Capítulo 9

Tomé las llaves del departamento y salí rápidamente, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. Tomé el elevador y bajé hasta la planta baja. Al salir, saludé amablemente a Alex, el portero, quien siempre tenía una sonrisa en el rostro.

—Buenas tardes, Alex. Saldré a dar una vuelta por los alrededores —le informé.

—¡Cuídate, Denis! —respondió con su habitual amabilidad.

Salí a la calle y me encontré con un bullicio de gente caminando. Las calles estaban vivas, llenas de movimiento y energía. El sol estaba a punto de ocultarse, llenando el cielo con tonos naranjas y rosados que anunciaban la llegada de la noche. Avisé a mi madre que saldría, y ella me deseó lo mejor con una sonrisa.

Casi se acercaba la hora del encuentro cuando de pronto recibí una llamada de Jonathan. Contesté un poco confundido.

—Hola, Jonathan.

—Hola, Denis. Solo quería avisarte que estoy llegando. ¿Dónde estás? —me preguntó su voz cálida.

—Estoy por llegar, acelerando el paso —respondí, tratando de no sonar demasiado agitado.

—No te precipites. Ve con mucho cuidado —me dijo, con preocupación en su voz.

—¿En qué parte estás? —le pregunté, intentando calcular el tiempo que nos tomaría encontrarnos.

—Estoy cerca de la iglesia —respondió, lo cual significaba que estaba en el extremo opuesto de donde venía yo.

Aceleré el paso, sabiendo que solo faltaba una cuadra más para llegar. Solo esperaba a que el semáforo peatonal se pusiera en verde para continuar.

—No me cuelgues —le dije, mientras observaba cómo la gente comenzaba a aglomerarse en la esquina, esperando a cruzar.

Cuando el semáforo se puso en verde, la multitud comenzó a cruzar la calle rápidamente, lo que me impidió caminar con más velocidad. El murmullo de las conversaciones y el sonido del tráfico se mezclaban en un caos ordenado.

Finalmente, pude apartarme de la muchedumbre y caminar más rápido.

—Estoy llegando —le dije a Jonathan, quien seguía en la línea.

Sentía una mezcla de nervios y emoción al saber que en pocos minutos lo vería en persona. El parque central estaba a la vista, y mi corazón latía con fuerza mientras avanzaba.

—Jonathan, ¿qué ropa traes puesta? —le pregunté mientras seguía avanzando hacia el parque. Quería asegurarme de encontrarlo rápidamente entre la multitud.

—Hoy llevo unos pantalones de vestir oscuros y una camisa azul claro con las mangas arremangadas. Es algo casual pero elegante, ya sabes, vengo del trabajo —respondió.

—Perfecto. Yo traigo ropa casual, pero con estilo —bromeó—. Llevo una camiseta blanca y unos jeans ajustados, además de mis zapatillas favoritas —le dije, tratando de visualizarlo en mi mente.

A lo lejos, creí verlo. Mi corazón comenzó a acelerarse. La mezcla de nervios y emoción me llenaba mientras le decía:

—Creo que te veo desde lejos.

Podía ver cómo Jonathan comenzaba a moverse, tratando de buscarme, pero no parecía verme aún.

—Yo no te veo, ¿dónde estás? —preguntó con un tono de curiosidad en su voz.

—Mantente ahí, ya casi estoy —le respondí, tratando de guiarlo con mi mirada mientras aceleraba el paso.

Conforme me acercaba, mi corazón latía más rápido. Esos nervios que sientes cuando vas a conocer a alguien por primera vez parecían multiplicarse con cada paso. Me tomé una pausa para respirar profundamente, tratando de calmar mis nervios antes de caminar hacia él, quien ya estaba a escasos metros de distancia.

Jonathan al verme sonrió y se acercó a mí. Nos saludamos con un abrazo nervioso por mi parte, mientras que él parecía más neutro y tranquilo.

—¡Wow, eres alto! —dijo sorprendido—. No creí que lo fueras tanto. ¿Cuánto mides?

—Casi 1.90 —respondí, aún un poco nervioso.

—¡Eso es increíble! —exclamó Jonathan—. Yo mido casi 1.78.

Nos miramos y nos reímos, dándonos cuenta de que, en todas estas semanas que llevábamos en contacto, nunca habíamos hablado de nuestra altura. Era una pequeña revelación que hacía el encuentro aún más interesante y emocionante.

El parque estaba lleno de vida. Los niños jugaban, las parejas paseaban de la mano y el cielo se teñía de tonos anaranjados y rosados. Sentí cómo la calidez de la tarde se mezclaba con la emoción del momento, creando un ambiente perfecto para nuestro primer encuentro en persona.

—¿Qué te gustaría hacer? —pregunté, tratando de romper el hielo.

—No lo sé, ¿te gustaría ir a tomar un café o algo así? —respondió Jonathan, también pensativo.

Antes de que pudiera contestar, Jonathan interrumpió:

—¿Qué te parece si vamos a caminar al parque que está cerca del mar? Podemos platicar y relajarnos.

—Me parece una excelente idea —dije, aliviado por la sugerencia.

Caminamos en dirección al mar, que estaba solo a unas cuantas cuadras. La caminata fue en su mayoría en silencio. Mis nervios estaban a flor de piel y mi mente en blanco, intentando procesar que finalmente estaba conociendo a Jonathan en persona. Él, notando mi nerviosismo, trató de ambientar la situación contándome sobre cómo le había ido en el trabajo.

—Hoy fue un día bastante productivo. Logré terminar ese proyecto del que te hablé la otra vez —dijo, tratando de mantener la conversación.

—Eso suena genial, Jonathan. Me alegra que todo haya salido bien —contesté, sintiendo un poco de alivio al escuchar su voz.

Al llegar al parque, la tranquilidad del lugar era palpable. Ya había anochecido y la brisa marina traía consigo una frescura agradable. Solo había algunas personas haciendo ejercicio o paseando a sus mascotas. La luz de las farolas creaba sombras suaves que se mezclaban con la oscuridad.

Jonathan me guió hacia una palmera en medio del parque y me sugirió que tomáramos asiento en el pasto. Nos sentamos cara a cara, y entre la oscuridad, podía distinguir sus rasgos. Su piel morena y su cabello rizado, sus labios ligeramente delgados, una barba recortada y los lentes que usaba.

Cada detalle de su rostro se grababa en mi mente mientras intentaba mantener la calma y disfrutar del momento. A pesar de la penumbra, podía sentir la calidez de su presencia y la conexión que habíamos forjado en estas semanas.

Era un momento tranquilo y cargado de significado. Sentí cómo la brisa marina acariciaba mi rostro y el murmullo lejano de las olas rompía el silencio de la noche. El ambiente era perfecto para conocernos mejor, y aunque los nervios seguían ahí, la emoción de estar juntos hacía que todo valiera la pena.

Conforme los minutos pasaban, Jonathan y yo comenzamos a romper el hielo. Le conté un poco más sobre mí, explicándole cómo había llegado a esta nueva ciudad, a este nuevo país, y todos los retos que había enfrentado. Jonathan escuchaba con atención, sus ojos reflejaban una mezcla de interés y empatía. Hablar de todo lo que había vivido y las dificultades que enfrentaba era liberador. Sentía que cada palabra me ayudaba a conectarme más con él.

Después de compartir mi historia, fue el turno de Jonathan. Me contó sobre su vida con la misma honestidad con la que yo me había abierto a él. Me habló de su amor por los perros y cómo tenía dos adorables compañeros de cuatro patas que le hacían compañía en casa. Me confesó que vivía solo y que le encantaba cocinar, una pasión que había descubierto años atrás y que ahora disfrutaba cada vez que tenía la oportunidad. Cuanto más hablaba, más me sentía atraído por su autenticidad y calidez.

Llegó un punto en que ambos decidimos recostarnos sobre el pasto, dejando que el silencio y la serenidad del lugar nos envolvieran. La brisa marina acariciaba mi rostro, trayendo consigo el suave murmullo de las olas rompiendo en la orilla cercana. El sonido de las hojas de las palmeras moviéndose con el viento se mezclaba con el ruido distante de los autos, creando una melodía relajante que hacía que el tiempo pareciera detenerse.

Cerré los ojos y me dejé llevar por la tranquilidad del momento. El césped bajo mi cuerpo era fresco y la tierra desprendía un aroma terroso y reconfortante. Cada inhalación y exhalación se sentían más profundas, más significativas. Podía oír la respiración pausada de Jonathan a mi lado, y eso me llenaba de una paz indescriptible.

Una brisa fresca hizo que comenzara a sentir frío, pero no quise moverme. Disfrutaba demasiado de esa conexión silenciosa, de esa complicidad que había nacido entre nosotros en tan poco tiempo. Era como si el mundo exterior se desvaneciera, dejándonos a solas con nuestros pensamientos y emociones.

Sentí una mano deslizarse suavemente sobre mi mejilla. Abrí los ojos de golpe y vi a Jonathan retirando su mano. Me miró con una sonrisa y dijo:

—Eres muy guapo.

Volvió a deslizar su mano sobre mi mejilla, esta vez hasta llegar a mis labios. Me aparté un poco, incómodo, pero entonces sentí cómo Jonathan se acercaba más, dejando su cabeza sobre mi pecho y pasando su brazo por mi vientre. La incomodidad creció dentro de mí, y no sabía qué hacer en ese momento. Traté de apartarme, y Jonathan, al darse cuenta, se alejó un poco.

Todo quedó en completa tranquilidad por unos momentos. La brisa marina seguía acariciando nuestras pieles, y el sonido de las olas y las hojas de las palmeras llenaba el aire. Pero entonces, Jonathan se acercó de nuevo. Esta vez, pude sentir su aliento cerca de mi rostro. Mi corazón comenzó a latir más rápido y los nervios se apoderaron de mí.

Jonathan posó sus labios sobre los míos. Me quedé quieto, inmóvil, sin saber cómo reaccionar. Jonathan comenzó a mover sus labios en un beso que no fue correspondido. Se detuvo y me miró, preguntando:

—¿Qué te pasa?

—Estoy un poco nervioso —respondí, tratando de encontrar las palabras adecuadas.

El ambiente seguía siendo tranquilo, pero la tensión entre nosotros era palpable. No sabía cómo manejar la situación, y mis pensamientos se arremolinaban en mi mente, buscando una salida.

La tensión creció cuando volví a sentir los labios de Jonathan sobre los míos, esta vez con más intensidad. Su lengua luchaba por entrar en mi boca, y en ese momento, comencé a sentir una mezcla de incomodidad y repulsión. Sentí su mano posarse en mis piernas y como poco a poco se deslizaba hasta mi entre pierna, antes de que pudiera tocar otro lugar me aparte de golpe poniéndome de pie.

—Deberíamos irnos, ya es tarde —dije rápidamente mientras caminaba.

Jhonatan se puse de pie de corrió para alcanzarme, posó su mano en mi hombro, detuve mi paso y me giré hacia él. Me miraba fijamente.

—Me gustas Denis —dijo mientras volvio a juntar sus labios en los mios besandome con una desesperación. El asco se apoderaba de mí, su aliento horrible y sentir como su lengua trabaja de entrar a mi boca con desespero. La gota que derramó el vaso fue cuando con su mano acarició mi miembro sobre el pantalón y con la otra trataba de abrir mi pantalón.

Me aparte bruscamente de él, y lo empujcon fuerza.

—¡¡Que te pasa idiota!! —Dije furioso

Jonathan volvió a decirme que le gustaba, que me dejara llevar, mientras se acercaba con una sonrisa traviesa. Lo empujo con fuerza y le digo que se aleje de mi mientras camino alejándome de él.

El grita mi nombre y corre hacia mí y toma mi mano apretando con fuerza mientras trato de safarme de su agarre.

—Déjate llevar precioso, relájate y vamos a un lugar mas privado.

En ese momento la ira se apodera de mí le doy un fuerte golpe ocasionando que caiga al suelo.

—¡¡Aléjate de mi!! No quiero volver a verte, me repugnas. Vete al carajo.

Comencé a correr, dejando a Jonathan sin mirar hacia atrás. Las palabras y las acciones de hace unos momentos se arremolinaban en mi mente, llenándome de una mezcla de confusión y repulsión. Mi corazón latía desbocado y mis pasos resonaban en las calles vacías.

Después de unas cuantas cuadras, disminuí mi paso, tratando de relajarme y asimilar lo que acababa de suceder. Las calles solitarias parecían amplificar mis pensamientos, el eco de mis pasos resonaba en el aire nocturno. El entorno, usualmente lleno de vida durante el día, ahora estaba envuelto en un silencio inquietante.

Las luces de las farolas proyectaban sombras alargadas, y el fresco aire nocturno enfriaba el sudor en mi frente. Respiré hondo, intentando calmarme y poner en orden mis pensamientos. Todo parecía surrealista, como si estuviera atrapado en una escena de una película que no era la mía.

Mis emociones eran un torbellino. Sentía una combinación de furia, incomodidad y tristeza. No sabía cómo procesar lo que había sucedido ni cómo debía reaccionar. La sensación de vulnerabilidad me invadía, y una parte de mí quería desaparecer en la oscuridad de la noche. Pero sabía que tenía que seguir adelante, encontrar una manera de manejar lo ocurrido.

Mientras caminaba, el ruido lejano de la ciudad comenzaba a hacerse más audible. Me dirigí hacia mi casa, con la mente aún en blanco, tratando de encontrar una salida a la confusión y el malestar que sentía.

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