Capítulo 12
La habitación es grande. Llevo cinco minutos en la sala de espera. No es habitual en mí esperar; siento que me he convertido en una maldita marioneta y, cuando no puedo controlar una situación, es caótico. Esta emoción es violenta. Me agita cada parte del cuerpo, obligándome a mover el pie con violencia debido a los nervios.
—¿Srta. White?
Levanto la cabeza del suelo. Sonrío. La mujer que está delante de mí comparte el gesto y extiende la mano hacia la puerta.
—Lamento interrumpirla.
Levanto las manos para evitar un malentendido, pero ella retoma de nuevo la palabra:
—El Sr. está esperándola en la oficina. Lamenta haberla hecho esperar.
—Claro —me pongo de pie de un salto y, sin querer, tiro el vaso de agua sobre la revista—. ¡Lo lamento!
«Qué torpe, Ekaterina. Me muero de vergüenza».
Ella se aferra a mis manos, que intentan juntar el vaso descartable.
—Por favor —dice con dulzura—, él está esperándola. No se preocupe. Yo lo limpio.
La puerta se abre con un siseo casi imperceptible, y el aroma a madera de sándalo y café recién hecho golpea mis sentidos, dándome una bofetada de realidad. Aquí no huele a la colonia barata y pretenciosa de Noah, ni al encierro rancio de la oficina de mi padre. Aquí huele a poder, pero a un poder que no necesita gritar para ser escuchado.
Christopher está de espaldas, frente al ventanal que domina la ciudad. La luz de la luna recorta su silueta perfecta, y por un segundo, me quedo estática. Mis dedos, ocultos bajo la manga del saco, hormiguean. La venda en mi mano se siente pesada, un recordatorio físico de mi propia fragilidad.
—Llega tarde, Srta. Wright.
Su voz retumba en la oficina, profunda y cargada de una diversión que me irrita y me fascina a partes iguales. Se gira con una lentitud exasperante, sosteniendo una copa de cristal tallado. Sus ojos azules me escanean, deteniéndose en mi rostro un segundo más de lo profesionalmente aceptable. Sabe que he estado llorando. Sabe que el whisky todavía corre por mis venas.
—Usted me hizo esperar cinco minutos en su recepción, Sr. Parker —respondo, intentando recuperar la columna vertebral que perdí en el ascensor con Laura—. Supongo que estamos a mano.
Él suelta una risilla corta y se acerca. Cada paso suyo es una invasión a mi espacio personal que mi cuerpo, traidoramente, agradece.
—Cinco minutos para que recuperara el aliento. Parecía que iba a desmayarse frente a mi secretaria —dice, deteniéndose a escasos centímetros. Me ofrece una copa igual a la suya—. Agua mineral. Supongo que ya ha tenido suficiente veneno por hoy.
Me tenso. La humillación me sube por el cuello, pero acepto el vaso. Mis manos tiemblan apenas, un tintineo sutil del cristal que no pasa desapercibido para él.
—No vine aquí para que analice mi consumo de alcohol, ni para recibir lecciones de salud —siseo, clavando mi mirada en la suya—. Vine porque dejó una nota en mi escritorio. Una nota que, en cualquier otro contexto, sería una falta de respeto al contrato que nos une.
—El contrato —repite él, saboreando las palabras como si fueran un chiste privado—. El contrato dice que usted diseñará mi hotel. Pero la nota... la nota decía que si necesitaba una salida de emergencia, esta era la dirección.
Doy un paso atrás, buscando el aire que me falta.
—No necesito una salida de emergencia —miento, y el eco de mi propia voz suena a cristal rompiéndose.
Doy un paso hacia atrás, intentando que la distancia física restaure algo de la jerarquía que se ha evaporado. Christopher, sin embargo, no retrocede. Se apoya con una elegancia perezosa contra el borde de su escritorio de caoba, cruzando las piernas con esa seguridad que solo tienen los hombres que nunca han tenido que pedir permiso para existir.
—¿Ah, no? —arquea una ceja, su mirada bajando un segundo hacia mi mano vendada antes de volver a mis ojos—. Entonces supongo que su visita a estas horas, con el rastro de una batalla en el rostro y el pulso a mil por hora, es meramente para discutir los planos de cimentación de Hawái.
El sarcasmo en su tono me quema. Intento sostener el vaso de agua con firmeza, pero el frío del cristal solo acentúa el temblor de mis dedos.
—Exactamente —respondo con una rigidez profesional que se siente como una armadura de papel—. La Constructora Wright no acostumbra a dejar hilos sueltos. Y su proyecto es... prioritario.
—Lo prioritario para usted, Ekaterina, debería ser no desmoronarse antes de que termine la semana —dice él, soltando el aire en un suspiro que suena casi a decepción.
—No me estoy desmoronando —replico de inmediato, aunque la voz me sale más aguda de lo que pretendía.
Doy un trago al agua mineral; el frío golpea mi garganta seca y me obliga a concentrarme en el presente. La mirada de Christopher es una linterna que barre las sombras de mi rostro, y odio lo expuesta que me siento bajo su escrutinio.
—Solo ha sido un día largo —continúo, intentando suavizar el tono—. La Constructora Wright está pasando por una fase de transición y los preparativos para el anuncio de mañana requieren toda mi atención.
—Transición —repite él, separándose del escritorio para dar un paso hacia mí. Su sombra se proyecta sobre la mía, envolviéndome—. Una palabra muy técnica para describir cómo la están subastando al mejor postor.
Me tenso tanto que los nudillos de mi mano vendada protestan con un latigazo de dolor.
—Es un compromiso, Sr. Parker. Algo que usted, como hombre de negocios, debería entender perfectamente —siseo, clavando mis ojos en los suyos para demostrarle que no me intimidan sus verdades.
Christopher se detiene a escasos centímetros. Puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, un contraste violento con el aire acondicionado de la oficina. Su mirada desciende un segundo a mis labios antes de volver a chocar con la mía.
—El poder no se consolida con cadenas, Ekaterina. Se consolida con autonomía —su voz baja un octavo, volviéndose peligrosamente suave—. He visto a muchos hombres como su padre. Creen que los activos más valiosos son los que tienen bajo llave, pero se olvidan de que los diamantes bajo demasiada presión terminan por estallar.
—Yo no soy un diamante —murmuro, y por un segundo la fachada profesional se agrieta, dejando ver a la mujer que lloró en el bar.
—No, no lo es —concuerda él, y su mano se levanta, rozando apenas la manga de mi saco—. Es la arquitecta que va a construir mi legado en Hawái. Y no voy a permitir que arruine mi hotel porque usted está demasiado ocupada siendo una esposa trofeo como para revisar los cimientos.
El insulto hacia mi profesionalismo me da el empujón de rabia que necesitaba para no romperme.
—Eso no sucederá. Soy perfectamente capaz de manejar mi vida personal y mis obligaciones laborales.
—Demuéstremelo —desafía él, cruzándose de brazos—. Si es tan profesional, siéntese. Hablemos de Hawái. Hablemos de por qué su diseño original me parece una basura comparado con lo que vi en sus ojos cuando la rescaté del suelo.
Me quedo helada. Él sabe que no vine por los planos. Él sabe que la nota fue el anzuelo y yo el pez que mordió por desesperación. Sin embargo, Christopher mantiene una distancia caballeresca, señalando la silla frente a su escritorio con un gesto que no admite réplicas.
—Siéntese, Srta. Wright. Vamos a redactar una cláusula de exclusividad —dice, volviendo a su tono de tiburón de los negocios—. Una que dicte que su presencia física en el sitio de construcción en Hawái es indispensable a partir de pasado mañana.
Abro la boca para protestar, pero él me interrumpe con una sonrisa gélida y triunfante.
—Considérelo una estrategia de negocios. Su salida de emergencia legal. Su padre no podrá oponerse a un contrato de exclusividad de este calibre sin enfrentar una demanda millonaria.
El silencio que sigue a sus palabras es tan denso que puedo oír el tic-tac rítmico de un reloj de pared que antes me había pasado desapercibido. Mi mente trabaja a una velocidad frenética, sopesando las implicaciones de lo que acaba de soltar con tanta ligereza. Una cláusula de exclusividad. Un viaje a Hawái. Una demanda millonaria.
«Es una declaración de guerra envuelta en papel de regalo corporativo.»
—Usted no da puntada sin hilo, ¿verdad, Sr. Parker? —murmuro, dejando finalmente el vaso de agua sobre una mesa auxiliar.
El frío ha dejado una marca circular en la madera, similar a la que siento en el pecho.
—Llámeme Christopher, Ekaterina. Ya hemos pasado la fase de las formalidades vacías —dice él, rodeando su escritorio para tomar asiento en su imponente silla de cuero. Se reclina, entrelazando los dedos, observándome como quien analiza una pieza de ajedrez fundamental—. Y no, no lo hago. Pero tampoco soy un filántropo. Quiero mi hotel terminado a tiempo y con la calidad que solo usted puede darle. Un compromiso mediático y un marido posesivo son distracciones que mi presupuesto no está dispuesto a tolerar.
Camino lentamente hacia la silla que me ha señalado, pero no me siento de inmediato. Me apoyo en el respaldo, sintiendo la textura del cuero bajo mi mano sana.
—Mi padre entrará en cólera.
—Exactamente —coincide, y hay un brillo depredador en sus ojos azules—. Se llama control de daños preventivo. Usted se va a Hawái a supervisar la fase uno. Su padre se queda con el contrato de la Constructora, pero sin su pieza central.
Siento un vértigo repentino. El alcohol que aún circula por mi sistema me hace ver la situación con una lucidez peligrosa. Si acepto, estoy aceptando su protección. Estoy aceptando que él sea el muro entre mi familia y yo.
—¿Por qué? —pregunto, mi voz apenas un susurro que rompe la quietud de la oficina—. ¿Por qué molestarse tanto por una arquitecta que apenas conoce? No me venga con el discurso del "legado". Usted podría contratar a cualquier otro estudio de renombre mundial mañana mismo.
Christopher se inclina hacia adelante, invadiendo de nuevo ese espacio invisible que nos separa. Su expresión se vuelve seria, despojada de la ironía de hace un momento.
—Porque detesto ver el talento desperdiciado en manos de mediocres —responde con una honestidad cortante—. Y porque me gusta ganar.
Me muerdo el labio inferior, sintiendo el sabor metálico de la ansiedad. El papel sobre el escritorio parece brillar bajo la lámpara de diseño. Es la libertad, pero tiene el nombre de otro hombre escrito en ella.
—Necesito ver las condiciones —digo finalmente, sentándome con la rigidez de una reina que está a punto de firmar un tratado de rendición... o de independencia.
Christopher desliza una carpeta hacia mí. Sus dedos rozan los míos por un segundo, y el hormigueo eléctrico me recorre el brazo hasta la nuca.
—Léala con cuidado, Srta. Wright —dice, y su sonrisa vuelve a ser esa curva arrogante y encantadora—. Pero decida rápido. El vuelo sale en treinta y seis horas, y dudo mucho que quiera que su padre sea el que la despida en el aeropuerto.
Tomo la carpeta con una lentitud que pretende ser analítica, pero que solo busca ganar tiempo para que mi corazón deje de martillear contra mis costillas. Al abrirla, el blanco gélido de las hojas bajo la lámpara de escritorio me deslumbra. Mis ojos escanean las cláusulas: exclusividad de campo, supervisión técnica obligatoria en el sitio, penalización por incumplimiento de cronograma y una cifra en dólares que me hace tragar saliva.
«Es una jaula de oro, pero es mi jaula de oro, lejos de aquí.»
—Treinta y seis horas —repito, y la cifra suena a una cuenta regresiva—. Si firmo esto ahora, mañana por la mañana la noticia será que la heredera de la Constructora Wright ha abandonado el país por un contrato de exclusividad que compromete el patrimonio de su propia familia si no se cumple.
—Suena a una jugada maestra, ¿no cree?
Él se apoya en el respaldo de su silla, observándome con una calma que me resulta exasperante y magnética a la vez.
Me quedo mirando el espacio para la firma. La tinta parece negra como el abismo. Pienso en Nate y en su mirada de decepción en el hospital; pienso en Laura y en cómo me soltó la mano en el ascensor. Si me voy, los dejo solos. Pero si me quedo, seré un cadáver viviente vestida de blanco, incapaz de ayudar a nadie.
—Si algo sale mal en Hawái. Mi padre se asegurará de que no pueda trabajar ni diseñando una caseta de perro en esta ciudad.
—Nada saldrá mal —sentencia él con una seguridad que roza la arrogancia—. Yo no invierto en causas perdidas, Ekaterina. Y usted es el mejor movimiento que he hecho en todo el año.
Sostengo la pluma estilográfica que descansa sobre el escritorio. Es pesada, fría, real. Mis dedos vendados rozan el metal y, por un instante, visualizo el rostro de Noah cuando se entere. El dolor que sentí en el bar se transforma en una chispa de adrenalina pura.
—Si firmo... —hago una pausa, mi voz volviéndose firme por primera vez en toda la noche—, quiero que sepa que lo hago porque este proyecto es mío.
—Nunca esperé menos de usted —responde él, y hay un destello de respeto genuino en su mirada que me desarma más que cualquier caricia.
El roce de la pluma sobre el papel produce un sonido seco, definitivo. Firmo con un trazo rápido, entregando mi futuro a la incertidumbre de Hawái y a la voluntad de Christopher Parker. Al terminar, cierro la carpeta y la deslizo hacia él.
—Hecho —digo, poniéndome de pie.
El mundo ya no parece dar vueltas porque ahora, por fin, tiene una dirección.
Él toma la carpeta, pero no la guarda. Se pone de pie también, rodeando el escritorio con esa elegancia depredadora y se detiene frente a mí. La oficina se siente de repente mucho más pequeña.
—Bienvenida a bordo, Srta. Wright —murmura, y esta vez, su mano captura la mía, no para besarla, sino para sostenerla con una firmeza que sella nuestro pacto—. Charles la estará esperando fuera. Vaya a casa, empaque lo esencial y no conteste el teléfono. A partir de este momento, usted solo responde ante mí.
Me estremezco ante la posesividad de sus palabras, pero no me aparto. Por primera vez en mi vida, el peso de una orden no se siente como una cadena, sino como un ancla.
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top