C32: Hoy.

—Sangre acumulada y atrapada bajo la superficie de la epidermis —examina Akira, rotando bruscamente entre sus manos el rostro de Mila. Su cuello cruje con eso y la castaña abre los ojos de par en par, asustada—. Causa: golpe dado a puño cerrado, impacto de los nudillos contra el pómulo izquierdo de la paciente 004. Consecuencia: rompimiento de los vasos sanguíneos más pequeños, hematoma subcutáneo —informa antes de girar su cabeza nuevamente, esta vez haciendo crujir más huesos—. Tratamiento y conclusión: aplicar una compresa de hielo para que se desinflame la zona afectada y poner una orden de restricción contra Mei Ling Lee, hermana de la presente y futura doctora, Akira Arlet Lee, número de documento...

—Una orden de restricción no le servirá en el infierno —escupe Mei, cruzada de brazos y dejando caer sus botas sobre la mesa ratona.

—Es el segundo golpe que me das en la semana, si alguien se irá al infierno serás tú —se queja la castaña, cerrando los ojos adolorida mientras toca su pómulo.

—¿Es que acaso soy el único que no está pensando en las llamas del infierno y sí en las películas en donde las personas que reciben mensajes de desconocidos terminan muertas? —inquiere Dave con el ceño fruncido, observándonos preocupado—. Y ojalá estuviéramos hablando de una película romántica de Julia Roberts y no de una basada en una historia de Stephen King y su brillante mente demoníaca.  

Muchas cosas pueden pasar en quince minutos, como por ejemplo un Touchdown seguido de una pelea en cuanto Mei Ling vio a Mila en el estadio. Tras esto un traslado hasta la casa de las hermanas Lee en el cual un millón de preguntas fueron hechas, y, lo más importante, respondidas.

Nadie conoce la completa historia de Mila y Blake a excepción de mí. Mei conoce la mitad, y en cuanto empezó a acusar a la castaña de haber regresado a Owercity únicamente para recuperar a Hensley  tras haberlo hecho sufrir —cosa que ella no permitiría—, me vi obligada a contar la verdad. 

Sin embargo, no lo hice sola.

Todos comenzaron a mirar mal a Mila en cuanto Mei Ling dejó salir su versión de los hechos, y no fue hasta que la puerta de la casa se cerró y todos nos vimos a los ojos que el número treinta y uno dio un paso adelante y contó por qué rompió con ella y qué ocurrió después: el accidente del que habían sido protagonistas Larson y Wendell, los mensajes, la mudanza a Seattle y cómo esto lo afectó económica y futbolísticamente hablando.
Mientras lo escuchaba mi corazón se hinchaba dentro de mi caja torácica. Soy consciente de lo mucho que le cuesta abrirse, contar a otros sus problemas en lugar de guardarlos en los más recónditos lugares de su pecho. Se volvió transparente para que sus amigos pudieran ver a través de él, y con ello que dejaran de juzgar las acciones de Mila. 

Una chica normal se hubiera molestado en mi lugar. La hubiera herido que él defendiera a su ex con tanta avidez, los celos la hubieran vuelto loca en el momento en que Hensley miró hacia Mila desde el campo y fue lo que lo impulsó a anotar. Probablemente, si fuera otra mujer la que estuviera en mi cuerpo, hubiera ayudado a Mei Ling a llenar de hematomas esa epidermis de porcelana que luce la recién llegada de Seattle.

Pero yo soy Zoella Ryan Murphy, no una chica normal.

Desde pequeña mi hermano me enseñó que siempre debo ponerme en los zapatos de los demás, y no sólo para ver desde su perspectiva la situación, sino también para sentir y pensar como ellos lo harían, y así llegar a entenderlos. Nunca lograrás comprender a los demás si no intentas ver el mundo como ellos lo hacen, si eres incapaz de cerrar los ojos por un segundo e imaginar cómo se sienten los golpes que la vida les lanzó, dijo una vez.

Por lo tanto me he puesto en los zapatos de esa chica y ahora soy capaz de decir lo siguiente: no me hiere que la defienda, sino que me enorgullece que lo haga con tanta pasión. Hensley solamente está demostrando que juzgar las acciones sin conocer los motivos está mal, les está dando a todos una lista de razones para que dejen de hacerlo. ¿Y qué hay de los celos? Hace poco me admití a mi misma que me gustaba, que lo hace de una forma en que nadie nunca lo ha hecho, y si por algo me atrae Blake es porque tiene un corazón que no se asemeja al de nadie más. Un corazón que, a pesar de estar maltratado y desgarrado por su pasado, se esfuerza por seguir latiendo en el presente.

¿Qué clase de persona sería si sintiera celos porque él logró encontrar algo de paz? Lo vi con mis propios ojos, en ese instante en que nos vio a ambas, y supe tan bien como él que sus problemas del ayer tenían una solución en el presente. 

Él se negaba jugar al fútbol porque sentía que no debería disfrutar de eso que lo apasionaba mientras Mila sufría, y si no fuera porque convencí a dicha persona de ir al juego conmigo, probablemente él no hubiera logrado alzar a los Sharps con la victoria. Hensley necesitaba un cierre, y ver a Mila sonreír lo hizo darse cuenta de que ya podía comenzar a amar el deporte otra vez. Ya podía dejar de pensar en ella por culpa, ya podía dejarla ir en su totalidad. 

Ya no necesitaba alejarse de la felicidad por culpa del remordimiento. 

Ya podía abrir su corazón hacia alguien más.

Conozco al número treinta y uno, y no pensaría todas estas cosas si no estuviera segura de que son la más pura verdad. Y, volviendo a la realidad, en cuanto confesó a nuestros amigos todo eso que había mantenido en secreto, de alguna forma me dio coraje para contar mi propia historia.

No les conté sobre la astrafobia ni su origen, tampoco de mi pasado, pero sí sobre los mensajes que había estado recibiendo, los que eran idénticos a los que le llegaban a Mila.

—Esto es un código negro —susurra Shane dejándose caer en el sofá con ojos abiertos como platos, atónito por la historia—. ¡Un jodido código negro!

—¿Y tienen alguna sospecha sobre quién puede ser el emisor de los textos? —pregunta Steve, frunciendo el ceño de forma intranquila—. Porque espero que ese ser humano se caduque pronto.

—Si lo supiéramos ya lo habría hecho caducar con mis propias manos —acota Hensley en voz baja, cruzándose de brazos junto a Dave. 

Sé que estamos hablando de algo de suma importancia, pero por un segundo me permito admirar cómo le queda el uniforme, el cual ninguno de los Sharps ha tenido tiempo de quitarse. Kansas solía decir que lo mejor del fútbol americano es la vestimenta de los jugadores, en especial lo ajustados que son los pantalones.

Cuando era niña no le entendía, y pensaba que miraba los pantalones de los Jaguars porque le gustaban tanto que quería comprarse unos iguales.

Dulce e inocente Zoe, ahora sabes por qué se la pasaba mirándolos.

—No lo entiendo, ¿por qué alguien le enviaría esa clase de mensajes a Zoe? —Elvis se pasea por la habitación de forma pensativa, armando teorías conspirativas
—. Si fuera un libro ella sería el personaje que rezas para que el escritor no mate, me cuesta creer que alguien quiera hacerle daño.

—A diferencias de los villanos. —Mei Ling hace un ademán hacia Mila, sonriendo con petulancia.

—No soy el villano en esta historia —replica ella, alejando suavemente la mano de Glimmer, quien presiona la compresa contra su pómulo—. Sé que no te agrado, y entiendo tus motivos a pesar de que no concuerdo con ellos, pero no estoy aquí para caerte bien. Tengo un propósito.

—¿A qué se refiere la zorra? —La chica gótica mira a Blake en busca de una respuesta, ignorándola.

—Mila no sólo volvió para devolverle el dinero a Blake —me adelanto, y los ojos de Hensley se anclan en los míos con un brillo de arrepentimiento.

Cuando la señora MacQuiod me pasó el teléfono de su oficina no esperaba que la recepcionsita me dijera que tenía visitas. Al salir del ascensor y encontrarme cara a cara con la chica cuyo nombre me era tan familiar no supe qué pensar. Por un momento creí que venía a hablar por lo que ocurrió con Kassian, pero en cuanto me sonrío con una tristeza más que notable tuve una corazonada que pronto se volvió realidad.

Misteriosamente, tras más de un año, los mensajes volvieron a llegar a su teléfono. Entre ellos uno más que particular: Encuentra a Zoe Murphy y detendré la función.

Cuando Blake y yo estuvimos sobre el techo de la casa rodante él dijo que ella había regresado por más de un motivo, y este fue confesado por los propios labios de Mila.

—¿Y cómo descubrimos quién es este posible criminal y anti-fashionista? —indaga Ingrid. Louis Vuitton, quien es cargado por su dueña, se inclina y lame el brazo de Steve. Él hace un mueca de asco antes de dar un paso a la izquierda, observando con desconfianza al can—. Porque estoy segura de que de fashion los acosadores no tienen nada —añade dando un paso hacia Timberg, y a pesar de que nos está mirando a nosotros, soy consciente de que lo hace a propósito. Incluso me sonríe cuando el chihuahua vuelve a sacar su lengua para atacar al quarterback.

—Creo que esa es una pregunta que intentaremos contestar mañana —dice Akira observando su reloj—. Ya es tarde, los muchachos apestan, y no se puede pensar en posibles sospechosos con este agotamiento mental —señala poniendo las manos en jarras—. Además, a Elvis y a mí nos queda una hora y seis minutos para tener sexo escandaloso antes de que termine el domingo, así que doy por terminada esta reunión.

—¡¿Cómo puedes pensar en el placer carnal en un momento como este, mujer?! —Se exaspera el estudiante de literatura—. ¡Estamos casi en la parte más interesante de la historia!

—La historia no irá a ninguna parte, pero tus pantalones sí. —La futura doctora lo alcanza y tira del cuello de su camiseta hacia la cocina, con urgencia—. ¡El que quiera un vaso de agua que tome del baño por los siguientes 3.972 segundos!

—Técnicamente son 3.934 segundos ahora —corrijo, y en cuanto todos los pares de ojos caen en mí me encojo de hombros, sonriendo y sintiendo el rubor extendiéndose por mis mejillas.

—¿A dónde crees que estás yendo a esta hora, Blake?

Me giro en medio del corredor para encontrar a Glimmer con una mano en su cadera, arqueando una ceja en mi dirección.

—Eso mismo me estaba preguntando. —Me sobresalto al oír a Mei Ling a mis espaldas, obstruyéndome el paso hacia las escaleras que conducen a la habitación de Zoe.

—Estás retrasando mi sueño de belleza, será mejor que tengas una buena excusa —dice Ingrid tras abrir la puerta de su recámara de golpe, a mi derecha, cargando a Louis Vuitton bajo su brazo.

Llevan pijamas de Victoria's Secret a juego.

—¿Voy a hablar con Zoella? —No sé por qué parece que les estoy pidiendo permiso.

—¡Alto ahí, vaquero! —La puerta de la izquierda se abre de golpe, y ahora me encuentro rodeado.

Akira sale del baño envuelta en la cortina de la ducha en lugar de una toalla, y sobre su hombro se asoma Elvis, quien con una mano se cepilla los dientes y con la otra sostiene contra sus partes íntimas lo que reconozco como uno de cuadros del tocador.

¿No lo estaban haciendo en la cocina cuando me fui hace media hora?

—¿Qué? Nos olvidamos de lavar los toallones, ¿algún problema con eso, Hensley? —espeta Mei, defendiendo a su hermana y —lo más sorprendente de todo—, a Elvis.

Para que Mei Ling diga algo a favor del número cuarenta y dos debe estar lo suficientemente enojada conmigo.

—¿Recuerda aquella noche, cuando llegué de Italia, y me ofreciste dormir en tu casa rodante porque este par de anti-fashionistas y desconsiderados amigos se olvidaron que regresaba y se fueron a la cama sin dejarme la llave bajo la maceta? —Asiento hacia la rubia, cuyos ojos azules se estrechan sobre mí mientras ladea la cabeza—. ¿También recuerdas que me prestaste una camiseta para que no tuviera que desarmar la maleta, me cediste la cama, y dormiste envuelto en una manta en el piso? —Vuelvo a asentir—. De acuerdo, espero que vuelvas a dormir en el suelo esta noche mientras alojas a Mila en tu casa con ruedas —añade entre dientes.

Y entonces comprendo qué le pasa a estas muchachas.

Y a Elvis, quien al verme sonríe con pasta dental chorreando de su boca y formando una espesa barba blanca en su mandíbula. Luce como Santa Claus.

—Escúchame con atención, Blake. —Me giro hacia Glimmer, quien inhala hondo y me señala con su dedo índice antes de hablar con voz por demás de suave—. Te adoro, eres uno de los mejores seres humanos que conozco, pero en este momento eres un verdadero...

—Imbécil —concluye Akira—. ¿Cómo se te ocurre invitar a dormir a tu ex a tu casa justo frente a Zoe? Si Bill Shepard te hubiera visto haciendo eso y luego hubiera visto la mirada en los ojos de la forastera probablemente ya te hubiera hecho desaparecer de la faz de la Tierra.

—Mila no tiene dónde quedarse, y ya es tarde —explico.

—Para algo existen los hoteles de cinco estrellas con servicio a la habitación. —Ingrid rueda los ojos.

—Ustedes están malinterpretando la situación... —intento explicar, pero Mei Ling se me adelanta.

—¿Es que acaso no te has dado cuenta aún, Hensley? —Sus ojos negros se fijan con mí con exasperación y enfado—. Le gustas a esa chica, y lo peor que podrías haber hecho es exactamente lo que hiciste: invitar a pasar la noche contigo a la zorra de Seattle. —Se cruza de brazos—. La chica arcoíris no merece presenciar esa clase de mierda de tu parte, y a pesar de que no la soporto, la tolero más de lo que alguna vez toleraré a Mila. No importa lo víctima que sea tu ex, ella te hizo pasar por un infierno económico y emocional, y por eso merece arder junto a Satán.

Cierro los ojos y exhalo con lentitud antes de volver a abrirlos y arquear una ceja en su dirección. Paso por su lado y subo las escaleras hacia el ático oyéndolas protestar y maldecirme, entonces, cuando ya estoy por abrir la puerta, me giro y veo todos esos ceños fruncidos.

—¿Preston fue el único que se dio cuenta que estoy cargando una bolsa de dormir? —inquiero, y los rostros indignados y enfurecidos se convierten en unos desconcertados—. Que le haya prestado mi cama a Mila por una noche no implica que vaya a dormir con ella, solamente fui hospitalario —explico, encogiéndome de hombros—. En realidad, tenía planeado dormir junto a la cama de Zoe hoy, si es que Gloria no termina por comerme o ustedes por aniquilarme sin motivo aparente.

Toco la puerta y la atravieso sin esperar por la contestación, entonces oigo a las cuatro chicas golpeando a Elvis, todas reprochándole al unísono:—¡¿Por qué no nos avisaste que tenía un bolsa de dormir, Preston?!

Cierro la puerta.

Tengo a alguien a quien agradecer.

—Podría haber estado desnuda —se queja frente a mí, cruzándose de brazos y dejando que sus labios se curven hacia arriba con diversión.

—Se que sonará más que vulgar, pero lamentablemente no lo estás —murmuro con seriedad, únicamente para lograr que sus mejillas y cuello se tiñan de un suave color escarlata.

Cuando la dibujo en algún trozo de papel suelo difuminar más de tres tonalidades de rosado allí, para lograr el efecto del rubor. Sin embargo, a pesar de que me guste el resultado, jamás podría compararse a lo que es ver el sonrojo trayendo color a su piel con mis propios ojos.

Sé que ha oído toda la conversación que tuve con sus compañeros de casa, y por lo tanto no trato de explicarme en cuanto su mirada cae en el saco de dormir.

—Aún no me acostumbro a tu lado lujurioso, desvergonzado y directo. —Se ríe antes de dar media vuelta y encaminarse a la cama—. Y que te presentes en mi habitación para dormir dentro de las mismas cuatro paredes que yo resulta arriesgado de tu parte, ¿qué si me negaba a que te quedaras? ¿Qué hubieras hecho? —Se deja caer en el colchón para inclinarse en el borde, con sus codos en sus rodillas y una ceja enarcada en mi dirección.

—¿Estás diciendo que puedo quedarme entonces?—inquiero analizando sus palabras.

—Ibas a hacerlo de todos modos, ¿verdad?

Reprimo una sonrisa y guardo silencio. 

La lámpara sobre la mesa de noche es la única que está encendida, y por lo tanto es su luminosidad y un poco de la luz brindada por la luna las que forman sombras a su alrededor. Sobre la cama, justo detrás de ella, la ventana circular muestra el satélite junto con unas pocas estrellas distribuidas en un manto oscuro a la distancia.
Mi corazón comienza a desacelerar sus latidos la contemplar la imagen. Correría hacia mi casa rodante por mis pinceles y acuarelas si pudiera, pero temo moverme y perderme un segundo del momento. Así que intento memorizarlo todo, porque jamás me perdonaría ser espectador de tan cotidiana pero excepcional vista y no intentar recrearla con mis propias manos.

Ningún artista se lo permitiría.

Me acerco y estiro la bolsa de dormir junto a la cama antes de sentarme sobre ella. Alzo un poco la cabeza para mirarla desde donde estoy y me sorprende no encontrarla sonriendo.

—No me arrepiento de haberla llevado al partido, mucho menos de haber escuchado su historia —asegura en voz baja, desmintiendo que la mirada cargada de tristeza de la que fueron testigos Ingrid, Glimmer y las hermanas Lee fuera por Mila—. No me siento celosa de ella, tampoco le tengo algún tipo de rencor u odio. —Sus palabras son suaves, decoradas con empatía—. Simplemente siento pena por ella por haber estado huyendo por tanto tiempo de la misma pesadilla que yo.

Sus piernas al desnudo están a sólo una mano de distancia, y como aún se apoya sobre sus rodillas su boca está lo suficientemente cerca como para permitirme sentir su aliento rozando mis propios labios.

—Nos despertamos de todos los sueños, y también de cada pesadilla. Ninguno de ellos es eterno, Zoella.

Ella baja la mirada mientras juega inquieta con las coloridas pulseras en sus muñecas.

—Cuando te vi anotar en el campo creí que era un sueño. —Frunce el ceño, pensativa—. Y si lo era... si lo es, tendrás que encontrar la forma para que nunca llegue a su fin, Hensley —advierte, con la alegría y el ánimo comenzando a filtrarse a través de su voz.

Me mira directamente a los ojos, y entonces sonríe un poco.

—Creo que la vida también se basa en otro tipo de sueños y pesadillas. Sólo que aquí no puedes despertar, y en su lugar debes hacer que se detengan —reflexiono, y dejo que las yemas de mis dedos rocen su tobillo. Pronto mi mano se envuelve de forma floja a su alrededor, y mi pulgar comienza a trazar un patrón sobre la piel. Ella deja caer los párpados por un segundo, disfrutando del tacto—. Tú detuviste la pesadilla por mí, y estoy agradecido por eso.

Necesitaba a Mila. Si quería seguir con mi vida sin que nada me atase al pasado era necesario ver con mis propios ojos que ella se encontraba bien, y no bastó con la conversación que tuvimos tras su aparición en la OCU con Kassian. Verla en el campo, sonriendo como solía hacerlo cuando estaba en la preparatoria... eso sí lo fue.

Dejé de disfrutar el fútbol cuando ella se marchó y comencé a creer que si ella no era feliz yo tampoco debía serlo. Odiaba que el balón cayera en mis manos porque lo extrañaba demasiado, detestaba tener que anotar porque sentía la culpa una vez que la euforia y la alegría arrasaban con mi cuerpo.

Verla apoyándome en la tribuna, como en los viejos tiempo, fue el botón que se necesitaba oprimir para que la valla que me separaba del deporte se levantara.

—Ya no siento nada por Mila, Zoe. —Algo me impulsa a decirlo en voz alta, pero no estoy seguro de qué.

—Lo sé, Blake. —Mi nombre es dicho como si fuera el final de una canción, un susurro cargado de sentimiento—. ¿Y sabes qué más sé? —inquiere inclinándose para tomar la mano que acaricia su tobillo y llevarla a su regazo, sobre la falda de su característico vestido de flores. Ella acuna mi mano entre las suyas, las cuales lucen frágiles y pequeñas, y la delicadeza del tacto me obliga a inhalar despacio. ¿Es posible que logre paralizar mi corazón con un simple roce?

—¿Que Vincent van Gogh falleció un 30 de julio? —intento adivinar.

—En realidad murió el 29 de julio 1890 y lo enterraron el 30 en el cementerio Auvers su Oise, en Francia —corrige de forma inmediata, riéndo—. Pero no era a lo que me refería. —Entrelaza sus dedos con los míos y entonces se recuesta de lado, subiendo las piernas al colchón y mirándome desde el borde de la cama.

Imito su gesto, y pronto estoy sobre mi espalda en la bolsa de dormir, con un brazo flexionado bajo mi cabeza y con mi mano aún libre sujetando la suya.

Su cicatriz queda al descubierto y su cabello del color del trigo enmarca la lividez de su rostro. El único color intenso que parece haber en la imagen es el de sus ojos: no son tan oscuros como el océano, pero tampoco tan claros como un cielo despejado. Son una fusión de ambos, lo que sea que haya entre el cielo y las costas.

—No sientes nada que no sea más que aprecio por Mila —reconoce—, pero sé, estoy casi segura... —Presiona su mejilla contra el colchón y toma una bocana de aire, una que infla su pecho con cierto vacilamiento—. Doy por hecho que sí sientes algo más por mí.

Guardo silencio, pero no lo niego.

En su lugar, le sonrío.

—Buenas noches, Zoella.

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