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El corredor huele a una mezcla de antiséptico y cloro. Un aroma que me revuelve el estómago y hace que mi cuerpo entero se estremezca por los miles de pensamientos que comienzan a atacar mi mente de inmediato por el llanto de algunos niños que escucho de las habitaciones que pasamos mientras avanzamos.

Durante nuestro recorrido a donde quiera que me llevan, permanezco con la mirada fija en mis manos sobre mis muslos y evito a toda costa ver lo que nos rodea en un fracaso por evitar sentirme más nerviosa hasta que luego de un par de vueltas nos adentramos finalmente en una habitación enorme con solo una silla en el centro y una mesa metálica a un lado con un banco.

La enfermera se detiene junto a la silla y no me toma mucho tiempo deducir que debo tomar ese lugar así que sin necesidad de que ella diga más, me cambio de asiento.

Un médico nuevo que reemplaza a Wen, se une a nosotras en la sala y sin decir nada, estira mi brazo izquierdo hasta colocarlo sobre la helada mesa de metal y el otro lo pone en el descansabrazo de la silla para después tomar asiento en el banco al otro lado de la mesa.

Sobre esta, acomoda una extraña lámpara de luz negra alta hasta posicionarla sobre mi muñeca.

Retiro mi brazo tan pronto caigo en cuenta de lo que viene, pero él es más rápido y lo sujeta con su mano ya cubierta por guantes antes de que consiga librarme.

-Calmada -me dice como a un animal y de un pequeño cajón debajo de la mesa comienza a sacar los utensilios que en segundos utilizará en mi: alcohol, algodón, ungüento antiinflamatorio y una máquina que asemeja mucho a un bolígrafo de apariencia ancha y con una aguja en la punta repleta de tinta que me pone los nervios de punta.

-No lo hagas, por favor -suplico tan pronto como su guante toca la delgada piel que cubre mi código preparándola para desinfectarla.

-No tomará mucho tiempo. La gente de tu edad hace esto todo el tiempo, no es nada del otro mundo -contesta y bajo su bata puedo ver un montón de tatuajes que pronto también estará sobre mi piel.

Tomando una pequeña porción de algodón que humedece con alcohol y desinfecta la superficie sobre la que trabajará y juro que mis nervios hacen que tan solo el alcohol me provoque una sensación de ardor inmediato.

-Deja de moverte o tendré que restringirte a esa silla -me advierte cuando intento retirar la mano de nuevo.

-No puedo -chillo cuando la pluma comience a emitir un zumbido similar al de una abeja.

-Mente sobre cuerpo -me dice al tiempo que veo como la aguja penetra mi piel por primera vez.

El dolor me hace ahogar un grito que sale de mi garganta como el aullido de un gato y sin pensarlo mi otra mano intenta detener la tortura tocando la suya.

-¡Alto! No puedo... no puedo -chillo muerta de miedo.

-Estúpida niña, ¡no vuelvas a hacer eso! -me abofetea y la punta de la pluma termina a centímetros de mi rostro amenazando con atravesarme cuando vuelvo a mirarlo con los ojos ya llenos de lágrimas.

-Lo siento, no puedo hacerlo -chillo mientras él mantiene cautiva mi mano con fuerza.

Puedo ver como diminutas gotas de sangre comienzan a brotar del sitio donde apenas comenzaba a trazar la letra e.

-Sujétate del brazo de la silla y no te muevas si no quieres salir lastimada -me amenaza y sin mas vuelve a su trabajo que hace que el dolor me haga retorcerme.

Un millón de agujas perforan mi piel cientos de veces por segundo mientras el hombre se toma el tiempo del mundo en trazar cada uno de los números y la letra que forman mi código con extremo detenimiento hasta que posterior a que me limpia la herida con más alcohol que arde como fuego cuando termina, los negros números están impregnados en mi piel.

-No fue tan difícil, ¿eh? -me cuestiona antes de que otros dos médicos entren envueltos en una conversación que mantienen como si yo ni siquiera estuviera presente en la misma habitación-. Está prohibido que retires el plástico hasta que no cicatrice, ¿me entendiste? -me instruye envolviendo mi muñeca en un trozo de ese material que de inmediato se pega a mi piel.

Me limito a asentir y tan pronto como el tatuado se marcha, otro de los médicos comienza a conectar una serie de electrodos a mi frente.

-Buenos días -el otro médico que le dobla la edad a quien me prepara, se sienta frente a mí. El cabello es casi inexistente en su cabeza, solo un par de canas blancas aquí y allá. Tiene la cara repleta de arrugas y unos ojos tan azules que me recuerdan a Alison de inmediato-. Puedes relajar tu cuerpo -carraspea la garganta hablando como el anciano que es y se acomoda sus antiguos anteojos sobre la nariz-. Haremos algo bastante simple el día de hoy -me dice ofreciéndome un marcador permanente que me obligo a tomar-. Yo soy el doctor Joseph Dawson y soy el encargado del departamento de investigación neurológica -anuncia orgulloso-. Lo que voy a hacer hoy es evaluar el funcionamiento de tu cerebro y tu memoria de una manera muy sencilla. Durante tu recuperación trabajé arduamente en tu cerebro para conservar la mayor funcionalidad posible, así que tengo algunas cosas que me gustaría comprobar. Quiero que hagas tu mejor esfuerzo por recordar todo lo que voy a pedirte, ¿de acuerdo?

-¿Tengo alternativa? -lo cuestiono.

-No -el anciano contesta.

-¿Entonces cuál es el punto de preguntarme? -agrego lo que finalmente termina pasando por alto.

-Voy a comenzar por mostrarte unas fotografías y sobre cada una de ellas quiero que escribas la primera palabra que venga a tu mente -explica deslizando la primera imagen sobre la mesa.

Un tranquilo y verde parque rodeado de cientos de árboles y bancas en donde una pareja de ancianos conversa tranquilamente haciéndome envidiarlos. Escribo «parque».

La segunda es una tierna imagen de un pequeño gato gris jugueteando con una bola de estambre; «gato». Le siguen un perro, una playa, el característico puente de San Francisco, la ciudad de Los Ángeles, el interior de un avión; un bolígrafo, una enorme jeringa a punto de inyectar a una persona, un teléfono, Londres, un bebé...

Las imágenes no se relacionan una con la otra o no en la manera en la que mi cerebro trata de encontrarle sentido para pasar la prueba. Simplemente me parecen un montón de cosas que he visto a lo largo de toda mi vida.

-Buen trabajo -me felicita el médico cuando las fotografías terminan-. Comencemos con la segunda parte. Ahora quiero que me escribas los nombres de las personas que te voy a mostrar, ¿estás lista?

La pregunta se queda dando vueltas en mi mente. ¿Alguna vez estaré lista cómo para aceptar todo esto como mi nueva normalidad?

Me fuerzo a asentir y acto seguido, la primera fotografía que me muestra es mía. Una estúpida fotografía en la que aparezco sonriendo gracias a lo ingenua que era antes de conocer todo esto; Madison. Le sigue mi madre vistiendo una bata blanca y mirando a la cámara con una seriedad increíble, seguida por una de mi padre y otra de Wen.

Una foto de Alison de cuando era mucho más pequeña me forma un nudo en la garganta, tiene una mirada llena de inocencia en la cara con un rostro que denota el hecho de que no tenía idea de lo que estaban haciendo mientras capturaban la imagen.

Cuando Levy aparece, las lágrimas escapan de mis ojos tan pronto como escribo su nombre y luego es reemplazada por una de Dylan que para nada me hace sentir mejor.

-Apresúrate -me presiona el médico cuando me quedo perdida en la sonrisa hipnotizante que aparece en la fotografía.

Tan pronto como escribo su nombre, la foto me es arrebatada y reemplazada por una de Sarah junto con otras tantas en donde aparecen el resto del personal que vivía en mi casa. Me muestran fotos de toda la gente que solía convivir conmigo, incluso compañeros de la escuela con los que rara vez llegue a cruzar palabra alguna y de los que no tengo ni idea de cómo obtuvieron las imágenes.

-¿Cómo te llamas? -la pregunta me toma por sorpresa y estoy tan confundida que lo único que consigo hacer es quedarme viéndolo-. ¿Cuál es tu nombre? -me repite despacio como si de pronto no habláramos el mismo idioma.

-M-Madison... Wrestler -titubeo.

-¿Dónde naciste?

-En... San... Francisco.

-¿Cuándo?

-El nueve de febrero del... dos mil cincuenta y dos.

-¿Cuál es el nombre de la escuela a la que asistías?

-Preparatoria Autumn de San Francisco.

-¿La dirección del lugar donde vivías?

-Calle del Roble número ochenta y cinco cuarenta y siete -contesto.

-¿Cuál era tu número de teléfono?

-Cuatro quince... veintiséis... cero... doce...veintiocho.

El médico corrobora cada una de mis respuestas con unas anotaciones que carga con el y luego sonríe al terminar.

-Perfecto -balbucea antes de cerrar la carpeta y ponerse de pie-. He terminado, llévensela de aquí. Te veré mañana -anuncia dejando la habitación y en segundos mi enfermera vuelve empujando la silla de ruedas lista para llevarme de regreso a mi celda.

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