Capítulo 32

Cuando salimos de aquel infierno, el devastador panorama que había a nuestro alrededor nos dejó atónitos. Stonehenge estaba destruido y había cuerpos medio descompuestos y cubiertos de nieve por todas partes. Me dio un escalofrío. Hacía demasiado frío para ser el mes de junio.

—¿Qué demonios ha pasado aquí? —dije mientras me cubría la nariz a causa de terrible hedor.

—Una orda de Kifos destruyendo todo a su paso —murmuró Dan, que miraba a su alrededor sin poder dar crédito a lo que veía.

Junto a mí había un cadáver de una mujer con un vestido rojo. Parecía Aldana. Miré en otra dirección mientras sentía que mi estómago se revolvía. Todo aquello lo había provocado yo por mi insistencia en abrir el portal que tan fervientemente habían guardado los druidas durante milenios.

Caí de rodillas al suelo y golpeé la fría nieve con rabia. ¿Qué más podía salir mal? ¿Acaso era cierto que el Gobernante se había equivocado conmigo? Yo no era una portadora de la llave. Sólo era una niña caprichosa que hacía lo que le daba la gana sin pensar en las consecuencias y que había traído la calamidad al mundo.

—Vamos, Angie, no te derrumbes ahora —Caleb me ayudó a ponerme en pie. —Tenemos que volver a casa.

—Me siento perdida... —dije entre sollozos. —Creí que era más fuerte, que era capaz de cualquier cosa, pero lo único que he conseguido es que todo el mundo a mi alrededor sufra o muera... yo...

—Eh, peque, ya está... —dijo Dan poniendo sus manos en mis mejillas húmedas y buscando mis ojos. —Esto se ha complicado bastante ¿verdad? —sonrió. —Pero no te rindas. Ahora es cuando viene lo bueno. Creo que podemos decir que hemos tocado fondo, así que... —se encogió de hombros y extendió las manos a los lados, echando un vistazo a nuestro alrededor. —Vamos a arreglar todo este estropicio.

—¿Porqué pareces siempre tan optimista? ¿Es que todo esto no te afecta en absoluto? —pregunté molesta. Él no me miró. Aguardó unos instantes antes de responder.

—Angie... Como sabes, mi vida es tan larga como la existencia del ser humano sobre la tierra y en todo ese tiempo, he visto cosas que... —se aclaró la garganta, disimulando la emoción. —que no desearía que nadie tuviera que ver. Y ¿sabes qué? Cuando nos llaman como guardianes, no nos instalan la actitud perfecta como si fuera una aplicación en el teléfono. Es algo que vamos forjando con sufrimiento y dolor. Con heridas que, aunque no sangran, duelen aquí—Se señaló el pecho. —Y lo que hagamos con todo ese dolor depende únicamente de nosotros. He perdido a muchos compañeros que se han rendido durante el camino, a muchos protegidos que no confiaron en mí lo suficiente... Y lo único que nunca me he permitido, a pesar de todo, es rendirme. ¡Por supuesto que todo esto me afecta! —exclamó alzando los brazos de nuevo. —Pero ahora no es momento de llorar, sino de hacer lo que tengamos que hacer. Por todos los que ya no están aquí, y porque ese desgraciado de Azariel no merece seguir existiendo.

Caleb y yo miramos a Dan perplejos. Sabía que detrás de aquella sonrisa permanente había mucho más dolor del que parecía. Pero lo más increíble era que su discurso había funcionado. Miré a mi alrededor y ya no veía algo por lo que estar triste, sino algo por lo que luchar. Le abracé agradecida y, allí mismo, entre las milenarias rocas caídas de Stonehenge cubiertas de fría nieve, Caleb, Dan y yo nos prometimos que Azariel iba a pagar por todo lo que había hecho.

—¿Cómo vamos a volver a casa? —pregunté resaltando lo obvio mientras llegábamos a la carretera más cercana. En ésta había coches abandonados y un autobús volcado. —No parece que el autobús de línea vaya a pasar a esta hora.

Dan me miró alzando una ceja confiado. Abrió el pequeño bolso que tenía atado a la cintura y de él sacó un cristal rectangular.

—¿Qué es eso?

—¿Eso es un kazrefti? —preguntó Caleb sorprendido. —¿Funciona?

—¡Nop! —exclamó Dan sonriente.

—¿Y por qué estás tan contento?

—Porque lo vamos a hacer funcionar. Sólo espera y verás.

Caleb y yo nos miramos incrédulos. No sabía muy bien para qué servía ese artilugio, y menos cómo podría hacerlo funcionar.

—Angie, ¿recuerdas la pequeña clase de Leví sobre cómo concentrar la energía? —preguntó Dan.

—No estoy segura, puede ser.

—Bien. Necesito que unamos toda nuestra energía. Los kazreftis están vinculados a Gallasteria y ahora que han cortado ese vínculo para evitar que los enemigos entren en la ciudad, ya no reciben la energía necesaria para ponerse en marcha, lo cual no significa que estén rotos. Nosotros únicamente queremos usarlo como portal para volver a casa, ¿no es así? Tal vez, entre los tres, tengamos energía suficiente para abrirlo y pasar.

—Tenía entendido que este tipo de prácticas estaban prohibidas —dijo Caleb frunciendo el ceño.

—Lo están, queridísimo Caleb. —Dan sonrió apretando los dientes. —Pero a mí no se me ocurre otra solución y, como dicen por ahí, situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.

—¿Crees que será suficiente sólo con nosotros tres? —Caleb parecía reticente.

—Bueno... supongo. Nunca antes había intentado cargar un kazrefti con mi propia energía —se encogió de hombros. —Pero al menos tenemos que intentarlo.

Dan colocó el cristal en mis manos. No parecía demasiado grande, más o menos como una tarjeta de crédito. Me fijé en su interior y me pareció ver unas levísimas lucecitas que se movían de un lado a otro.

—Bien, Angie, necesito que concentres toda tu energía en tus manos y que la transmitas al kazrefti. Caleb y yo pondremos nuestras manos en tus hombros y transmitiremos nuestra energía a tu cuerpo.

—Puede que sea peligroso para ella —opinó Caleb. —Yo tomaré su lugar.

—Olvídalo. Si ella ocupara nuestro lugar, podría freírnos. Hasta que no controle la canalización de energía, no me fío de ella —Dan sonrió. —No te ofendas, querida.

—No, no ofendes... lo entiendo.

—Perfecto. Ahora escúchame bien, puede que notes un cosquilleo, o algo parecido, cuando sientas que nuestra energía fluye a través de ti. Pero no te asustes, ¿vale? Sólo concéntrate en sacarla de tu cuerpo tan pronto como entre y que sea transferida al dispositivo.

—Sí —dije con toda la convicción que fui capaz. Estaba realmente aterrada.

—Vamos allá.

Sentí las manos de los guardianes sobre mis hombros y cerré los ojos. Tal y como Leví me había enseñado, primero me concentré en mi respiración. Luego Mi corazón. Los nervios y músculos... ahí estaba. Toda la energía. Pensé en que necesitaba que la energía fuera hacia el cristal y, como si pudiera escucharme, fluyó a través de mí.

Entonces sentí la calidez de la energía de mis guardianes sobre mis hombros. Era una sensación agradable, pero poco a poco empezaba a quemar dentro de mí.

—Déjala ir, Angie —susurró Dan.

—¿Cómo?

—¡No lo sé! Sólo haz lo mismo que has hecho antes.

Volví a concentrarme, mientras su energía se volvía más y más dolorosa dentro de mí. Mis pulmones necesitaban más aire, así que mi respiración se aceleró. Mi corazón latía mucho más rápido para mover esa cantidad de energía y mis nervios transmitieron frenéticos a mis músculos, que empezaban a contraerse y a producirme calambres, mientras gotas de sudor rodaban por mi frente.

—Duele... —musité.

—Un poco más... suéltalo, Angie, vamos...

Cuando al final pude sentir toda aquella energía como mía, volví a pedir que fuera hacia mis manos, donde estaba el cristal. La energía se movía dentro de mí y fluyó, fiable y segura hacia mis manos. Sentí un alivio inmediato en todo mi cuerpo. Estaba tan cansada que parecía que había estado corriendo durante horas. Con el brazo que tenía libre, Caleb me sostuvo para no caer cuando mis rodillas empezaron a temblar.

—Bien... ¡Esto funciona! —exclamó Dan satisfecho.

Abrí los ojos y vi que las pequeñas lucecitas que había visto dentro del cristal ahora eran millones de ellas, moviéndose a toda velocidad de un lado a otro.

—¡No pierdas la concentración, Angie! —advirtió Dan. —Sólo un poco más. Necesita más energía para que podamos pasar todos.

El cristal empezó a brillar con fuerza hasta cegarme. Tuve que mirar en otra dirección porque su luz me dolía en los ojos.

—¡Dámelo, ahora! —exclamó Dan. Se lo di y lo agarró de las esquinas con cuidado. —Tomaos de las manos y no os soltéis.

Dan estiró el cristal hasta hacerlo tan grande como una puerta. Lo apoyó en el suelo y lo mantuvo en posición vertical.

La fuerza que desprendía el cristal era tan grande que se había levantado un fuerte viento. Apenas podía mantener los ojos abiertos.

—Vamos, entrad. Iremos directamente a casa.

Caleb tiró de mi mano y le seguí. Dan tomó mi mano libre y entró después de mí. No podía mirar por dónde íbamos, hasta que de repente, el viento cesó y caímos de rodillas al suelo, cansados y jadeantes. Estábamos en casa.

—Lo hemos conseguido... —musité. —¡Lo hemos conseguido! —exclamé, esta vez abrazando a Caleb y cayendo de espaldas en el suelo entre risas.

—Bien hecho, peque —dijo Dan que se echó sobre nosotros, aplastándonos.

Nos reímos sin parar, hasta que quedamos los tres acostados en el suelo del salón mirando al techo cansados.

—Creo que lo primero que voy a hacer es darme una ducha —sentencié sonriente.

—Eso será si llegas antes que yo —me desafió Dan mientras se ponía en pie a toda prisa y empezaba a correr, seguido de Caleb.

Yo también me puse en pie, pero fui a mi cuarto. Sentía como si hiciera años que había estado ahí. Al entrar, vi mi teléfono sobre la mesa. Había estado desconectado desde que nos habíamos ido de viaje.

Lo conecté y mis ojos se abrieron llenos de sorpresa al ver la fecha en la que estábamos.

—¿Cuatro de Diciembre? Pero...

Golpeé el teléfono y lo reinicié varias veces, pero nada cambiaba. Fui a la ventana para comprobar la temperatura y, ciertamente, hacía mucho frío. ¿Cómo era posible? Entonces, si era diciembre, por eso Stonehenge estaba lleno de nieve. Empecé a recibir mensajes de mucha gente. Sarah, Elisa, los guardianes del instituto, incluso Heredia.¿Habíamos estado fuera casi seis meses? ¿Qué demonios pasaba con el tiempo en Baltzoak?

19/06/2018 Sarah: "Angie, ¿Dónde estás? ¿Por qué no venís a clase?"

19/06/2018 Elisa: "No voy a volver a disculparme. Creo que ya eres mayorcita para estar con estas tonterías."

23/06/2018 Sarah: "Estoy en la puerta de tu casa, ¿me abres?"

23/06/2018 Sarah: "Llevo una hora aquí sentada. Hace calor. Si no quieres abrir, me voy."

23/06/2018 Elisa: "¿Estás enfadada otra vez? Creí que ya lo habías superado. Mañana hay una fiesta de fin de curso con los compañeros de clase. ¿No vas a aparecer?"

11/07/2018 Sarah: "Empiezo a pensar que te has fugado con Caleb, al menos podrías responder a los mensajes."

26/07/2018 Sarah: "Angie, estoy muy preocupada. Mi madre está enferma en el hospital. ¿Por qué no estás aquí para decirme que todo va a ir bien?

12/08/2018 Sarah: "Mi madre murió ayer. Sólo quería que lo supieras."

15/08/2018 Mr. White: "Hola, Ángela. Hace tiempo que no puedo contactar con tus guardianes. ¿Sabes algo? Tenemos algunos problemas y necesitamos hablar con ellos urgentemente."

22/09/2018 Sarah: "Angie, no sé dónde estás, ni siquiera sé si estás viva. El mundo se está volviendo loco y ya no sé ni por qué te sigo escribiendo mensajes."

06/10/2018 Heredia: "Buenas tardes, señorita Ángela. Nos encontramos en una situación de crisis y necesitamos contactar con usted y sus guardianes. Por favor, póngase en contacto con el consejo cuanto antes."

02/11/2018 Sarah: "Ayer murió Elisa. Se ha suicidado. ¿Qué le está pasando al mundo, Angie? ¿Dónde estás? Me siento muy sola."

El último mensaje que había recibido de Sarah era de hacía un mes. Después de eso, no había nada más. Me sequé las lágrimas desolada. No podía creer que Elisa hubiera muerto. ¿Por qué? ¿Qué diablos había pasado?

—Angie... —musitó Caleb desde la puerta. Corriendo fui a abrazarle.

—Hemos estado fuera seis meses... —logré decir entre sollozos.

—Lo sé. Debemos ir al instituto cuanto antes.

—Elisa ha muerto... —mascullé mientras me secaba las lágrimas.

—Como la mitad de la población mundial —informó Dan entrando también a mi habitación. —Si no han muerto por una enfermedad inexplicablemente mortal, ha sido por depresión. Azariel está cebando a sus Kifos a costa de la humanidad y el mundo ni siquiera se da cuenta.

—Pero ¿cómo ha podido pasar algo así?

—Baltzoak es una dimensión diferente, como ocurre con Gallasteria. El tiempo transcurre a otro ritmo, aunque nadie ha sido capaz de calcular la velocidad del tiempo en el reino de Marou y volver para contarlo, no sé si sabes lo que quiero decir — explicó Dan frunciendo el ceño.

—¡Al diablo con el tiempo! ¿Y la gente? ¿Todo eso pasó porque yo abrí la maldita puerta? —grité desesperada.

Dan no contestó. Bajó la mirada triste. Sabía tan bien como yo que lo que había pasado no era sólo una masacre en Stonehenge, sino algo más grave a nivel mundial.

—Angie, deja de creer que esto ocurrió porque abriste la puerta —Caleb puso su mano sobre mi hombro. —El gobernante te dio esa llave por una razón, tal vez sabiendo que ésto podría pasar.

—Pero ¿Cómo iba a saberlo y permitir que ocurriese? No lo entiendo.

—Confía en él. De momento, lo mejor que podemos hacer es ir al instituto y ver si allí nos pueden ayudar.

—¡¿Y si también están muertos?! —repliqué aterrada ante la idea de ser los únicos seres vivos sobre el planeta.

—¡Maldita sea, Angie! —exclamó Dan exasperado. —¿Y qué piensas hacer si fuera así? ¿Quedarte llorando por los rincones?

—No... —musité sorprendida.

—Entonces vamos a ponernos en marcha.

Dan agarró un abrigo y salió sin esperarnos. Me hubiera gustado ir a casa de Sarah para saber cómo estaba. Un mensaje al móvil, después de tantos meses y con todo lo que había pasado, no me parecía apropiado, sin embargo, no sabía ni qué decirle.

—Vamos. Dan nos espera. —Caleb me agarró de los hombros y, despacio, abandonamos la casa.

Tenía miedo, sí, pero me daba más miedo no hacer nada. Debíamos detener a Azariel antes de que acabase también con Gallasteria.

Nos fuimos al instituto sin demorar. Utilizamos el coche de Dan, un bonito, pero llamativo BMW deportivo negro, que estaba cubierto de polvo en el garaje. Caleb silbó admirado.

—No sabía que guardabas este juguete aquí.

—Ah, Caleb, Caleb... esta princesa tiene más de trescientos cincuenta caballos de potencia y se pone de cero a cien en cuatro segundos. —Dan sonrió levantando las cejas con fanfarronería. —Me lo compré el verano del año pasado, pero apenas pude disfrutarlo porque cuando empezamos la misión se me consideraba demasiado "joven" para conducir—enfatizó las comillas con los dedos.

—Oh, vamos. ¡Sólo es un coche! —repliqué, pero al entrar y sentarme sobre el suave asiento de cuero beige, tuve que admitir que no estaba nada mal.

—Hace más de un año que no lo uso, espero que siga funcionando —se quejó Dan, mientras metía la llave en el contacto. Al girar, y tras varios intentos fallidos, consiguió arrancar, haciéndolo rugir con fuerza. —¡Bien! —exclamó golpeando el volante. —Siempre he dicho que no hay nada mejor que un confiable BMW.

Cuando salimos del garaje, nos encontramos con un paisaje desolador. No había gente por la calle, y claros signos de vandalismo decoraban los coches y los escaparates de las tiendas. Las calles parecían sacadas de una novela distópica. Era como una pesadilla hecha realidad.

—Más vale que nos demos prisa.

Dan aceleró, haciendo que los trescientos caballos de su coche tronasen como fieras en las vacías calles. Mi espalda se pegó al respaldo del asiento trasero por el empuje y, sin tiempo que perder, me puse el cinturón de seguridad. Para cuando conseguí introducirlo en el cierre, ya habíamos llegado al instituto. Sin duda, era un coche rápido.

Aparcó justo en la puerta, algo que habría sido impensable en un día de clase normal. Las puertas de la valla que lo rodeaban estaban cerradas, así que Dan sacó su llave del bolsillo y las abrió, cerrando de nuevo en cuanto hubimos pasado Caleb y yo. Cuando entramos en el pabellón principal, todas las luces estaban apagadas y no se veía a nadie cerca.

—¿Hola? —llamó Dan. —¿Hay alguien? ¡Jake!

Un ruido proveniente del fondo del pasillo llamó nuestra atención y nos giramos a la vez sobresaltados.

—Percibo miedo —susurró Caleb. —Tened cuidado.

—¡Hola! ¿Quién eres? —preguntó Dan mientras se acercaba al lugar de donde provenía el ruido.

De repente, la urgencia se apoderó de Dan, que soltó un par de palabras mal sonantes y corrió hasta el que era el despacho de Mr. White.

—¡Caleb! Es Jake. ¡Venid, rápido! —exclamó Dan.

Cuando llegamos al despacho, que estaba todo hecho un caos, encontramos a Jake tendido hacia abajo, en el suelo. Dan se arrodilló a su lado y me llamó la atención una luz casi imperceptible en su pecho. Era como la que tenían Dan y Caleb, pero su brillo estaba casi extinto.

—¡Jake! —lo llamó Dan. Él estaba demasiado débil para hablar, pero lo miró con el único ojo que podía abrir, pues tenía la cara ensangrentada, como si le hubieran dado una paliza. —Maldita sea... ¿Qué ha pasado aquí?

Dan y Mr. White se miraron el uno al otro unos segundos. De nuevo, esa comunicación mental que nadie más podía escuchar.

—No podremos llevarlo a ser sanado. El hospital ha caído —musitó Dan derrotado. La voz le temblaba —Jude ha muerto también.

Entonces me miró frunciendo el ceño y dejó a Mr. White recostado en el suelo, para incorporarse y pararse frente a mí.

—Angie, sé que lo que te voy a pedir es demasiado, pero necesito que confíes en mí, ¿de acuerdo?

—¿Qué necesitas? —respondí sin sombra de dudas.

—Me ha dicho Jake que está todo saturado de kifos por todas partes. Están absorbiendo su energía y que nosotros acabaremos igual si no nos marchamos. Está en las últimas. —Dan suspiró antes de seguir hablando. —Sabes que no te pediría esto si no fuera absolutamente necesario. Tienes que hacer eso de los brazos —Dan intentó imitar mi movimiento —para deshacerte de todos ellos.

Lo miré recelosa, pero asentí.

—Haré lo que haga falta, pero aquí no puedo ver a los kifos. Es como disparar a ciegas.

—Oh, no... tu onda expansiva alcanzará a todos los kifos en varios kilómetros a la redonda, sin duda.

—Está bien, pero si me desmayo...

—Si te desmayas, Caleb y yo te cuidaremos hasta que despiertes.

Asentí y miré a mi alrededor. No podía ver a ningún enemigo, pero confiaba plenamente en lo que me había dicho Dan. Caleb se posicionó detrás de mí y me agarró de la cintura con fuerza. En cuanto crucé los brazos, sentí salir de mí una onda expansiva que nos empujó a Caleb y a mí hacia atrás, chocando contra una pared. Él se quejó de dolor por haber recibido el impacto más severo, y caímos al suelo.

—¡Caleb! ¿Estás bien? —inquirí preocupada. Me aparté en seguida y traté de ayudarlo a incorporarse, pero gimió de dolor y se quedó sentado en el suelo.

—Creo que se me ha roto una costilla —dijo con dificultad.

—Lo siento.

—Sobreviviré —se rió. —sólo dame unos minutos para intentar reponerme —dijo mientras hacía guiños de dolor.

—Angie, ¿tú estás bien? —preguntó Dan, que se arrodilló a mi lado, inspeccionándome y buscando que no estuviera herida.

—Sí, me siento bien —murmuré mientras me auto analizaba. —No... no tengo ningún problema.

—Esto es increíble —sonrió Dan admirado. —Eres sorprendente. Ojalá no te hubieran escondido y hubieras podido ser entrenada como es debido desde niña. Habrías sido una guardiana espectacular. Cuando tengamos la oportunidad, seré tu entrenador. Trabajaremos en el retroceso ese tan violento que tienes y...

—¿Cómo está Jake? —pregunté en seguida, interrumpiendo las fantasías de Dan. Entonces vi que su luz iba aumentando gradualmente, muy despacio. ¿Qué significaba esa luz? ¿Podría tratarse de la vida de una persona? Quienes no la tenían, hasta ese momento, eran quienes ya habían fallecido.

—Ah, sí... Se pondrá bien. Ahora que hemos expulsado a los Kifos que había alrededor, sólo necesita recuperar la energía con un poco de descanso —dijo Dan mientras le ponía una chaqueta bajo la cabeza como almohada.

—¿Crees que los demás del consejo estarán bien? —pregunté preocupada.

—No. Me ha dicho Jake que fue una masacre. Casi todos se fueron a Gallasteria para luchar y los pocos que quedaron aquí murieron luchando contra los kifos. Entre tanto, descubrieron a un traidor en el consejo que había estado debilitando las barreras de Gallasteria y haciendo que los Kifos se infiltraran en las fronteras.

—¿Un traidor? ¿Quién? —preguntó Caleb.

Dan suspiró con dramatismo negando con la cabeza antes de responder.

—No lo sé. No me ha dado detalles. Ha perdido el conocimiento.

—Maldita sea. Un traidor lo complica todo —musitó Caleb preocupado pasándose la mano por el pelo, como si intentara pensar con más claridad.

Me fijé que la luz de Mr. White había empezado a aumentar de intensidad.

—¿Qué es esa luz que tenéis todos? —pregunté con curiosidad.

—¿Una luz? —Dan inclinó la cabeza a un lado interesado en mi pregunta. —¿Dices que puedes ver la luz de la vida?

—¿Luz de la vida?

—En efecto. Algunos guardianes tienen el don de ver cuándo la vida de una persona va a llegar a su fin por medio de una luz en el pecho. Nunca la he visto, así que no sé cómo es —se encogió de hombros. —Pero me sorprende que tú la veas. Creo que deberíamos intentar ver hasta dónde puedes llegar con estos nuevos "poderes" que pareces tener.

—¿Entonces no la podéis ver? —pregunté señalando el cuerpo tendido de Mr. White.

—Antes de ser mortal, yo también podía verla —admitió Caleb. —En ciertas situaciones nos ayuda a reconocer a personas que ya han perdido su esencia humana, habiéndose vendido por completo a la oscuridad.

—Entiendo, por eso mis padres y Leví no la tenían cuando estábamos en Baltzoak.

—¿Lo ves desde que estábamos allí? —inquirió Dan.

—Sí, cuando me desperté empecé a sentirme... diferente.

Dan se quedó en silencio un momento, mientras se daba toquecitos con los dedos en la barbilla y arrugaba la frente.

—Interesante... Bien, tenemos que ponernos en marcha. Hay algo de tiempo hasta que esto vuelva a llenarse de Kifos. Jake intentaba decirme que habían conseguido verlos con ayuda de los kazreftis, pero se desmayó antes de aclararme cómo los usaban sin la energía de Gallasteria. Vayamos al despacho de Heredia. Tal vez allí encontremos algo.

Salimos con cautela del despacho y fuimos directos al de Heredia, al principio del pasillo, por donde habíamos entrado. Cuando llegábamos, nos sorprendió un despreocupado Heredia, que entraba por la puerta del edificio canturreando, llave en mano, para ir a su despacho. Al vernos se sobresaltó.

—¿Qué hacéis aquí, infelices? —preguntó sorprendido. Me fijé en su pecho y no vi ninguna luz. ¿Qué demonios...?

—Señor, ¿qué ha pasado? —preguntó Dan, adelantándose un par de pasos. Heredia retrocedió desconfiado.

—¿Dónde habéis estado todo este tiempo? —Heredia parecía desquiciado.

De su bolsillo sacó un cristal como el que había usado Dan para volver a casa y lo alzó para mirarnos a través de él. Miró a nuestro alrededor y luego giró sobre sí mismo. Entonces se relajó.

—Parece que estáis limpios —dijo mientras volvía a guardar el cristal en su bolsillo. —Venid, entrad en mi despacho.

Le seguimos confiados, pero al entrar en el despacho, la puerta se cerró de un golpe detrás de nosotros y Heredia, que nos daba la espalda frente a su escritorio, pasó las páginas del libro que siempre estaba estudiando.

—No sé cómo lo habéis hecho para sobrevivir. Creí que había conseguido eliminar a todos los guardianes que quedaban en la tierra —murmuró mientras no dejaba de pasar páginas lentamente.

Miré a Dan y a Caleb confusa, mientras ellos no apartaban sus atónitas miradas del director.

—Pero podemos poner remedio a eso ahora mismo —se giró para encararnos. Vi algunas sombras salir del libro que estaba detrás de él y su oscuridad nos rodeó.

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