Capítulo 1

El aire frío me golpeaba la cara mientras corría por las calles, con la mochila rebotando en mi espalda y los zapatos resonando contra el pavimento. Las luces de la ciudad parecían burlarse de mi prisa, cada semáforo un obstáculo que me obligaba a acelerar aún más. Sentía el pulso en las sienes, el reloj apretando cada segundo como si quisiera recordarme que estaba tarde otra vez.
Doblé la esquina y la cafetería apareció frente a mí, con su letrero iluminado y el olor a pan que escapaba hasta la acera. Empujé la puerta con el hombro, todavía sin recuperar el aliento, y pensé que llegar a tiempo era una batalla que nunca terminaba. El murmullo de las voces dentro me recibió como un recordatorio de que la rutina seguía, aunque yo entrara corriendo.
El calor de la cafetería me envolvió en cuanto crucé la puerta. Aún tenía el pecho agitado por la carrera, así que dejé la mochila detrás del mostrador y me tomé un segundo para recuperar el aliento. El vapor de la máquina de café silbaba como si me diera la bienvenida, y el aroma familiar del pan tostado empezó a calmarme poco a poco.
Me coloqué el delantal con manos todavía temblorosas y saludé a los primeros clientes con una sonrisa que intentaba disimular mi prisa. La mañana avanzaba sin sobresaltos: tazas que se llenaban, charlas suaves, el sonido de monedas cayendo en la caja. Todo tenía ese ritmo que ya conocía de memoria, un ritmo que a veces me hacía sentir que los días se repetían, pero que aun así encontraba una forma de tranquilizarme.
Mientras limpiaba una mesa, miré por la ventana. Afuera, la calle seguía igual de ruidosa que siempre, pero desde aquí se veía más lejana, como si la cafetería fuera un pequeño refugio donde el tiempo caminaba distinto. Me gustaba esa sensación, aunque no siempre supiera explicarla.
Sarita estaba sonriendo cuando me acerqué al mostrador. Tenía las manos apoyadas en la cadera, el cabello recogido en un moño del que escapaban mechones rebeldes que se movían cada vez que respiraba. Siempre olía a vainilla; no sabía si era por el perfume o porque pasaba demasiado tiempo cerca de la repostería, pero ese aroma era lo primero que me hacía sentir que ya estaba "aquí", que el día había empezado de verdad.
—Llegaste al fin —dijo, dándome un pequeño empujón con el hombro antes de inclinarse para darme un beso rápido en la mejilla. Ese gesto suyo siempre me desarmaba un poco, como si me recordara que no todo en la vida era correr.
Yo todavía tenía el aliento entrecortado por la carrera, así que solo asentí, intentando que no se notara lo agitado que estaba.
—Pensé que hoy sí te quedabas sin turno —añadió, divertida.
Antes de que pudiera responder, escuché pasos rápidos detrás de ella. Paty apareció con su energía habitual, como si el mundo siempre fuera un poco más lento que ella. Llevaba el cabello suelto, ligeramente despeinado, y un delantal con una mancha de chocolate que seguramente llevaba ahí desde ayer.
—¡Ay, Denis! —exclamó, exagerando la voz—. ¿Vienes corriendo desde tu casa o desde la otra vida?
Me reí, aunque todavía sentía el pecho apretado. El vapor de la máquina de espresso me envolvía, cálido, casi como un abrazo que intentaba borrar el frío de la calle. El sonido del café cayendo en las tazas llenaba el espacio con un ritmo constante, casi hipnótico.
—No exageres —respondí, acomodándome el delantal—. Solo... salí tarde de la escuela.
Paty chasqueó la lengua, divertida, y se cruzó de brazos.
—Siempre sales tarde -dijo, pero sin malicia—. Y luego vienes volando como si aquí te fuéramos a descontar minutos.
Sarita rió por lo bajo y añadió:
—Si no estudiaras, ya te habríamos corrido hace meses.
Lo dijo en broma, pero había algo de verdad en sus palabras. Ellas sabían que yo hacía malabares entre las clases, las tareas y este trabajo. Y aunque me molestaban cada mañana, también eran las primeras en cubrirme cuando llegaba con la mochila todavía colgando de un hombro y el sudor frío de haber corrido varias cuadras.
—Lo bueno es que ya estás aquí —murmuró Sarita, dándome un golpecito suave en el brazo.
—Y que no te caíste en el camino, porque con lo torpe que eres... —dijo Paty.
—Oye -protesté, aunque sin fuerza—. No soy tan torpe.
Las dos se rieron al mismo tiempo, y por un instante sentí que el ruido de la cafetería se hacía más cálido, más cercano. El murmullo de los clientes, el tintinear de las tazas, el olor a pan recién horneado... todo parecía encajar con esa pequeña burbuja que formábamos los tres.
Y ahí, entre sus risas y el vapor que empañaba ligeramente mis lentes, pensé que quizá esa era la razón por la que nunca me regañaban en serio: sabían que venía directo de la escuela, que hacía lo que podía, y que este lugar -con todo y mis llegadas tarde- era una parte de mí tanto como mis cuadernos.
Paty se apoyó en el mostrador como si llevara horas ahí, aunque apenas acababa de llegar. Siempre tenía esa facilidad para apropiarse del espacio, como si la cafetería fuera una extensión natural de su cuerpo. Sus uñas golpeaban suavemente la superficie, marcando un ritmo que se mezclaba con el silbido de la máquina de espresso.
—A ver, estudiante estrella —dijo, mirándome con una mezcla de burla y cariño—. ¿Hoy sí dormiste o vienes sobreviviendo con café frío otra vez?
Sentí el rubor subirme a las mejillas, no por vergüenza, sino por la forma en que lo decía. Como si realmente le importara. Como si supiera exactamente cuántas noches me quedaba despierto terminando tareas antes de venir aquí.
—Dormí... lo suficiente —respondí, aunque los dos sabíamos que era mentira.
Sarita soltó una risa suave, esa que siempre parecía envolverlo todo en un tono más cálido. Se acercó un poco más, lo justo para que su perfume a vainilla me rozara la nariz.
—Por eso te perdonamos —murmuró—. Porque vienes directo de la escuela y aun así te partes el alma aquí.
No supe qué decir. Había algo en su voz, en la forma en que lo dijo, que me aflojó un poco el pecho. Como si de pronto la prisa de la mañana se deshiciera entre sus palabras.
Paty, en cambio, no dejó que el momento se volviera demasiado serio.
—Sí, sí, mucho estudiante aplicado -interrumpió, dándome un golpecito en la espalda—. Pero ponte a trabajar, que las mesas no se limpian solas.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír. Había algo en ellas dos que siempre lograba equilibrarme: Sarita con su calma dulce, Paty con su energía desbordada. Entre las dos me mantenían de pie, incluso en los días en que yo mismo dudaba de poder hacerlo.
El vapor de la máquina volvió a silbar, llenando el aire con ese aroma intenso a café recién molido. El murmullo de los clientes se mezclaba con nuestras voces, creando una especie de refugio sonoro que me envolvía por completo. Sentí el calor del lugar subir por mis manos, por mis brazos, como si la cafetería misma me estuviera diciendo que ya podía respirar tranquilo.
Y ahí, entre sus bromas, el olor a pan tostado y el ruido suave de las tazas chocando, me di cuenta de que este pequeño caos compartido era lo más parecido a un hogar que tenía fuera de la escuela.
Estábamos en medio de nuestras bromas cuando escuché el sonido familiar de la puerta abriéndose. No tuve que voltear para saber quién era; el ambiente siempre cambiaba un poco cuando Thais llegaba, como si la cafetería respirara distinto.
—Buenas tardes, criaturas del caos —dijo con su voz tranquila, esa que siempre sonaba como si hubiera dormido mejor que todos nosotros juntos.
Me giré y ahí estaba: Thais, con su mochila cruzada al pecho y el cabello recogido en una coleta alta que dejaba ver su rostro despejado. Tenía ese aire de alguien que ya vivía en otro ritmo, uno más adulto, más estable. Y era normal: ella ya estaba en la universidad, un par de años por delante de mí, aunque nunca lo usaba para presumir. Más bien lo llevaba como quien carga un libro abierto: con calma, con paciencia, con la certeza de que siempre hay algo más que aprender.
Paty levantó las manos como si hubiera llegado una celebridad.
—¡Por fin! —exclamó—. Ya nos estábamos preguntando si te habías quedado dormida en el camión otra vez.
Thais rodó los ojos, pero sonrió. Su sonrisa siempre era suave, casi tímida, pero tenía un brillo que hacía que uno quisiera mirarla un segundo más.
—No me quedé dormida —respondió, dejando su mochila detrás del mostrador—. Solo había tráfico. Y además, ustedes dos ya hacen suficiente ruido como para que no me extrañen.
—Oye, yo soy la que mantiene esto vivo —dijo Paty, dándole un golpecito en el brazo.
—Y yo soy la que mantiene esto en orden —añadió Sarita desde la barra, levantando una ceja.
Thais se volvió hacia mí y me dedicó un saludo más personal, más tranquilo.
—Hola, Denis —dijo, con esa forma suya de pronunciar mi nombre como si lo estuviera acomodando en un lugar seguro.
—Hola —respondí, sintiendo que mi voz salía un poco más suave de lo normal.
Ella siempre tenía ese efecto en mí. No era que me intimidara, pero había algo en su presencia que me hacía querer estar a la altura. Tal vez porque era mayor, o porque ya vivía en un mundo que yo apenas empezaba a imaginar. O quizá porque, entre todos, era la que más me trataba como si realmente supiera lo que estaba haciendo.
Thais se puso el delantal con movimientos precisos, casi elegantes. A diferencia de Paty, que siempre parecía estar peleándose con el suyo, o de mí, que lo ajustaba como si fuera una armadura, ella lo hacía con una naturalidad que me daba un poco de envidia.
—¿Y tú? —preguntó, mirándome de reojo mientras se acomodaba el cabello—. ¿Otra vez corriendo desde la escuela?
Paty soltó una carcajada antes de que pudiera responder.
—¡Siempre! —dijo—. Si un día llega temprano, yo renuncio.
Thais sonrió, pero su mirada se quedó en mí un segundo más, como si realmente quisiera escuchar mi respuesta.
—Sí —admití—. Salí tarde otra vez.
—Bueno —dijo ella, dándome un golpecito suave en el hombro—. Mientras no te desmayes aquí, todo bien.
Y ahí estábamos los cuatro, pero de alguna manera la dinámica entre Paty, Thais y yo tenía un ritmo propio. Una especie de equilibrio extraño
El turno avanzó más rápido de lo que esperaba. Entre las bromas de Paty, la calma paciente de Thais y mis intentos por seguirles el ritmo, las horas se fueron deshaciendo como el vapor que salía de la máquina de espresso. A ratos parecía que el tiempo corría más deprisa dentro de la cafetería que allá afuera.
Los clientes iban y venían con su propio clima encima. Algunos llegaban con sonrisas que iluminaban la barra, agradecidos por cualquier cosa que les sirviéramos. Otros entraban con el ceño fruncido, como si el mundo entero les debiera algo y nosotros fuéramos los primeros en su lista. Pero incluso esos momentos tensos se diluían cuando Paty soltaba algún comentario sarcástico o cuando Thais intervenía con esa voz suya que podía calmar hasta a un huracán.
Yo me movía entre mesas, bandejas y tazas, sintiendo cómo el cansancio se mezclaba con una especie de ligereza extraña. A veces escuchaba a Paty reír desde la barra, una risa tan fuerte que hacía vibrar el aire. O veía a Thais inclinarse para escuchar a un cliente, con esa paciencia que parecía infinita. Y en medio de todo eso, me encontraba sonriendo sin darme cuenta.
El olor a pan tostado se mantenía constante, mezclándose con el aroma del café recién molido. El murmullo de las conversaciones formaba una especie de telón de fondo que me acompañaba mientras limpiaba mesas o servía bebidas. Había momentos en los que me detenía un segundo, solo para observarlos a los dos: Paty moviéndose como un torbellino, Thais como un remanso de agua clara. Y yo, en medio, tratando de no perder el paso.
Cuando por fin el reloj marcó la hora de salida, sentí un pequeño alivio recorrerme el cuerpo. No era cansancio lo que me pesaba, sino esa sensación de haber estado en un lugar que me sostenía más de lo que yo sostenía a él.
Paty se quitó el delantal de un tirón, como si fuera una capa que ya no necesitaba.
—Sobrevivimos otro día —dijo, levantando los brazos como si celebrara una victoria épica.
Thais sonrió mientras doblaba el suyo con cuidado, siempre tan meticulosa.
—No fue tan malo —murmuró—. Aunque Denis casi se tropieza tres veces.
—¡Dos! —protesté, aunque sabía que no tenía cómo defenderme.
Las dos rieron, y yo terminé riendo también. Había algo en ese sonido compartido que hacía que todo valiera la pena.
Apagué la máquina, limpié la barra por última vez y colgué mi delantal junto al de ellas. El silencio que quedó después del cierre era distinto: más suave, más íntimo, como si la cafetería también respirara aliviada.
Salimos juntos, empujando la puerta hacia la calle. El aire de afuera estaba fresco, casi frío, pero después del calor del turno se sentía como un descanso.
Y mientras caminábamos unos pasos antes de separarnos, pensé que, aunque el día había empezado con prisa y torpeza, terminarlo así, entre risas, cansancio compartido y esa camaradería que solo nosotros entendíamos, era suficiente para sentir que todo estaba en su lugar.
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