C49: Leamos.

Es tan imperfecta que termina siendo perfecta.
La rueda de la bicicleta que ha dejado caer sigue dando vueltas en el aire mientras una incontrolable sonrisa se extiende en su rostro. Alegría y sorpresa brillan en esos rutilantes ojos que tanto ansié volver a ver.
La última vez que nos vimos en ellos había un dolor demoledor y latente, pero ahora hay una esperanza alentadora. Hay viveza y calidez, hay mucho de eso que vi aquella vez que desperté en el sillón de las Lee y la contemplé escudriñando mi mural en la pared.
Me acerco al borde de la casa rodante y con agilidad y rapidez bajo por la escalera. De un salto estoy sobre mis pies otra vez, enfrentando a la muchacha que parece no haberse movido ni un centímetro. Simplemente está ahí, de pie, sonriendo ampliamente en silencio y observándome como si fuera una especie de sueño o un cachorro tras la vidriera de un PetShop que terminó por enternecerla.
Le sonrío y ella no se mueve. Está inmovilizada y comienzo a preocuparme. Mi ceño se frunce de a poco y vacilo al avanzar.
—¿Zoe? —indago, incitándola a hablar.
No responde.
—¿Bobby te dio algo? —insisto, dando un paso más hacia ella—. Porque si te ofreció un cigarrillo a modo de tranquilizan... —Ella corre, alcanzándome.
Me tambaleo por el repentino impacto y la rodea con mis brazos. Siento los suyos enroscarse alrededor de mi cuello y me río al notar la fuerza con la que se aferra a mí. La levanto sobre sus pies y dejo que su aroma y calidez me envuelvan. Cierro los ojos y saboreo la sensación, su esencia y presencia.
Exhalo con brusquedad y me doy cuenta de lo nervioso y preocupado que estaba de no poder volver a estar así con ella, de no volver a experimentar lo que se siente el estremecimiento que se adueña del cuerpo y hace temblar el corazón al abrazar a alguien que te hace sentir tanto.
—Mucho, te extrañe mucho. —Su respiración es acelerada y sus palabras salen atropelladas—. Gracias por los cuadros y por hacer esto por mí, gracias por esperar y muchísimas gracias por... —la interrumpo separándome de ella lo suficiente para poder mirarla a los ojos.
—Zoe, respira.
Ella asiente conteniendo la respiración y noto que no procesó mis palabras. Deslizo mis manos en sus mejillas, ahuecándolas y riendo ante esa mirada exaltada que la hace abrir los ojos por completo.
—¿Recuerdas cómo respirar? —Sonrío arqueando una ceja y sintiendo sus dedos enroscarse alrededor de mis muñecas mientras me sostiene la mirada.
—Inhalo oxígeno por las vías aéreas superiores y expulso dióxido de carbono, sé como funciona. —Asiente con rapidez—. Lo siento, es que tengo una sobrecarga de cosas por agradecer y no sé cómo decirlas todas jun...
La callo con un beso.
Su agarre en mis muñecas se debilita en el segundo en que atrapo sus labios y sus hombros tensos se relajan al instante, y parece que mi acción desvía o hace desaparecer por completo su enardecimiento. Sonrío contra sus labios y me alejo solo lo suficiente como para volver a mirarnos a los ojos. Ella suspira y traga en silencio.
—Parece que te han disparado media docena de tranquilizantes ahora —comento con perspicacia.
En sus ojos brilla una pizca de diversión mientras aún me toma por las muñecas y yo a ella por las mejillas.
—No son tranquilizantes, es el efecto Blake Hensley —corrige en voz casi inaudible.
Las miradas se entrelazan y el mutismo cae como si fuese un telón dando por finalizado el primer acto, y, cuando se vuelve a levantar, nos encontramos en una escena totalmente diferente: la hilaridad se ha marchado y le ha cedido el lugar a la seriedad.
Estuvimos casi dos meses separados y ambos somos muy conscientes de que el tiempo viene acompañado del extrañar. Exactamente por eso simplemente nos miramos, nos apreciamos e intentamos averiguar si la imagen que tuvimos del otro almacenada en la memoria encaja a la perfección con la persona que está de pie frente a nosotros.
Admiro cada detalle de su rostro, desde sus pecas y palidez hasta esa irregular cicatriz que traza un camino de su sien a su mentón. La armonía de su fisonomía no se desvanece por el simple hecho de tener aquella herida de batalla, sino que se altera, y cuando la miras no ves solo una belleza pulcramente clásica, sino también un rostro que expresa valentía y determinación por seguir avanzando incluso cuando la mayoría da por sentado que no se puede seguir.
—Recibí todos tus cuadros —murmura apartando lentamente mis manos de sus mejillas—, leí cada una de tus frases y la carta.
—¿Demasiado cursi? —indago.
Una pequeña sonrisa tira de sus labios.
—Yo diría que inspirador.
Dejo salir el aliento que no sabía que estaba reteniendo y es ella quien, contra todo lo que tenía planeado, toma mi mano y entrelaza mis dedos con los suyos para luego tirar de mí en dirección al lago.
Zoe no es alguien que sea muy paciente, y ciertamente en esta extraña relación sin etiqueta que tenemos, es ella quien siempre da los primeros pasos. Nunca conocí a alguien que tomara la iniciativa como ella lo hace, sin miedo ni vergüenza, con una seguridad innata.
Es una de la incontable cantidad de cosas que me gustan y sorprenden de Zoella Ryan Murphy Beasley Shepard.
—Eres excepcional, Blake —asegura mientras caminamos, dando un apretón a mi mano. Yo solo soy capaz de observarla en silencio, porque honestamente no sé qué responder a eso—. Y no me refiero únicamente a ti como artista, sino también como persona. —Fija su mirada al frente mientras avanzamos por el sendero de luces y bajo el escrutinio de la luna—. Eres bondad, caballería y arte puro. Estoy segura de que no hay alguien que te conozca y no te describa como un ser digno de ser admirado.
Es extraño que alguien diga cosas tan reflexivas sobre ti, que te alabe y felicite por ser como eres en una fecha que no sea tu cumpleaños o algún otro día especial. A veces la gente se olvida que con solo decir unas cuantas palabras apreciativas hacia alguien —siempre y cuando sean honestas—, uno puede ser capaz de alegrar el día del otro y, a veces, hacerlo percatar de lo maravilloso que es.
Todos necesitamos palabras sinceras en nuestra vida y es obvio que no siempre serán de la clase grata de oír, pero aquellas que sí lo son y que en realidad son menos dichas comparadas con las anteriores se convierten en algo que te impulsa a seguir siendo así como eres, a aseguir mejorando en eso que te caracteriza.
El problema está en que la mayoría de las personas realzan los defectos y se olvidan de las virtudes, y con ello solo siembran negatividad y desdén en lugar de anhelo por el progreso y algo de amor.
—Y sé que no debería haberme marchado así como lo hice, sin siquiera despedirme. —Inhala pausadamente—. Pero significa mucho para mí que hayas podido entenderme y aún más que me esperases sin saber si regresaría o no —confiesa anclando sus ojos en los míos. En ellos brilla una mezcla de arrepentimiento y gratitud mientras nos detenemos a la orilla del lago y tiro suavemente de su mano para que me enfrente—. Pero aquí estoy, dispuesta a seguir leyendo nuestra historia y a disfrutar cada segundo de ella —afirma con una confianza y firmeza renovada, incluso con entusiasmo—. Quiero leerlo todo, y no me detendré por las interrupciones que pueda llegar a haber —dice haciendo referencia a todas las desdichas y obstáculos que debió enfrentar, está enfrentando y enfrentará—, y si lo hago renaudaré la lectura. La única posibilidad de que deje de leer es que Bill Shepard nos descubra en un capítulo no apto para todo público y queme el libro.
—Estoy seguro de que el coach sería capaz —coincido, y pienso que a Elvis le daría un ataque al corazón que ni Akira podría empeorar.
Ella se ríe y sin poder evitarlo estiro mi mano libre y coloco un mechón de cabello tras su oreja.
—Vamos, es mi turno de hablar —animo haciendo un ademán con la cabeza al pequeño bote que se mantiene a flote en el lago.
La ayudo a subir y ninguno emite palabra mientras nos acomodamos sobre los almohadones y las mantas. Sin que le diga nada ella comienza a hurgar dentro de la canasta y se roba unas cuantas uvas. Se las lanza a la boca mientras observa los alrededores, al desprolijo círculo de luces en tierra y a la quietud del agua que se ve interrumpida en cuanto uso un remo para alejarnos de la orilla. Había dos de ellos, pero Mei Ling me robó el otro diciendo algo sobre golpear a Elvis si volvía a confudirla con su gemela y le tocaba una nalga.
Cuanto más la miro más crece mi deseo de volver a tierra e ir por mis materiales de arte para capturarla a ella y a esta mezcla de oscuridad y luz en la que estamos inmersos en un lienzo que dure décadas.
Para un artista es difícil mantener sus manos lejos de un lápiz o un pincel, pero incluso nosotros debemos intentar vivir el momento y no esforzarnos en capturarlo todo a la perfección siempre, porque cuando habremos acabo, lo que sea que hayamos pintado también lo hará. Jamás estará exactamente de la misma forma dos veces.
—Ganamos el partido.
Ella deja de apreciar la imagen y traslada esos brillantes ojos a los míos. Desconcierto y curiosidad se suman a la albricia que hay allí.
—Lo sé, me lo dijeron en la cena —informa apartando las uvas—. Bill dijo que todos, sobre todo Timberg, estuvieron genial. Bueno, todos menos Elvis —recapacita con una pequeña sonrisa.
—¿También te dijo que en los dos primeros cuartos, a excepción del principio, nos fue fatal? —indago.
—Yo... —Frunce el ceño—. No lo sabía, asumí que lo habían hecho bien desde el comienzo.
Sonrío un poco, listo para confesarle lo que no le he podido decir en mucho tiempo.
—No siempre todo marcha constantemente bien o mal, como tampoco cuando marche de una forma comenzará a hacerlo de manera opuesta por un equilibrio cósmico —señalo mientras continúo remando—. Hay algo en medio de ese «bien» y «mal», está el «normal». El partido comenzó así, en modo estándar: nada fue en picada o en subida. —Ella me contempla y oye atenta, ladeando levemente la cabeza—. Entonces, nosotros anotamos primero; sentimos que el juego ya era nuestro, pero luego todo pareció marchar muy mal para el equipo cuando el adversario anotó. Sin embargo, logramos igualarlos en un punto y todo volvió a marchar normal. —Dejo de remar y por un segundo observo la singular manera en que el agua se expande en pequeñas ondas—. De ese «normal» nació el empate, y luego logramos ganar dado que uno de los Sharps anotó un...
—Punto extra —finaliza por mí en voz baja.
Le sostengo la mirada por un par de segundos.
—Exactamente, al igual tú lo hiciste —señalo.
Ella me observa entre extrañada y entusiasmada. Sus ojos rutilan y en ellos, tal como lo hacen en el lago, las luces se reflejan de forma indiscutiblemente fascinante.
—Estás por hacer una declaración de amor, ¿verdad? —Esa sonrisa se ensancha un poco más.
—Tal vez, ¿es ese un problema? —Inquiero divertido por su expresión.
Parece una niña en la mañana de Navidad.
—En absoluto —replica—. Es solo que nunca alguien se me declaró, o por lo menos no de la forma correcta... —Se encoge de hombros, y detesto que tenga que pensar en su última relación, así que me propongo hacerla olvidar de aquel nombre que tanto le costó pronunciar frente a mí. Ella ya no está con Elián y yo no estoy con Mila, ya hemos superado eso. Ahora están solo Zoe y Blake—. Me hace feliz y emociona saber que me he incrustado tan profundamente en el corazón de alguien como para que sea imposible sacarme de allí a excepción de que llegue Bobby con su grúa.
—Ni Bobby con esa grúa ni Bill Shepard con sus amenazas de hacerme volar a Moscú de una patada en el trasero podrían sacarte de allí. —Aseguro, y a hora es ella quien deja que su risa se vuelque en el aire.
—Entonces adelante, Hensley. —Hace un ademán como para dejarme pasar, darme permiso—. Quiero oír mi merecida declaración de amor por meterme bajo tu piel tanto como tú te has metido bajo la mía.
Le sonrío con gracia y niego una y otra vez con la cabeza. Zoe es una caso perdido.
—Mi vida no estaba mal, ¿sabes? —comienzo. Apoyo mis codos en mis rodillas y junto las manos mientras siento mi pecho elevarse ante una inhalación—. Tenía problemas, como todos, pero eso no quitaba el hecho de que tenía a las personas que quería a mi lado, un techo sobre mi cabeza, comida en la mesa, y que estudiaba algo que me apasionaba y a lo que quería dedicarme. Pero, un día, una mala conductora y completa desconocida oriunda de Betland me atropelló con un jeep.
—¿Vas a recordármelo siempre? —Se ríe avergonzada con un tono arrebol decorando su piel.
—Todo el tiempo que estemos juntos —aseguro riéndome con ella—. El hecho es que tu llegada cambió mucho y nada a la vez —prosigo cuando la hilaridad cesa—. Todo seguía igual que siempre, pero repentinamente respirar fue más sencillo. Siempre fui feliz de una forma u otra, al igual que todos aquí. Sin embargo, tú apareciste e hiciste que toda esa alegría se expandiera como una onda expansiva. La intensificaste y la hiciste llegar a más personas. Aliviaste dolores y avivaste todo lo bueno que había en Owercity, todo lo bueno que había en mí.
—Todo lo que hay —corrige casi sin aliento.
La sonrisa ha decaído y ahora sus facciones se cubran con una mezcla indescifrable de sentimientos.
—Contigo aquí los problemas no desaparecieron, pero me enseñaste que no puedo vivir de ellos. Debo seguir avanzando y llevarlos conmigo hasta encontrar la forma de solucionarlos en el camino, pero jamás dejar que se apropien de mi presente. —Me pongo de rodillas frente a ella y acomodo uno de esos mechones color trigo con los que la suave brisa de verano, casi otoño, está jugando—. Y traduciendo todo lo que quiero decirte en términos futbolísticos esto se resumiría en lo siguiente: cuando estás en el campo todos esperan un touchdown, pero a veces olvidan que con un simple punto extra también se puede ganar. —Sus labios se entreabren y sus ojos brillan como nunca lo han hecho—. Y aquí estoy yo, la prueba viviente de que a veces con algo pequeño pero inmensamente significativo, como lo fue conocerte, se puede ganar incluso más de lo que se es capaz de imaginar; lo justo para vencer en un partido y lo necesario para afrontar el siguiente.
Mi corazón late con una tranquilidad que echaba de menos. Estar cerca de ella me trae paz, incluso en momentos de tempestad. Es como si mi cuerpo supiera que si estoy a su lado todo estará bien.
Nos contemplamos mutuamente a solas en medio de la nada misma, pero siento que justo aquí, en este bote en la quietud de un lago lejos de la ciudad, rodeados de luces y bosque, está el centro de todo mi universo.
—Zoella... —comienzo al ver que pasan los segundos y no emite palabra, pero ella me interrumpe con una simple y directa pregunta que nunca tuve la oportunidad de escuchar hasta ahora.
—¿Me quieres, Blake?
Nos sostenemos la mirada en silencio y le respondo de la única forma en que se puede responder a tal cuestionamiento.
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