Capítulo 17
Con todo lo ocurrido había olvidado por completo que Sarah estaba ahí y que se iba a quedar en casa hasta que volvieran sus padres.
Estaba sentada en una de las sillas de la mesa del salón, jugando pensativa con una figurilla que había sobre ésta. Me senté a su lado y ella puso su mano sobre la mía triste.
—Lamento lo de tu abuela, Angie— empezó a decir. Yo me limité a repetir las palabras de Leví.
—Está en un lugar mejor. Algún día volveré a verla— fingí una sonrisa.
Ella me miró compasiva y se limitó a sonreír también. Yo sabía perfectamente que ella no creía en el cielo ni nada parecido, pero por respeto a la tristeza que sentía en ese momento, no dijo nada.
—¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Quieres que me vaya a mi casa? Me han dicho los bomberos que mi habitación ha quedado intacta, aunque el olor a quemado está impregnado por todas partes y el agua de las mangueras ha destrozado todo.
—¡No, por favor! Quédate aquí. Tu compañía me vendrá bien.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—¿Y qué va a hacer esa manada de buenorros que tienes en casa? ¿También se quedará?— preguntó mirando de soslayo a Dan.
—Sí... no puedo echarlos, a pesar de todo. No tendrían dónde ir— mentí. Sarah asintió distraída.
—Es una pena que sean gays. Te puedo asegurar que ese Dan es puro fuego —suspiró.
Me sorprendió que recordase esa conversación. Pensé que ella había olvidado todo lo ocurrido recientemente, pero al parecer, algo había permanecido.
—Sí, son muy gays— me mordí el labio inferior. Odiaba mentir a mis amigas.
—¿Crees que si me insinúo a Dan, podría conseguir que se hiciera bi?— me guiñó un ojo y fruncí el ceño incómoda.
—No lo sé, Sarah. No es asunto mío...
Sarah se rió como si lo que acababa de decir fuera una broma, pero la conocía lo suficiente como para saber que Dan era su objetivo y que no pararía hasta lograr seducirlo. El teléfono de Sarah nos sobresaltó a ambas. Cuando vio de quién era la llamada puso mala cara y dejó el teléfono sobre la mesa.
—Deberías contestar— la apremié.
—Es el asistente de mi madre. Seguramente le ha mandado que se asegure de que tengo dónde pasar la noche. Tal vez teme que vaya a casa de algún hombre y me quede embarazada.
—No digas tonterías, Sarah. Estará preocupada.
—En fin, voy a contestar esta llamada, aunque debo omitir el detalle de que tres macizos viven en tu casa para que no mande a la policía.
Sonrió con desgana mientras se ponía en pie y contestaba el teléfono. Salió del salón y se encerró en mi cuarto para tener intimidad.
Mientras todos estaban ocupados, decidí entrar en el cuarto de mi abuela. Observé su cama, en la que ella no dormiría nunca más, el espejo en el que no se volvería a mirar, o la ventana por la que no volvería a asomarse. Abrí su armario y su olor me envolvió, haciendo que volvieran a brotar lágrimas de mis ojos. Era como si nada hubiera cambiado en realidad. Si olvidaba lo que había ocurrido hacía una hora, bien podría pensar que estaba haciendo la compra y que no tardaría en volver.
Me sequé los ojos enfadada conmigo misma por mi debilidad y no poder controlar la tristeza. Si quería que mis emociones pasaran desapercibidas para los guardianes, debía esforzarme mucho más.
Me llamó la atención una caja que había en lo alto del armario. Me subí a una silla y la cogí. Nunca antes me había dado cuenta deque estaba ahí. La dejé sobre la cama y la abrí. En su interior había fotos antiguas, una carta y algunas joyas.
Saqué una de las fotos y sonreí al reconocer a mis padres. Nunca había visto esas fotos de ellos. Mi madre tenía el pelo castaño, largo y ondulado. Me parecía a ella, pero tenía los ojos verdes de mi padre. Había un bebé en la foto y supuse que se trataba de mí. Acaricié la foto con la punta del dedo y sonreí. Se les veía felices. Cuánta falta me hacían en aquel momento. ¿Los vería otra vez en Gallasteria como a mi abuela? ¿Estarían esperándome allí? Había otras fotos de ellos con mi abuela, una, incluso, en la que aparecía mi abuela de joven con mi padre, que se le veía exactamente igual que en las demás fotos, y una niña que sostenía de la mano. ¿Por qué mi abuela nunca me había enseñado esas fotos? Hubiera preferido saber más sobre ellos que evitar el dolor de echarlos de menos.
Levanté la mirada y vi a Leví mirándome desde la puerta de la habitación. Caminó despacio hasta donde estaba yo y se sentó a mi lado.
—Rut había sido designada como guardiana de tu madre— dijo señalando la foto que todavía tenía en mis manos. —Tu madre era huérfana y ella la adoptó. Nacor debió haber pretendido ser un padre para ella, pero cuando Beth creció, nacieron sentimientos prohibidos entre ellos.
—Eso es un poco raro, ¿no?— arrugué la nariz con desagrado y Leví sonrió.
—Con nosotros tendría que haber sido igual. Tendríamos que haberte cuidado e instruido desde pequeña, pero para mantenerte oculta, viviste ajena a todo este mundo, con una guardiana mortal que pudiera abandonar sus creencias y que se esforzaba por hacerte feliz para que los desterrados nunca te hicieran daño.
Miré a mi abuela en la foto y sonreí. Se la veía guapísima. Tenía un vestido que le llegaba por debajo de la rodilla y una chaqueta bien colocada sobre los hombros. Era delgada y tenía el pelo rubio y una enorme sonrisa.
—No puedo creer que ya no esté— musité triste. —Ninguno de ellos está... Todos muertos por el mismo culpable. ¿Hasta cuándo va a seguir así?
—Lo detendremos, tenlo por seguro.
No respondí. Me limité a asentir, pero en mi corazón quería hacer mucho más que detenerlo. Quería destruirlo.
—Descansa por hoy— Leví apoyó su frente sobre la mía y cerró los ojos.—Te prometo que no te dejaré sufrir así nunca más.
—Gracias.
Aquella era una promesa muy difícil de cumplir, pero me aferré a ella como única esperanza para no perder la cordura.
Leví salió de la habitación, dejándome a solas con mis pensamientos y aquella caja. Seguí curioseando en ella y vi una pequeña nota y un sobre que en el que estaba escrito mi nombre. ¿Era una carta para mí? Primero leí la nota. Estaba dirigida a una "mamá", pero pronto entendí que se trataba de mi abuela.
Querida mamá,
Te enviamos todos estos objetos porque tememos que los desterrados nos den caza pronto. No sabemos lo que va a pasar, pero si algo ocurriese, te rogamos que cuides de nuestra pequeña.
También quería pedirte otro favor. No dejes que el consejo la encuentre hasta que sea lo suficiente madura como para valerse por sí misma.No quiero que la conviertan en una tonta que no sabe vivir sin ser protegida. Tiene que saber luchar. Tiene que tener una opinión propia y no acatar las órdenes como un títere. Prométenos que lo harás.
Gracias por todo, mamá. Te quiero.
Beth.
Cuando terminé de leer estaba llorando. Me sorprendió que mi madre la llamara mamá. Ella había llegado a ser mi abuelita de verdad, porque antes de eso fue su madre.
Suspiré sonoramente y tomé el sobre que había en la caja. Me sorprendió comprobar que me temblaban las manos. ¿De verdad mi madre había escrito esa carta para mí? Sonreí nerviosa y, con dificultad, abrí el sobre y empecé a leer.
Querida hija,
Si no te hemos entregado estos objetos en mano es porque Azariel ha ganado la batalla y nos ha vencido. Si es el caso, nos hemos asegurado de que estarás bien cuidada. Rut cuenta con nuestra plena confianza. Sé que ella cuidará de ti tan bien como cuidó de nosotros.
Al llegar a esta parte, las lágrimas ya habían empezado a rodar de nuevo por mis mejillas.
Hemos estado huyendo varios días y Caleb, el guardián incorpóreo que cuidará de ti, nos acompaña a todas horas, pero siento la presencia de los desterrados a nuestro alrededor. Sé que nos siguen de cerca, por eso debemos encontrar una solución.
Hija mía, sé que tú eres la clave para derrotar a los desterrados y por eso quieren destruirte antes de que seas una amenaza para ellos. Dentro de ti está el poder, porque por tus venas corre la sangre de los guardianes y sé que eso te hará poderosa cuando llegue el momento.
Quiero aprovechar para decirte que, aunque intenten decirte lo contrario, amar a tu padre no ha sido ningún error. Nuestro amor ha tenido un propósito y un significado, y es grande y hermoso. Tú eres el resultado de nuestro amor y por eso sé que es algo bueno.
Sé siempre valiente, sigue a tu corazón y no te olvides de que, pase lo que pase, siempre te querremos. Eres lo más importante de nuestra vida.
Tu madre, Beth.
Tras leer la carta, me sequé todas las lágrimas derramadas. Alguna había caído sobre el papel. Sonreí agradecida por el tesoro que mi abuela había guardado para mí. Un tesoro precioso que me había acercado más a mis padres.
Guardé la carta y las fotos como si fueran tesoros y seguí inspeccionando la caja. Saqué un colgante dorado con una bonita piedra color ámbar engarzada en el centro de una especie de enredadera. Era precioso y con muchos detalles. Lo observé detenidamente, hasta que empezó a brillar y lo solté asustada.
—¿Qué demonios...?
El brillo cesó, así que lo volví a coger y lo inspeccioné, para tratar de averiguar de dónde provenía esa luz. Entonces empezó a brillar de nuevo.
—Amira...
Escuché otra vez ese nombre y, sobresaltada, miré en todas direcciones, pero no vi a nadie. Volví a centrar la atención en el colgante entre mis manos y, de repente, una serie de imágenes pasaron por delante de mis ojos. Imágenes que ya había visto en sueños. Estaba en la bella ciudad de Gallasteria y había mucha gente conmigo: mis padres, mi abuela, Leví, Caleb, Ciro... conocía a la mayoría de ellos, y a otros que, a pesar de que me resultaban familiares, no conseguía encontrarlos en los registros de memoria de mi mente.
—Amira...
De nuevo la voz.
—¿Quién eres?
—¿Me recuerdas? Soy Baruc.
—Baruc... — vagamente recordé un rostro, pero no estaba segura de dónde lo había visto.
—Sécate las lágrimas y sonríe, Amira. Muchas cosas buenas están por llegar— dijo con dulzura. Mi corazón se entristeció, pues en aquel momento no había nada por lo que sonreír. —Rut está bien. Ahora habita con nosotros y aquí esperará paciente a que os reunáis.
—¿Mi abuela?— sentí un cosquilleo en el pecho. —¿Ella está bien?
—Lo está. No debes preocuparte más por ella. Desea que continúes con tu misión, ahora protegida por quien está mejor capacitado que ella.
—Pero ella seguía haciéndome mucha falta.
—No. El vínculo emocional hace que quieras su compañía y saber que siempre estará ahí, pero ahora estás preparada para dar un paso al frente y dejar atrás a la niña que fuiste para comenzar tu camino como mujer. Sé valiente, Amira.
Me llamó la atención que, continuamente, me llamase Amira. Leví también me había llamado así la primera vez que nos vimos. ¿Qué significaba ese nombre?
—Gracias, Baruc...— al pronunciar el suyo, mi corazón volvió a palpitar con fuerza. Acaricié el medallón y cerré los ojos para poder sentir cómo el poder que emanaba de éste fluía a través de mí, acercándome a ese ser que trataba de consolarme.
En mi mente lo pude ver de nuevo, sonriéndome, con su característica serenidad. Toda mi rabia y mi sed de venganza se redujeron, dando paso a la gratitud de saber que ella estaba ahora bien.
Cuando volví a abrir los ojos, los tres guardianes me miraban asombrados desde la puerta de la habitación.
—¿Qué ha sido eso, Angie?— preguntó Dan aproximándose a mí.
Miré el medallón, que ya no brillaba y luego a los guardianes. Se lo mostré y Dan lo agarró con cuidado.
—Este debe ser el medallón de Nacor, de la familia de Mahkah. ¿Qué está haciendo aquí?
—No lo sé. Es la primera vez que lo veo.
Leví se lo quitó de las manos y lo colocó con cuidado alrededor de mi cuello.
—En cualquier caso, es la herencia de Angie y ella debe llevarlo siempre.— dijo mientras apartaba mi pelo con cuidado y abrochaba el colgante en mi nuca. Yo intenté mirar en otra dirección, estaba demasiado cerca y mi corazón latía como loco. —¿Acabas de hablar con alguien de Gallasteria? —preguntó serio. Noté cómo su respiración me hacía cosquillas mientras sus manos seguían detrás de mi cuello. Parecía hacerlo más despacio a propósito.
—Sí —respondí todavía agitada. —¿Qué significa el nombre de Amira?— pregunté atreviéndome a mirarlo. Él se detuvo por completo y me observó unos segundos antes de retirarse.
—Amira... ¿Dónde has oído ese nombre?
—Baruc me llamó así.
—Así que ha sido Baruc quien se ha comunicado contigo. Era lógico que fuera él. Vuestro vínculo es estrecho, sobre todo desde que llegaste a la tierra a través de su hijo.
—¿Mi padre era su hijo?— pregunté sorprendida. Eso significaba que también tenía un abuelo.
—Sí... más o menos. Es algo distinto de los lazos de sangre que unen a las personas en la tierra. En Gallasteria, un hijo viene a ser un discípulo muy cercano, un aprendiz. Es un vínculo mucho mayor que los lazos de sangre. Un vínculo eterno. Tú te convertiste en alguien especial para él al venir a la tierra como parte de su"linaje" —dijo enfatizando las comillas con los dedos.
—¿Crees que Baruc nos va a ayudar con todo esto? Sería un alivio.— dijo Dan mientras miraba las fotografías de la caja.
—No seas vago y no esperes que Baruc haga tu trabajo— le reprendió Leví. —Él ya tuvo suficiente cuando perdimos a Nacor.
—¿Eso significa que mi padre no está con él en Gallasteria?
Dan y Leví se miraron unos instantes y, con expresiones de consternación, negaron con la cabeza.
—Me temo que Beth y Nacor no están en Gallasteria. —Dijo Leví mirando a Caleb, que tenía los ojos clavados en el suelo y las manos en los bolsillos.
—Tus padres fueron llevados al reino de Marou cuando perdieron la vida —Caleb parecía abatido. —No pude hacer nada por salvaros a los tres.
—No te culpes, Caleb. —Dan trató de animarlo y le puso la mano en el hombro. —Ese maldito Azariel no logró matarla a ella, así que hiciste lo que debías hacer como guardián.
—Mis padres están... ¡tenemos que salvarlos!— exclamé preocupada.
—Angie, es un suicidio entrar en el reino de los desterrados. Pocos han conseguido volver de allí, y que yo sepa, nadie sin secuelas—explicó Leví.
—¡Me da igual!— exclamé sintiendo cómo la desesperación se apoderaba de mí. —Si mis padres están allí, tengo que encontrarlos y salvarlos. No sería capaz de vivir el resto de mi vida sabiendo que ellos se sacrificaron por mí y que yo no soy capaz de esforzarme por salvarlos.
Los guardianes se miraron entre ellos y Dan gruñó mientras se agitaba el pelo.
—Puede ser que haya una manera...
—¡Dan! —le interrumpió Leví. —Es demasiado arriesgado. No estoy dispuesto a...
—¿Hay alguna posibilidad de que salga bien?— inquirí parada frente a Dan agarrándole de la camisa impaciente.
—No sabría decirte, Angie.
—Sólo di sí o no.
—Como ha dicho Leví, el mundo de los desterrados es el reino de Marou y allí él tiene toda la ventaja. No jugamos en casa, así que tendríamos que estar preparados para lo peor.
—Sí o no.
—Puede que sí, pero es una posibilidad muy remota.
—Angie, escúchame...— Leví trató de convencerme.
—¡NO! —le interrumpí. —Si hay alguna posibilidad, lo intentaré, cueste lo que cueste.
—¿Y vas a poner en riesgo tu vida, despreciando el esfuerzo que ellos hicieron por mantenerte a salvo?— Leví también empezó a alzar la voz.
—Entonces ayúdame y protégeme, pero no me detengas.
—No soporto que seas tan tozuda.
—Es que tú eres demasiado protector.
—Si no lo fuera, ya serías historia.
—Pues hasta ahora me he valido muy bien sin ti.
—Porque Azariel no tenía ni idea de dónde estabas.
—¿Y no harías tú lo mismo en mi situación?
—No es lo mismo. Yo tengo un poder del que tú careces.
—Razón de más para que vengas conmigo.
—Angie...
—¡Leví! —no le dejé seguir hablando. —Voy a intentarlo contigo o sin ti, aunque admito que contigo tengo más posibilidades de éxito, así que, si tu deber es protegerme, acompáñame. Si no, déjame.
Vi cómo la respiración de Leví se intensificaba, mientras apretaba los puños con todas sus fuerzas. Probablemente estaba a punto de gritarme, pero en lugar de eso, cerró los ojos hizo un esfuerzo enorme por calmarse y cuando volvió a abrirlos, habló con sosiego forzado.
—Lo siento, pero tú no eres quien decide. Nunca permitiré que te expongas a un peligro así, y esa es mi última palabra.
Se dio la vuelta y salió de la habitación sin darme la oportunidad de replicar, y Dan lo siguió apresurado. Lancé una almohada con rabia en dirección a la puerta por la que habían salido, gruñendo impotente. Debía admitir que sin ellos, no sabía por dónde empezar. ¿Qué podía hacer? Preguntar a Azariel no era ni siquiera una opción, aunque era lo único que se me ocurría. También podía buscar la solución en los libros de los guardianes, pero me llevaría toda la vida y puede que llegara demasiado tarde, así que tampoco era una opción.
Estaba inmersa en mis conjeturas y cavilaciones, cuando me di cuenta de que Caleb seguía allí parado, mirando al suelo con las manos en los bolsillos.
—Si hubiera sido capaz de salvarlos, esto no sería necesario —musitó.
Lo observé unos instantes, ¿Y si él me ayudaba? Tal vez recordaba lo suficiente como para decirme cómo llegar al reino de los desterrados.
—¿Y no crees que si consiguiéramos salvarlos, sería como si nunca hubiera pasado? —Caleb inclinó la cabeza a un lado, intentando averiguar a dónde pretendía llegar. —Vamos, Caleb. Tú y yo juntos podríamos lograrlo.
—¿Salvar a tus padres?
Por un momento pude ver que se lo estaba planteando y mi corazón saltó esperanzado.
—Olvídalo, Angie. Nosotros solos no tenemos nada que hacer. No hay nada en mis recuerdos que nos pueda ayudar a llegar a ellos.
—Ya veo... —musité triste.
Él se adelantó y me abrazó. Sentí la calidez de su cuerpo y su corazón palpitando con fuerza en el pecho.
—No tienes ni idea de cuántas veces he deseado poder hacer esto.
Sonreí.
—Tonto.
—Cada vez que estabas triste y yo no podía hablarte o tocarte...
—¿Acaso has recuperado la memoria?— levanté la cabeza para mirarlo sorprendida.
—Algunas cosas van viniendo a mi mente, como si fueran sueños, pero siguen estando incompletos.
—Eso es maravilloso, Caleb. Poco a poco acabarás por recordar todo y podrás ayudarme a salvarlos...
—Haré todo lo que esté en mi mano para protegerte. Voy a resarcir todo el mal que he hecho hasta ahora, lo prometo.
—Gracias, Caleb. Para mí es muy importante que me apoyes en esto.
Él alzó la mano y la posó con dulzura en mi mejilla. Su frente estaba arrugada con preocupación y sus ojos se veían tristes. Cerré los ojos y puse mi mano sobre la suya. Algo extraño estaba sucediendo en mí. Algo que no sabía cómo explicar, pero que me forzaba a dejarme llevar por una emoción extraña, que parecía ajena a mi propia voluntad.
—Angie, yo...— sentí la suavidad de la respiración de Caleb en mi piel y abrí los ojos. Él estaba tan cerca de mí que sus labios casi rozaban los míos.
Quería apartarme. Sabía que debía hacerlo, pero no lo conseguí. Era como si mi cuerpo y mi mente hubieran empezado a funcionar por separado. Por un momento me asusté, pero la voz de Caleb volvió a llamar mi atención sobre él y las emociones que había producido en mi interior.
—Hay muchas cosas que no recuerdo, pero lo que he tenido claro desde el momento en que te vi bajo la lluvia es que te amo— susurró con suavidad.
Sus labios se fundieron con los míos y, como una explosión de emociones, sentí que todas mis murallas se derrumbaron. ¿Por qué? ¿Por qué me sentía así? No era posible sentir un amor así por dos personas a la vez. ¿De dónde venía esto?
Mis dudas lograron hacerme recobrar la cordura y me aparté. Él me miró espantado.
—¡Lo siento!— exclamó cubriéndose la boca. —No debí... perdóname.
Salió de la habitación de mi abuela con las mejillas sonrojadas y cerró la puerta tras de sí. Yo, que todavía sentía mi corazón palpitar con fuerza, me senté en la cama. ¿Qué demonios había sido eso?
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