Capítulo 8

Había pasado otra semana y aún no tenía noticias sobre mi situación migratoria. La espera se hacía cada vez más desesperante. Necesitaba que se resolviera cuanto antes para poder estudiar o trabajar, hacer algo productivo con mi tiempo. Cada día que pasaba sentía que mi vida estaba en pausa, esperando un giro que no llegaba.

Sin embargo, algo bueno había surgido en medio de esta espera. Durante esa semana, había encontrado a un chico en la aplicación de citas que parecía muy agradable. Desde el primer momento, nos caímos de maravilla y rápidamente intercambiamos números. Se llamaba Jonathan y era muy atento y cariñoso. Teníamos muchos intereses en común, y cada vez que hablábamos, me agradaba más.

Desde hace dos días, habíamos comenzado a hacer llamadas y hasta ahora seguíamos en contacto cada tarde. Esos minutos que nos tomábamos para hablar eran un respiro en medio de mi rutina monótona. Nos estábamos conociendo antes de acordar un encuentro en persona, ya que por razones del trabajo de Jonathan no habíamos podido vernos. Él era mayor que yo solo por cuatro años, pero eso no parecía importar. Lo importante era cómo nos entendíamos y conectábamos.

Cada día que pasaba, descubríamos algo nuevo del otro. Resulta que Jonathan tenía raíces extranjeras. Había nacido fuera del país y vivió gran parte de su niñez en el extranjero. Eso me fascinaba, y en cada llamada y mensaje, aprendía más sobre su vida y sus experiencias. Sus historias me transportaban a lugares lejanos y me ofrecían una perspectiva diferente, algo que realmente apreciaba.

Las conversaciones eran como una ventana abierta a nuevas experiencias y conocimientos. En cada palabra, en cada risa compartida, sentía que nos acercábamos más. La voz de Jonathan tenía un tono cálido y relajante que me hacía sentir tranquilo y seguro. A veces, mientras hablábamos, cerraba los ojos y me imaginaba a su lado, escuchando sus relatos como si estuviéramos juntos en el mismo lugar.

El entorno a mi alrededor se volvía menos opresivo, la espera por mi situación migratoria menos angustiante. Las tardes se llenaban de una luz dorada, con el sol poniéndose lentamente y llenando mi habitación con sombras suaves y colores cálidos. El sonido lejano de la ciudad se mezclaba con el murmullo de nuestras voces, creando una melodía reconfortante.

A pesar de la incertidumbre y la ansiedad que sentía por mi futuro, estas conversaciones con Jonathan me daban esperanza. Sentía que, poco a poco, estaba construyendo una nueva vida en este lugar, con personas nuevas y experiencias enriquecedoras. La espera se hacía más llevadera y mi corazón más ligero, sabiendo que había alguien con quien podía contar y compartir mi tiempo.

Estábamos en otra llamada. El sonido suave de la voz de Jonathan a través de los audífonos siempre lograba calmarme.

—¿Cómo te fue hoy? —le pregunté, recostado en mi cama, la luz tenue de la lámpara de noche iluminando el cuarto.

—Bien, mucho mejor ahora que puedo escucharte —respondió con una sonrisa en su voz.

Su respuesta me hizo sonreír también, sintiendo cómo la calidez de sus palabras se filtraba a través del teléfono. Rápidamente, surgió una plática fluida entre nosotros, como si nos conociéramos de toda la vida.

—Oye, Denis, ¿alguna vez has tenido novio? —preguntó de repente, su tono de voz curioso pero gentil.

Sentí una ligera punzada de pena, pero decidí ser honesto.

—No, la verdad no —respondí, sintiendo mis mejillas calentarse un poco.

—¿Cómo es posible eso? —dijo Jonathan, genuinamente sorprendido—. Eres un chico muy guapo y atractivo. A pesar de no conocerte en persona aún, en tus fotos te ves radiante y en persona, ni hablar.

—Gracias... —dije, un poco nervioso por sus palabras—. Hasta el momento no he encontrado a alguien.

—Bueno, ya no busques más, porque yo ya llegué a tu vida —bromeó Jonathan, su tono ligero y juguetón.

No pude evitar reírme ante su comentario, sintiendo cómo la tensión desaparecía.

La conversación continuó con bromas y risas, disfrutando cada momento. Llegó un punto en que Jonathan preguntó:

—Denis, ¿qué te parece si nos vemos este fin de semana? Solo si te sientes seguro para hacerlo.

Lo pensé por un rato, sopesando mis sentimientos y mis nervios. Pero la idea de conocerlo en persona me emocionaba.

—Sí, me encantaría conocerte —respondí, sintiendo una mezcla de anticipación y nerviosismo.

—Genial. Entonces comencemos a hacer planes —dijo Jonathan, su entusiasmo contagioso.

Pasamos unos minutos discutiendo los detalles de nuestro encuentro, emocionados por la idea de finalmente vernos cara a cara. Después de eso, continuamos hablando un poco más antes de finalizar la llamada.

—Bueno, Denis, ha sido un placer hablar contigo, como siempre. Nos vemos el fin de semana —dijo Jonathan, su voz suave y cálida.

—Igualmente, Jonathan. Hasta el fin de semana —respondí, sintiendo una sonrisa en mis labios.

Colgué la llamada y me quedé un momento en silencio, dejando que la emoción y la esperanza se asentaran en mi corazón. Sabía que este encuentro podría ser el comienzo de algo especial, y no podía esperar para ver qué nos depararía el futuro.

Me quedé acostado en mi cama, dejando que mi mente volara mientras imaginaba el fin de semana en que vería a Jonathan. Me preguntaba cómo sería nuestro encuentro, si le agradaría tanto en persona como parecía hacerlo a través de nuestras llamadas y mensajes. La anticipación me llenaba de una mezcla de emoción y nerviosismo.

Finalmente, me levanté y fui al baño. Abrí el grifo y el agua fría me despertó por completo al enjuagarme el rostro. Mientras secaba mi cara con una toalla, me quedé observando mi imagen reflejada en el espejo. ¿Realmente era atractivo? Me pregunté a mí mismo, recordando las palabras que Jonathan me había dicho en aquella llamada.

Mis ojos marrones me devolvían la mirada, llenos de preguntas y dudas. Mi piel morena clara parecía suave y sin imperfecciones gracias a los cuidados que siempre he tenido. Mi cabello azabache negro caía con naturalidad, enmarcando mi rostro. Mis labios medianamente carnosos y mis dientes bien alineados eran el resultado de un buen trabajo del dentista. Sin un rastro de acné, al menos por ahora.

A pesar de todo, no podía evitar tener esas inseguridades sobre mi físico. Suspiré y decidí no seguir pensando en eso. Salí del baño y me dirigí a la sala, justo cuando mi madre recién llegaba a casa.

—Hola, cariño —me saludó con una sonrisa, dándome un beso en la mejilla y un abrazo cálido.

—Hola, mamá —respondí, devolviéndole el abrazo.

Me quedé un momento en silencio, pensando en cómo decirle que saldría con un chico que conocí por una aplicación de citas. Sabía que tarde o temprano tendría que decírselo, pero aún no encontraba las palabras adecuadas. A veces no estaba de más decir una mentirita piadosa, aunque en este caso, quería ser honesto con ella. Aún tenía tiempo para pensar en algo.

Al verme pensativo, mi madre me preguntó con una mirada preocupada:

—¿Estás bien, Denis?

Suspiré y respondí, tratando de ocultar mi frustración:

—Sí, estoy bien, solo estoy pensando en mi situación, sobre cuándo podrá solucionarse.

Mi madre asintió, compartiendo mi preocupación. Pude ver el peso de la incertidumbre reflejado en sus ojos. Ella también estaba ansiosa por una resolución.

—Aún no sabemos nada de eso —dijo con un tono resignado—. El abogado quedó en avisarme cuando se necesite algo. Sé lo difícil que está siendo esto, y también deseo que pronto pueda solucionarse. Pero son cosas ajenas a nosotros. Son las políticas del país que deben seguir. En mi caso fue instantáneo por el trabajo, pero en tu caso es un poco diferente.

Asentí, comprendiendo sus palabras. Sabía que ella también deseaba que esta situación se resolviera lo antes posible, pero no había mucho que pudiéramos hacer al respecto. El aire estaba cargado con un sentimiento de impotencia, pero también con una determinación silenciosa de seguir adelante.

La tarde continuó y nos quedamos hablando un poco, poniéndonos al día sobre nuestras cosas. El aire estaba lleno del aroma de su perfume, y la calidez de su presencia me hacía sentir más tranquilo. Sabía que, sin importar lo que pasara, siempre podría contar con su apoyo.

Estaba en mi escritorio, sumergido en mis actividades de clase. Las matemáticas nunca han sido mi punto fuerte; de hecho, las odio, las detesto con todo mi ser. A veces, me imagino un mundo donde no existieran las matemáticas ni nada relacionado con ellas, pero sé que es algo ilógico. Las matemáticas están en todos lados, son una parte integral de nuestra vida cotidiana. Desde algo tan simple como calcular la cuenta en un restaurante hasta algo más complejo como la ingeniería de un puente, todo involucra matemáticas.

Conforme avanzaba en mis ejercicios, sentía cómo la desesperación comenzaba a apoderarse de mí. Me costaba encontrar la manera de solucionar los problemas, y la frustración crecía con cada intento fallido. Decidí que lo mejor era tomarme un descanso antes de que mi desesperación se convirtiera en enojo.

Me levanté de mi silla y me dirigí a la sala. Me dejé caer en el sofá y tomé el control remoto, comenzando a navegar entre los canales de televisión en busca de algo que llamara mi atención. Los programas locales no eran de mi agrado; no lograba comprender algunas de sus palabras y el humor me parecía muy raro. Intenté mantener la mente abierta, pero nada lograba capturar mi interés.

Después de unos minutos de zapping infructuoso, apagué el televisor y suspiré profundamente. El silencio de la sala era un contraste con el bullicio de la ciudad que se escuchaba a lo lejos. Me levanté del sofá y volví a mi escritorio, resignado a continuar con mis actividades de matemáticas.

Me senté y miré mis ejercicios, todavía sintiendo la misma aversión hacia ellos. Pero sabía que tenía que hacerlo. Respiré hondo, tratando de calmarme y enfocarme en la tarea. Era un reto, sí, pero también una oportunidad para mejorar.

La tarde transcurría y yo estaba cómodamente viendo una película que había capturado mi interés. La trama me tenía enganchado y, por un momento, logré desconectarme de mis preocupaciones. Sin embargo, mi teléfono comenzó a sonar, sacándome de la ficción. Miré la pantalla y vi que era una llamada de Jonathan. Un poco confundido, contesté y saludé cortésmente.

—¡Hola, Jonathan!

—Hola, Denis —respondió su cálida voz del otro lado—. ¿Cómo estás?

—Estoy bien —contesté, sintiendo una sonrisa formarse en mi rostro—. ¿Y tú?

—Mucho mejor ahora que te escucho —dijo, y pude imaginar su sonrisa al otro lado de la línea—. Te llamo porque estoy cerca de tu zona. Estoy de paso y me preguntaba si te gustaría adelantar nuestra salida. Podríamos salir y platicar un rato. Disculpa si me precipité, pero estaba cerca y me moría de ganas de verte. Pero si no puedes, lo dejamos para el sábado, como ya habíamos acordado.

La propuesta me tomó por sorpresa. No me lo esperaba en absoluto. Tardé un poco en contestar, procesando la información.

—Si no puedes, no hay problema. Lo dejamos para el sábado —dijo Jonathan, notando mi silencio.

—No, sí puedo —lo interrumpí rápidamente—. Me encantaría adelantar nuestra salida.

—¡Genial! Entonces nos vemos en una hora en el parque central —dijo Jonathan, su voz llena de emoción.

—De acuerdo, nos vemos ahí —respondí antes de colgar la llamada.

Me levanté rápidamente del sillón, apagando la televisión y corriendo a mi habitación. Empecé a vestirme lo mejor que pude, eligiendo algo casual pero adecuado para la ocasión. Siempre dicen que solo hay una oportunidad para una primera impresión, y quería asegurarme de causar una buena.

Me miré en el espejo mientras me peinaba y trataba de arreglarme. A pesar de mis inseguridades, quería verme bien. Mi corazón latía con fuerza mientras me preparaba. Finalmente, estaba listo.

Por suerte, el parque central quedaba a solo tres cuadras de mi casa. Respiré hondo, tratando de calmar mis nervios, y salí de mi habitación con determinación. Estaba listo para conocer a Jonathan en persona y ver qué nos depararía el futuro.

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