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La página noventa y cuatro del buscador de mi computadora me muestra el mismo maldito mensaje de todos los días en que ruego al universo encontrar el paradero del cuerpo de mi hija.
-Te preparé café -Sean desliza una pequeña taza de Americano sobre la mesa y luego me planta un beso en mi despeinado cabello mientras doy un sorbo al delicioso manjar, cuando su único objetivo es echar un vistazo a lo que estaba leyendo-. ¿Qué estás buscando ahora?
Se que ha perdido la paciencia conmigo.
Está siempre junto a mí desde que Madison... desapareció. Siempre busca ayudarme y a pesar que a veces siento que exagera, una parte muy grande de mí agradece que no me deje sola.
Si no fuera por el... mi situación ahora mismo sería peor.
Luego de aquel terrible día, no podía hacer nada sin romper a llorar. No podía dormir pensando en lo que pueden estar haciendo con ella. No conseguía comer porque no tenía ni un pequeño rastro de hambre.
Solo quería llorar y encontré mi refugio en el vino... por cuatro largas semanas fue todo lo que dejaba entrar a mi cuerpo, hasta que colapse completamente intoxicada en el suelo de mi baño donde Sean me encontró y prometió no dejarme volver a caer.
Ahora gracias a eso me trae ayuda tres veces a la semana con un médico que se supone me ayuda a lidiar con mi pérdida, mientras mi esposo, se esfuerza día y noche por mantenerme cuerda, buscando la manera de hacerme seguir adelante con mi vida.
-¿Encontraste algo? -lo cuestiono cuando el último favor que le pedí fue encontrar el Centro.
-No tuve éxito. Te lo he dicho cientos de veces, la dirección de ese lugar es una incógnita -contesta-. Lleva oculto treinta y cinco años.
-Tiene que estar en algún lado. No puede solo desvanecerse -señalo-. Madison tiene que...
Un suspiro de su parte me detiene en seco cuando vuelvo a escucharme hablar de ella en presente.
-Sabes, he estado pensando en la sugerencia del doctor Barret -comenta a lo que de inmediato sacudo la cabeza-. Te ayudaría a cerrar esa parte de tu...
-No daré un funeral -me apresuro a decir-. ¿Qué pondría siquiera en el ataúd? Mi hija no está muerta. ¿Dónde está el cuerpo? ¿Por qué llevársela?
-Cielo, ya hemos hablado de esto. Tu la viste. Su hígado estaba hecho polvo, su corazón apenas latía y su cerebro se estaba apagando. Ella ya no era quien solía ser, la falla orgánica múltiple es... -me recuerda y mi última conversación con ella vuelve a mi mente.
Estaba débil, estaba muriéndose y lo único que yo hice fue gritarle y golpearla cuando ella se atrevió a enfrentarme con la realidad.
-Si está muerta, ¡¿Dónde está él?! ¡¿Dónde está Wen?! ¡Era tu mejor amigo! Dile que venga aquí y me de la cara de qué fue lo que hizo con mi hija... -mi voz se rompe-. Él tiene que pagar. Lo que le hizo...
-Oye... mírame -me gira en la costosa silla ejecutiva de su oficina hasta que sus verdes ojos que no hacen más que recordarme a los de mi hija, se clavan en los míos-. No vuelvas a ese camino -me advierte-. Recuerda lo que te dijo el doctor, cada vez que el pasado venga a tu mente...
-Enfócate en el futuro -completo tomando una enorme bocanada de aire para después exhalar como he estado practicando.
-Eso es... ¿tomaste tu medicamento al despertar? -apaga la computadora y luego me ayuda a ponerme de pie sacando, como si estuviera preparado para cualquier momento en que pueda perder el control, un pequeño bote cito blanco que contiene decenas de mis antidepresivos.
-No. Esa cosa me mantiene dormida -contesto cuando saca un par de píldoras del contenedor.
-Te mantienen cuerda, abre la boca -me dice empujando la pequeña cápsula dentro de mi boca y me obligo a tragármela-. He estado buscando consultorios para ti y anoche encontré un...
-¿Recuerdas cuando tenía seis años? -lo interrumpo cuando caminando por el pasillo un triste recuerdo viene a mi memoria.
Madison con dos largas coletas cafés colgando a cada lado de su cabeza con sus ondas rebotando como un par de resortes y una encantadora pequeña sonrisa en la cara.
-Llegó un día de la escuela con un hermoso letrero que tendría que haber decorado con nuestra ayuda... debíamos poner nuestras manos en pintura y plasmar tus huellas, luego las mías y las de ella... sus manos eran tan pequeñas...
-Sí, toda una obra de arte -contesta guiándome de vuelta a nuestra recamara-. El consultorio...
-Lo hizo con ayuda de Teo y de Sarah porque nosotros no pudimos ayudarla -recuerdo mientras el antidepresivo comienza a surtir efecto adormilándome justo como sabía que iba a suceder-. Pudimos ayudarla, tomaría solo minutos...
-Gina, tienes que dejarla ir -me dice como todos los días.
-¿Y si está viva?
-No lo está, querida -insiste y a pesar de que mis ojos comienzan a cerrarse, hago mi mejor esfuerzo por mantenerme despierta-. Vamos a la cama...
-No. Quiero seguir... tengo que... encontrarla -intento resistirme pero soy muy débil en comparación con el cuando me toma por el brazo y me obliga a quedarme en cama-. Hay que encontrarlos...
Tan pronto mi cabeza toca la almohada continuar despierta se siente como una misión imposible.
-Clarisse... -pido por ella y mi esposo me cubre con las sábanas de seda antes de darme un beso en los labios que me deja probar la hierbabuena que le encanta morder a toda hora como relajante.
-Descansa -me susurra-. Llamaré a Barret para que vuelva a verte. Te amo, Gina.

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