C30: Ríete.

—¿En verdad es escritor? —indago cerrando la puerta con suavidad.

—No se dedica a eso, es más bien un pasatiempo —responde mientras se acerca al terrario para que Gloria se deslice dentro de él—. Él fue a la universidad, pero la carrera para la que había estudiado era tan extraña que no consiguió trabajo de ello. Sigue siendo extraña, en realidad. Ser coach fue su segunda opción —explica observando a la serpiente enroscando su cola alrededor de su brazo. Zoe le lanza una mirada de reproche, como si fuera su madre diciéndole que es hora de dormir. Supongo que en una tétrica manera lo es.—. Bill tiene un título universitario que no usa, como tú una habilidad para el deporte a la que no le sacas provecho.

—¿Qué estudió? —pregunto metiendo las manos en los bolsillos delanteros de mis jeans, decidiendo ignorar la última parte. No quiero pensar en el juego del domingo, eso únicamente logrará sacar todas mis inseguridades a la luz nuevamente.

—No estoy segura. —Frunce el ceño mientras Gloria la deja ir—. ¿Recuerdas a a la cuñada de Steve y madre de Tyra? Bueno, recuérdame preguntarle de qué trabaja la próxima vez que la vea.

—¿Por qué no le preguntas directamente al entrenador? —Me gusta la forma en que arruga la nariz cuando no sabe algo, lo cual es realmente extraño dado que hablamos de una genio del siglo XXI.

—Porque es un Shepard —dice, como si eso lo resumiera absolutamente todo—. No te dará la respuesta, querrá presenciar cómo te afloran las neuronas por las orejas. —Ríe mientras se deja caer en la cama de dos plazas que hay en medio del ático—. Es malévolo, ¿acaso no te has dado cuenta aún?

—Yo creo que tiene mal temperamento. —Ella ladea la cabeza y sonríe, yo camino ida y vuelta por el pequeño espacio, buscando otro adjetivo para el hombre—. Y protector, más de lo normal. —Recuerdo a los Jaguars liderados por Bill entrando al vestuario y añado:—También intimidante si tenemos en cuenta que tiene un ejército de, en su mayoría, ex jugadores de Betland. Por no contar a aquellos que siguen jugando y tienen el físico adecuado para sentarse sobre tu cabeza y hacer de tu cerebro polvo.

—Él siempre fue algo protector con Kansas. —Se apoya contra la cabecera de la cama y rodea las rodillas con sus brazos. La ventana circular sobre ella muestra una luna creciente, acompañada de unas pocas estrellas visibles. Verla me trae a la memoria uno de sus primeros días en Owercity, cuando la tempestad arribó. Zoe estaba desesperada por cerrar la ventana que ahora se muestra abierta sobre ella, dejando entrar la brisa de verano y, en el pasado, el sonido de decenas de truenos—. Sin embargo, se excede un poco conmigo. Creo que se debe a mi tendencia de atraer problemas.

—¿Yo soy un problema?

Ella clava esos inusuales ojos en mí, observándome con detenimiento. Muerde su labio inferior para ocultar una sonrisa, pero es inútil; puedo ver sus comisuras elevándose, su mirada destellando con vergüenza.

—En lo que a Bill Shepard respecta lo eres —aclara, y dejo de caminar para arquear una ceja en su dirección.

—No soy un mal tipo, creo. —Me encojo de hombros, intentando defenderme.

—Ojalá se tratara de buenos o malos tipos —lo dice de forma ligera, pero reconozco el peso que acarrean las palabras—. Adam también es bueno, pero eso nunca impidió que intentara alejarlo de mí cuando era niña. —El primo del locutor, recuerdo. Me agrada que Zoe tenga un amigo como él, parece mucho más cuerdo de lo que lo están los amigos que ha hecho aquí—. Creo que todo se intensificó cuando mamá murió. Bill, sea mujer u hombre, bueno o malo, trató de mantener a todos aquellos que no fueran parte de la familia lejos de mí. —Su voz se torna más suave, y mis zapatos hacen crujir la madera en cuanto camino hasta el borde de la cama, sentándome y enfrentándola—. Nunca me dijo por qué, pero no hizo falta. Sabía que él no quería que me miraran con lástima, que le asustaba que cualquier palabra que fueran a decirme terminara por hacerme desmoronar. Cuando fueron pasando los meses, a pesar de que a primera vista pareciera ilógico, su costumbre se reforzó. Temía que cualquiera entrara a mi vida y removiera algo en mí, incluido el pasado, y, sobre todo, que perturbara la paz que  parecía haber encontrado tras lo de
mamá.

—No creo que se lo hayas puesto muy fácil —deduzco.

Desearía ver su rostro dibujado en papel, porque podría borrar la tristeza de sus ojos y dibujar algo más propio de ella en su lugar: alegría, asombro, su tan característico entusiasmo...

—Con decirte que me mudé aquí contra sus deseos es más que suficiente. —Sonríe, pero dicha sonrisa no alcanza sus ojos—. No iba a perder la posibilidad de conocer a personas tan... tan peculiares y especiales por miedo a que me hicieran remover viejos recuerdos, como estás haciendo justo ahora. —Señala con cierta gracia—. Y sé que dirás que no tengo que hablar de mi madre si no quiero, pero...

—...Te hace bien hacerlo —completo—. Nos prohibimos hablar en voz alta de muchas cosas, pero a veces darle sonido a los pensamientos resulta mejor que mantenerlos bajo llave. —Pienso en lo disfuncional que se volvió mi familia cuando mi padre falleció—. Hablar contigo sobre lo que no hablo con nadie se siente malditamente bien. —Una risa escapa de sus labios por la maldición—. Perdón por la expresión, pero no encontré mejor forma de describirlo.

—Hablar contigo también se siente... frijolamente bien.

Nunca había oído un sinónimo de maldición como ese.

No puedo evitar reírme, y hacerlo se siente tan raro como grato. Me da gracia su dulzura y torpeza, su educación al hablar. Así que río, me río porque, por primera vez en mucho tiempo, la risa nace desde el fondo de mi garganta y es tan auténtica como inesperada. Hace retumbar mis órganos, vibrar mi corazón. No recuerdo cuándo fue la última vez que alguien me hizo reír.

Poco a poco dejo de hacerlo, y ese sentimiento de satisfacción tras la hilaridad se queda adherido a mi pecho, aferrándose a él y recordándome que debería reír más seguido.

Ella me mira en silencio, con los labios ligeramente separados. Una mezcla de estupefacción y admiración decoran esas suaves facciones que he dibujado y pintado en decenas y decenas de maneras y colores.

—No te detengas —pide decepcionada y ciertamente desesperada, o eso se puede notar por la forma en que las palabras salen demasiado rápido una tras la otra y por la manera en que frunce el ceño—. Eso fue tan... —Sacude la cabeza, comenzando a sonreír—. Sólo sigue haciéndolo.

—No puedas obligarme a reír, Zoe —digo llevando incoscientemente mi mano a mi pecho. La sensación sigue allí, y cuesta explicar lo mucho que puedes extrañar algo que podrías hacer todos los días pero que, ya sea por olvido o las circunstancias, no te permites hacer.

—Soy una gran comediante —advierte, con su ánimo subiendo poco a poco.

—Cuéntame un chiste.

—Contar un chiste no te hace comediante, Hensley. No teniendo en cuenta que la mayoría de las personas hacen chistes malos, incluyéndome. ¿Y lo peor de todo? La audiencia ni siquiera se ríe por pena de mis bromas ecologistas. —Gatea a través del colchón y se sienta sobre sus talones al llegar a estar a poco espacio de distancia de mí—. Hacer reír a la gente, cualquiera sea la forma, es lo que te hace comediante. —Entonces, sin previo aviso, me rodea el cuello con los brazos y tira de mí hacia abajo.

Apoyo los antebrazos en el colchón a tiempo, antes de dejar caer todo mi peso sobre ella y aplastarla. Cada músculo de mi cuerpo se tensa mientras mi respiración se vuelve cada vez más pesada, y entonces la miro, inmóvil desde donde estoy: su cabello del propio color del sol se extiende como un abanico sobre las sábanas, sus mejillas se ven teñidas de un ligero color escarlata bajo la luz de lámpara que hay sobre su escritorio, sus labios permanecen oprimidos en una sonrisa ligeramente traviesa y en sus ojos se vislumbra algo realmente indescifrable.

Mi pecho roza el suyo con cada inhalación, y siento el ardor extendiéndose por mi caja torácica y envolviendo al encargado de bombear sangre a cada centímetro de mi cuerpo. Mi corazón, ante su repentino movimiento, saltó contra mis costillas. Sin embargo, mientras más la miro más se relaja; los latidos siguen siendo fuertes, pero más lentos y rítmicos.

Siento las yemas de sus dedos rozando la piel expuesta de mi nuca, deslizándose hacia mi cabello. Quiero cerrar los ojos, quiero disfrutar de la extraña y ciertamente reconfortante forma en juega con las hebras. Pero no puedo, no soy capaz de dejar de mirarla con una mezcla de estupefacción, fascinación e intriga.

—Zoella... —comienzo, esforzándome para que mi voz salga lo más relajada posible—. Creo que nuestros diccionarios mentales no comparten el mismo significado de «reír».

Nos observamos en silencio y su sonrisa se va desvaneciendo de a poco mientras nos sostenemos la mirada. Sé que está sintiendo la presión de mi cuerpo sobre el suyo, o por lo menos lo siente desde estómago hasta la punta de los pies. Eso la pone nerviosa, lo noto porque sus dedos se quedan paralizados en mi cabello.

Examino su rostro, desde la suave curva de sus pestañas hasta las irregularidades de su cicatriz. No podría verse más alucinante, lucir como si estuviera hecha para embelesar a cualquier que se atreviera a mirarla.

Entonces su sonrisa regresa: dulce, lenta y cargada de satisfacción. Intento ocultar el hecho de que mis comisuras se están curvando hacia arriba también, pero no es necesario hacerlo cuando la oigo.

Se tira un gas.

Un ruidoso y pestilente gas.

—¡Te dije que era comediante! —Lágrimas de risa cristalizan sus ojos mientras me tapo la nariz y ruedo fuera de la cama, sin ser capaz de parar de reír.

Si te gusta alguien no lo atropelles.

No lo escupas.

No te tires un gas frente a él y arruines el momento.

Esos serían los consejos básicos que seguiría cualquiera, pero no es mi caso.

¿Por qué no podría por accidente atropellar a alguien? Soy un Homo Sapiens sapiens, comento errores. ¿Por qué no debería escupirlo? A pesar de que reconozco que fue ligeramente asqueroso lo hice por una buena razón: hacerlo sonreír, y funcionó. Y, por último pero no menos importantes, ¿por qué no puedo dejar salir una ventosidad? Es lo más normal del mundo, y a pesar de que crean que soy maleducada, todas las parejas o amigos en algún punto se encuentran en una situación incómoda por un gas. ¿Por qué esperar? Lo hubiera oído de todas formas alguna vez si seguimos siendo cercanos, ¿y por qué no convertir esa futura incomodidad en una causa de diversión ahora?

Atropello, escupo y me lanzo gases frente a la gente. No hay nada más habitual que eso, y una vez Kansas Shepard me dijo lo siguiente: «Muéstrate siempre como eres, no intentes reprimirte o aparentar ser algo diferente. Sé tú misma, Zoe. Todo el tiempo, toda la vida. Que te quieran por todos tus pequeños errores, tu torpeza y personalidad sin filtro. Si la gente sigue a tu lado tras ser testigo de tus más ordinarios hábitos, tu pensar y actuar... entonces tómalos de la mano, muérdeles el brazo o pégalos con pegamento a ti, pero no los dejes ir. Valen la pena porque te conocen, porque te adoran tal y como eres.»

Puede que mi ex niñera no especificara nada de las flatulencias, pero ese no es el punto. Si me preguntan —y ojalá que Malcom Beasley jamás me oiga—, para mí los gases son divertidos. Definitivamente desagradables, pero graciosos. ¿Por qué no usarlos cuando la situación lo demanda?

Mientras organizo las muestras de invitaciones de boda en mi oficina, pienso en Blake. Oírlo reír anoche fue insólito, mágico y reconfortante: un sonido profundo que te estremecía de pies a cabeza, que te limitaba a admirarlo y ser incapaz de pensar en algo más que en las pequeñas arrugas que se formaban alrededor de sus ojos y en la manera en que sus hombros temblaban.

Una vez le pregunté a mi hermano qué era lo que más le gustaba de su actual esposa, a lo que él respondió todo, como era de esperarse. ¿Y en segundo lugar? Fue el interrogante que le siguió, a lo que contestó «Su risa». Él completó la contestación de la siguiente forma:

«Hay personas que suelen controlarlo todo, desde el tipo de sonrisa que dan hasta los sentimientos que te dejan ver a través de sus ojos. La risa no se controla, Zoe. Si se fuerza nos damos cuenta, pero cuando sale completamente por su cuenta, de forma espontánea e inevitable, tenemos la certeza de que la persona frente a nosotros ha perdido el control. Ver a la gente descontrolada, y de buena forma, es casi imposible. Cuando oí reír a Kansas supe que quería provocar dicha risa por el resto de mi corta existencia. Su despreocupación y disfrute me hizo feliz, y de forma parcialmente egoísta, me hice feliz a mi mismo más de una vez en el tiempo que le siguió. Su descontrol era y es lo mejor que he presenciado en esta tierra.»

Tengo mucho almacenamiento en el cerebro, como pueden apreciar.

En fin, ver a Blake fuera de control, sabiendo que es una persona que está acostumbrada a reprimir mucho y mostrar poco, fue indescriptible.

El móvil que descansa en el escritorio de Corbin suena y hace que la voz de Malcom se desvanezca en mi mente. Sin embargo, el significado de sus palabras se queda grabado en mi memoria junto con la risa del número treinta y uno.

Ayer, tras que Billy nos preparó la cena y relató uno de los tantos capítulos de su primer libro, esperó a que todos los Sharps se fueran antes de marchar. Incluso expulsó a Elvis de la casa, y el estudiante de literatura vive con nosotras.

Los muchachos de la OCU, siendo conscientes de que era viernes y que una larga noche de karaoke estaba por venir, se ocultaron en los arbustos hasta que Shepard se fue. De esa forma Hensley y yo terminamos, tras ver una batalla de canto entre Preston y Akira y Steve enfrentándose a Ingrid y el corista Louis Vuitton, en mi habitación. Bueno, más bien él me siguió hasta allí cuando subí a meter a Gloria a la cama y darle las buenas noches.

Su curiosidad por el entrenador siendo escritor lo incitó a subir las escaleras.

O tal vez fue otra cosa.

Tras salir rodando de la cama mientras reía se acercó a la puerta, sosteniendo el pomo mientras me miraba. Sabía que tenía que irse porque al otro día, o sea hoy, la señora MacQuoid nos citó en Notre Nuage a las seis y media. La mujer debe tener bastante tiempo libre como para levantarse un sábado a esa hora. Lo curioso fue que su mensaje me llegó en medio del trascurso de la batalla de canto, al mismo tiempo que al muchacho de lindos globos oculares.

Blake me contempló un poco más desde la puerta, y entonces sonrió. Sonrió tan ampliamente que casi vuelvo a tirarme un gas de la emoción.

—¡Hola! —saludo a quien sea que está del otro lado de la línea. Sé que no debería haberme levantado para contestar el teléfono de Corbin, pero me da pena que alguien se quede esperando por alguien que no va a contestar. Él y Betty siguen en la reunión, a la cual claramente no se me permitió el acceso—. Corbin no se encuentra disponible en este momento, pero puedes llamarlo más tar...

—Esta llamada proviene de un establecimiento penitenciario, la Penitenciaría Estatal de Yannrock, Mississippi —habla un voz monótona, previamente grabada y condenada a repetir las mismas palabras—. Si acepta la llamada marque 1, si la rechaza marque 0. En caso de elegir la primera opción se hace responsable de los cargos de costo adicionales.

Siento el corazón acerlerarse contra mis costillas mientras el móvil parece sobrecalentarse contra mi mejilla. Por un segundo no reacciono, simplemente oprimo el aparato contra mi piel antes de procesar la información y alejarlo lista para marcar uno.

Solamente que no era uno, era cero.

—¿Por qué diablos no me has contestado antes? —demanda saber un hombre a través de la línea—. Sabes lo que me ocurrirá si no me sacas de aquí antes de... —Contengo la respiración y el extraño se percata de ello, dejando que un tenso silencio se instale en la línea—. ¿Corbin? ¿Eres tú? —añade con recelo, lentamente.

Cuelgo con rapidez.

Reconozco esa voz.

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