrió incrédulo. —No tienes ni idea de nada...

—Te equivocas. Lo sé todo, Leví.

—Entonces sabrás que tú y yo íbamos a nacer juntos en la Tierra, que seríamos iguales, compañeros, que estaríamos juntos para siempre... que...

—Lo sé —coloqué mi mano en su mejilla y él se relajó. Puso la suya sobre la mía y la besó.

—Habría sido una vida maravillosa —musitó pesaroso.

—Puede que no haya sido una vida maravillosa, pero lo que cuenta es que al final estamos aquí, juntos, y que vamos a luchar por salvar a los que quedan ahí fuera. Nos necesitan enteros, sin tristeza, sin preocupaciones, dispuestos. Y yo te necesito a ti para conseguirlo.

Lo abracé, mientras sentía que la humedad de su cuerpo pasaba a mi ropa. Él me rodeó con sus brazos y apoyó la barbilla en mi cabeza. Sentí cómo se reía.

—¿Qué te hace tanta gracia? —inquirí levantando la cabeza para mirarlo.

—Tantos milenios de existencia y experiencias vividas, para que una adolescente me de la lección de mi vida.

Sonreí de vuelta, cuando algo llamó mi atención en el pecho de Leví, justo encima de su corazón.

—¿Qué es esto? —pregunté pasando el dedo por encima. Parecía una marca como las que otorgaba el Gobernante, pero ésta era oscura. Era como una especie de cerradura, de la que se desprendía una oscuridad que me inquietaba. —¿Desde cuándo lo tienes?

Él se miró extrañado.

—No lo sé. Nunca lo había visto.

Lo toqué levemente con la punta de mis dedos y sentí un hormigueo en la palma de mi mano. ¿Qué era eso? La marca que me hizo el Gobernante se iluminó y, sin saber muy bien lo que podría pasar, puse la mano sobre el pecho de Leví.

Él se contrajo e hizo un guiño, como si la sensación le produjera dolor, mientras, yo sentía que algo me atravesaba la mano con violencia, apartándola de un golpe de su pecho.

—¿Qué clase de marca es esta? —preguntó Leví preocupado. Caleb se aproximó para verla.

—Yo conozco este tipo de marcas —dijo, mientras mostraba la marca de su hombro. Ambas desprendían una oscuridad similar.

—¿Una marca de Marou? ¿Cómo es posible? —inquirió el guardián, que pasaba la mano sobre la marca de su pecho, intentando quitársela.

—Tal vez estaba oculta, y al perder tu cuerpo físico, quedó expuesta —opinó Caleb pensativo. —¿No recuerdas haber hecho algo o hablado con alguien sospechoso?

Leví lo miró alzando una ceja.

—Era guardián. Me enfrentaba a gente sospechosa a diario. Pero esto... —Leví volvió a centrar su atención en la marca, cuando una idea pasó por mi cabeza. Él tenía una cerradura. Yo una llave. ¿Y si...?

Volví a colocar la mano sobre el pecho de Leví, que gruñó de dolor. Pude sentir una punzada en la palma de mi mano, como si esa marca intentase defenderse de mí. Presioné con más fuerza sobre ésta y empecé a ver la sombra crecer y rodear mi mano.

Leví se arrodilló, mientras se esforzaba por resistir el terrible dolor que parecía estar sufriendo. Cerré los ojos para poder concentrarme y ser más efectiva. La energía de mi interior se debatía con la oscuridad que intentaba herirme.

—¡Angie! —Caleb, preocupado, puso su mano en mi hombro y trató de ayudarme prestándome su energía, pero tan pronto como la oscuridad lo sintió, lo expulsó de nuestro pequeño pulso, lanzándolo por los aires.

—No me voy a rendir... —farfullé apretando los dientes, notando cómo mi mano ardía, totalmente cubierta de oscuridad, que me rodeaba hasta el codo.

Leví había empezado a gritar. No podía soportar ese dolor que le infligía, pero fuera lo que fuese que estaba ahí, no podía dejar que se quedase.

Me concentré con más insistencia y noté cómo empezaba a ganar terreno. Leví agarró mi brazo y abrí los ojos. Vi que me miraba fijamente con el rostro contraído de dolor. Él había empezado a utilizar su propia energía para neutralizar ese mal que estaba arraigado en su pecho.

De repente, la oscuridad que nos rodeaba, se desvaneció, como si fuera humo, quedando completamente limpio. Cayó al suelo agotado y yo sobre él, respirando agitados.

—¿Estás bien? —inquirí en seguida entre jadeos.

—Sí... —respondió sin apartar la mirada de las copas de los árboles.

—¡Caleb! —Busqué al otro guardián. —¿Estás bien?

—Sí —murmuró mientras se ponía en pie para aproximarse a nosotros. —¿Qué era eso?

—No lo sé, pero fuera lo que fuese, no era algo bueno.

Me fijé que caían lágrimas de los ojos de Leví. Preocupada, lo agarré de las mejillas, para que me mirase a los ojos y asegurarme de que no había perdido la cabeza. ¿Y si lo había empeorado? ¿Y si eso debía de haberse quedado ahí?

—Leví, ¿te he hecho daño?

Él, sin venir a cuento, empezó a reírse. Sus carcajadas me terminaron de desconcertar. ¿Se había vuelto loco del todo?

—¿De qué te ríes? —inquirí casi molesta.

—Siento como si me hubiera quitado un peso enorme de encima —dijo sin dejar de sonreír.

—Puedo percibir que tu dolor se ha ido —murmuré entrecerrando los ojos. En seguida me abrazó, estrechándome contra su pecho.

—Cada día me sorprendes más. ¿Qué demonios eres? —me besó en la frente.

Leví se puso en pie y le imitamos. Miró a Caleb que todavía lo observaba con recelo y, sin que ninguno de los dos lo esperásemos, le abrazó. Caleb, que estaba tan sorprendido como yo, le devolvió el abrazo, al principio inseguro, pero poco a poco, empezó a derramar lágrimas.

—Lo siento tanto, Leví. Lamento haber sido débil. No debí sucumbir. Fui un idiota... —dijo entre sollozos.

Se separó de él y le dio una palmada en el hombro.

—Todos hemos sido un poco idiotas —se rió de nuevo. —Perdóname tú a mí por haber sido tan egoísta todos estos años y haberme aferrado al resentimiento. No podía pensar en otra cosa que no fuera yo y mis propios sentimientos.

Leví se apartó y fijó su mirada en Dan, que todavía flotaba, rodeado de luz, en el centro del pequeño lago. Se sentó en una roca y Caleb y yo nos sentamos a su lado.

Guardamos unos instantes de silencio y, a pesar de lo extraño de la situación, me sentía feliz, en calma. Por un instante olvidé el infierno del que veníamos y al que tendríamos que volver en breve.

Los tomé a ambos de las manos, y al hacerlo, sentí una especie de dejávú. Como si eso lo hubiera hecho cientos de veces antes. Calmada, apoyé la cabeza sobre el hombro de Leví, y él apoyó la suya sobre mi cabeza.

—Casi se siente igual que en aquella época... —musitó Leví, que entrelazó sus dedos con los míos.

—Casi... —puntualizó Caleb sonriendo.

Sentí un poco de envidia. A mí también me habría gustado recordar esos momentos de aquella época. Los miré a ambos y pensé que tal vez, ya que estábamos en un lugar especial, podría ser el momento apropiado para hablarles de la teoría que teníamos Dan y yo sobre lo que en verdad ocurrió con mis sentimientos. Pero, ¿cómo sacar el tema?

Un leve chapoteo en el agua llamó nuestra atención. Leví se levantó apresurado y fue a sacar a Dan del agua que, por fin, se había despertado. Lo Cargó en sus hombros y lo llevó hasta la orilla,donde lo echó sobre los guijarros redondeados por la erosión del agua.

—Eh, cara de palo —se rió Dan, todavía algo debilitado. —Tienes buen aspecto.

—No como tú. Deberías hacer más ejercicio —ambos se rieron, contagiándonos a nosotros.

Dan se incorporó y nos miró aturdido. Se pasó la mano por el pecho empapado y comprobó, con alivio, que estaba limpio.

—Ha sido la peor experiencia de mi vida. Por favor, no me dejéis repetir.

—Idiota —repliqué, dándole un golpe en el brazo. —Estábamos muy preocupados por ti.

Sonrió, pero de repente la sonrisa se borró de sus labios, pues sintió, tan claro como nosotros, que la calma que reinaba en ese paraíso, estaba a punto de ser destruida.

En el fondo del lago empezó a formarse una oscuridad que iba creciendo hasta cubrir toda el agua.

"Gracias por dejarme entrar al último santuario de Gallasteria" escuchamos una voz.

Del centro del lago empezó a emerger una figura que conocíamos bien. Azariel caminaba lentamente sobre la superficie del agua, mirándonos a todos irritado, pero sin perder la sonrisa siniestra.

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