Capítulo 10
Un cálido rayo de sol iluminó mi rostro. Ya era por la mañana y me sentía completamente revitalizada. Hacía tiempo que no dormía tan bien. Entonces recordé la noche anterior y me senté apresurada en la cama. Leví no estaba ahí. ¿Lo había soñado? Sin embargo, la manta que había usado para cubrirse estaba perfectamente doblada sobre mi escritorio. No. Habíamos dormido juntos... ¿Cómo iba a mirarlo a la cara? ¿Qué iba a pensar de mí?
El día anterior había sido muy raro. Estaba preocupada por Sarah y Elisa. ¿Seguirían enfadadas? Agradecí que fuera domingo y que no tuviera que verlas, aunque antes o después tendría que afrontar lo sucedido. Ellas eran las que lo habían malinterpretado todo y se habían puesto furiosas... aunque bien pensado, la verdad era mucho peor que sus pensamientos. Tenía a los chicos viviendo en mi casa y a Leví en mi cama... me sonrojé de nuevo. ¡Maldita sea! ¡No podía seguir así!
—Buenos días, dormilona— Dan asomó la cabeza por la puerta con una sonrisa tan radiante como el sol que entraba por la ventana. —¿Preparada para una dura jornada?
—¿Una dura jornada? Pero si es domingo...
—La agenda de hoy está llena, señorita— empezó a hablar fingiendo acento de mayordomo británico mientras se paraba junto a mi cama con gesto estirado. —En primer lugar, esta mañana nos ha citado el consejo de distrito para que les pongamos al día con todo el asunto de Caleb. Además, aprovechando que estamos allí serás, finalmente, sometida a la prueba del tiempo, que, aunque totalmente innecesario a estas alturas, es un protocolo obligatorio. Tienes que desayunar muy bien para tener energía y recuperarte cuanto antes.
—¿De qué va esa prueba?— pregunté insegura.
—Ah...pues... por lo general nos piden que no demos muchos detalles antes de realizar una prueba de éstas... y creo que éste es uno de los pocos casos en los que estoy de acuerdo.
—Eso no me tranquiliza.
Dan me puso la mano en la cabeza y agitó mi pelo.
—No te preocupes de nada. Leví y yo estaremos ahí todo el tiempo.
—Gracias —sonreí. Dan siempre hacía que todo fuera más fácil. ¿Por qué Leví no se parecía un poco más a él?
Salí de la cama y me estiré un poco, y Dan se volteó en seguida.
—En fin, ya te he explicado lo que vamos a hacer hoy. Será mejor que salga y espere a que te adecentes un poco, si quiero que mi cabeza siga sobre los hombros antes de que llegue la noche. —Salió a toda prisa de la habitación y cerró con un golpe seco.
Miré mi viejo pijama. La parte de arriba era un pijama amplio de botones. Alguno de ellos se había desabrochado por las vueltas que daba en la cama, pero él no sabía que debajo estaba usando una camiseta de tirantes. Abajo usaba un pantalón corto oculto bajo la camisa. Quizá pensó que no llevaba nada debajo y lo avergoncé. Me cubrí la cara. ¿Qué habría pensado él? ¿Qué habría pensado Leví cuando le pedí que durmiera conmigo? ¿Qué habría pensado Dan si nos hubiera visto? ¿Qué iban a pensar mis amigas cuando se enterasen? Me iba a volver loca.
Una vez "adecentada", salí de mi cuarto con cautela. No sabía cómo mirarlos a la cara, pero no podía pasar el día encerrada en mi cuarto.
De camino a la cocina, pasé por delante de una habitación donde vi a Leví haciendo ejercicio. Así que el cuerpo que tenían no era "de fábrica". Ya decía yo...
—Buenos... días...— dijo entrecortadamente mientras hacía abdominales en el suelo. Llevaba puesta una camiseta de tirantes blanca que se adhería a cada músculo de su torso. Cielo santo, tener a aquellos chicos allí iba a ser más difícil de lo que había pensado.
—Buenos días— respondí nerviosa. Proseguí mi camino hacia la cocina para buscar algo que desayunar.
Allí estaban Dan y mi abuela conversando alegremente. Entre los dos habían preparado un copioso desayuno y mis tripas rugieron reclamando su ración.
—Buenos días, mi niña. ¿Has dormido bien?— dijo mi abuela sonriente.
No pude evitar sonrojarme al pensar en cómo había pasado la noche. Sin embargo, me llamó la atención la cara de felicidad que tenía.
—Buenos días, Abu. He dormido bien, gracias.
—Yo he dormido relajada por primera vez en mucho tiempo— sonrió.
—Me alegro... ¿A qué se debe?
Mi abuela miró a Dan y sonrió.
—A que ya no soy la única encargada de protegerte. Mi cuerpo está muy debilitado y necesitaba un descanso. Ahora que tengo refuerzos, puedo relajarme un poco.
Me sentí feliz por ella. Si yo tenía que sacrificar mi paz por su tranquilidad, lo haría, sin dudar.
La cita con el consejo de distrito, como lo había llamado Dan, se iba a llevar a cabo en mi instituto. Nunca hubiera imaginado que fuese un lugar tan importante.
Se me hacía extraño estar allí un domingo por la mañana, pero al parecer, era cuando más actividad había, pues había gente que caminaba por todas partes atareada en sus quehaceres.
—No esperaba que hubiera tanta gente aquí en domingo por la mañana— murmuré mientras miraba a una joven cargada de papeles entrando en una sala que ni siquiera me había percatado de que existía.
—Los sábados y los domingos son los días en los que se llevan a cabo reuniones de coordinación e instrucción— explicó Dan. —A veces también se hace entre semana, pero nadie se da cuenta. ¿Nunca te has preguntado quiénes son realmente los alumnos de formación profesional?— sonrió guiñándome un ojo.
—¿En serio?— abrí los ojos sorprendida. Todo aquel mundo era una caja de sorpresas.
Nos paramos frente a una puerta doble y Leví la abrió, dándonos paso. Al entrar, vi una gran mesa rectangular rodeada por gente, algunos de ellos conocidos y otros no. Estaba Don Heredia, el director del instituto, Mr. White y un par de profesoras más, una de ellas era Neftalí, mi profesora de filosofía.
—Bienvenidos a todos— dijo Don Heredia poniéndose en pie con una sonrisa. —Por favor, tomad asiento. —Señaló unas sillas que también rodeaban la gran mesa.
Obedecimos y nos sentamos. Estaba muy nerviosa. Aquello parecía un tribunal listo para juzgarnos. No sabía muy bien cómo tenía que actuar, tenía miedo de decir algo inapropiado que metiera a Caleb en problemas. Entonces mi abuela me agarró de la mano y me guiñó un ojo.
—No te preocupes, mi niña, esta panda de vejestorios son más buenos de lo que parece.
Sus palabras me sacaron una sonrisa, además de reconfortarme. No entendía muy bien por qué yo tenía que estar ahí. Tal vez había hecho algo que no estaba bien. Miré sus caras uno a uno y, aunque todos parecían tranquilos y sonrientes, había uno de ellos que lograba ponerme los pelos de punta. Tenía el pelo blanco y los ojos grises, igual que Caleb, pero tenía una prominente barba y el ceño fruncido, dándole apariencia de un antiguo ser mitológico.
Don Heredia se aclaró la garganta llamando nuestra atención sobre ellos y un hombre que estaba sentado a su lado, se puso en pie y comenzó a leer un papel.
—Acta de la reunión extraordinaria de distrito del día noveno del duodécimo mes. Orden del día: Primero, informe sobre los actos y consecuencias de los mismos, del guardián incorpóreo Caleb y las medidas a llevar a cabo. Segundo, informe sobre la situación actual de la presunta elegida y la verificación de su persona a través de la prueba del tiempo. Tercero, instrucción en cuanto al proceder, según lo escrutado por este consejo. Fin del acta.
El hombre se sentó y Don Heredia me miró por encima de sus estrechas gafas. Yo me encogí y él sonrió.
—Puedes estar tranquila, no vamos a hacerte ningún daño, y tampoco a Caleb. Nuestro propósito no es castigar, a pesar de lo que esto pueda parecer.
—Lo entiendo— respondí,— pero no puedo evitar sentirme abrumada.
Mr. White sonrió y tomó la palabra.
—Angie, relájate. Si nos haces caso, todo será mucho más rápido. Confías en mí, ¿cierto?
Lo miré a él, al resto del consejo y luego a mi abuela, a Dan y a Leví. Todos parecían tranquilos. Mi abuela y Dan sonreían. Realmente no parecía algo tan grave, ¿Por qué, entonces, estaba tan asustada? Asentí.
—¿Podrías empezar describiendo los hechos que te relacionan con tu guardián incorpóreo? —empezó preguntando Heredia— ¿Hace cuánto tiempo que empezaste a verle y por qué crees que decidió hacer algo así?
—Fue un poco antes de conocer a Leví y Dan. Al principio podía oírlo sólo como una voz en mi cabeza, pero después del encuentro que tuve con un desterrado, empecé a verlo.
—¿Tuviste un encuentro con un desterrado? ¿Podrías hablarnos de ese encuentro?
—Yo... —al recordar aquel instante me estremecí. —Caminaba por la calle y lo vi. Tenía miedo y quería salir corriendo, entonces él me susurró que me había encontrado y cuando me giré para mirarlo, ya no estaba.
—Entiendo. —Heredia tomó algunos apuntes y miró al resto del consejo consternado. Después me miró nuevamente y alzó una ceja. —¿Y tuviste algún contacto físico con Caleb en alguna ocasión? ¿Aunque fuese un ligero roce?
—No. Nunca lo permitió.
—¿Consideras que fue responsable en su trato hacia ti y tu prójimo?
Esa pregunta me hizo dudar. ¿Acaso la cena no fue una situación algo temeraria? No estaba segura de cómo responder a esa pregunta, cuando Dan tomó la palabra.
—Señor, si se me permite hablar, la noche que Caleb desapareció, estaba mostrando cierta actitud poco apropiada para un guardián como él, presentando emociones que no están permitidas.
Miré a Dan sorprendida. Siempre pensé que él sólo había estado disfrutando del coqueteo con mis amigas, pero al parecer había estado más atento de lo que pensé.
—Entiendo. Dan, tú fuiste con él a enfrentarte con el desterrado cuando desapareció. ¿Cómo lo describirías durante ese momento?
—Cuando percibimos la presencia del desterrado, todos los sentimientos y las riñas quedaron olvidadas y Caleb y yo salimos para enfrentarnos a él, dejando a Ángela al cuidado de Leví para evitar problemas. Al salir, nos encontramos con un desterrado excepcionalmente poderoso que estaba siendo alimentado por corazones muy heridos y nos fue difícil enfrentarnos a él. De hecho, su poder era muy superior a nada que haya conocido hasta ahora y me sorprendió que unos simples corazones heridos pudieran crear semejante monstruo. Sospecho que su fuente de poder se encuentra en otro lugar.
—¿Cómo desapareció Caleb?
—Una esfera oscura apareció de repente a su alrededor y se lo llevó a él y al desterrado. No dejó rastro.
—¿Una esfera oscura?
—Nunca había visto algo así, señor. Debe de tratarse de algún tipo de portal espacio-temporal. Podría estar en cualquier sitio.
—Ya veo— Don Heredia parecía pensativo. —Esto pinta mal. Un desterrado tan poderoso no es algo habitual. Se llama Azariel, ¿no es así?
—Azariel... —Uno de los integrantes del consejo se quedó pensativo. —Tengo entendido de que es uno de los principales de Marou. Antes de ser corrompido se llamaba Ciro. Era un joven prometedor, asignado como guardián incorpóreo. Se corrompió poco después de recibir la asignación.
—Si él es nuestro enemigo, va a ser difícil de vencer— añadió Dan.—Ayer apenas conseguimos purificar a uno de sus esbirros.
—He solicitado ayuda a Gallasteria, pero de momento no he recibido respuesta.— Heredia suspiró cansado. —Espero que todo esté bien allí.
Pude notar la preocupación inherente en todos los que estaban allí. ¿Qué estaba ocurriendo?
—Está bien, necesitamos deliberar la situación— prosiguió el director volviendo a ponerse en pie. —Mientras tanto podéis preparar a Ángela para la prueba del tiempo en la sala que está acondicionada para ello. Jake, ¿podrías acompañarla? Sus guardianes irán tan pronto como hayamos hablado con ellos.
—Sí, señor.
Mr. White se puso en pie y me indicó que saliera de la sala. Mi abuela nos siguió. Miré a los guardianes antes de salir y Leví estaba cabizbajo, mientras Dan estaba más serio de lo habitual. ¿Había pasado algo malo que yo no sabía?
Seguía Mr. White y a mi abuela y recorrimos los bulliciosos pasillos del instituto hasta llegar a una puerta... una puerta curiosa. Yo la había visto antes ¿o no? Jake la abrió y me dio paso. Me quedé parada sin atreverme a entrar. Estaba todo vacío a excepción de una butaca parecida a la de un dentista en el centro. Las paredes y el suelo eran blancos y nada tenían que ver con el resto del instituto. No había ventanas y tampoco una lámpara en el techo. ¿De dónde demonios provenía la luz?
—Adelante, Ángela.— indicó Mr. White.
—¿Desde cuándo está este lugar aquí?— pregunté asombrada.
El profesor de Inglés sonrió jactancioso.
—Esta sala existe desde que el instituto fue construido, pero gracias a la tecnología de Gallasteria, pasa desapercibido. Si no estás buscándola, nunca la verás.
—Increíble... ¿Y de dónde viene la luz? No veo bombillas, ni ventanas.
—Eso es porque estas son paredes luminiscentes. Brillan directamente con la luz que viene de Gallasteria. Todas las instalaciones de los guardianes, incluidos institutos y universidades, tienen una sala igual.
—¿En serio?
—Claro. La prueba que vamos a hacer es algo muy común y todos los centros deben tener un lugar acondicionado para eso. ¿Estás preparada?
—No lo sé...
Mr. White sonrió y puso su mano sobre mi hombro. Trataba de tranquilizarme, pero el hecho de que nadie hubiera querido darme muchos detalles acerca de la prueba me asustaba más que nada.
—Aquí tienes este camisón. Debes quitarte toda tu ropa, anillos, cadenas, pendientes y ponerte esto. Yo esperaré fuera. Cuando estés lista me avisas.
Tomé el camisón y él salió. Mi abuela también iba a salir, pero la inseguridad se había apoderado de mí y me aterraba quedarme sola.
—Quédate conmigo, Abu...
Ella sonrió y se aproximó a mí.
—Todo irá bien, mi niña. Es como una prueba médica. Puedes estar tranquila.
Me puse el camisón, que era blanco, impoluto, y tenía botones cerrando la parte delantera hasta la cintura. Cuando hube terminado de ponérmelo, Mr. White entró con algunos aparatos en un carrito.
—Bien, Angie, siéntate aquí y relájate— señaló la butaca de dentista—. En cuanto tus guardianes lleguen, podremos comenzar.
El sillón era mucho más cómodo de lo que parecía a simple vista. Mr. White reclinó el respaldo hasta dejarme en una posición casi horizontal. Empezó a desabrochar los botones de mi camisón y yo intenté impedírselo, pero mi abuela me acarició la frente con una sonrisa tranquilizadora.
—Voy a ponerte unos electrodos. —Mr. White alzó un puñado de cables.—Es un poco embarazoso, pero no necesitas descubrirte todo el pecho, si no quieres. Tengo que colocarlos por debajo del seno. ¿Te quedas más tranquila si lo hace tu abuela?
—No, está bien. Haga lo que tenga que hacer— murmuré avergonzada mientras mi abuela me sostenía la mano. No quería que se dieran cuenta de lo asustada que estaba, así que me esforcé por parecer valiente.
Mr. White abrió un poco el camisón y empezó a colocar unas pegatinas en la parte del esternón, y luego fue colocando más por debajo de mi pecho, tratando de que la tela del camisón no descubriese nada. Me estremecí por el contacto frío de sus dedos. Una vez colocadas todas las pegatinas, les enganchó los cables que me había mostrado, tras lo cual, conectó la máquina hacia la que iban los cables, ésta mostró los latidos de mi corazón. Iba demasiado rápido.
—Tienes que tranquilizarte más. Te prometo que todo irá bien. —Mr. White se esforzaba por hacerme sentir bien, pero se me hacía imposible.
—Lo intento...
—Mi niña,— mi abuela me besó en la frente y me acarició la cabeza.—Esto va a terminar muy pronto. En seguida volveremos a casa.
—Sí— dije mientras me visualizaba a mí misma saliendo de allí, y todo había ido bien. Eso me ayudaba y estaba empezando a sentirme más tranquila.
Cerré los ojos y poco a poco empecé a sentir que todo se oscurecía a mi alrededor. Cuando volví a abrirlos, me vi a mí misma acostada en la butaca. Mi abuela sostenía una mano mientras que Mr. White introducía un tubo en la boca de la que estaba ahí haciéndose pasar por mí.
—¿Qué está pasando? ¿Quién es esa?— pregunté, pero fui ignorada.—¿Hola?
Pasé la mano frente a los ojos de Mr. White y, para mi asombro, no me veía. Era como una de esas experiencias cercanas a la muerte sobre las que había escuchado hablar a Elisa. Lo que me llevó a pensar...¿Estaba muerta?
Mr. White siguió conectando tubos y cables a mi cuerpo, sin dejar de observar la máquina que controlaba los latidos de mi corazón. Había latidos, así que no podía estar muerta. ¿Qué estaba pasando entonces? En seguida entraron Leví y Dan y se pararon al lado de mi cuerpo.
—¿Ya habéis empezado?— preguntó Dan sorprendido.
—Estaba muy inquieta y tuve que hacer que se relajara— explicó Mr. White.—Pero ella misma ha entrado en el trance.
—Está bien— dijo Leví mirando alrededor. —Todavía está en esta sala.
Supuse que tampoco podía verme, pero me sorprendió que supiera que yo estaba ahí. Sentí una curiosidad irremediable por él y sus poderes. ¿Qué cosas podía hacer un guardián y dónde quedaban sus límites? En realidad no sabía nada y deseaba con todas las fibras de mi ser poder conocer más, mucho más sobre ellos... sobre él.
Me di cuenta de que podía flotar, así que me elevé hasta pararme frente a él. Me gustaba ver sus ojos tan cerca de los míos. Aunque no me miraba directamente a mí, me recordó al sueño que había tenido y deseé, por alguna extraña razón, ir más allá de lo que había visto. No podían verme, ¿debería atreverme a besarle así?
Se aclaró la garganta y miró en otra dirección. Oportunidad perdida.
Entonces sus pensamientos empezaron a ser tan claros para mí como su propia voz. Eso debía ser lo que le pasaba a Caleb. Estaba nervioso y preocupado. No le gustaba verme ahí tendida. No podía entender porqué se preocupaba tanto por mí, si en realidad me odiaba.
"Yo no te odio, tonta" escuché su voz, pero sus labios no se habían movido.
—¿Leví? ¿Puedes oírme?— pregunté esperanzada.
"Sí. Esta es la razón por la que los guardianes deben estar presentes durante la prueba del tiempo. Estamos aquí para evitar que abandones tu cuerpo y vuelvas a Gallasteria antes de tiempo."
—¿Dan también puede oírme?
"Alto y claro, peque." Esta vez era la voz de Dan la que se escuchaba en mi cabeza. Sonreí admirada. ¿Qué clase de magia era esta?
En ese momento sentí una especie de tirón hacia arriba. Escuché susurros a mi alrededor, pero no entendía qué decían. Había rostros por todas partes. Unos rostros blancos e inexpresivos que clavaban sus ojos en mí. Empecé a sentir un poco de miedo al ver cómo uno de ellos se aproximaba a mí y abrió una boca tan grande que podría haberme tragado entera. De repente, una luz cegadora proveniente del techo de la habitación llamó mi atención y me cubrí los ojos con la mano. A mi alrededor ya no podía ver a nadie más, pues la luz era demasiado brillante. Ya no había rostros blancos, pero tampoco podía ver a los guardianes.
—Amira... —escuché una voz. Otra vez ese nombre. ¿De quién era ese nombre?
—¿Quién eres?— pregunté asustada, todavía sin poder abrir bien los ojos.
Empecé a sentir un vacío en el estómago, como si estuviera desligándome de aquella habitación y me alejara de allí.
—Tú me conoces, pero no me recuerdas— volvió a hablar la voz.
—¿Qué está pasando?— empecé a sentirme un poco alarmada al notar que perdía el control sobre mí misma.
—No te pasará nada malo. Todavía no puedes volver. Ve hacia tus guardianes.
Su voz me infundía una gran paz. Conocía esa voz. No recordaba haberla oído nunca, pero mi corazón latía con fuerza por la emoción de escucharla.
—¿Quién eres?— pregunté de nuevo.
Un hombre se materializó frente a mí. Sonreía con dulzura y me acarició la mejilla. Tenía el cabello largo y negro, los ojos también eran oscuros y su piel era lisa y pálida. Vestía unas ropas claras que me recordaban a las que usaba Caleb. Su expresión serena logró calmarme y me sentí completamente relajada.
—Me ha alegrado volver a verte.
—¿Cómo te llamas?— deseaba poder retener algo de información sobre él, pues sentía que era alguien muy importante para mí.
—Yo soy Baruc. Nos veremos pronto, Amira.
Lentamente se desvaneció y yo sentí un cosquilleo en el estómago que me decía que descendía. La calidez a mi alrededor iba disminuyendo y todo volvía a sentirse frío y vacío.
—Baruc...
Mis ojos estaban cegados con la luz que emitía el techo, que, poco apoco se iba apagando. Con esfuerzo, logré ver unas manos y me aferré a ellas como un ancla que me sostuvo para poder regresar del todo.
—¡Ha vuelto! Está aquí otra vez— la voz de Dan llamó mi atención. Sonaba alarmado. ¿Qué acababa de pasar?
Mi cuerpo seguía tumbado en la butaca, pero había una alarma sonando en la máquina que había junto a mí.
Las manos que me sostenían eran de Leví, que me sostenía preocupado, como si fuera a desaparecer en cualquier momento. Despacio me llevó hasta donde estaba mi cuerpo, que podía sentir cómo me llamaba para que volviera a él. Me necesitaba.
Cuando traté de recostarme sobre el cuerpo, el dolor me expulsó hacia arriba. Podía sentir cómo mi cuerpo sufría por mi ausencia, y al tratar de volver a él, este dolor se traspasó a mí. Era como si estuviera sufriendo por partida doble, al sentir cómo yo misma sufría el dolor de mi cuerpo y cómo el cuerpo se afligía. El impacto de dolor de ambos era sobrecogedor. Entonces, un instante después, dejé de ser consciente de todo.
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