C11: Lectores.

Corro las yardas que me separan del círculo de jugadores con la respiración acelerada y el calor sofocando mi cuerpo. Me abro paso entre Dave y Shane para ver a Steve hincado sobre una rodilla y con una mano sobre el casco que descansa en el césped sintético.
Su expresión seria y concentrada me indica que está analizando la próxima jugada y su probabilidad de terminar en una anotación o en un total e irreversible fracaso.
—Acabamos de anotar un touchdown, así que lo próximo es un extra point o una conversión de dos puntos. ¿Qué haremos, Timberg?—inquiere Larson, quien ocupa la posición de tackle ofensivo, mientras seca el sudor de su frente con el dorso de su mano. —¿Nos arriesgamos con lo segundo o vamos a lo seguro con lo primero?
—Estamos perdiendo, ir a lo seguro ya no es una opción—replica el mariscal con el ceño fruncido mientras se encoge de hombros. —Arriesgaremos como siempre. Saben que me gusta apostar todo o nada, muchachos—soy testigo de la forma en que varias sonrisas se originan tras los cascos de mis compañeros; la línea entre lo que puede perjudicarnos y lo que puede hacernos vencedores de la noche es muy delgada. Sin embargo, ellos no temen jugar con ella. Nunca lo hacen. —Quiero implementar la jugada que veníamos practicando con el viejo entrenador, y quiero que sea limpia, rápida y que deje a nuestros visitantes con la boca abierta.
—Y con otros orificios de sus cuerpos abiertos también—menea las cejas Shane.
—No vamos a hacerla, Steve—alzo la voz y cualquier murmullo dentro del círculo cesa. Los ojos incrédulos y curiosos de mis compañeros se clavan en mí en cuanto vuelvo a hablar tras el tenso e incómodo silencio. —La jugada conlleva que anote y sabes que no lo haré. Busca otra estrategia o úsame como intermediario entre el balón y otro jugador, sinceramente no me importa, pero no haré la conversión—la decisión y la advertencia se filtran a través de mis palabras e incitan a Timberg a ponerse de pie y enfrentarme.
—Durante todo el partido apostamos a jugar por el centro, y ahora que están descuidando los laterales es hora de cambiar la estrategia, Blake—replica con decisión. —Intenté mantenerte lejos de cualquier posibilidad de anotación durante todo el juego, pero ahora necesito que actúes de una vez. Eres nuestro receptor, acéptalo y comienza a hacerte cargo del puesto—mi mandíbula se aprieta en cuanto veo un brillo de demanda y poder en sus ojos.
—Sé que crees que estoy evadiendo mis responsabilidades como receptor, pero te equivocas—bajo la voz pero sé que nuestros compañeros pueden oírnos, que a pesar del escándalo proveniente de las tribunas son capaces de escuchar y decepcionarse con cada palabra que digo. —Soy el arma que puedes usar para evitar o avanzar en la contienda, pero no la que va a acabar con ella—recalco.
La simple idea de entrar en la zona de anotación me hace estremecer. Con ello los recuerdos empujan la puerta al final de mi mente donde, tras ella y sus capas de acero, se almacenan y acumulan mis memorias.
Ahora los ayeres impelan para salir, pero mientras tenga el control de mantenerlos tras la puerta lo haré. No quiero desobedecer a mi quarterback, pero si lo hago es porque mis motivos son tan suficientes como buenos.
—No hay tiempo, decidan de una vez—Larson nos apresura observando el tablero que muestra los puntos y el tiempo en colores luminosos.
—Haremos lo que ya dije, porque puede que tú seas la artillería pero soy yo quien maneja el ejército—sentencia Steve anclando sus ojos oscuros en los míos. Hay autoridad en ellos, pero a su vez también hay una disculpa y un agotamiento latente y constante. Sé que no hago las cosas fáciles en el campo, y a pesar de que detesto que él deba lidiar con lo que muchos denominan rabietas -sin siquiera saber-, no puedo detenerme o siquiera explicarle el porqué. —No hagas las cosas más difíciles, Blake. Solamente te pido una anotación, sé que puedes hacerlo.
Ahí está la cuestión: en realidad no puedo.
Me alejo de los Sharps con las manos echas puños y la mandíbula apretada en el intento de no decir nada de lo que vaya a arrepentirme más tarde. Me recuerdo que Steve solamente quiere que ganemos, que no está haciendo nada de esto para torturarme.
Giro sobre mis talones y observo a los fanáticos eufóricos y nerviosos, miles de pares de ojos clavado en mí mientras intento controlar mi respiración y pensar cómo haré la maldita jugada.
Entonces, entre todas las personas en las que podría fijar mis ojos, la miro a ella.
Los dedos de Zoe están enroscados alrededor de uno de los trabajados brazos de Shepard, apretando el músculo ante la oleada de inquietud que la arrasa internamente. El contraste entre el magnánimo e imponente hombre y la chica del vestido floreado es más que notorio, sobre todo cuando ella me mira y hace lo único que el hombre a su lado jamás parece hacer.
Sonreír.
Lo hace sin siquiera pensarlo, con una naturalidad y suavidad que parece ser propia de ella. Sus labios se curvan y transmiten una confianza y calidez inmediata, y de pronto el caos alrededor cesa para permitirme enfocar todo lo que siento en ella.
La impotencia, el enojo y el desasosiego se desvanecen por el tiempo en que ella me sonríe; mi corazón se desacelera y tomo una bocanada de aire mientras la observo.
Noto cierta culpabilidad y vergüenza en sus ojos por lo que ocurrió ayer, pero estoy seguro de que la sonrisa no es un intento de disculpa. Sus labios parecen curvarse como una muestra de apoyo, cordialidad y esperanza. Parece querer animarme.
Sé que no debería analizar tanto ese gesto, ese detalle, sino que debería centrarme en el hecho de que estamos perdiendo y que tengo que lidiar con una jugada que no puedo manejar. Sin embargo, sigo contamplándola: soy del tipo que analiza lo aparentemente insignificante porque cree que hay valor en ello, en la pequeñez de los actos, de un gesto, de una mínima sonrisa dada por una chica que ni siquiera conozco bien.
—Inténtalo, Blake—Dave aparece en mi campo de visión y obstruye mi vista. De forma automática recuerdo que estamos en medio de un juego y el malhumor regresa. Tal vez debería derribarlo y seguir mirando a Zoe, sin duda es un buen plan. —Solamente por hoy, inténtalo—insiste en voz baja y con completa seriedad.
—¡Creo que se viene una conversión de dos puntos, damas y caballeros!—la locutora anticipa a través de los altavoces. —Los Sharps necesitan doce puntos para alcanzar a los visitantes, y lo que al principio creíamos que era un juego parejo está comenzando a tornarse a favor del contrincante. ¡¿Podrá el equipo de Owecity igualar a los Wreckers?! ¡¿Podrían superarlos y coronarse como campeones de la noche?! ¡Estamos a segundos de averiguarlo!—exclama contagiando su exaltación a los fanáticos, quiénes gritan y cantan con una constante efervescencia.
—¡Madre Santa! ¡Acaba de tirarse un pedo!—chilla el locutor que aparece en pantalla entregando su hijo a la mujer a su lado. —¡Que alguien me traiga con urgencia algo de desodorante de ambiente!—pide cubriéndose la nariz y moviendo su mano libre para espantar el hedor. —¿Qué le diste de comer, Claire? Porque estoy seguro de que el puré de calabaza no puede ser el causante de que nuestro hijo arroje bombas atómicas a través de su pañal—se queja antes de acercarse al micrófono. —Tal vez deberíamos llevarlo al campo y dejar que todos se desmayen, así terminaríamos de sufrir por la paliza que los Wreckers nos están dando—argumenta. —¡Los Sharps están en apuros, amigos! Los locales deben comenzar a hacer anotaciones antes de que la pestilencia de Ciro o el temperamento de Bill Shepard los alcance, de otro modo esto terminará en una total y dolorosa derrota que me destrozará el corazón—exagera. —De la misma forma en que mi hijo acaba de destrozar mi sentido del olfato—entonces, increíblemente, alguien le pasa un abanico y él comienza a sacudirlo a centímetros del trasero del bebé. Se ve que no hay desodorante de ambiente.
La multitud es una mezcla de nerviosismo y emoción mientras cada jugador se posiciona donde debe. Miro a Dave sin decir una palabra, pero estoy seguro de que una mirada basta para hacerle entender que no haré lo que Steve quiere.
Un silencio abrumador parece envolver el estadio mientras el árbitro lleva el silbato a sus labios y, antes de emitir sonido alguno, sus ojos caen en la gran pantalla frente a nosotros.
Un nudo se forma en la boca de mi estómago en cuanto Timberg me echa una mirada sobre su hombro, ya posicionado a unos metros de distancia, y me advierte una vez más.
Mis músculos queman y tiran, siento la sangre correr en mis oídos y el fuerte latido de mi corazón golpeando frenéticamente contra mi pecho. La ansiedad y el pánico amenazan con adueñarse de cada fibra de mi cuerpo, y a pesar de que por fuera luzco inalterable, la realidad es que por dentro soy un caótico y desesperado chico que intenta pensar con rapidez cómo evitar una jugada con eficiencia.
Los Wreckers nos observan como los depredadores que demostraron ser, nos escudriñan bajo ojos cautelosos cuyo brillo de ferocidad y retorcida diversión jamás parece desvanecerse. Sin embargo, que la persona frente a ti sea un depredador no implica que tú seas su presa. Puedes ser una víctima tanto como puede ser su equivalente, pero si hay más de un predador ocurre lo inevitable: el enfrentamiento. Alguien debe ser la presa al final, así funciona la naturaleza.
Y los Wreckers no lo son.
Pero pronto lo serán.
El agudo sonido del silbato penetra mis oídos y la aglomeración en las gradas enloquece. La barrera del equipo contrario se lanza contra la nuestra y nuestro centro lanza el balón con rapidez antes de abalanzarse contra el contrincante. Shane carga contra el Wrecker con un grito de guerra saliendo de sus labios y le abre paso a nuestro mariscal para que corra. ¿El balón? Está en manos de Elvis, nuestro halfback.
El muchacho chilla en cuanto los jugadores de Playork se avecinan con una velocidad y salvajismo inimaginable, y es allí cuando comienzo a correr y Preston se prepara para lanzar.
El persistente ardor se extiende a cada fibra de mi cuerpo mientras mis pulmones luchan por oxígeno en medio de la carrera. Elvis lanza y el balón comienza a girar en el aire captando la atención de cada persona en el estadio, dejándolos sin aliento y al borde de sus asientos. Mis pies abandonan tierra y salto tan alto como puedo, y cuando el áspero material roza la piel de mis manos me aferro a este como si mi vida dependiera de ello.
—¡Impecable lanzamiento por parte del número cuarenta dos y excelente atrapada por parte de Blake Hensley!—se oye gritar a la eufórica locutora. —¡El número treinta y uno está ahora en la mira de los destructores de Playork, quienes están arrasando contra cada Sharp en busca de adueñarse del balón! ¡Una sanguinaria y dinámica lucha a muerte se ha desatado en el campo, damas y caballeros!
La adrenalina se vuelca en mi torrente sanguíneo y recorre ida y vuelta cada parte de mi cuerpo a una presteza antinatural. Corro por el lateral derecho sintiendo la forma en que mi corazón está alcanzando su punto límite, me estremezco al percibir la violencia con la que late dentro de mi pecho que está subiendo y bajando tal como lo haría una montaña rusa.
Oigo los gritos de la muchedumbre y la voz de mi compañeros mezclándose con la del contrincante. Entonces aparece un muchacho vestido con esos distintivos colores que representan a la universidad de Playork.
El chico es una bestia andante, con una constitución física donde el músculo predomina sobre todo lo demás. Veo sus ojos a través del casco, brillando ante la oportunidad de derribarme. Acelero tanto como mi cuerpo me lo permite pero él es lo suficientemente rápido como para alcanzar en cuestión de milésimas, robándole el aliento a los fanáticos de la OCU.
Y, antes de que pueda atraparme, aparece Dave listo para rematar contra él. El tight end se abalanza contra el contrincante y barre sus piernas con brutalidad, derribándolo en el acto y originando que el chico vocifere con frustración y rabia. Me aferro al balón con más fuerza y corro, puedo ver la zona de anotación con claridad y es entonces cuando esa familiar y detestable sensación comienza a entumecer mis músculos.
Miro sobre mi hombro la batalla que se está desatando entre las yardas antes de volver a enfocar mi vista, tengo el camino libre de momento, sólo bastan unos pocos metros para hacer la conversión.
—¡Tres Wreckers están yendo tras el número treinta y uno listos para enterrarlo a él y a su trasero! ¡A menos que Hensley reaccione cenará tierra ésta noche!—Gabriel Hyland y su desesperación detonan los gritos y el nerviosismo de la multitud. —¡El mundo se sigue moviendo, muévete con él!—me grita aferrándose a su micrófono. —¡Por amor a las hamburguesas y por su propia integridad física será mejor que el jugador reaccione antes de que Bill Shepard lo haga!
—¡El contrincante se acerca y el local está paralizado a unos pocos metros de la zona de anotación! ¡Tiene el camino libre y está paralizado, repito, tiene el camino libre y está paralizado! ¡¿Qué está ocurriendo?!—inquiere Claire con una palpitante sorpresa. —¡Los Sharps necesitan los dos puntos de la conversión y los Wreckers parecen estar a punto de...! ¡Blake Hensley lanzó! ¡El número treinta y uno pasó el balón!
La jugada original implica que Shane simule pasarle el balón a Timberg, pero en realidad se lo entregue a Elvis. Siguiendo con esto Preston me lo pasa a mí y yo voy por los laterales respaldado por Dave hasta anotar. Sin embargo, no puedo hacerlo, y exactamente por eso echo el brazo hacia atrás para aventar con fuerza el balón en dirección a nuestro mariscal, que se encuentra a la misma altura que yo al otro lado del campo.
La trayectoria es perfecta y Steve, como siempre, está preparado para cualquier cosa cuando se trata de mí estando en el campo. Los pases laterales son muy raros en el fútbol americano, y tal vez por eso los visitantes se desconciertan y olvidan que es una jugada legal.
Mientras el balón da vuelta tras vuelta al atravesar las masas de aire comienzo a correr en dirección al quearterback. Dos contrincantes se lanzan hacia él y solamente tengo tiempo para arrasar con uno, con el cual colapso con brutalidad una vez que tomo carrera y me permito barrer sus piernas con los dientes apretados y el sudor cubriendo cada centímetro de mi piel.
La multitud se pone de pie y los alaridos llenan mis oídos cuando Steve salta para agarrar el balón. Aún debe encargarse de un Wrecker por sí solo mientras yo lucho por mantener al que derribe tan lejos de mi mariscal como es posible.
—¡Una jugada innecesaria y atrevida por parte de Hensley y ahora todo recae en el número nueve, en el líder de los Sharps de Owercity!—exclama la locutora mientras el Wrecker que derribé me empuja con desdén y arrebato para ponerse de pie. Desde el césped, mientras contengo la respiración como muchos, soy testigo de la forma en que Timberg corre directamente a la zona de anotación con el jugador de Playork pisándole los talones. —¡Está por lograrlo, el mariscal de los locales está por anotar!
Entonces el Wrecker se abalanza.
Una parte de la tribuna estalla en aplausos, ovaciona al equipo con auténtico orgullo y una inconmensurable alegría que pone a cada fanático la piel de gallina.
Los Sharps acaban de anotar.
Cada músculo de mi cuerpo se relaja y dejo caer la cabeza y cierro los ojos. Dejo salir el aire totalemente aliviado en cierto aspecto, pero a su vez estoy decepcionado, frustrado y avergonzado por lo que acabo de hacer, por haber puesto en riesgo la jugada como tantas otras veces.
Cuando levanto la vista mis ojos no se fijan en la alterada multitud o en mis compañeros que están en plena apoteosis, sino en el hombre que está al otro lado del campo observándome con una expresión inflexible y fría.
Shepard está de brazos cruzados con sus ojos clavados en mí y el ceño fruncido. Él no festeja y ni siquiera habla, simplemente me mira.
Zoe está tras él, y a pesar de que está sonriendo y festejando por la anotación, esa singular sonrisa suya vacila en cuanto me mira. Cuadra sus hombros antes de acercarse a Bill y tirar de su brazo para obligarlo a mirarla, lo que sea que le dice no puedo escucharlo, eso es obvio, pero puedo apostar por algo.
Están hablando de mí.
—Lo volviste a hacer—Dave aparece tendiéndome un brazo y hablando con derrota a pesar de la reciente victoria.
—Lo volví a hacer—repito tomando su antebrazo e incorporándome.

Los solitarios reflectores que iluminan el campo brindan luz junto con la de la luna misma, que se alza a las alturas en un cielo infinito, oscuro y despejado.
El estadio está prácticamente vacío. Hay unas pocas personas dando vueltas por la tribuna y algunos del personal de limpieza aquí y allá, haciéndose cargo de dejar el inmenso lugar en una condición presentable, removiendo la suciedad acumulada por envoltorios y restos de comida rápida, bebidas derramadas y papeles sueltos y pisoteados.
El campo, por otro lado, está literalmente desierto a excepción de un jugador.
Él está sentado en la banca, aún con su uniforme puesto a pesar de que ha pasado más de una hora desde que los Sharps ganaron y el partido terminó 31-29.
Su cabello azabache está totalmente despeinado a causa del casco que ahora está girando entre sus manos. Sus codos descansan en sus rodillas y la postura encorvada de su atlético y alto cuerpo me dice que está exhausto, y no solamente en el sentido físico. Hay un cierto peso que hace decaer sus hombros, que lo abliga a tomar respiraciones más lentas y prolongadas.
—Hay una clase de pingüinos originaria del sur de Argentina, se los denomina pingüinos de Magallanes—recuerdo en voz alta mientras me acerco hacia él y sus ojos me buscan. —Están en una situación crítica porque hay un incremento generalizado de las temperaturas en el planeta, y tú...—señalo. —....tú pareces uno de esos pingüinos al enterarse que está en peligro de extinción, no un universitario fuera de riesgo que acaba de ganar un partido de fútbol americano—sonrío.
Sus ojos color cielo brillan en el segundo en que me devuelve una ladeada sonrisa y deja escapar un suspiro. Niega con la cabeza con cansancio y se muerde el labio inferior intentando esconder esa pequeña sonrisa que acabo de provocar comparándolo con un ave marina no voladora.
—Ganar un juego no es la gran cosa, no es algo que me emocione—asegura mientras me detengo a unos pocos metros de él, bajo la luz de uno de los gigantescos reflectores. —No soy del tipo festeja de todas formas, pero tampoco soy un pingüino de Magallanes que acaba de oír sobre su muerte inminente—replica antes de que me ría. Acabo de imaginarlo como un pingüino, más bien como un híbrido con lindas y redondas posaderas, duros abdominales e increíbles bíceps de un ser humano combinado con la cabeza de un Spheniscidae.
Frijoles, estoy loca. ¿Por qué acabo de imaginar una especie de Blaküino?
Medíquenme.
—¿Por qué lo haces?—inquiere de repente, con auténtica curiosidad vibrando a través de sus gruesas cuerdas vocales. Deja de darle vueltas a su casco y sus ojos escanean mi rostro con atención.
—¿Hacer qué?—replico aún con diversión en mi voz. Blaküino, me repito. A mi hermano le daría un infarto si me escuchara diciendo nombres para nuevas especies híbridas. A él no le caen muy bien las bromas que se relacionan con la genética y la biología en general, Malcom respeta las áreas científicas y las quiere hacer respetar.
—Eso—hace un ademán hacia mí. —Reír, sonreír—aclara observándome como si fuera un problema matemático cuya solución no logra encontrar. —No te conozco hace mucho, pero estoy seguro de que jamás conocí a alguien que sonriera tanto—confiesa, y entonces se pone de pie.
—Me gusta sonreír, y usualmente no controlo mis expresiones faciales como parece que tú lo haces—el arquea una inquisitiva ceja en mi dirección antes de estrechar los ojos y acercarse a paso lento. —También me gusta observar, pero creo que ya te has dado cuenta de eso—añado sabiendo que no muchos le habrán dicho alguna vez que es una maniático controlador de su propia expresión facial. O por lo menos eso aparenta mostrando siempre la misma expresión, sin alteración alguna más que la de sus ojos. Esos lindos globos oculares son lo único expresivo en él.
—Lo he hecho—responde ya a unos tres o cuatro pasos de distancia. Su cercanía, a pesar de que no es mucha, es lo suficientemente notoria como para que comience a cambiar el peso de un pie al otro con nerviosismo. —Y sé que notaste algo mientras estaba en el campo, Zoe. De igual forma que yo noté algo estando en el ático contigo ayer.
En cuestión de milésimas la conversación pasa de ser algo informal a un asunto de lo más complejo. Sus intensos y cautelosos ojos encuentran los míos y veo el resplandor de decenas de preguntas, de una legítima curiosidad y un sentimiento mucho más enrevesado.
Siendo honesta estar bajo su escrutinio me hace retener el aliento con desconfianza, sobre todo porque se está refiriendo a mi ataque de pánico, algo que esperaba que olvidara.
—Le tengo miedo a las tormentas—confieso lo que él ya sabía, encogiéndome de hombros. —Sin embargo, no voy a decirte el porqué. Sería como contarte el final de un libro, uno que nadie que no haya leído las primeras quinientas páginas tiene derecho a saber—hago la comparación mientras entrelazo las manos tras mi espalda y ladeo la cabeza escudriñando su perspicaz mirada.
—Odio el fútbol americano—revela sin apartar sus ojos de los míos. Noté como todos que, teniendo el camino libre hacia la zona de anotación, él se arriesgó y pasó el balón. No le encontré explicación al principio, y sinceramente aún no la encuentro. Bill no lo podía creer, y honestamente no sé cómo hizo para mantener la boca cerrada y no comenzar a recitar todas las palabras que ofenderían al niño Jesús. Entonces, sabiendo que Hensley iba a tener una gran represalia más tarde, intenté convencer a Shepard de que todo tenía una explicación, intenté persuadirlo de que no le dijera nada a Blake hasta el próximo entrenamiento, que no fuera muy duro con él. ¿Por qué lo hice? Porque, por un momento, vi a alguien inseguro y perdido en el campo, alguien que no se parece en nada al muchacho que tengo frente a mí ahora.
—¿Por qué?—husmeo.
—Dijiste que sin spoilers—me recuerda, y sus labios se curvan en una mínima sonrisa de lado. ¿Por qué no puede sonreír como la gente normal lo hace? Estoy segura de que sus dientes deben ser el orgullo de todo odontólogo. —Si quieres saberlo supongo que tendrás que leer, y déjame aclarar que hay gente que está leyéndome desde hace años y aún no ha llegado al final.
—Supongo que debe ser una final muy trágico para que nadie quiera avanzar—reflexiono.
—O tal vez muchos ya han abandonado el libro, dejándolo por la mitad—aporta, y mi corazón se encoge dentro de mi pecho.
Nos observamos mutuamente en silencio, en medio de un estadio vacío y bajo la refulgente luz de los reflectores.
Mi mente está en cortocircuito y a su vez está en blanco, la mitad de mi cerebro está analizando y grabando cada una de sus facciones, palabras y movimientos para recordarlos cuando vaya a cerrar los ojos esta noche. La otra mitad está más muerta que un Velociraptor o un Ankylosaurus. No puedo pensar con él mirándome con esos benditos globos oculares.
Tengo que dejar de ver Jurassic Park.
Y Jurassic World.
—Se hace tarde y debo acostarme relativamente temprano porque mañana hay clases—recuerdo más para mí que para él.
—Sé que viniste a pie o en bicicleta—deduce cruzándose de brazos y examinando el estadio vacío. —Dejaste en claro que no eres capaz de contaminar el medio ambiente poniéndote detrás de un volante—señala. —Y también me dejaste saber que no eres muy buena conductura—escondo mi rostro entre mis manos ante el recordatorio.
—¿Podemos ignorar el hecho de que te atropellé e ir al grano?—inquiero, y antes de que pueda bajar mis manos siento sus largos y cálido dedos enrocándose alrededor de mis muñecas. ¿En qué momento dejó caer el casco?
—El punto es que en verdad no me molestaría acompañarte hasta tu nuevo hogar—asegura. —De todas formas vamos para el mismo lado y leer me ayudaría a distraerme de...—lo piensa durante un segundo. —...de todo.
—Es curioso que tú quieras leerme para distraerte y yo quiera hacer lo mismo contigo—ladeo la cabeza analizando la idea. —Podemos ser alguna clase de lectoamigos con beneficios—me río de mi propio nuevo término y me zafo suavemente de su agarre. Por un segundo me arrepiento, pero luego retuerzo las correas de mi cartera para mantener dichas manos ocupadas antes de que toquen algo que no deben.
Sus ojos invernales brillan y comenzamos a caminar.
Y, obviamente, a leer.
Pero como en toda buena lectura, en la mejor parte alguien tiene que interrumpir.
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