CAPITULO 5

MATILDA

El murmullo que hay por todos, mezcla por ese siempre inicio de la primer clase del año como el encuentro de uno con otros por no verse durante las vacaciones, va disminuyendo ante el sonido de la puerta siendo cerrada por Santo.

Y no puedo evitar girar sobre un hombro, para localizar asientos atrás a Gleen, que al verme y sonriente como ella misma, me eleva de forma graciosa ambos pulgares a juego con sus cejas muy divertida por la situación, bajo la conversación de unas compañeras.

Dios...

Por cosas como esta, no sé si reír o tomarla a bofetadas.

- Silencio... - La voz Santo pide y ese rumor cesa, mientras saca libros y un cuaderno de su maletín para dejarlo sobre su escritorio, seguido de ir a la pizarra y tomando un marcador, escribe su nombre y apellido, dándonos la espalda.

Y hago lo de siempre por más que soy adulta, abriendo mi cuaderno universitario, sobre la primer hoja que anoche y desvelada.

Ya saben, por quién o mejor dicho, por qué dos veces.

En una bonita caratula que con bolígrafo dibujé, en poner su nombre.

- ...muchos me conocen por estar cursando nuevamente, ya que me deben la correlativa... - Mira a algunos que bajo su mirada se sonríen como Glenda y otros, lo aceptan desinflados haciendo que muchos sonriamos. - ...para lo nuevos, soy el profesor Santo Mussio y les voy dar la materia Enseñanza de la Lengua y la Literatura comprensiva como narrativa. - Acomoda las mangas de su camisa mejor, regresando a su escritorio para apoyarse sobre este, estirando las piernas y colocarlas una encima de la otra cruzadas igual que sus brazos. - No me gusta que se converse en mi clase algo ajeno a mi materia, odio del verbo mucho el chicle en la misma... - Prosigue, notando como un par sacan de su boca al escucharlo y lo guardan en papelitos. - ...los celulares en silencio lo que dura mis módulos y exijo sin protesta, que me estudien lo de la clase anterior... - Su índice, recoloca sus lentes mejor. - ...siempre. - Acota con actitud imposible de negociar, provocando otro murmullo también desinflado de muchos, haciendo que sonría mientras sigo decorando mi caratula con su materia de flores y corazones alrededor su nombre recordándome el mural. - Y jodidamente detesto, las llegadas tardes... - Gruñe lo último, volviendo a la pizarra para borrar su nombre y dar comienzo a su clase. - ¿Alguna pregunta o duda? - Todavía de espalda, pregunta al sentir nuevamente rumor de todos por eso dando por finalizada su presentación como exigencias, mientras escribe lo a seguir como primera clase, para darse vuelta y mirarnos esperando alguna cuestión.

Pero sobre miradas entre sí, seguido a negar, nadie las tiene.

Inclusive, yo.

Y mucho menos obligando a bajar mi mirada al cuaderno de golpe, cuando pensando que se había olvidado de mi presencia por estar enfrascado en su clase, la deposita con interés en mí, aguardando alguna duda o mejor dicho, lo que esa media sonrisa dibuja ahora tan suya y me pone en alerta, sintiendo su mirada resbalando por mi rostro hacia abajo y hasta la visión de mi pupitre le permite.

Mierda.

La jodida respuesta, que espera de mi parte.

- Bien... - Dice, volviendo a lo suyo satisfecho.

Suspiro aliviada.

Dando comienzo a su clase.

Y debo reconocer dos cosas observando a este hermoso hombre como explica, dando una introducción a la materia y mientras los minutos pasan.

Una y por suerte, que después fue indiferente a que yo estuviera y me sintiera como uno más de sus alumnos, causando que mis manojos de nervios disiparan y empezara a disfrutar la clase.

Dándome un respiro y animarme inclusive como muchos ante su preguntas, luego de sus explicaciones totalmente concentrado en su asignatura escribiendo o no en la pizarra, de participar también.

Y lo segundo.

Apoyé mi barbilla en mi puño, escuchando atenta.

Que, por más severidad que todo Santo emana como profesor y fui testigo año anterior, mi memoria no le había hecho justicia recordando otra cosa que le gustaba y mucho, delatando la forma atenta de acuerdo o no, en ver y solo escuchar a cada uno de sus alumnos en los debate que hacíamos.

De pie en una esquina del salón interesado y en silencio.

Otras, caminando pausado y dando su opinión, siendo motivo de más análisis para nosotros.

O simplemente, desde su escritorio sentado desaguando dudas y siempre, tomando nota de todo.

- ¿Comes con nosotras? - Glenda se acerca a mi banco, cuando el timbre da un receso hasta otra materia.

-Si, muero por un latte con algo dulce. - Apuro mis cosas en guardar y como cobarde que soy, me pego a mi amiga y otras compañeras, para salir escoltando sus pasos como todos.

No confío en él.

Pero para mi asombro, desde la esquina que está y con último aviso de tareas para su próxima clases, pensando que iba a llamarme.

O parecido.

No lo hace.

Se limita a saludar a cada estudiante que lo hace a medida que va guardando sus cosas.

Y el cero dramatismo que me esperaba me deja nula, mientras me retiro y en forma general como todas, lo despedimos yéndonos.

Jodidamente magnífico.

¿Pueden creerlo?

Él como si nada y yo, la única parece por demás alerta y por nada.

Y me arrastro con las chicas por el corredor, intentando caminar a la par de todas por tantos alumnos colmando el corredor y en dirección a las escaleras, apretando mi bolso contra mí pensativa.

Sin saber que el oxígeno contenido que exhalo y tratando mantener la conversación de ellas, es de alivio o condenadamente una desilusión.

Pero lo que sea de disyuntiva y puede llegar a reflejar mi rostro, se transforma en una sonrisa silenciosa llegando al piso de la cantina y abro yo la puerta por todas, recordando mi primer encuentro con el profe por esa mañana, cual mi cerebro sin ser nada genial se encontró y que aún cuelga con su tire y empuje un cartel, volcando su taza en la camisa blanca que llevaba puesta.

Y por una milésima de segundo mientras lo hago nuevamente, añoré otra vez que él estuviera del otro lado.

Pero solo me recibe en el inmenso lugar, docenas de estudiantes en mesas o yendo a unas, cargando sus bandejas con colaciones en grupo como nosotras o solitarios.

Una música de moda es la cortina de todo, mientras hacemos nuestros pedidos y seguido a ellos, buscamos una mesa.

El ambiente es concurrido y te anima, reactivando con un buen vaso de café dulce y comiendo algo a distenderte hasta el continuo turno a relajarte y disfrutar.

Aprovecho sobre nuestras charlas, en tomar mi celular y mandar un mensaje a mi oma para darle los buenos días y que estoy muy bien.

Respondiéndome con besos y muchos cariños, haciéndome sonreír bebiendo de mi vaso y saludando a Santo de su parte y por mí.

Ganándose esa última oración, una levantada de mi ceja.

¿Y eso?

¿Al profe?

Y no lo entiendo, ya que y aunque no fui muy explicativa, le mencioné en las fiestas cuando fui que lo nuestro no funcionó.

- ¿Pasa algo? - Gleen con sus manos dividiendo en dos su masa azucarada para darme la mitad por estar a dieta, me dice por quedar dudosa frente a mi celular.

Momento que la puerta es abierta y distingo la figura de Santo con otro profesor ingresando y con él, camino al mostrador y pedirse ambos café.

- No creo... - Solo digo, aceptando su parte y mordiendo el pan dulce, sin apartar pero con disimulo, mi vista de él.

- ¿Pero ellos, están bien? - Insiste por mi actitud, limpiando sus dedos de azúcar con la servilleta de papel y entregando otras a las chicas que le piden también.

- Están perfectos... - Le digo sincera.

Porque es la verdad y por suerte, mis padres muy bien.

Solo soy yo, la que no.

Por ese saludo de mamá a Santo que no logro entender y comiendo algo del desayuno mirándolo a discreción, como con su compañero y pasando entre mesa y mesa, van a una ocupada por más profesores y cual, alguien levanta sus manos para que lo hagan con ellos.

Manos femeninas.

Y haciendo una movida del lugar para juntar más sillas para estos.

Sobre toda una mujer, cuando el profe toma asiento a su lado y sonriente, se integra a la charla en común.

Ella también lo hace, pero sus ojos dicen otra cosa totalmente diferente al resto mirando atenta a Santo.

Un poco espeluznante y alarmándome, casi tragando por completo mi pan mirándolos.

A ellos dos y como si fuera que el resto no existe ni los rodea.

Porque la profesora y de nada en edad mayor que él.

Agradable y bonita sin esfuerzo.

Solo focaliza en conversar con el profe y tengo que ayudarme de mi café, para que circule por mi garganta las migas atoradas que tengo de los celos y más, cuando él voltea a ella para responderle tranquilo a lo que sea que le dice y ella ríe por eso, dejando descansar unas de su manos en su hombro con demasiada confianza.

Mucha, para mi gusto.

Palpitando que la señora tiene pinta de saber de memoria mucho más datos y años de compañerismo, aparte que el nombre y apellido de Santo, porque está fascinada de tenerlo cerca.

Y hago una mueca triste, removiendo con la cucharita de plástico mi vaso de café con leche por demás.

No la culpo, ya que a mí, también me encantaría.

Pero sobre mi gesto de descontento, Santo haciendo a un lado su silla se pone de pie a los pocos minutos.

¿Ya se va?

La cantina está concurrida y aprovechando que nunca nos vio, porque jamás el jodido me buscó con la mirada, se despide de todos terminando su café diciendo algo que no llega a mis oídos por tanta gente y únicamente chequeando la hora de su reloj, se retira dejando no solo a esa profesora poco encantada.

Si no, a mí también por irse.

- Voy al baño... - Le digo a Glenda como mis compañeras, poniéndome de pie y colgando ligero mi bolso al ver que se pierde tras abrir la puerta y salir.

No sé que me dice ella, estoy demasiado concentrada pidiendo permiso entre los estudiantes para pasar e intentando analizar, por qué rayos lo hago y con eso, que le voy a decir cuando lo encuentre.

Pero cualquier excusa es innecesaria, ya que afuera y entre el gentío no lo diviso, mirando para ambos lados.

Y retomo mis pasos indecisa a uno de los pasillos, pasando por la sala de fotocopiado y asomada un poco, si su figura no se distingue dentro.

Tampoco en un aula u oficina con su puerta a medio abrir, donde alguien no deja de escribir sobre un escritorio muy concentrado.

Pero a metros pasando esa y otras con más gente dentro sin Santo, me detengo en una totalmente cerrada y apenas a apoyando un lado de mi rostro y verificar ruidos dentro, estoy tentada a abrirla.

Que y sobre varios segundos dudando, mi mano libre lo hace, sin embargo su cerrojo con llave me impide entrar.

Mierda.

Y mis hombros caen desalentada y por el fracaso, volteando desganada para regresar con las chicas.

Pero algo toma mi brazo de golpe, deteniéndome en el pasillo repentinamente en mi regreso y me empuja contra el rincón contrario y llevándome a ese lado de la pared.

Una, que me recibe con una exclamación por la sorpresa y la semi oscuridad, pero al instante la ahogo al reconocer su perfume, seguido de verlo a mi lado y apoyado de su hombro en ella, mirándome silencioso, de brazos cruzados y analizando nuestra situación, acusando su pulgar golpeando tranquilo sus labios.

Carajo.

¿Por qué, es tan lindo cuando hace eso?

- Lo lamento... - Es lo único que se me ocurre y esa sonrisa malditamente sexy, encontró mi mirada en él.

- Yo, no... - Es toda su respuesta alegre, tomando mi mano nuevamente para llevarme y obligando a que camine tras él por un anexo.

No hay mucho movimiento ni personas y tampoco se preocupa por los que cruzamos.

Y para mi asombro abriendo una puerta contigua y supongo la que buscaba, lo hace sin dudar siendo una de auxilio con uso exclusivo al departamento y ajena a la estudiantil como principal.

Mi Dios.

Es de la biblioteca del pabellón.

Y su agarre se afloja, pero manteniendo nuestros dedos entrelazados notando la poca gente.

Solo unas mesas de un rincón ocupadas por alumnos enfocados en la lectura o escribiendo, 

Y un aroma que tanto me agrada, me inunda con cada paso que damos entre corredores formados por filas de elevados estantes uno al lado del otro y con la altura necesaria de pedir escaleritas adjuntas, para conseguir los más altos.

De libros.

Centenares.

Miles de ellos con su antigüedad y no, clasificadas y siendo en un marco perfecto bajo las imperfecciones por sus diferentes tamaños.

Todo en esta inmensa habitación de paredes ocres y muebles en madera, es color y esencia a magia por más que no se ve.

Mucha.

Por las centenares de cosas que puedes sentir y con solo tomar uno de los libros y abrir su tapa para liberar esa magia que tienen dentro.

Pero mi hechizo estando por primera vez, es poseído por otro encantamiento.

Santo.

Logrando que olvide que estoy rodeada de algo que amo, por otra cosa que también amo y me cubre.

Su cuerpo.

Jesús.

- No...serás capaz... - Me atrevo a decir y mi pecho se tensa ante la idea.

Me sonríe y no habla, bloqueando mi paso con su brazo extendido.

Mierda.

Miro para ambos lados, tomando una bocanada de aire.

¿De hacerme algo en este lugar, con una tercera demora de mi gratificación, como dice él?

Y quiero gritar.

Huir.

Porque Santo Dios, un tercer orgasmo fallido ¿qué mujer en su sano juicio, puede soportar?

- Santo... - Hablo bajito y cierro mis ojos para escucharlo, sintiendo la saliva acumulándose en mi boca.

- ¿Qué Matilda? - Me dice el muy jodido, acomodando mejor sus lentes y su mejilla hace un sonido suave por inclinarse a mi nivel, agarrando una parte de mi pelo en la base de mi cuello y lo enrolla en sus dedos tirando suave de él, para que eleve mi barbilla, abra mis ojos y lo mire.

Y con ese gesto.

Maldición.

Besar mi hombro y un escalofrío de placer acarició mis brazos y piernas, haciendo eco en mis oídos y un centenar de cosas agradables, pasó por mi mente de lo que es capaz.

Pero, cuando creí que iba hacer cosas más cochinas como anoche con ese ademán posesivo, me libera soltando mi pelo y su mano saca un libro de arriba mío haciéndome pestañear sin entender, seguido a alejarse algo y dejándome en un preinfarto orgásmico.

Camina alrededor de más libros mirando atento la pared de estantes con ellos y en cual, aún sigo petrificada y cuando encuentra el buscado, se pone detrás de mí y un extraño y nervioso calor se adueña de mi cuerpo.

Su proximidad y tacto en mi espalda.

De los músculos de su pecho rozando contra la delgada tela de mi blusa y otra descarga eléctrica sale de mi interior directo a mi estómago, cuando sus brazos me rodean desde atrás y con ambos libros en sus manos y se relaja contra mí y yo contra ese estante de libros, sintiendo su corazón golpeando mi espalda, bajo sus brazos rodeando mi cintura y tomo, todo de él.

Todo y lo sostuve por el tiempo silencioso que me dejó sabiendo Santo mejor que yo, que no pasaría mucho tiempo antes de que me lanzara lejos de él y por esa bendita respuesta con mi sí.

A quién, voy a engañar.

- A la salida nos vamos juntos. - Me dice y me sacudo a mí, misma.

- No puedo... - Suelto. - ...llego a la habitación y tengo que ir al trabajo...

- Te busco a la salida, entonces. - Lo soluciona y se aleja, pero me entrega los libros. - Léelos. - Me pide, dando un paso hacia mí y ahueca mi cara entre sus manos, sosteniendo mis ojos con los suyos y asiento lentamente, obligando a mi sistema a calmarme notando dos estudiantes apareciendo y vernos así.

Santo también los nota, pero se sonríe.

- Perfecto... - Pero no se inmuta y palmea mi trasero con ganas, antes de irse y dejarme como si nada.

Tan fuerte de hecho, que el sonido retumba en las paredes del lugar y me pica. 

Dolió realmente mucho y esos alumnos parpadearon con tanta sorpresa antes de dejarnos solos e irse, que sus miradas como la mía, solo decían que mierda fue eso.

Y más, cuando ojean los libros que siguen en mis manos en el momento que les presto también atención yo.

Carajo.

Uno de la didáctica a la educación sexual y otro.

Carajo, otra vez.

El sutil y dulce equilibrio entre el golpe y la caricia, en el arte del azote.

Y el rubor me sofoca por sus rostros, escapando del lugar y alejarme de sus miradas curiosas.

Pero llegando a un punto ya sola, descanso contra otro pasillo de libros, replanteándome esta primera sensación que quiero entender de lo que comienzo a captar por los libros con Santo esperando mi respuesta y que me afecta de tal modo, mirando sin timidez ya cada libro con su título y por el timbre dando fin al receso, retomando mi caminata en dirección al mostrador de la biblioteca y frotando mi aún, dolorosa picazón en mi trasero con una mano.

Guau...





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