Capítulo 21

El hombre, de una altura considerable, se aproximó a nosotros sonriente. En apariencia, no parecía ser más importante que Baruc, sin embargo, su mirada cálida era como una mañana de primavera. Tocó mi corazón y me transmitió una paz, como nunca antes había sentido, haciendo que todas mis terminaciones nerviosas reaccionasen ante su presencia, como si mi cuerpo lo reconociera mucho antes de que yo misma supiera quién era. Un poder inimaginable lo envolvía, haciendo de Él alguien grandioso, pero a la vez tan sencillo, sin extravagancia ni opulencia.

—Por favor, poneos en pie.

Le obedecimos en seguida. Aunque me sentía intimidada por saber quién era, estaba cómoda en su presencia.

—Bienvenido a la casa de Mahkah —dijo Baruc tan nervioso como podría estarlo yo misma.

—Gracias por el cordial recibimiento, Baruc, pero sabes que no es necesario —se rió.

—Lo sé, pero no puedo evitarlo. Últimamente no se os ve fuera de la Torre por todo lo que está ocurriendo y me sentí muy honrado de ser los primeros en recibirle desde que empezó la guerra.

El Gobernante puso la mano en el hombro de Baruc y sonrió con ternura.

—En ese caso, agradezco la consideración.

Luego, sus ojos se posaron sobre mí y sentí una descarga eléctrica sacudir mi espina dorsal. Me enderecé y traté de devolverle la sonrisa, sin embargo, no fui capaz de mostrar más que una extraña mueca antinatural.

—Hola, Amira— dijo haciendo un ademán con la cabeza a modo de saludo.

—Ho- hola —contesté tan nerviosa que no podía ordenar las palabras para salir de mi boca.

—Caleb, Leví... —Los aludidos se inclinaron hacia delante mostrando reverencia. Me sorprendió que conociese todos los nombres.

Baruc lo invitó a sentarse con nosotros en la mesa de juntas que estaba en el centro de la sala, pero el Gobernante declinó el ofrecimiento.

—Seré breve. No me tomará más de unos minutos. Debo volver a la Torre cuanto antes.

—Lo entiendo, mi Señor— contestó Baruc inclinándose de nuevo. —¿Entonces qué es lo que os trae por aquí? ¿Qué pueden hacer por usted nuestras humildes personas? —seguía sonriendo nervioso.

—Ha llegado a mis oídos lo ocurrido con Caleb y me interesé por ello. No me gusta que nadie hiera a mis Guardianes como si no fueran gran cosa.

—El desterrado Azariel parece haberse aliado con fuerzas desconocidas, mi Señor— respondió Caleb frunciendo el ceño. Ahora que había recuperado los recuerdos podríamos saber lo que había ocurrido con él aquella noche.

—Lo sé— respondió preocupado. —Vengo a hablaros de esas fuerzas. No se trata de desterrados. Su nombre es Kifos. Han existido desde mucho antes que la tierra fuera creada y han vagado por el espacio en busca de alimento, destruyendo todo a su paso. Para protegeros, había creado una barrera protectora que no les permitía acceder a Gallasteria, o a la tierra, pero al parecer, Azariel ha encontrado el modo de aliarse con ellos. Le otorgan un poder desmesurado y a cambio, él les deja alimentarse, tanto de humanos, como de desterrados.

—Nunca había escuchado hablar de algo así— murmuró Baruc espantado.

—Me esforcé por mantener ese conocimiento lejos de todo, pero Azariel se hizo con él de alguna manera.

—Esa es la razón por la que la lucha con los desterrados se está haciendo tan dura— musitó Baruc, asintiendo con la cabeza, como si todo hubiese cobrado sentido para él.

—Así es. Por eso, no puedo permitir que os enfrentéis a ellos sin aportar mi granito de arena. Guardianes, extended vuestras manos, por favor.—Los aludidos le obedecieron y, con su dedo, dibujó una señal en la palma de sus manos. —Esto os servirá de escudo y protección.—Luego hizo otra señal en la palma de la otra mano. —Y esto será vuestra guía y fortaleza.

De sus manos, brotaron unos tatuajes que fueron creciendo y recorriendo los brazos de Leví y Caleb como si fueran serpientes enrollándose en una rama. Ambos se miraron los brazos sorprendidos y el Gobernante sonrió complacido.

—De ese modo podréis cumplir mejor con vuestra misión de proteger a mi querida Amira.

Ambos guardianes probaron sus nuevas armas. con una mano podían extender una especie de campo protector al rededor de ellos y éste crecía y disminuía a voluntad. Con la otra mano, podían crear espadas luminosas, lanzas o flechas que podían ser lanzadas, como si fueran pistolas de láser.

—Esto es alucinante— dijo Leví. —Es el poder de los pretorianos...

—Desde hoy seréis pretorianos.

—¿Qué es un pretoriano?— susurré a Baruc, sin embargo, fue el Gobernante quien me respondió.

—Son mis soldados más especiales, los que se encargan de defender y proteger a mis hijos más valiosos. Desde ahora vuestras misiones han subido de rango, al tener que enfrentaros a los Kifos.

—¿Y cómo podemos acabar con ellos?— preguntó Caleb.

—Amira sabrá cómo hacerlo.

—¿Yo?

—¿Me permitís hablar un momento a solas con ella?— preguntó el Gobernante mirando a los guardianes y a Baruc con una sonrisa apacible.

Éste último pareció sorprendido, pero sonrió ampliamente e hizo una reverencia.

—Por supuesto, mi Señor. — Tomó a los guardianes de los brazos y se los llevó de la sala, cerrando la puerta con cuidado.

En cuanto me quedé a solas con Él, se relajó un poco y se sentó en una de las sillas que rodeaba la gran mesa circular.

—No te dejes engañar por toda esa parafernalia, Amira. Una vez yo también estuve en el lugar en que estáis vosotros— sonrió y le devolví la sonrisa. —Sólo quería hablarte sobre algo que sé que te entristece.

Medio un vuelco el corazón al recordar que había algo que intentaba ocultar de Él, pero entonces me di cuenta de que no sabía qué era. Parecía que había sido borrado de mi mente. Como si no existiera. Él sonrió.

—Está bien. Establezco normas para los guardianes, pues debe existir un orden, pero también puedo ser flexible cuando la situación lo requiere. Cada uno de vosotros es único y especial, y lo que funciona para unos no tiene por qué aplicarse a otros.

No pude evitar darme cuenta de que, al igual que hacía Caleb antes de ser atacado por Azariel, respondía a mis pensamientos.

Puso su mano sobre mi cabeza y, de repente, como si se tratase de una brisa cálida, todo lo que había olvidado por el toque de Baruc, volvió a mi mente. Mi gran amor por Leví, pero también por Caleb, y toda la confusión que eso conllevaba. Miré al Gobernante temerosa, pues sabía que no podría ocultar nada de él, pero sólo sonrió.

—Todos esos sentimientos forman parte de la prueba que tienes que pasar durante el tiempo que estás en la tierra. Depende de ti cómo los utilices.

—¿Entonces no estamos en problemas? —pregunté insegura.

—No. Dejad de atormentaros, pues vuestros enemigos podrían usarlo contra vosotros.

—Pero entonces ¿Qué es lo que ocurre en mi interior? ¿Por qué estoy tan confusa? A veces estoy segura de mi amor por Leví, pero luego veo a Caleb y todo se tambalea. ¿No podrías devolverme los recuerdos, como Baruc hizo con Caleb?

—Me temo que eso no es posible— suspiró. —Tú todavía tienes que vivir muchos años sin los recuerdos de Gallasteria. De hecho, cuando todo esto termine, tendrás que olvidarlo todo.

—¿Todo?

—Así es, si no, tendrías ventaja sobre los demás.

—¿También a los guardianes?

—Me temo que sí. Aunque el futuro no está escrito. Todo dependerá de ti y de tus decisiones.

—Pero entonces, todos estos sentimientos que tengo... ¿De qué me sirven si acabaré por olvidar?

El Gobernante sonrió de nuevo lleno de paciencia y tomó mi mano.

—Ambos sabrían hacerte muy feliz, pues estoy seguro de que sus sentimientos son auténticos, Amira, sin embargo, sólo uno de ellos tiene lo necesario para permanecer para siempre en tu vida. Es el que logrará sacar a relucir todo el potencial que comienza a brillar en tu interior.

—¿Cuál de ellos?

—Eso, querida mía, lo debes averiguar tú sola —sonrió y colocó su dedo en la palma de mi mano, como había hecho con los guardianes. Con la punta empezó a hacer una serie de garabatos y sentí un cosquilleo subir por mi brazo, sin embargo, no se dibujó ningún tatuaje, como el de Leví y Caleb. —Por favor, ten mucho cuidado.

—Lo tendré— respondí, todavía absorta en el dulce sentimiento que recorría mi cuerpo.

—Cuida de mis guardianes.

Esa petición me pilló por sorpresa. ¿No eran ellos los que tenían que cuidar de mí?

—Pero no lo entiendo. ¿Cómo voy a poder protegerlos? ¿Cómo voy a saber yo lo que tengo que hacer para vencer a esos kifos?

—No te preocupes, Amira. No necesitas saber todas las respuestas ahora. Irás encontrándolas a lo largo del camino.

El Gobernante se puso en pie y yo le imité, tras lo cual me abrazó. Su contacto era cálido y agradable, como el sol del mediodía en un día de invierno. Me transmitió una gran paz y pude sentir cómo su amor era transmitido de una manera más completa que las palabras. Era un amor poderoso, y supe, sin lugar a dudas, que pasara lo que pasase, Él me querría, sin dudas, sin temores y sin reservas. Era un amor perfecto.

Mis ojos se habían llenado de lágrimas. Lágrimas de felicidad por haber podido pasar ese momento con él, pero de tristeza, al mismo tiempo, por tener que olvidarlo todo.

Cuando salimos de la sala, Baruc y los guardianes nos miraron impacientes, pero mi sonrisa los tranquilizó. El Gobernante se marchó y Baruc respiró aliviado.

—Parece que hemos conseguido ocultar el desastre— dijo mientras sonreía satisfecho. —Habéis tenido suerte, chicos.

Negué con la cabeza. Si él supiera...

—Estupendo —dijo Leví dando una palmada y frotándose las manos. —Nos prepararemos para recoger a Sarah en Lootah y mañana volveremos a la tierra.

—Que así sea, Leví— respondió Baruc complacido. —Aunque olvidas que los días no funcionan aquí igual que en la tierra.

—Cierto. En cualquier caso necesitamos descansar antes de volver. No creo ser capaz de mover unas alas si no descanso antes.

—Por supuesto. Descansad cuanto preciséis. En las instalaciones de arriba tengo dispuestos dormitorios para todos.

—Agradecidos —dijo Leví haciendo un ademán con la cabeza.

Nos despedimos de Baruc por el momento y subimos por las bonitas escaleras de mármol que llevaban a la planta superior. Caleb entró en uno de los dormitorios y cerró la puerta. Lo observé preocupada. ¿Qué le ocurría?

Leví me acompañó a la puerta del dormitorio donde yo había descansado antes y me puso la mano en la cabeza con cariño.

—Descansa.

—Tú también.

Me quedé esperando algún beso, o algo, como antes, pero sonrió y se marchó, encerrándose en una habitación que estaba en dirección opuesta a la de Caleb. Suspiré. Había olvidado que Baruc había escondido sus sentimientos por mí para evitar problemas frente al Gobernante. Sin embargo, Él me había dicho que todos esos sentimientos eran buenos. Todo eso me confundía más todavía. Me quedé unos segundos apoyada en el marco de la puerta, observando las habitaciones donde ahora estaban mis guardianes descansando. No podía dejar de dar vueltas a las palabras del Gobernante. Ambos sabrían hacerme feliz, pero sólo uno sabría hacerme brillar. Mi corazón latía fuerte. Latía por los dos, pero sólo amaba a uno de ellos.¿Quién? Gruñí molesta mientras entraba en la habitación y cerraba la puerta detrás de mí. Tampoco habría sido tan malo si me hubiera dado, aunque fuera una simple pista para saber la respuesta.

No pude evitar preguntarme qué pasaría cuando volviera a vivir en Gallasteria y Caleb volviera conmigo. ¿Olvidaría otra vez a Leví? ¿Se repetiría la historia? No estaba segura de si quería que ocurriese o no.

Recorrí la bella habitación con parsimonia, pero en vez de descansar, me asomé por la ventana. Vi el enorme bosque de secuoyas y decidí ir a dar un paseo. A diferencia de los guardianes, yo ya había descansado y pensé que sería mejor aprovechar el tiempo que me quedaba allí antes de volver de nuevo a la triste realidad de la tierra.

Fui en silencio por los pasillos para no llamar la atención de nadie sobre mí. Fui tan sigilosa como pude, pues no sería la primera vez que Leví me había descubierto intentando escabullirme. Me quité los zapatos y me esforcé por caminar en silencio.

Con éxito, salí de la casa y respiré el aire limpio de la ciudad, sintiéndome libre. Me calcé los zapatos de nuevo y corrí en dirección al bosque hasta llegar a uno de los árboles más grandes que había allí. Su tronco era tan grueso que hacían falta al menos veinte personas para rodearlo. Me senté en una de las grandes raíces que sobresalía y me apoyé en el tronco. Sentí la calma fluir del árbol a mí y viceversa. No necesitaba dormir. Aquel simple gesto me revitalizaba, como si ese gigante silencioso intentara darme una parte de él. Miré sus ramas balanceándose al ritmo de una suave brisa y la luz pasar a través de éstas, llenándome de calidez y paz.

Pensé en lo que tendríamos que hacer cuando volviéramos a la Tierra. Debíamos luchar contra Azariel y esos Kifos de los que había hablado el Gobernante y, aunque no sabía muy bien a qué me enfrentaba, mi instinto me advertía que debía sentir miedo. Miré mi mano y pensé en el garabato que el Gobernante había hecho en ella. ¿Sería algún tipo de "arma secreta" que me ayudaría a proteger a los guardianes? ¿Cómo iba a protegerlos yo? No podía imaginar a Leví dejándose proteger por mí. Sonreí al pensar en lo mucho que se enfadaría si me veía en peligro.

—El día que te conocí estabas sentada ahí mismo— la voz de Caleb me sobresaltó y lo miré sorprendida. Estaba parado justo a mi lado, pero yo estaba tan absorta que no me había dado cuenta.

—No te he oído llegar.

—Puedo ser silencioso si me lo propongo, no como tú— se rió. Fruncí el ceño molesta. De nuevo había sido descubierta.

Se sentó frente a mí en otra raíz del árbol y acarició el tronco. Luego se apoyó en él sin dejar de mirarme.

—¿Nos conocimos aquí?— pregunté interesada.

—Sí. Estabas un poco triste porque acababas de pelearte con Ciro.

—Ciro... ese es...

—Azariel.

No quería pensar en él, así que seguí interesándome por el relato de Caleb.

—¿Y qué pasó ese día?

—Estabas pensativa, compartiendo tus penas con Nemeton.

—¿Con quién?

—Es el nombre que le diste a éste árbol. Siempre has sabido sentir y comprender a los árboles y las plantas, por eso has acabado siendo adoptada por Mahkah.

—Hablas como si pudiera hablar con ellos, pero ahora no me dicen nada...

—Sin embargo no has podido evitar venir aquí mismo y reconfortarte entre las raíces del árbol para aliviar tu pesar.

Me removí incómoda al verme descubierta. Se había dado cuenta, incluso antes que yo misma, de lo bien que me sentaba estar allí. Lo observé recelosa, pues él, al igual que Leví, ahora podía recordar todo lo referente a nuestra vida allí y eso lo ponía en ventaja sobre mí.

—Aquel día caminaba en dirección a mi casa después de solucionar unos asuntos, cuando vi a una preciosa chica sentada en las raíces del árbol más pequeño del bosque. Tenía las manos puestas sobre el tronco, afanada, transfiriendo su energía al árbol —Acarició el tronco—. Me llamó la atención ver lo preocupada que estaba por un árbol que, a pesar de ser el más pequeño, seguía siendo un gigante para ella. Estaba claro que no necesitaba de ayuda para sobrevivir, sin embargo, ahí estaba ella, dándolo todo de sí para ayudar al menos favorecido.

Caleb se puso en pie y esta vez se sentó en la misma raíz que yo. Su fuerte brazo estaba tan cerca del mío que me estremecí nerviosa al notar su calidez.

—Me acerqué, —continuó —pensando que sería una visión celestial. Tal vez la hija preferida del Gobernante que se había escapado de casa. —Sonreí avergonzada y él tomó mi mano y la besó. Por un momento creí que mi corazón se saldría del pecho. —Pero al observarla más de cerca me di cuenta de lo triste que estaba y eso me partió el corazón. Deseé con todas mis fuerzas hacer cesar ese sufrimiento y me paré a su lado, decidido a robar una sonrisa de sus labios.

—¿Y lo conseguiste?

—Lo conseguí. Y la verdad es que, a día de hoy, no he dejado de preguntarme si ha sido lo mejor que he hecho en mi vida o lo más estúpido, porque desde entonces vivo perdidamente enamorado... de ti.

Miré en otra dirección para que no viese mi rubor. Todavía sostenía mi mano y la apretó con dulzura.

—Pero por aquel entonces tu corazón ya tenía un dueño. No era de sorprender, pues no había nadie como tu en toda Gallasteria.

—Te refieres a Leví.

—El afortunado de una larga cola de pretendientes— se rió.

—No será para tanto —contesté ruborizada. Él sonrió y me besó en la mejilla con dulzura.

—Lo es.

Al percibir la tristeza en mi rostro, pasó el brazo por encima de mis hombros y me atrajo hacia él.

—Como aquel día, hoy te encuentro melancólica. ¿Qué es lo que turba tu corazón?

—Muchas cosas, pero prefiero no hablar de ello —musité encogiendo las piernas y abrazándolas para apoyar la cabeza en mis rodillas.

—Está bien. —No insistió y yo lo agradecí. —¿Sabes? Ahora que he recuperado mis recuerdos veo con claridad muchas cosas que antes no podía entender.

—¿Como qué?

—Por ejemplo, recuerdo lo que pasó el día de la cena con tus amigas. Sé lo que me convirtió en mortal.

Él me miró con el ceño fruncido y en su perfecta cara resaltaban las arrugas de la preocupación.

—Fui engañado —dijo derrotado, —como siempre. Me dejé llevar por mi propia debilidad.

—¿Qué ocurrió?

—Azariel me dijo que tus amigas estaban bajo su influencia, pero de una manera que ninguno de los guardianes sería capaz de percibir. Ahora sé que se refería a los Kifos. Dijo que no le costaría ningún esfuerzo convencerlas de que te mataran cuando menos lo esperaseis, pero que no lo haría si yo me rendía.

—Debiste confiar en Leví y Dan. Entre los tres habríais podido ganarle.

—Supongo que quise hacerme el héroe. Sacrificarme por salvarte. —Al decir eso, me atrajo más hacia él y apoyó su barbilla sobre mi coronilla. Agradecí que no me mirase a la cara en ese momento, aunque tal vez él tampoco deseaba que yo lo viera a él.

—Eso es valiente, pero ¿no has pensado que podrías haber muerto? —Le reprendí mientras seguía sintiendo las mariposas revoloteando dentro de mi pecho.

—Me daba igual.

—¿Qué dices? No digas esas tonterías. —Me incorporé para mirarlo a los ojos. —No podría soportar si algo te pasara... a ti, a Leví, o a Dan... —Bajé la mirada avergonzada. Casi había hablado más de la cuenta.

Caleb sonrió con amargura.

—Sabía que ahora que volvías a estar junto a Leví, serías feliz. Eso era todo lo que me importaba. Si yo estaba para verlo o no, me daba igual...

Lo abracé agradecida, pero ese abrazo inocente fue volviéndose cada vez más intenso, cuando sentí su respiración en mi cuello. Tenía todos los sentidos a flor de piel. Sus fuertes brazos estaban sobre mí y me apretaban contra su cuerpo, como si fuera un intento desesperado de quedarnos así para siempre.

—¿Qué pasó después de que se marchase Leví?— pregunté por fin al único que podía darme las respuestas.

Demoró un tiempo antes de responder. Su respiración se volvió más agitada y me separó de él lentamente. Sus ojos transmitían una tristeza que nunca hubiera imaginado que unos ojos tan bellos podrían transmitir.

—Todo lo que debe importarte es que... volviste a ser feliz a mi lado.

Lo miré, si cabe, más confusa todavía. Una parte, una muy recóndita de mi interior, me decía que era verdad. Pero ¿cómo podía ser verdad cuando yo estaba tan segura de mis sentimientos por Leví? De nuevo la duda afloró en mi corazón y me aparté de Caleb.

—Espera, ¿Baruc no había hecho desaparecer tus sentimientos?

—Sí, lo había hecho, pero esto es algo mucho más fuerte que Baruc —dijo señalando a su pecho. —No te pido que me correspondas. Puedo ver claramente todas las dudas que te rondan la cabeza.

—Me siento como si hubiera vivido dos vidas distintas. Como si hubiera una mezcla de sentimientos que no son compatibles, como si fueran agua y aceite. ¿Cómo pude haberte querido tanto y a la vez también a Leví? ¿Cómo pude haberlo olvidado tan fácilmente?

—No lo sé. Siempre pensé que había sido algún milagro— se rió mientras enlazaba sus dedos con los míos.

—No creo en los milagros.

—Yo tampoco. Por eso siempre creí que había sido algo real... hasta que os encontrasteis de nuevo y te vi mirarlo. Supe que no tenía nada que hacer...

No respondí, preferí guardarme todas mis dudas para mí misma. No debía dar rienda suelta a lo que ni siquiera sabía de dónde venía... sin embargo, su mirada encendía mi pecho como si lograse saltar todas mis barreras.

Sin esperarlo ni siquiera yo misma, acorté la distancia entre nosotros y le besé. Tal vez buscaba respuestas, tal vez sólo quería ver si era real... la cuestión es que cuando me separé de él, me miraba sorprendido y conteniendo la respiración.

—Vale, esto no me lo esperaba— dijo empezando a respirar otra vez.

—Yo tampoco— admití bajando la mirada.

Apoyó su frente contra la mía y sonrió. Había sido mi intención buscar respuestas, pero si antes estaba confusa, ahora mi interior era como un agujero negro que absorbía emociones y las centrifugaba, mezclándolas de tal manera que hacía que mis piernas temblasen. Si no hubiera estado sentada entre los brazos de Caleb, probablemente hubiera perdido el equilibrio.

—Creo que deberíamos marcharnos... —musité.

—Yo también lo creo.

No me separé de él. Sabía que quería hacerlo, que debía hacerlo, pero mi cuerpo estaba paralizado, como si estuviera bajo el efecto de algún tipo de conjuro que no me permitía separarme de él. ¿Era real? Al menos se sentía tan real como cuando estaba con Leví...

Tomé aire y, con un gran esfuerzo, tomé sus manos, todavía aferradas a mi cintura y las aparté. Lo miré a los ojos y cada vez que lo hacía paseaba mi mirada hacia su boca. No. No quería volver a caer. Conseguí ordenar mis pensamientos hasta que fueron capaces de coordinar varias palabras seguidas.

—No deberíamos dejar que cosas así se repitan. No está bien. No puedo seguir jugando a dos bandas. No es justo para nadie.

—Lo entiendo. —dijo al fin derrotado. Era como si hubiera esperado que mi reacción hubiera sido distinta, pero aquella confusión empezaba a doler en el corazón. ¿Olvidaría también aquello cuando todo acabase?

Volvimos a la puerta de la mansión, desde donde vimos llegar a Dan y a Sarah, que estaba radiante. Nunca la había visto tan feliz. Al verme corrió hacia mí y me abrazó.

—¡Sarah! Te he echado de menos.

—¿Estás bien?— inquirió preocupada. Recordé que me habían dicho que Sarah había estado armando escándalo cuando me había desmayado.

—Sí, sólo estaba cansada.

—Me alegra oírlo.

—Eh, peque— dijo Dan pasándome la mano por el pelo y revolviéndolo a modo de saludo.

—Has estado muy ocupado, ¿no?— me reí. —Apenas te hemos visto por aquí. —él, para mi sorpresa, sonrió ruborizado.

—Sí, tenía algunos asuntos pendientes.

Leví salió de la casa como una exhalación y pasó a mi lado sin dirigirme una sola mirada.

—Preparaos para volver. Ahora— espetó con acritud. Siguió andando mientras mascullaba unas palabras ininteligibles y las alas de los tres guardianes se desplegaron majestuosas ante nosotras.

—¡Espera! Tengo que despedirme de mi abuela y Baruc...

Ignorándome por completo, Leví alzó las alas y las bajó con fuerza, elevándose en el aire y provocando una polvareda a sus pies que nos cegó momentáneamente.

—¿Qué demonios le pasa a ese?— murmuró Dan.

Yo lo sabía. Miré a Caleb y él también lo sabía. Nos había visto. De otro modo no podría explicar ese cambio de actitud. Necesitaba hablar con él urgentemente.

Dan tomó a Sarah de la cintura e, imitando el movimiento de Leví, se alzó en el aire, desapareciendo de nuestra vista.

Caleb se acercó a mí entonces, y posó sus manos en mi cintura con suavidad. Al igual que los dos guardianes, alzó sus alas y al bajarlas, sentí el cosquilleo en el estómago que me confirmaba que nos despegábamos del suelo. Asustada, me agarré a su cuello con fuerza y él sonrió.

—Angie, —dijo con dulzura en mi oído. —Sólo quería aprovechar este momento, que presiento que será el último antes de que todo se complique más, para decirte que, no me importa cuál sea la decisión que tomes al final. Siempre que seas feliz, yo seré feliz.

Lo miré a los ojos, esos bellos ojos grises que hacían que mi corazón palpitase con furia dentro de mi pecho. Quería saber por mí misma y, aunque no sabía muy bien cómo lo iba a averiguar, tenía el presentimiento de que encontraría la respuesta muy pronto.

—Gracias, Caleb.

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