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Me muero de frío.
Cada fibra de mi cuerpo tiembla de una forma que jamás había experimentado hasta que me obliga a despertar.
Una luz brillante proveniente del centro del techo es lo primero que encuentro al abrir los ojos. La observo por un largo rato esperando a que mis ojos se ajusten a ella mientras destruye mis pupilas hasta que me rindo girándome sobre mi costado.
Junto a mí, hay una pared recubierta de helados azulejos blancos que puedo tocar desde mi cama. Lo desconocido del lugar me desorienta tan pronto como la realidad me golpea, casi caigo de la pequeña cama hasta el suelo.
Me siento de inmediato y el hecho de que haya logrado hacerlo sin ninguna dificultad me confunde aún más. No siento nada. Mis manos, brazos y piernas están completamente limpios. No hay siquiera un pequeño rastro de algún moretón y a pesar de que aún visto un camisón digno de cualquier hospital, lucen justo como los recordaba cuando estaba sana.
Bajo los pies de la cama y el suelo tan frío como la invernal nieve hace que se me enchine la piel.
El cuarto es agonizantemente pequeño. Apenas cabría acostada dos veces en cualquier dirección. No hay ventanas, ni puertas, solo la pequeña cama sobre la que estoy sentada, el brillante foco que cuelga del techo y cuatro cámaras en cada esquina de la habitación que parecen seguir de cerca cada uno de mis movimientos.
Un zumbido me acelera el corazón; y acto seguido, la mitad de la pared frente a mí se convierte inesperadamente en una puerta, que de pronto, me deja ver una sombra perturbando la inmensa cantidad de luz que entra del pasillo y me ciega.
Al atenuarse, encuentro a un chico de cabello y piel oscura frente a mí. Puedo ver que su quijada comienza a mostrar pequeños indicios de una barba también oscura y sus ojos profundamente negros me miran con curiosidad. Viste un traje médico azul marino con una bata blanca y un estetoscopio cuelga de su cuello.
Supongo que es el doctor.
-Buenos días -saluda con un fuerte acento inglés y luego me muestra una cortes y blanca sonrisa-. No tengas miedo -me dice cuando lo único que logro hacer es mirarlo y sus palabras provocan el efecto contrario en mí cuando intenta tocarme, haciendo que retroceda en la cama hasta que la helada pared se interpone en mi camino-. Soy el doctor Hughes, pero puedes llamarme Ethan si lo prefieres... yo lo prefiero -tartamudea.
Mi corazón late como si acabará de correr un maratón.
-Voy a poner este aparato con cuidado contra tu pecho para escuchar los latidos de tu corazón y luego haré lo mismo en tu espalda para revisar tus pulmones. ¿Está bien? -me muestra el estetoscopio.
-Sé cómo funciona -asiento.
-Bien. Lo haré entonces -me avisa y en cuanto el aparato entra en contacto conmigo me quedo inmóvil, forzándome a dejarlo hacer su trabajo-. Parece un corazón y un par de pulmones bastante fuertes -anuncia-. ¿Cómo te sientes? ¿Estás hambrienta? Apuesto a que mueres por comer algo.
-¿En dónde estoy? -pregunto en cambio y el amable médico se tensa por un segundo.
-Voy a conseguirte algo de comida -anuncia colocando nuevamente el estetoscopio alrededor de su cuello y después un zumbido abre la puerta para dejarlo salir.
Una mujer vestida de rosa es mi siguiente visita. Entra cargando una bandeja de comida en las manos que deja sobre mi cama y luego me mira como si despidiera un hedor terrible que la hace mostrar una mueca de asco.
-Tienes quince minutos para terminar todo eso -señala y es todo lo que dice antes de salir y dejar que la puerta se azote detrás de ella con un estruendo bastante fuerte.
Me quedo mirando la bandeja por un largo rato, como si el que hiciera eso fuera a hacerla desaparecer por sí misma hasta percatarme de la existencia de una etiqueta en la cubierta que tan pronto entra en contacto con mis ojos me hace sentir como una mezcla de terror, enojo y nerviosismo se apodera de mi cuerpo entero.
Dieta de recuperación. E- 150 / SP. j2-3427
Mi cara arde de coraje y de pronto estoy tan enojada que sin pensarlo dos veces pateo con fuerza la bandeja hasta que cae al suelo salpicando las paredes de una asquerosa masa gris que parecía contener uno de los platos.
Me dejo caer de vuelta en la cama temblando como si estuviera caminando en medio de una tormenta helada mientras intento esconder lo mejor que puedo mi patético rostro de las cámaras que me observan y lloro con una fuerza que me contrae tanto el estómago hasta el punto de no dejarme respirar.
Mis pulmones luchan por encontrar aire y siento como si la cabeza fuera a explotarme por el esfuerzo que me toma soltar los alaridos que salen del fondo de mi garganta mientras comienzo a vivir dentro de mi peor pesadilla.

La habitación es un completo desastre que percibo desde que abro la puerta. La bandeja de la dieta está tirada en el suelo y las paredes salpicadas de la comida que se supone que ella ya debería de haber ingerido para esta hora.
-Voy a enseñarle a esta...
-Yo me encargo, Rosie -detengo a la enfermera que me acompaña cuando encuentro a Madison llorando sobre la cama-. Dame cinco minutos.
La tosca mujer gruñe cruzando los brazos y sin alternativa vuelve por el corredor balbuceando enojada ante el aparente desastre.
Inhalo profundamente intentando cargarme de paciencia y luego finalmente cierro la puerta detrás de mí.
-Quince minutos aquí y ya hiciste un desorden -digo y tan pronto me escucha, ella se gira para encararme-. Hola, Madison.
-¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Dónde estoy? -me ataca con preguntas.
-Un paso a la vez -sigo esquivando los charcos de comida en el suelo para acercarme.
-¡¿Dónde está mi madre?! ¡Déjame ir! -chillo.
-Desafortunadamente, no puedo hacer eso -contesto-. Necesito que respondas unas preguntas para mí.
-¡No responderé a nada! ¡Libérame! ¡Ayuda! ¡Alguien ayúdeme! -grita cuando estoy a pasos de ella con exactamente la actitud que esperaba y de la que el resto del equipo quería librarse desde un inicio, pero no lo concederé; no hasta que haya agotado todos mis recursos para lidiar con ella.
Es una chica inteligente, la hice de ese modo. Sabe lo que le conviene, solo debemos de presionar de la manera correcta para manejarla como queremos.
-¡Deja de gritar! Nadie vendrá por ti -le advierto-. Solo quiero hacerte unas preguntas, ¿puedo hacerlo?
-Intentaste matarme -llora cerrada en sus propios pensamientos paranoicos, pero por suerte para mí sus reacciones son suficientes para estudiarla así que tomo nota mental hasta poder vaciar la información en su expediente.
Memoria intacta.
-Sigues con vida -la contradigo.
-¡¿Dónde estoy?! -replica.
-Ah ah -sacudo la cabeza-. Soy yo quien hace las preguntas. Así es como funcionan las cosas aquí -su ceño se frunce antes de que su mirada se llene de terror cuando me acerco aún más y se mueve hasta que su cuerpo queda completamente contra la esquina de la habitación, pegando lo mejor que puede sus piernas a su cuerpo en un desesperado intento por protegerse.
Movilidad adecuada.
He de admitir que la recuperación es sorprendente.
-¡Aléjate! -Sus ojos se vidrian.
-Cálmate. Respira profundo. Quiero que cuentes hasta diez -le digo sentándome junto a ella para que no tenga escapatoria.
-No voy a... -la interrumpo tapando su nariz y su boca y ante la inesperada acción ella manotea intentado librarse de una manera tan desesperada que comienza a llorar.
-Dije que vas a respirar profundo y contar hasta diez -le advierto y luego la suelto dejándola respirar-. ¡Comienza! ¡Uno!
Ella cierra los ojos aterrorizada pero cuando sus opciones se agotan tal y como pensaba se limita a obedecer y seguir mis instrucciones.
-¿Lo ves? No es tan difícil. No quiero lastimarte, pero lo haré si no me dejas alternativa -le advierto-. Las reglas son sencillas. Sigue instrucciones y estarás bien. Resístete a dejarnos trabajar y tendrás tus consecuencias. Tú decides.
La puerta abriéndose de golpe me interrumpe y Rosie aparece nuevamente.
-¿Está lista doctor? -pregunta empujando una silla de ruedas y asiento.
-Sí, puedes llevártela -contesto.
-¡No! ¡No! ¿Adónde me lleva? -chilla y no pasa ni un segundo antes de que la fuerte mujer la jale por el brazo.
-¡No me toques! -Madison manotea.
-¿Qué es lo que acabo de decirte? -la reprimo y ante la forma en que alzo la voz ella se encoge-. ¡Ve a la silla, ahora!
-Lo haré -llora-. Soy perfectamente capaz de hacerlo sola.
-Demuéstralo entonces -contesto y luego de lanzarme una mirada aterrada, ella se fuerza a ponerse de pie y luego toma asiento sin mayor alternativa.

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